CAPÍTULO 9 DELILAH #2
Recorro con los ojos los contornos de su rostro y me detengo en su boca.
Tiene una leve cicatriz justo debajo del labio inferior.
Nunca me había fijado porque no sé si me ha sonreído así antes.
Ceños fruncidos, muchos. Gruñidos vagos en mi dirección, los que quieras.
Pero ¿esta sonrisa fácil y juguetona? Jamás.
—¿Es otro ejercicio para fortalecer el trabajo en equipo?
—Podría ser. —Se encoge de hombros—. Incluso puedo detenerme, si quieres. Uno de nosotros podría subirse al techo de la furgoneta y dejarse caer hacia atrás para poner a prueba la confianza del otro.
—No lo harías en la vida —me río.
—Sí, tienes razón. En la vida. —Otra sonrisa despreocupada lo ilumina y transforma su cara. Todas esas líneas marcadas se funden en algo más cálido. ¿Así es como lo ven los demás? ¿Guarda toda su dureza para mí?—. Venga, Delilah. Dime la verdad. Puedo con ella.
—¿Qué quieres saber?
—¿Tengo cara para salir en la tele? —Su media sonrisa se convierte en una sonrisa completa—. ¿Qué pensaste de mí cuando nos conocimos?
—Creo que la primera vez que te vi estabas saliendo del maletero de tu coche.
Un rubor le llega a la base del cuello.
—Eso es porque siempre aparcas demasiado cerca de la puerta de mi coche. A veces no puedo abrirla.
—Claro.
Murmura algo entre dientes.
—Vale, muy bien. ¿Y más tarde? Al principio de todo esto. ¿Qué pensaste?
Recuerdo su camisa azul a cuadros. La presión de su cuerpo contra el mío. Olor a café en exceso y falta de aire en los pulmones.
—Pensé: «¿De dónde ha salido este hombre y por qué está encima de mí en este pasillo?».
—Cuando te enteraste de que tenías que trabajar conmigo —aclara con un bufido—.
En el despacho de Keith. O en la cafetería, no sé.
—Se rasca bruscamente la nuca, y algunos de los mechones más largos de su cabello rubio se erizan formando ángulos extraños.
Me hormiguean los dedos con las ganas irracionales de alisárselos.
Aprieto las palmas contra los muslos y me aclaro la garganta, nerviosa. Esta furgoneta de los informativos nunca me había parecido tan pequeña.
—Da igual —dice de pronto, con la mirada fija en la carretera. Se clava el nudillo en la mejilla, se sacude las gafas y luego se las vuelve a colocar—. No quería decir…
—Cuando te vi sentado en la barra de la cafetería —lo interrumpo—, pensé que era una pena que fueras tan guapo, porque tienes la personalidad de un trozo de cartón mojado.
Ahí lo tiene. Si no quieres una respuesta, no formules la pregunta.
Jackson tarda varios segundos en digerirlo. Abre la boca, la cierra y la vuelve a abrir.
—¿Crees que soy guapo?
—Creo que te estás centrando en la parte equivocada de mi comentario —resoplo.
—No lo creo. —Sonríe, y es un gesto tan repentino e inusual que tardo varios segundos en procesarlo—. Yo pensé que tu sonrisa era rara —comenta.
—¿Qué?
—Tu sonrisa —repite—. Me pareció rara.
—¿En qué sentido? —pregunto, ofendida.
—Siempre estás sonriendo —contesta—. Incluso cuando no quieres. —Tamborilea los dedos sobre el volante—. Es raro —añade como si tal cosa, y una pequeña arruga vuelve a aparecer entre sus cejas. Está pensativo.
—Ya no me gusta este juego. —Me hundo de nuevo en su chaqueta—. Digo que eres guapo y me dices que mi sonrisa es rara.
—¿Prefieres que te mienta?
—No. No quiero que me mientas nunca. —Quizá esa sea la mejor parte de trabajar con Jackson. Nunca me dirá nada falso. No me dirá una cosa y pensará otra. Siempre sabré la verdad.
Aun así, le vendría bien tener un poco más de tacto.
—¿Qué problema hay con ser feliz? —pregunto a regañadientes.
—Ninguno —responde—. Si de verdad te sientes así, ninguno.
Dibujo un pequeño copo de nieve en el vaho de la esquina inferior derecha de la ventanilla, con los ojos de repente entrecerrados.
—Yo me siento así.
—¿Seguro?
—Sí. —Normalmente. Casi siempre. Cuando importa, supongo.
—Mmm —murmura Jackson, y en ese breve y cómplice sonido hay algo que me provoca una opresión de frustración en los hombros. Me incorporo, y su chaqueta se desliza hasta mi regazo.
—Bueno, ahora mismo no me siento así, desde luego —le suelto.
Jackson esboza una sonrisa, y entorno los ojos. Imagino la satisfacción de lanzarle una bolita de papel directamente a la sien. De pegarle un pósit arrugado en medio de la frente.
—Sabes que eres exasperante, ¿verdad?
—Me lo han dicho un par de veces. —Pone el intermitente y cambia de carril mientras mira por los retrovisores—. ¿Quieres saber otra cosa? ¿Quieres saber algo que pensé cuando vi tu vídeo junto al acuario?
No sabía que Jackson veía mis directos. Toco un hilo suelto que sobresale del bajo de su chaqueta y lo retuerzo una y otra vez hasta que se rompe. La curiosidad es terrible.
—¿Qué?
—Me… afectó… el disfraz de tortuga. —El rubor del cuello se le extiende por todas partes—. Haz lo que quieras con esa información.
—No tengo ni idea de lo que significa.
—Sí —suspira—. Sí que lo sabes.
Tardo un poco en asimilarlo. La idea va rebotando poco a poco de sinapsis en sinapsis hasta que la conexión se convierte en un hilo tenue.
—Jackson —exclamo, sin aliento—. ¿Te atrajo el disfraz de tortuga?
—No nos emocionemos. —Se remueve incómodo.
—¿Fue por el caparazón? —pregunto con voz temblorosa. Siento una risa contenida que, francamente, me da miedo soltar—. ¿O fueron las manos con aletas las que te conquistaron?
—Creo que fue tu entusiasmo, la verdad, y tu habilidad para hacer que todo parezca fácil —responde con ligereza quitando el intermitente de golpe. Me deja sin palabras. Mi risa se apaga y se desvanece, y una opresión se propaga desde detrás de mis ojos hasta el puente de mi nariz.
—Ah —musito—. Ya veo.
Jackson gruñe en señal de leve asentimiento y vuelve a incorporarse al tráfico. Miro por la ventanilla hacia los árboles que pasan a toda velocidad y sigo con los ojos las vallas publicitarias. Una en particular llama mi atención, y tomo una decisión en una fracción de segundo.
—Toma la siguiente salida —le digo a Jackson.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque quiero ver una cosa.
Se incorpora al ramal sin pedir más explicaciones. La furgoneta de los informativos reduce considerablemente la velocidad mientras viramos en una curva cerrada.
—¿Delilah? —pregunta.
Necesito salir de esta furgoneta. No puedo estar tan cerca de él, envuelta en una chaqueta que huele a su café y colonia, y que encima esté siendo sincero conmigo.
Además, hace una hora que me rugen las tripas, y las gominolas de melocotón ya no me satisfacen.
—Es hora de un poco de espontaneidad —digo.
Más adelante, un gran letrero giratorio, que cruje sobre un aparcamiento, anuncia con orgullo: « Servimos desayunos todo el día ».
Solo que « Todo el día » está escrito con dos ceros y la A es de otro color.
Debajo del letrero, escrito a mano con pintura en aerosol, se lee:
PREGUNTAD POR NUESTROS FAMOSOS SÁNDWICHES CALIENTES DE PAVO
—Uy, no —dice Jackson—. No quiero una intoxicación, gracias.
—Dijiste que querías probar cosas diferentes, ¿no? Y romper la rutina. —Señalo por la ventanilla con los ojos muy abiertos.
—No te dije que quisiera morir en los Apalaches por culpa de una salmonelosis.
—Son sándwiches calientes de pavo —enfatizo—. Supongo que estará bien cocinado. No te va a pasar nada. —Me muevo alegremente en mi asiento. Espero que tengan patatas fritas. Y batidos—. Es una señal.
Jackson agacha la cabeza y mira por el parabrisas.
—Estoy casi seguro de que es un trozo de madera contrachapada, Delilah.
La furgoneta reduce la velocidad hasta casi detenerse mientras Jackson entra a regañadientes en el aparcamiento. Elige un lugar cerca del fondo, aunque no es que falten opciones. Solo hay otros dos coches estacionados. Apaga el motor, pero permanece inmóvil en el asiento delantero.
—Genial, vamos. —Me desabrocho el cinturón y me inclino para hacer lo mismo con el suyo. Meto los brazos por las mangas de su chaqueta y abro la puerta del copiloto. Salgo sin esperarlo—. ¡Los sándwiches de pavo nos esperan!
Durante un segundo, no creo que me siga. Acto seguido, oigo el portazo de un coche y el sonido de unas botas contra la acera.
En algún lugar detrás de mí, Jackson suspira, cansado.
—Esta parada no estaba prevista en mi horario.
Sonrío contra el cuello de mi abrigo robado.