CAPÍTULO 11 DELILAH #2
—Volveremos juntos cuando te hayan dado habitación en tu nuevo alojamiento.
Una oleada de indignación me recorre la espalda.
—¿Crees que no puedo cruzar la calle sola? Soy capaz de cruzar sin problema.
—Solo quiero verlo —dice Jackson, con voz firme y autoritaria.
Estoy teniendo un ataque de rabia, y él sale a dar un paseo.
Se detiene en la acera y me mira fijamente, pensativo.
Luego desliza mi maleta frente a mí, a modo de reconciliación.
Agarro el asa y lo observo fijamente—. Quiero asegurarme de que estés bien. De que tengas todo lo que necesitas.
La rabia me abandona de repente, y asiento con la cabeza. A lo mejor no sería tan horrible tener a alguien de mi lado para variar.
—De acuerdo —acepto.
—Bien —dice. La palabra resuena con dificultad en su garganta. Me estremezco, pero enseguida decido culpar al fuerte viento del noreste que azota las montañas. Jackson se mueve y extiende la mano, con la palma hacia arriba, entre nosotros.
Lo miro fijamente.
—¿Qué haces? —le pregunto.
Baja los ojos hacia su mano como si esta actuara por voluntad propia. La cierra en un puño y luego la afloja.
—Ah. Nada, nada.
—¿Querías… tomarme de la mano?
—No —se apresura a contestar—. Estaba… —Traga saliva y contempla un punto indefinido en la distancia con los ojos entornados—. Estaba midiendo la dirección del viento.
Levanta la mano de nuevo, con la palma hacia afuera, sin mucho entusiasmo.
—¿En qué dirección sopla el viento? —le pregunto.
Duda antes de soltar un largo y resignado suspiro.
—Viene del norte —murmura.
Los vientos giran en un claro sentido contrario a las agujas del reloj a medida que se acerca la tormenta. Los dos lo sabemos. Suelto una risita, y él se me queda mirando. Un hombre sorprendido con las manos en la masa. Un hombre derrotado.
Las carcajadas estallan como burbujas de champán en mi pecho.
Jackson gruñe.
—Vamos.
Tardo cuatro minutos en recomponerme lo suficiente como para seguirlo. Me estoy desternillando de risa.
—No —dice en cuanto se abre la puerta de la habitación—. De ninguna manera.
Es la quinta vez que repite esa palabra desde que hemos subido desde lo que podría describirse vagamente como una recepción. Allí no había nadie, solo un sobre con mi nombre, una tarjeta de acceso de plástico rota sujeta con cinta adhesiva y un ambiente bastante mediocre.
Liberty Hall es la antítesis de Wolf’s Lodge.
Mientras que el hotel tiene madera cálida y techos abovedados, Liberty Hall tiene alfombras manchadas y puertas con abolladuras en forma de bota.
Hay palomitas de maíz resecas esparcidas por el suelo del pasillo y un montón de ropa tirada en un rincón.
El ascensor no funciona, así que subimos a pie las escaleras con nuestras maletas, mientras la única bombilla de la pared parpadea siniestra sobre nuestras cabezas.
—¿Es extraño que no hayamos visto a nadie más? —Miro a lo largo del pasillo, casi esperando ver a un par de gemelas victorianas agarradas de la mano al final—. Es un poco raro, ¿no?
Jackson sigue observando fijamente las profundidades del que será mi hogar durante la próxima semana. Hay un ligero olor a cebolla frita y a algo metálico. A monedas de un centavo, encajadas bajo el asiento de un camión diésel.
Asomo la cabeza, con cuidado de no salirme del pasillo. Por si acaso.
—Ah, mira. Hay una cama. ¿Ves? Estaré bien.
También hay una palanca que no sé qué hace apoyada contra el mueble de la televisión, que no tiene televisor. Solo unos cables sueltos y un agujero en la pared.
—Me juego algo a que puedo usar la palanca para atrancar la puerta.
Animándome para ver el lado bueno de las cosas, agarro mi maleta y entro en la habitación. O lo haría si Jackson no me sujetara inmediatamente por la espalda de la chaqueta y me atrajera hacia su pecho.
—No —repite, y siento su aliento en la cabeza.
—Jackson —suspiro.
—Delilah —responde—. Es una locura.
Desde luego, no es el hotel ideal.
—Necesito un sitio donde alojarme, Jackson. Y ya has oído a Lottie. No hay más habitaciones disponibles.
—Mark y yo compartiremos habitación. Puedes quedarte con la mía.
Empiezo a negar con la cabeza.
—Mark tiene apnea del sueño. Usa una máquina rara para dormir.
Compartir habitación con él es como dormir al lado de un coche que avanza a trompicones.
—Hago una pausa—. Además, tiene unas pesadillas nocturnas bastante fuertes.
Cuando compartimos habitación en la Costa Este para el torneo White Marlin Open, tiró toda mi ropa al pasillo porque pensó que estaba en llamas.
Mark ocupa una habitación él solo desde entonces.
—Pues que Mark se quede aquí —dice Jackson, nervioso.
—Estaré bien —insisto—. No quiero molestar a nadie. De todas formas, no pasaré mucho tiempo en mi habitación.
—¿De verdad piensas dormir en esa cama? —Jackson me mira con recelo.
La observo. Hay un bulto extraño en el lado izquierdo. Y una sola almohada. Sin edredón, por lo visto.
Debo hacer un gran esfuerzo para seguir sonriendo.
—Será una aventura —comento.
Jackson abre la boca para responder, pero algo se mueve en el armario. Nuestra atención se dirige rápidamente hacia la puerta.
Ahora entiendo lo de la palanca.
—¿Has oído…?
—Sí —musita Jackson con voz sombría—. Sí, lo he oído.
La puerta se sacude de repente contra las bisagras y suelto un grito, ya en el centro del pasillo. Jackson viene justo detrás de mí, y la puerta de la habitación se cierra de golpe tras él.
—No te vas a quedar aquí, Delilah.
—No —contesto bajando las escaleras de dos en dos, con Jackson pisándome los talones. Ni siquiera me importa que lleve mi maleta. Solo necesito salir de este hotel, que parece sacado de El resplandor . Me estremezco—. No, tienes razón. No me voy a quedar aquí.
Estoy tan asustada que ni siquiera me doy cuenta. Es la primera vez que estamos de acuerdo en algo.