Una conexión imprevista CAPÍTULO 12 JACKSON
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CAPÍTULO 12 JACKSON

—Keith es un cabrón.

—No sabemos si ha ido Keith —replica Delilah como si tal cosa, con una taza de chocolate caliente junto al codo y moviendo los pulgares sin parar por la pantalla de su móvil.

Lleva veintitrés minutos buscando alojamiento alternativo, y por el momento lo mejor que ha encontrado es una tienda de campaña a un par de kilómetros, justo delante de la orilla del agua.

«Podría ser divertido», ha dicho. «Siempre he querido alojarme en un tipi».

No levanto la vista de las previsiones meteorológicas de mi portátil. Tengo activados tanto el Sistema de Pronóstico Global como el modelo europeo.

—Esa tienda no tiene baño.

—Ah. Bueno. —Se muerde el labio inferior. Llego a ver ese pequeño y adorable hueco—. No necesito…

—Necesitas un cuarto de baño, Delilah.

—Sí. —Suspira—. Vale.

Da un sorbo ruidoso a su chocolate caliente y vuelve a buscar en la página web que está usando para intentar encontrar un sitio donde alojarse. No me sorprendería que hubiera creado su propio anuncio en alguna red social:

MUJER DEL TIEMPO DESAMPARADA BUSCA ALOJAMIENTO.

TRABAJA A CAMBIO DE BEBIDAS AZUCARADAS.

La idea basta para hacerme golpear las teclas del ordenador con furia.

Esta noche se va a quedar conmigo. No pienso dejarla en una tienda de campaña sin baño ni en el sofá cama de una amante del punto de cruz.

No sé cómo voy a soportar tenerla en una cama a un metro de mí, pero sin duda es mejor que la alternativa: una lenta caída en la inestabilidad mental al no saber dónde está.

—Uy, esta no pinta nada mal. —Gira el teléfono para enseñarme la pantalla. Es una foto de lado de un puf en la esquina de un sótano con paredes revestidas de madera. Que Dios se apiade de mí—. ¡Mira, tiene un gato!

—Genial. Me encantan los gatos. —Meto la mano en el bolsillo y saco la tarjeta de acceso extra que le he pedido a Lottie. La deslizo por la mesa—. Toma, aquí tienes tu llave.

La mira fijamente.

—¿Mi llave de qué?

—De tu habitación. Aquí. En esta casita. Sin gatos. —Y sin manchas sospechosas en la alfombra delante de la puerta. Sin ruidos sospechosos procedentes del armario. Sin armas apoyadas contra un mueble de televisión vacío.

Voy a tener pesadillas durante semanas.

La sujeta como si esperara que la mordiera y la balancea entre el pulgar y el índice.

—Lottie ha dicho que no había ninguna otra habitación.

—Es verdad. Esta es la llave de mi habitación.

—Qué atrevido eres. —Delilah se ríe entre dientes. Cuando no me río, se pone seria—. Jackson —suspira. Desliza la llave de vuelta sobre la mesa—. No voy a quedarme con tu habitación.

—Claro que no. La vamos a compartir. —Sigo trasteando en la pantalla del ordenador, intentando ignorar la electricidad que me recorre la espalda.

No tiene por qué significar nada. He compartido la cabina de una furgoneta con ella durante seis horas.

Puedo compartir una habitación de hotel con ella durante una semana.

Estoy seguro de que esta incómoda atracción y afecto casi velado que estoy empezando a sentir se esfumará en cuanto vea cómo se cepilla los dientes. O cómo ha hecho la maleta. La miro al otro lado de la mesita en la que nos hemos acomodado, que está junto a una de las ventanas.

—Sé que puede ser un problema para ti, pero hay un baño y todo.

Observo cómo su rostro atraviesa las siete etapas del duelo, deteniéndose en algún punto entre la negociación y la depresión.

—No —dice—. No puedo.

Le quito la tarjeta llave de la mano, me inclino sobre la mesa y la meto en el pequeño bolsillo de la parte delantera de su camisa. Le rozo la clavícula con los nudillos.

—Sí puedes.

Te juro que, como oiga hablar de otro alojamiento que probablemente solo esté un veinte por ciento embrujado, voy a perder la cabeza.

—Jackson, no creo…

—Es la mejor solución posible —la interrumpo sin miramientos—.

Con sesenta centímetros de nieve en el suelo y vientos de más de noventa kilómetros por hora, ¿cómo piensas caminar desde tu tienda de campaña hasta donde estemos haciendo los directos?

—Se queda boquiabierta. «Por Dios». No debería gustarme tanto la cara que pone—.

Sabes tan bien como yo que es probable que la tormenta corte el suministro de electricidad.

Necesitas estar en un sitio que cuente con un generador.

«Necesitas estar en un sitio donde no me preocupe por ti», añade mi cerebro.

Una verdad incómoda en todos los sentidos.

Delilah observa fijamente la tarjeta de acceso de su bolsillo.

—¿Estás seguro? —me pregunta con una voz vacilante, algo impropio de ella. Desliza una uña por el borde de la tarjeta, y mi cuerpo tiene una reacción instantánea y visceral.

—Insisto. —Mi voz suena como si me hubiera tragado diez kilos de grava.

Clava los ojos en los míos.

—No vas a hacer una montaña de arena de esto, ¿verdad?

Seguro que haré una cordillera de arena.

—No —le prometo, con la esperanza de encontrar en algún momento la manera de ocupar el mismo espacio que ella sin hacer el ridículo.

No voy a tirar toda su ropa al pasillo en un ataque de terrores nocturnos, supongo.

Es un buen comienzo—. Sin embargo, quiero dejar claro que es muy posible que Keith esté detrás de la cancelación, y es un imbécil.

Delilah exhala profundamente.

—Sí, puede que tengas razón. —Agarra el teléfono y empieza a teclear con los pulgares.

—Creía que habíamos hecho un pacto. Nada de tiendas de campaña.

—No, no —dice—. Es que tengo una amiga del estudio que trabaja en investigación. Voy a pedirle que indague un poco.

—¿Sobre Keith?

Delilah asiente, teclea un poco más y luego deja el móvil a un lado.

—Voy a ver si encuentra alguna prueba de que está intentando sabotearme en el trabajo a propósito. —Una parte de la dureza de su mirada se desvanece, y encorva los hombros hacia delante—. Aunque no sé qué haré con la prueba si existe.

—¿No lo vas a denunciar?

—No sé a quién denunciarlo. —Niega con la cabeza—.

Ya he acudido a Recursos Humanos por su comportamiento, y se las arregló para evitar las consecuencias.

Creo que tiene algún tipo de acuerdo con los jefes.

Supongo que está sacando provecho de su fama de principios de los noventa.

O quizá esté chantajeando a alguien. No lo sé.

—Se frota la ceja con el pulgar—. ¿Podemos hablar del tiempo?

No quiero que Keith me distraiga del verdadero motivo por el que estoy aquí.

No es mala idea. Inclino la pantalla de mi ordenador para que la vea y señalo la mancha roja, bastante aterradora, de la esquina superior izquierda. La que se acerca lentamente hacia nosotros.

—El viento está aumentando. Y también las nevadas. Azotará con más fuerza en las zonas altas, pero todo el mundo va a sufrir las repercusiones.

Delilah se inclina hacia mí, su cuerpo arrimado al mío. Es un accidente, seguro.

—Nunca he cubierto una tormenta tan grande. Es mucha responsabilidad, ¿verdad?

Aparto la mirada de su cabeza. Vuelvo a la pantalla.

—Sí. —Asiento—. Lo es.

—¿Te pone nervioso?

Cierro el portátil y me rasco la nuca. Me quito las gafas y me froto los ojos con los nudillos. Me siento como un nervio gigante expuesto.

—Sí —susurro—. Un poco sí.

Cuando me vuelvo a poner las gafas, Delilah me está mirando. Sus ojos se vuelven traviesos.

—¿Qué te pone más nervioso? ¿El directo o compartir habitación conmigo?

—Depende —respondo lentamente—. ¿Guardas la ropa en los cajones o la dejas en la maleta?

Aprieta los labios para contener la risa.

—Creo que ya sabes la respuesta, Jackson.