Una conexión imprevista CAPÍTULO 9 DELILAH
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CAPÍTULO 9 DELILAH

—Qué divertido —comenta Jackson con tono neutro desde el asiento del conductor de la furgoneta de los informativos, con las manos sobre el volante—. Nunca me había divertido tanto.

Le lanzo una gominola con forma de melocotón y sonrío cuando rebota en su sien y aterriza en algún punto entre el reposabrazos y el salpicadero. Jackson se gira lentamente y me dedica la mirada más altiva y ofendida que he visto jamás.

Enseguida me sumo en un ataque de risa.

—Estás enfadado porque he ignorado el horario.

—¿Qué horario? —gruñe.

—El que crees que no he visto.

Esta mañana, Jackson me ha recogido delante de mi casita adosada cuando el sol empezaba a alzarse por el horizonte.

En la acera, me esperaba con dos tazas de café en las manos y con uno de esos elegantes y mullidos abrigos de invierno sobre las líneas fuertes de su cuerpo.

No me ha dejado bajar la maleta por las escaleras.

Me ha tendido los cafés sin mediar palabra hasta que he cedido y luego ha cargado en la parte trasera de la furgoneta mi maleta con una rueda rota y mi trineo con forma de dónut.

Ha guardado un sorprendente silencio sobre mi trineo, al que solo ha lanzado una rápida mirada mordaz.

Luego, en la estrecha calle, hemos discutido durante siete minutos sobre quién iba a conducir. Solo he cedido cuando Jackson me ha señalado que, como copiloto, podía controlar la radio y repartir la comida.

—¿Vas a dejarme comer en la furgoneta?

Se ha llevado las manos a las caderas y me ha mirado fijamente con expresión seria detrás de sus gafas.

—No soy ningún monstruo, Delilah.

Para mi desgracia, controlar la radio ha acabado siendo un fracaso. Las únicas dos emisoras que sintoniza la furgoneta son la NPR, la emisora de radio pública estadounidense, y una mezcla de salsa que no suena muy bien. He vetado la música de congas enseguida, pero quizá no debería haberlo hecho.

—Sin ánimo de dramatizar, pero, como tenga que escuchar un segundo más del programa de noticias, me tiro de este vehículo en marcha.

—¿No te gusta la NPR?

—Me encanta la radio pública, pero no me gusta nada el episodio sobre medicina medieval que llevamos escuchando desde hace ya una hora y veintitrés minutos. —Me hundo más en el asiento, estremecida—. Es deprimente.

No quiero oír hablar de agujeros en el cráneo, enfermedades fúngicas raras ni los instrumentos que usaban para abrir a la gente. Quiero comerme las gominolas y cantar a pleno pulmón canciones de Whitney Houston.

Pero esta furgoneta no cuenta con ningún equipo moderno. No puedo conectar el móvil al sistema de audio y no tengo casetes a mano. Por lo tanto, solo estamos nosotros y la radio con interferencias, una emisión de la NPR de lo más desmoralizante y chasquidos de electricidad estática.

Me abrazo a mí misma, temblando de nuevo. La furgoneta tampoco tiene calefacción. Estoy a punto de sacar una de las mantas térmicas de emergencia plateadas de la parte de atrás y envolverme en ella como un burrito.

—¿Cuánto falta?

—Ojalá tuviéramos un horario a mano —comenta Jackson.

Suelto una risita.

—Como si no te lo supieras de memoria.

Pone los ojos en blanco y me giro hacia la ventanilla, intentando imaginarme en un lugar más cálido.

Pero hoy todo está cubierto de grises intensos, y los débiles rayos de sol apenas logran asomarse entre las nubes.

Va a hacer aún más frío a medida que nos adentremos en las montañas, con los gélidos dedos de la tormenta ya a poco de alcanzar las estribaciones.

Algo pesado y cálido cae sobre mi regazo. Miro hacia abajo y veo el abrigo de Jackson extendido sobre mis muslos.

—Se te están poniendo los labios azules —me dice a modo de explicación.

Mientras yo he estado temblando en el asiento del copiloto, Jackson se ha estado remangando la sudadera gris pizarra.

Hay un desgarro en el cuello que no puedo dejar de mirar.

Una muesca en su brillante armadura. Tiene apoyada una muñeca, adornada con un reloj, en el volante y me mira de nuevo por encima de sus gafas de montura gruesa.

Sentado así, parece el atractivo protagonista de un anuncio de calculadoras.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—¿Qué?

—Me miras raro.

—¿Cómo que te miro raro?

Traga saliva, y poso los ojos en la marcada silueta de su cuello. Está lleno de curvas y líneas. Su piel se ve sombreada por la tenue luz que entra por el parabrisas.

En mi opinión profesional, nadie debería estar tan guapo al conducir una furgoneta de los informativos.

—Como si estuvieras pensando en nuevas y creativas maneras de atacarme con gominolas de melocotón —dice con voz grave.

—Noticia de última hora, Jackson. —Bajo la barbilla y pongo mi mejor voz de locutora—. Una mujer busca nuevas y creativas maneras de atacar a su compañero del tiempo con gominolas de melocotón.

Otro escalofrío me retuerce los hombros.

—Delilah —dice, con la preocupación eclipsando rápidamente su diversión—. Ponte la chaqueta.

—¿O qué? —me opongo.

Una leve sonrisa acentúa las arrugas alrededor de sus ojos.

—O te la pongo yo —me asegura.

El tráfico delante de nosotros por fin empieza a despejarse, y él vuelve a prestar atención a la carretera.

Desdoblo la chaqueta y la extiendo con cuidado sobre mi regazo; meto el cuello hasta la barbilla y deslizo los brazos por las mangas.

Estas se doblan sobre mis manos, y envuelvo los dedos en la tela suave como la mantequilla, soltando un suspiro de felicidad al sentirme instantáneamente envuelta en una calidez con aroma a café.

—¿Mejor? —me pregunta.

Asiento, hundiendo la nariz aún más en la tela y cruzando las piernas bajo el asiento. Solo mis ojos quedan a la vista, soy una especie de duende de North Face.

—Mucho —respondo con la voz amortiguada—. Gracias.

—Míranos —murmura—. El ejemplo perfecto de trabajo en equipo.

Resoplo y me remuevo en mi abrigo.

—¿Significa que estás listo para hablar del tema?

Su rostro se contrae al instante.

—No —salta—. No lo estoy.

Apoyo la frente en la ventanilla y me dejo llevar por la risa que me quema el pecho desde las 6:03 de la mañana. Hemos decidido incluir a Jackson en el pronóstico del tiempo matutino de YBAL antes de salir. Por desgracia, no ha salido mucho mejor que el directo de la radio.

—¿Qué te ha impulsado a vestirte de verde?

—digo con otra carcajada, con la voz aguda y entrecortada.

Intento controlarme, pero no puedo. Me quedaré con la imagen mental de la cabeza de Jackson flotando frente al mapa del tiempo hasta el día en el que me muera—.

Llevabas una camisa verde delante de una pantalla verde, Jackson.

Él se pasa una mano por el pelo y se la apoya en la nuca, con el brazo tenso bajo la tela de la sudadera. Su rostro es una deliciosa combinación de perplejidad y desconcierto, y eso solo me hace reír aún más.

—Mi camisa de los viernes es verde —musita.

—¿No se te ha ocurrido cambiártela?

—Nunca he hecho un directo en la televisión, Delilah. Olvidé lo de la pantalla verde. En la radio no hay pantalla verde. —Baja el brazo con un profundo suspiro—. ¿Por qué no me has dicho nada antes de empezar?

—Lo he intentado. Lo habría hecho si no hubieras esperado en tu coche hasta el último segundo posible.

—Estaba meditando —dice, entrecerrando los ojos por la mentira.

—Estabas comiendo patatas fritas de bolsa para calmar la ansiedad.

Lo he visto desde la ventana del estudio mientras esperaba a que entrara. Estaba sentado en el asiento del conductor, mirando fijamente el edificio como si prefiriera tirarse desde lo alto, engullendo patatas fritas grasientas.

—Mira —digo tras respirar hondo, intentando reprimir la risa que no deja de brotar—. Si te estoy obligando a hacer esto…

—No me estás obligando a nada —me interrumpe enseguida. Sus facciones se relajan, y la pequeña arruga entre sus cejas desaparece—. Estoy bien, solo estoy asimilando la realidad. Estoy intentando averiguar cómo hacerlo.

—¿El qué?

—Los directos. La… colaboración. Quiero hacerlo bien. —Hace una pausa, y luego, en voz más baja, añade—: No quiero decepcionar a nadie.

Mis carcajadas por fin se calman, con una sonrisa tonta aún dibujada en el rostro. Es la vez que Jackson ha sido más sincero conmigo, y sé que le ha costado. Lo noto por su postura, por cómo ha enderezado los hombros, esperando a que siga metiéndome con él.

—Bueno, no tienes que averiguarlo solo —le digo con suavidad—. Ahora somos un equipo, ¿recuerdas?

Jackson me mira con una sonrisa dibujada en los labios. Detrás de su cabeza, los frondosos árboles de hoja perenne pasan borrosos. Veo postes de vallas con las puntas escarchadas y campos abiertos. Un caleidoscopio de colores invernales.

—Sí. —Asiente—. Un equipo.

—Sí. —Frunzo los labios—. Y, aunque tu debut en las noticias no ha salido como querías, has causado una buena impresión, sin duda.

—Genial. —Hace una mueca.

—Muy al estilo del Mago de Oz.

Se lleva la mano a la mandíbula.

—Me daba demasiado miedo mirar la pantalla. ¿Salía solo mi cabeza flotando por ahí?

Otra carcajada me sale disparada. Me tapo la boca con la mano y luego extiendo los dedos para susurrar:

—También se te veía una parte de los hombros.

—Ah, bueno. Me alegro de que también se me hayan visto los hombros. —Tensa las manos sobre el volante, endurece las líneas de su cuerpo y luego se relaja.

—Ahora todo Baltimore entiende por qué sigues en la radio.

—¿Me estás diciendo que soy demasiado feo como para salir en la televisión? —Levanta las cejas.

—No he dicho eso.

—Pues lo ha parecido.

Lo miro fijamente, inmóvil al otro lado de la furgoneta. Me observa de reojo de vez en cuando.

—Jackson —le digo con cautela—. ¿Pretendes que te diga piropos?

—A lo mejor. —Hace una pausa y se aclara la garganta—. ¿Qué dirías si lo pretendiera?