Una conexión imprevista CAPÍTULO 11 DELILAH
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CAPÍTULO 11 DELILAH

—Mark dice que mañana estará aquí —me informa Jackson, con el rostro vuelto hacia el móvil y un brazo apoyado en la puerta abierta de la furgoneta. Intento esquivar su fornido cuerpo y dirigirme hacia la parte trasera del vehículo para recuperar la maleta que no me permite agarrar.

—Su hija tenía un recital de baile que él no quería perderse —le explico, y me muerdo la mejilla por dentro al ver a Jackson bloquear por enésima vez mi intento de ir a por la maleta.

Por lo general, no noto nuestra diferencia de tamaño, pero ahora mismo sí.

Me siento como un conejo bebé que intenta derribar con la patita un roble centenario.

¿Así es para él tener que salir por la ventanilla del coche?

Increíble—. Saldrá a primera hora. Debería llegar antes de que empiece a nevar.

—Estupendo. —Recoloca mi trineo con forma de dónut hacia el fondo de la furgoneta, agarra mi maleta y la deja en la acera, a su lado.

Resoplo, pero me ignora, cierra la puertecilla y se gira hacia el cartel que indica dónde está la recepción arrastrando las dos maletas tras de sí. La mía traquetea con la rueda rota.

—Puedo llevarla yo.

—Ya lo sé. —Me lanza una breve mirada.

Tengo que dar dos pasos saltando por cada uno de los suyos.

—Pues dámela.

—No. —Una sonrisa burlona se dibuja en sus labios.

Como soy muy terca, intento recuperarla y sigo a Jackson para arrebatarle el asa de la mano.

Seguro que parezco una mosca en el lomo de un búfalo.

Jackson no me presta atención y continúa su camino, inclinando la cabeza hacia atrás y entrecerrando los ojos bajo la tenue luz del sol para contemplar la casa rústica donde nos alojaremos durante el reportaje.

A regañadientes, hago lo mismo. Es preciosa.

Una antigua cabaña que han convertido en unas cuantas suites conectadas.

Con grandes ventanales, madera cálida y pinos imponentes, anclados a ambos lados del camino de entrada.

La fachada es baja, construida en la ladera de la colina, pero la parte trasera es un espacio totalmente abierto.

La elevación desciende sin previo aviso, y las terrazas de las cabañas sobresalen sobre una pendiente que discurre hasta el lago y arrojan un negro intenso en todas direcciones.

Todo está quieto y silencioso, como solo sucede antes de una tormenta.

El mundo entero contiene la respiración.

Atravesamos las amplias puertas de cristal que dan a una chimenea encendida sin que Jackson haya dejado de llevar mi maleta. Una mujer de largo cabello gris y un delantal atado a la cintura nos da la bienvenida.

—Deben de ser los periodistas. Soy Lottie, la dueña de Wolf’s Lodge. Nos alegra mucho tenerlos con nosotros durante la tormenta. —Junta las manos delante de sí—. Espero que el viaje no haya sido demasiado problemático.

—En absoluto. —Jackson me mira brevemente. «Bueno, un poco problemático quizá sí», dice esa mirada. Le saco la lengua, y se le escapa una risa ronca. Vuelve a prestar atención a Lottie—. ¿Le importa que lleguemos pronto o prefiere que matemos el tiempo en el salón recreativo de enfrente?

—El salón recreativo no funciona desde 1983.

—Lottie hace un gesto con la mano—. Verán que es algo habitual en Deep Creek.

—Se coloca detrás de una larga mesa situada frente a la chimenea.

No hay nadie más en el pequeño vestíbulo—.

Es un buen momento para hacer el check in .

Durante tormentas como la que viene, tenemos el personal mínimo necesario.

—Saca una hoja de papel con la lista de servicios del hotel, varios de ellos tachados o con notas manuscritas al lado—.

La mayoría de los servicios estarán cerrados durante su estancia, y no habrá servicio de habitaciones.

Sin embargo, serviremos tres comidas calientes al día y entre horas les ofreceremos café, galletas y algo similar.

Es comida casera solo para los pocos huéspedes y el personal del hotel.

—No hay problema. —Jackson asiente—. Hemos venido a trabajar.

Me dirijo a las ventanas del fondo mientras Jackson y Lottie siguen conversando sobre la logística; apoyo la palma en el frío cristal para contemplar el lago.

Vine aquí varias veces con mi abuelo cuando era pequeña, siempre en verano, cuando el agua brillaba con tanta intensidad que nunca podía mirarla directamente.

Paseábamos hasta los muelles del lado este antes de que el sol asomara por el horizonte y nos quitábamos poco a poco capas de ropa mientras el cielo se volvía púrpura, luego rosa y finalmente de un dorado brillante.

Pescábamos hasta que nos ardía el cuello y después nos sentábamos en el patio trasero de la cabaña que habíamos alquilado y asábamos la pesca del día a la brasa.

Él me contaba historias inventadas y yo fingía creerlas.

¿Lo recuerda él igual que yo? Había cigarras en la hierba y teníamos aloe en las yemas de los dedos.

Los helados se me derretían sobre los nudillos y había piedras sueltas bajo mis pies.

Nos reíamos tanto que nos dolía la barriga, con el cielo resplandeciente sobre nuestras cabezas, y me daba la sensación de que podía guardar las estrellas en el bolsillo.

Ingresó en una residencia hace dos años cuando empezó a olvidar cosas.

Al principio eran solo detalles sin importancia, pero enseguida empeoró.

Me llamaba confundido desde el supermercado, sin saber cómo había llegado hasta allí, sin saber cómo volver.

Empezó a contar las mismas historias una y otra vez. Me llamaba por el nombre de mi madre.

Cuando le diagnosticaron alzhéimer, comenzamos a establecer rutinas de cuidados.

Algunos días me pregunto cuánto de él podré conservar y cuánto tendré que ver cómo se desvanece.

—¿Delilah?

Me giro para mirar a Jackson y salgo de mi trance. No tengo que preocuparme por eso ahora, ya que estamos de misión. Le prometí a mi abuelo que solo me vería sonriendo, y eso es lo que va a ver. La radiante Delilah, cada tarde en las noticias.

Jackson me hace señas para que me acerque; sus gafas reflejan el resplandor de la ventana trasera, así que no puedo interpretar su mirada.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—Hiciste tres reservas, ¿verdad?

—Sí. —Busco el teléfono en el bolsillo trasero y abro el correo electrónico. Lo he fijado esta mañana para tenerlo a mano cuando llegáramos—. Tres suites júnior de una habitación.

El rostro de Lottie se descompone en una expresión de consternación.

—¿No canceló ninguna?

—No —digo lentamente—. No. —Miro a Jackson. Me observa con una mirada seria y preocupada—. Que no —repito.

—Te creo —me asegura. Me devuelve el teléfono y mira a Lottie—. ¿Es posible que haya habido algún error administrativo?

La mujer niega con la cabeza y se lleva una mano temblorosa a la barbilla.

—A primera hora de la mañana, he recibido una cancelación por correo electrónico. Lo siento, pero solo tienen dos habitaciones reservadas, ¿ven? —Lottie gira el monitor de la mesa para que nos quede enfrente. Tres reservas seguidas, una en negrita y subrayada en rojo. « CANCELADA ».

—No pasa nada. —Me obligo a sonreír—. Reservaremos otra habitación. No hay problema.

Lottie se hincha las mejillas de aire y luego lo exhala ruidosamente.

—¿Qué? —pregunto—. ¿Qué pasa?

—No hay más habitaciones disponibles —nos informa con una mueca—.

Cuando recibimos la cancelación, se la ofrecimos inmediatamente a la lista de espera.

—Entrelaza los dedos y los aprieta hasta que se le ponen los nudillos blancos—.

Cuando llegan tormentas tan fuertes, los camioneros que pasan por la ciudad suelen refugiarse aquí.

Tenemos un acuerdo con una de las empresas.

Hay una buena lista de espera mientras organizamos a todos.

—De acuerdo. —Me froto la frente—. Voy a… ¿Era mi habitación?

Lo llamaría mala suerte, pero creo que este gato negro en particular mide más de un metro ochenta, tiene entradas y un carácter difícil.

Lottie gira el monitor hacia ella y hace clic.

—Solo su habitación —me confirma—. En el correo que recibí, decía que había encontrado alojamiento alternativo en… —Entrecierra los ojos mirando la pantalla, sin emitir sonido alguno mientras lee—. Ah. En… en Liberty Hall, al otro lado de la calle.

—Ah, bueno, ¡estupendo! —Le doy un codazo a Jackson—. Todavía tengo dónde dormir esta noche.

Jackson está concentrado mirando con el ceño fruncido el monitor del ordenador.

—En este correo electrónico que recibió, ¿ponía quién quería cancelar la reserva de Delilah?

—No aparecía ningún nombre. Era un correo genérico con firma de la empresa. Pensé que era… Lo siento mucho, pensé que era real.

Le resto importancia con un gesto y le arrebato la maleta a Jackson.

—No hay problema. ¿Liberty Hall, dice?

Lottie duda antes de asentir. Empiezan a sonar mis alarmas, pero el optimismo es una elección, y no voy a dejar que este viaje se desperdicie porque a Keith le apetezcan los jueguecitos.

Voy a terminar el reportaje y lo voy a callar de una vez por todas.

Ojalá esta sea la última vez que tenga que pasar por todo esto.

—Voy a hacer el check in en el otro sitio y luego nos vemos aquí para tomar un café. Ah. —Miro a Lottie—. ¿Puedo tomar un café aquí aunque no me aloje en el hotel?

—Claro que sí. Y también comer galletas. —La expresión de Lottie se suaviza, mostrando compasión—. Lo que necesite. Siento mucho lo que ha pasado.

Consigo esbozar una sonrisa temblorosa. La mujer pone cara como si acabara de anunciar una muerte de la familia. Las alarmas se convierten en una sirena. No tengo un buen presentimiento sobre Liberty Hall.

—Gracias. Agradezco su ayuda. Seguro que nos vemos… Un momento. —Jackson me distrae al girarse y arrastrar nuestras maletas hacia la puerta principal—. ¿Qué haces?

La mía avanza con dificultad junto a la suya, con la maldita rueda aún rota.

—Jackson. —Me apresuro a alcanzarlo—. Puedo hacerlo sola.

Él niega con la cabeza.