Una conexión imprevista CAPÍTULO 13 DELILAH
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CAPÍTULO 13 DELILAH

Nos quedamos de pie en el pequeño recibidor de la habitación, inmóviles, mirando fijamente la cama que está justo en el centro.

Es enorme, con un cabecero de terciopelo mullido y postes tallados a mano, cubierta de almohadas, mantas y un grueso edredón a cuadros.

Es preciosa y acogedora. Se diferencia tanto de la del antro que está en la acera de enfrente que resulta ridículo.

Aunque hay un problema.

Solo hay una.

—Podría ser peor —dice Jackson, acercándose a los pies de la cama y dejando caer la bolsa de lona que lleva colgada al hombro. Estira el cuello, primero un lado y luego el otro—. Podrían ser literas.

—Te equivocas. Siempre he querido dormir en una litera. —Dejo mi bolsa junto a la suya—. Te lo tomas con una calma sorprendente.

Se encoge de hombros.

—Ya imaginaba que solo habría una cama en la suite júnior de una habitación. —Se pasa la mano por el pelo y la apoya en los pies de la cama, con las piernas largas extendidas y cruzadas por los tobillos—. Le he pedido a Lottie que subiera una cama plegable.

Recorro con la mirada su estatura de más de un metro ochenta y me lo imagino intentando acomodarse en una cama que debe de estar plegada y guardada en un armario.

—O… —Levanto ambas cejas y lo miro.

Parpadea una vez, lenta y pesadamente. Tiene las gafas un tanto torcidas, que hacen que parezca más joven. Casi un adolescente.

—¿O? —pregunta.

Observo la cama. Podríamos meter a unas diecisiete Delilahs en esa cama, apiladas en fila.

—O podríamos compartirla.

—Compartirla —repite.

—Ajá. —Doy un brinco hasta sentarme en el borde y me quito las botas.

Suelto un suspiro de felicidad y me dejo caer hacia atrás; las mantas se elevan a mi alrededor como si fueran una nube.

Tengo que morderme la lengua para no gemir—.

Jackson, la conciencia no me permite que duermas en un catre cuando esta cama es una maravilla.

—Extiendo un brazo y palpo el espacio a mi lado—. Pruébala.

—No hace falta…

Me incorporo, le agarro el brazo y tiro de él.

—Que la pruebes.

Me deja empujarlo hacia la cama y cae torpemente a mi lado con un resoplido.

Es un enredo de extremidades, con la cabeza apoyada en mi hombro y la cadera pegada a la mía.

Se mueve refunfuñando y recoloca las largas piernas, pero luego se acomoda y se hunde en la cama con un sonido totalmente indecente. Un gemido profundo, áspero y delicioso.

Sonrío ante la parte superior de su cabeza.

—¿Verdad?

—Madre de Dios —gimotea, y siento un vuelco en el estómago. Un vuelco brusco, justo en medio de mi ser—. Vale, sí. Nada de catre.

—¿No vas a discutir conmigo?

—Delilah, no puedo. —Menea la cabeza de un lado a otro contra las mantas para que su cuerpo se relaje.

Oigo dos golpes sordos cuando se quita las botas y luego inclina la cabeza hacia atrás, mirándome fijamente mientras su cabello roza el tejido.

Sonríe, y es un gesto tan suave, tan tierno, que debo esconder la mano entre las mantas para no tocarlo.

Para no recorrer ese pequeño surco entre sus cejas.

«Por fin», pienso. «Este eres tú en esencia. Este eres tú cuando te liberas de todo ese peso».

Ojos azules intensos. Una suave curva en los labios que parece hecha solo para mí.

—Quizá mañana podamos discutir sobre algo —murmura—. Para compensarlo.

—Por qué no. —Le sonrío.

Debería ser más incómodo de lo que es, sentados con la espalda apoyada en el cabecero, los hombros pegados, mirando la previsión meteorológica en su portátil.

Pero o hemos alcanzado un nuevo nivel de complicidad o Lottie le echa algo a su chocolate caliente, porque ha sido sorprendentemente fácil desde que decidimos que podíamos ser dos adultos que comparten cama.

—¿Ves esto? —me pregunta Jackson, deslizando un dedo por el borde de la enorme mancha roja que se mueve poco a poco por la pantalla.

Su gesto también me distrae, así que meto la mano en mi bolsa de Swedish Fish.

Estoy devorando mi reserva de caramelos para el bienestar emocional, y solo es el primer día—.

Está reduciendo la velocidad —me explica.

Parpadeo y me acerco, con la barbilla rozando su hombro.

—Creía que habías bajado la velocidad de la reproducción.

—No. —Niega con la cabeza—. La tormenta avanza lentamente sobre las montañas. ¿Ves esto? —Señala otra parte del mapa con un elegante movimiento del dedo índice hacia abajo y luego hacia arriba—. Los vientos están…

—Cambiando —termino la frase por él con una leve risa.

Minimiza el mapa que estaba usando (el modelo europeo, por cierto) y abre otro.

Las proyecciones coinciden casi a la perfección—.

¡Joder! Se avecina una tormenta de nieve.

¿Qué te parece? ¿Acabamos de pasar de una tormenta invernal a una ventisca?

Jackson asiente y se pasa una mano por la mandíbula.

—Tendremos que confirmarlo con el Servicio Meteorológico Nacional, pero no me sorprendería. Le mandaré un mensaje a Maggie para avisar. Podemos mencionarlo mañana cuando hagamos la llamada.

Observo fijamente su mandíbula. Tiene una nueva capa de barba incipiente, de un rubio más oscuro que el de su cabeza. Su mano hace un delicioso sonido de raspado al pasársela por la cara.

Agarro otro puñado de caramelos en forma de pez.

No es que no me atrajera Jackson antes. Es que todo lo demás lo eclipsaba. Pero ahora sé cómo es en realidad. Es amable. Divertido, con un humor seco y sarcástico. Simpático. Cariñoso.

Y compartiremos habitación la próxima semana con una sola cama grande y escandalosamente cómoda para los dos.

Es como si mi cerebro hubiera encontrado el rincón donde albergaba una admiración secreta por su estructura ósea y hubiera decidido lanzar un petardo justo en medio. No puedo dejar de mirarlo.

«Sé profesional, Delilah», me repito. «Esta es tu oportunidad para que todos te tomen en serio. Ya no tienes que ser el hazmerreír».

Es el recordatorio que necesito. No voy a cargarme el encargo porque me distraiga un Jackson con cara de despeinado que me muestra diagramas meteorológicos.

Refuerzo mi determinación.

—¿Es raro que esté un poco emocionada con todo esto? —Señalo el mapa del ordenador—. Este es el evento meteorológico más grande que he cubierto en mi vida. —Me río un poco—. Estaremos justo en el epicentro.

—Supongo que estará encima de nosotros dentro de uno o dos días.

—Le brillan los ojos azules, enmarcados por una espesa franja de pestañas rubio miel—.

Estar aquí, donde podemos ver las nubes que comienzan a formarse encima de las montañas, es…

—Niega con la cabeza, asombrado—. Nunca pensé que haría algo así.

—Estoy eufórica. Me da la impresión de que podría correr hasta el lago y volver.

—Seguro que es el azúcar. —Cierra el portátil de golpe y lo deja a un lado—. Hoy has consumido una tonelada.

Meto la mano en mi bolsa de la gasolinera para sacar otro pez rojo cereza y me lo meto en la boca.

—No, no. Los caramelos hacen que siga siendo así de dulce.

—¿Ah, sí? —Está tan cerca que puedo ver las marcas rojas de las gafas en su nariz. Y la ligera mancha de su pulgar en el cristal izquierdo. Extiendo la bolsa hacia él, y mi mano choca contra su pecho. La sujeta con firmeza, con los dedos rodeándome la muñeca.

—¿Quieres uno? —le pregunto con voz ronca.

Su mirada recorre mi rostro y se detiene en mi boca. Aprieto la bolsa con fuerza, que produce un crujido fuerte.

—No, gracias.

—Vale —murmuro—. Tú te lo pierdes, pero bueno.

No se mueve.

—Seguro que sí.

—Más para mí —digo con indiferencia, como si acabara de caer por el hueco de un ascensor. O como si hubiera tenido uno de esos sueños en los que caigo y me despierto de golpe con el corazón en un puño.

Nos quedamos sentados, apoyados en el cabecero, mirándonos fijamente.

Sería muy fácil acortar la distancia que nos separa.

Comprobar cómo encajan nuestras bocas. Succionarle el labio inferior hasta que emita otro gemido gutural, áspero y profundo.

Sentir el roce de su barba contra la mejilla, contra la mandíbula, contra la piel sensible y delicada entre mis pechos.

Sin embargo, no son pensamientos propios para un compañero de trabajo. Ni siquiera para un amigo. Me he lanzado directamente sobre las líneas bien definidas que Jackson ha trazado para nosotros y me he adentrado en un terreno peligroso.

Además, compartimos cama.

Porque he insistido yo.

Me levanto de la cama y dejo distancia entre nosotros.

Seguro que esos sentimientos se deben a la cercanía y a que me he librado de la terrible alternativa de alojamiento.

Me siento agradecida, cansada y completamente abrumada.

Y Jackson es guapo y domina las formaciones de nubes. Todo su ser es un imán para mí.

—Bueno, estoy un poco cansada, así que… —Señalo con el pulgar por encima del hombro mi maleta, que está justo donde la ha dejado.

No estoy cansada en absoluto. Estoy con un subidón de azúcar y no sé qué soy capaz de hacer.

No puedo fiarme de toda esta… excitación.

Retrocedo un paso—. Creo que voy a prepararme para ir a la cama. Para… para dormir.

Jackson asiente, con una expresión divertida en el estúpido y guapo rostro.

—Muy bien.

Respiro hondo por la nariz y exhalo lentamente. Necesito recomponerme.

—Pues eso —concluyo. Doy otro paso atrás y aprieto los caramelos contra el pecho—. Voy a…

Mi pie se engancha con la rueda rota de mi maleta.

Pierdo el equilibrio, resbalo ligeramente y me tambaleo hacia delante, y los caramelos salen volando.

Los Swedish Fish se estrellan contra la pared como gotas de lluvia de gominola, mientras me cede la rodilla y caigo sobre la alfombra.

Estoy retorcida, arrodillada en el suelo y con la cara…

Con la cara justo en medio del muslo de Jackson.

Suspira por encima de mí.

—De verdad que tienes un don para estas cosas.

Gruño con los ojos cerrados con fuerza. Por lo menos no he terminado con la cara en su regazo. Podría haber sido mucho peor.

—He perdido mis peces —me lamento.