Una conexión imprevista CAPÍTULO 10 JACKSON
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CAPÍTULO 10 JACKSON

—Yo quiero el sándwich de pavo con pan integral, no blanco. Y patatas fritas en vez de puré, pero no si están rebozadas. Si están rebozadas, prefiero el puré. Ah, y la ensalada con salsa césar. Pero si es de botella no. Solo si es casera, por favor.

Le entrego el menú a la camarera, que no parece muy impresionada. Masca el chicle y me mira fijamente.

—Claro que la salsa es casera. Esto es un restaurante, corazón, no un McDonald’s.

Junto las manos, sin sentirme demasiado sorprendido por el hecho de que no haya escrito ni una sola nota con el bolígrafo.

Este lugar es tal cual lo esperaba. Suelo de vinilo deteriorado.

Una octogenaria con el pelo azul brillante y kilos de rímel atendiendo la caja registradora.

Asientos de cuero que crujen al moverse y un tocadiscos en miniatura en cada mesa.

—Lo preparamos todo aquí —continúa nuestra camarera—. Incluida la salsa césar.

—Excelente, gracias.

—El puré de patatas lleva piel —añade, como si esperara que cambiase de opinión para sugerirme otras cinco o diez alternativas. Pero ya las he probado todas, y la verdad es que no me gustan tanto las patatas fritas.

—No pasa nada —replico.

Nuestra camarera se vuelve hacia Delilah sin decir palabra, arqueando una ceja delineada.

—Bueno —dice, masticando el chicle—. ¿Y tú?

Delilah le entrega la carta sin apartar la mirada de mí. Lleva haciendo lo mismo casi todo el viaje. Me observa como si quisiera descubrir mis secretos y hurgar en lo que hay debajo.

—Quiero el sándwich de pavo con patatas fritas.

Sin añadidos ni modificaciones, gracias.

—La camarera desaparece de nuevo en la cocina, y Delilah arruga la nariz.

Todavía lleva puesta mi chaqueta encima de los hombros como si fuera una capa.

Sé que ha hecho bromas sobre mi horario, pero, si metiera la mano en el bolsillo izquierdo, es exactamente lo que encontraría, doblado en cuadrados perfectos y subrayado hasta el último detalle.

—Vaya, has salido mucho de tu zona de confort con ese pedido, ¿eh?

Extiendo la mano hacia los sobres de azúcar y lentamente los ordeno por altura y color.

—Sé lo que me gusta.

—Pides comida como si fueras un asesino en serie.

Cambio un sobre de edulcorante por uno de azúcar moreno, luego cambio de parecer y los vuelvo a cambiar.

—Soy exigente —le explico—. Me gusta que las cosas se hagan de cierta manera. Y en el cartel ponía que el sándwich de pavo era famoso.

Soy especialmente exigente cuando siento que pierdo el control de todo lo demás.

Me dirijo a toda velocidad hacia una enorme tormenta invernal en las montañas, acompañado de mi polo opuesto.

Se supone que debo salir en televisión en directo e informar, con términos claros y concisos, de lo que está pasando.

He dejado a mis hermanas por primera vez desde que asumí su custodia, y mi madre no para de enviarme mensajes de texto desde números desconocidos, haciéndome las preguntas más absurdas del mundo.

Tengo la mente confundida, así que he pedido el puré de patatas.

Con piel.

Delilah se apoya la barbilla en la mano.

—Acepto esa respuesta. —Da un sorbo ruidoso a su batido de chocolate.

El mismo por el que ha preguntado amablemente nada más entrar por la puerta principal («¿Por casualidad no tendréis batidos de chocolate?

») y que la esperaba en nuestra mesa, como una dignataria extranjera sentada a una cena de Estado.

Nunca entenderé cómo atrae a la gente y consigue que la adoren, todo con una sonrisa radiante y un movimiento de su larga melena.

Se relame los labios.

—Por ahora —añade, con un ligero tono de advertencia en la voz.

—Entendido —contesto.

Hasta este momento, este viaje es exactamente lo que esperaba y a la vez no se parece en nada a lo que había planeado.

Pensé que Delilah hablaría sin parar durante todo el trayecto en coche, con comentarios insulsos y empalagosos sobre los pinos que veíamos o la comida de la gasolinera.

Y, aunque ha soltado un monólogo de quince minutos sobre el poder subestimado de una buena gominola de melocotón, por lo demás se ha mantenido bastante reservada.

—Háblame de tus hermanas —me pide desde el otro lado de la mesa, mientras se toca el botón del cuello.

—Pues… —digo, distraído. Lleva un jersey de cuello en «V» de aspecto suave que se ajusta a sus curvas, muy diferente de sus vestidos de directo.

Un día, cuando se subía a la furgoneta, al verla me pellizqué con tanta fuerza que todavía tengo la marca en la muñeca.

Lo último que necesito es empezar a comerme con los ojos a Delilah Stewart.

Sin embargo, me resulta casi imposible por la forma en la que sigue moviendo los dedos sobre la parte superior del pecho. Abrocha el botón, luego lo desabrocha. Lo abrocha. Lo desabrocha.

Aprieto la mandíbula.

—¿Cuántos años tienen? —me pregunta.

Tengo que obligarme a concentrarme de nuevo en la conversación.

—¿Qué?

—Tus hermanas —dice Delilah, divertida—. ¿Cuántos años tienen?

—Ah, quince. —Aparto el azucarero—. Son gemelas —agrego.

—Menuda diferencia de edad.

Me encojo de hombros. Pensé lo mismo cuando mi madre volvió a nuestro pequeño piso después de dos semanas de fiesta, aferrada a una ecografía con lágrimas en los ojos.

«Nuestra familia acaba de crecer, Jack», me dijo con una sonrisa temblorosa. «¡Qué suerte tenemos!».

No me pareció que fuera una gran suerte. Me horrorizaba que trajera dos hijos más al mundo cuando ya estaba haciendo un trabajo pésimo criando al primero.

—Mi madre es… —intento encontrar una palabra que defina a Camille Clark— poco convencional —concluyo—. Por eso ahora tengo la custodia completa de mis hermanas.

Sé qué va a pasar en este momento de la conversación.

La lástima suavizará su rostro, y le costará encontrar las palabras adecuadas.

No volverá a mencionar el tema y sacará sus propias conclusiones sobre mí, mis hermanas y la familia que hemos formado.

Ha ocurrido mil veces. La gente se pone muy incómoda con tal de no tener que enfrentarse a mi realidad.

Me preparo mentalmente, pero, cuando levanto la vista, Delilah está jugando con la cereza de su batido, mordisqueando el tallo pensativamente.

—Qué genial —dice ella, sin rastro de… nada—. Debéis de estar muy unidos.

Parpadeo, estupefacto.

—Pues sí, la verdad es que sí.

—¿Les emociona la idea de verte en la tele?

Pienso en el chat familiar y en cómo está repleto de emojis incomprensibles y peticiones de actualizaciones. Y en el último mensaje de Penelope:

¿Debería comprar una figura de cartón a tamaño real tuya para nuestra fiesta?

Y la respuesta inmediata de Adeline:

SÍ, LA VAMOS A COMPRAR, NOS DA IGUAL LO QUE DIGAS.

Al cabo de veinticinco minutos, recibía una foto de Aiden de pie junto a una figura de cartón mía hecha a mano, con el brazo sobre sus hombros.

—Sí, están emocionadas. —Jugueteo con una pequeña muesca del lateral del azucarero—. Te adoran.

Su rostro se ilumina, y se endereza en el asiento de cuero agrietado del reservado; la chaqueta se le resbala de un hombro y se lleva consigo el escote de su jersey.

Alcanzo a ver su piel pálida y cremosa. La delicada línea de su cuello.

Lleva un fino collar de oro, sujeto con una especie de broche de conejo.

«No mires debajo de su barbilla, imbécil. No mires».

Me comporto como un vizconde de la época de la Regencia inglesa. Dos dedos de clavícula, y estoy agarrándome al borde de la mesa con tanta fuerza que se me clava en las palmas.

—Qué bien —exclama Delilah, como si todo Baltimore no estuviera ya enamorado de ella y la lealtad de dos adolescentes no fuera algo impresionante.

Me molestaría si no fuera completamente cierto.

Se mete la cereza en la boca—. Si te digo la verdad, la única razón por la que empecé a hacer programas de televisión es porque mi abuelo estaba obsesionado con verme en la tele.

Decía que era mi destino. El gran astrólogo, Gus Stewart.

—¿Ah, sí?

Asiente con un leve murmullo.

—Sí. Él siempre ha creído más en mí que nadie. Creo que, si pudiera cambiar el destino, lo haría. —Da otro largo trago a su batido—. Me crio él, ¿sabes? Mi madre también era… poco convencional.

Se me corta la respiración.

—Ah —es lo único que se me ocurre decir.

—Fue una niña prodigio del violín —continúa Delilah, imperturbable—.

He visto algunos vídeos de cuando era pequeña y era increíble incluso entonces, cuando el arco era más grande que ella.

Mi abuelo la llevaba al conservatorio tres veces a la semana.

Tuvo varios empleos para que ella pudiera aspirar a lo mejor de lo mejor en cuanto a clases y demás.

Al final, mi madre consiguió un puesto en la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam.

Casualmente, por esa época, también se quedó embarazada de mí.

—Delilah me dedica una forzada sonrisilla—.

Supongo que pensó que podía tener las dos cosas, pero yo era…

demasiado, y eligió aquello en lo que más tiempo había invertido.

Iba a darme en adopción, pero mi abuelo le rogó que lo reconsiderara.

Resumiendo, le cedió la custodia a él. —Da un sorbo ruidoso a su bebida—.

A mi abuelo le encanta verme en la tele, y a mí me gusta demostrarle que no hizo tantos sacrificios en vano.

—Frunce el ceño mirando su batido—. Oye, pásame la pajita de repuesto. Esta está congelada.

Le doy mi pajita sin apartar la vista de su cara. ¿Cómo puede hacerlo? ¿Cómo puede abrirse una vena y dejar que todas sus verdades hirientes fluyan libremente sin tropezar con una sola palabra ni sin sentirse destrozada ni agobiada por ello?

Golpea la mesa con la pajita para quitar el envoltorio y luego la deja caer en su batido.