Una conexión imprevista CAPÍTULO 10 JACKSON #2
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CAPÍTULO 10 JACKSON #2

—En fin. Tenemos más cosas en común de lo que crees.

O tus hermanas y yo, por lo menos. —Busca un hueco con la pajita y la mueve, intentando encontrar otro trozo de chocolate mientras yo me adapto a la nueva sensación de mareo que me oprime el pecho como una faja—.

¿Qué piensan del odio absoluto que sientes hacia mí?

Me remuevo en el asiento chirriante de la cabina y decido que no voy a dar entidad a la suposición con una respuesta.

—Les emociona la idea de pasar una larga semana durmiendo en casa de una amiga.

—Seguro que dura más si la nieve hace lo que decimos que va a hacer —reflexiona Delilah. Mueve los dedos y hace una mueca ridícula—. Tenemos todo el poder.

Se recoloca la chaqueta hasta la base del cuello.

Como la polilla más tonta del mundo atraída por la llama más hermosa, mis ojos la siguen.

Me pregunto si mi chaqueta olerá a ella cuando me la devuelva.

A algo afrutado y ligero con un toque picante.

A cerezas negras. A melocotones de verano bañados en vino.

Levanto la vista hacia el techo del restaurante.

No sé cuándo esta creciente atracción por Delilah ha pasado de ser una simple sensación a una punzada en el costado, pero no podría haber llegado en peor momento.

Es lo último que quiero cuando vamos a estar más o menos esposados durante toda la tormenta.

Estoy muy enfadado. Conmigo mismo. Con la situación. Con lo fácil que es todo esto, cuando pensé que sería todo lo contrario.

—Creo que ahora deberíamos hablar de trabajo —mascullo con voz ronca, con la sutileza de una patada en toda la cara. Delilah deja de intentar sorber ruidosamente los restos de su batido de chocolate y levanta los ojos hacia los míos, divertida.

—Vale —acepta. Agarra la pajita entre los dientes—. ¿De qué trabajo quieres hablar?

—Dentro de una hora tenemos una llamada con la emisora de radio. Creo que saldremos en el informativo de la tarde.

Delilah asiente. Espero a que diga algo. No dice nada.

—¿De qué quieres hablar? —le pregunto.

La sonrisa de Delilah se ensancha, con la maldita pajita roja aún entre los dientes.

—A ver, Jackson. Supongo que deberíamos hablar del tiempo.

—He pensado que podríamos escribir un guion mientras comemos. Algo a lo que atenernos para no desviarnos…

—No —me interrumpe Delilah.

El resto de mi discurso planeado se desmorona.

—¿No? ¿Por qué no?

—Porque sonaremos forzados y raros. ¿Cuánto va a durar la llamada? ¿Veinte segundos? ¿Treinta? Hagámosla y a ver cómo va.

—A ver cómo va —repito.

—¡Exacto! —Se bebe el último sorbo de su batido haciendo mucho ruido—. Sé que se sale de tu zona de confort, pero podría estar bien probar algo nuevo, como hemos comentado.

—No se me da muy bien.

—Ya lo sé. —Su expresión se suaviza—. Pero puedes hablar conmigo y yo contigo, y todo irá bien. Finjamos… que solo estamos nosotros dos. Que estamos manteniendo una conversación. Se nos da bastante bien, ¿no crees?

Dos sándwiches de pavo aparecen en la mesa entre nosotros. Uno con patatas fritas, el otro con puré de patatas. Los miro fijamente, con una incómoda sensación de opresión en el pecho. Un hilo desenrollado. Una grieta en un muro de piedra, formada hace mucho tiempo.

—¿Está todo como lo querías? —me pregunta la camarera, masticando chicle sin parar.

«No. Nada está como lo quería».

—Sí —respondo, con la lengua trabada. Me aclaro la garganta y logro esbozar una sonrisa—. Todo tiene muy buena pinta.

—¿Debería parar?

—No lo sé —contesta Delilah con voz apagada—. ¿Crees que deberías parar?

Extiendo la mano y le agarro el tobillo para sujetarla mientras hace…

lo que sea que esté haciendo en el asiento trasero.

Inclinada sobre la consola central, rebusca en su mochila, con la curva de su trasero a quince centímetros de mi cara, una distracción constante mientras recorremos la autopista a ciento diez kilómetros por hora.

—Delilah —mascullo, y le doy un apretón cuando se tambalea peligrosamente hacia la izquierda—. Ven aquí y ponte el cinturón de seguridad.

—Un segundo. Quiero sacar el adaptador wifi para la llamada. Pensaba que estaba aquí, pero… ¡Ajá! —Se desliza de vuelta al asiento delantero, con el pelo cubriéndole la cara. Levanta una pequeña caja negra del tamaño de su puño—. Lo he encontrado.

—Genial. —Le suelto el tobillo—. Ponte el cinturón.

Parlotea alegremente sobre la mala cobertura del móvil en medio de la montaña al tiempo que se abrocha el cinturón y se coloca el teléfono en la rodilla.

Toca la pantalla y conecta todo lo necesario mientras yo mantengo la vista fija en la carretera e intento respirar hondo para controlar los nervios.

Ha sido idea de Delilah hacerlo sin dejar de conducir.

Al principio me he resistido, pero ha acabado siendo una buena idea, a pesar de tener que ir de un lado a otro en el asiento trasero.

Creo que me ayuda tener algo que hacer. Con la atención puesta en la carretera mientras Delilah llama a la emisora, tengo menos espacio mental para ponerme en lo peor.

Hasta que una voz familiar llena la cabina de la furgoneta. Una que no esperaba oír.

—Hola, chicos. ¿Qué tal el viaje?

—¿Aiden? —pregunto, mirando rápidamente el teléfono como si fuera a invocar su figura en el asiento central de la furgoneta de los informativos—. ¿Qué haces en la radio? ¿Están bien mis hermanas? ¿Ha pasado algo?

Delilah me da una suave palmadita en la rodilla.

—Todo bien. He venido a la emisora porque se me ha ocurrido que te vendría bien tener a un amigo al otro lado del teléfono. Tranquilo. —Alguien murmura algo de fondo y Aiden resopla—. Aunque a Benny no le hace ninguna gracia compartir su tiempo en antena.

—Es un segmento muy serio, guapete —se oye una voz áspera al otro lado de la línea. Benny, el presentador del informativo de la tarde, acaba de entrar en la cabina—. No me gusta que intentes hacerte con el control de mi programa.

—Nadie está haciéndose con el control de nada —replica Aiden con naturalidad—. Estoy aquí para dar apoyo moral.

—No necesito apoyo moral —responde Benny con un gruñido.

—No es para ti, Ben.

Un fuerte chasquido de electricidad estática estalla en la línea, y tanto Delilah como yo nos encogemos. Ella baja el volumen y sujeta el teléfono con cuidado.

—Gracias por dedicarnos un poco de tu tiempo, Benny. Seremos breves y concisos.

Hay una larga pausa.

—¿Esa es Delilah? —pregunta al fin.

—¡Pues sí! —Delilah sonríe.

—Supongo que no me importa, pues.

Aiden se ríe entre dientes por el teléfono.

—Nunca había visto sonrojarse a alguien mayor de setenta años.

—Estás a punto de ver a alguien mayor de setenta años darte una patada en el trasero —le espeta Benny, cortante como un látigo. Delilah se tapa la boca con la mano, entrecerrando los ojos para no reírse. Le sonrío.

—Ten cuidado, Aiden —le advierto.

—Sí, ya veo —murmura—. Bueno, ¿estáis listos? Quiero salir de esta cabina cuanto antes.

Miro la cara sonriente de Delilah. Mejillas sonrojadas.

Labios rojos. Me observa como si creyera que puedo hacerlo, y gracias a ella empiezo a pensar que tal vez sí pueda.

Tal vez pueda suavizar las líneas ásperas y retorcidas de mi ser.

Tal vez las viejas heridas no tengan que doler tanto.

Tal vez pueda superarlas y avanzar hacia algo nuevo, hacia algo mejor y diferente.

—Sí —digo—. Estamos listos.