CAPÍTULO 8 JACKSON
Delilah espera al último segundo posible para entrar en la cabina y sentarse en la silla a mi lado sin mirarme a los ojos. Me la quedo contemplando y veo cómo toquetea con los dedos el cable de sus auriculares.
—¿Todo bien? —le pregunto.
En el pasillo no la he visto bien. La he visto triste. Como si la luz que emana de ella estuviera atenuada. Ha contestado a una llamada y se ha marchitado como una flor.
Se obliga a sonreír, observando la mesa frente a mí, en lugar de mirarme a la cara.
—¿Por qué tienes tres páginas de notas escritas a mano?
Las tapo con la palma de la mano.
—Delilah —digo ignorando la pregunta—. ¿Estás bien?
Su suspiro es breve. Silencioso. Una fracción de su energía habitual, reducida a fragmentos demasiado pequeños.
—Estoy bien. Aunque ahora me preocupa no tener tres páginas de notas escritas a mano.
—No parece que estés bien.
Pone los ojos en blanco mirando al techo y se ajusta los auriculares. Un mechón de pelo se le enreda con la diadema.
—Gracias —replica, pero sin la misma intensidad de hace una semana.
—No, quiero decir que… —Me inclino y le aliso suavemente el pelo que se le ha enmarañado, apartándolo detrás de sus auriculares. Tengo que acercarme para hacerlo, y mi silla choca con la suya—. No pasa nada si no estás bien. Puedo esperar.
Clava los ojos en los míos con curiosidad.
—Me refiero —me corrijo de nuevo, con las mejillas sonrojadas— a que el programa puede esperar. No tenemos que empezar hasta que estés lista.
No suelto el pelo que se me ha enredado en el dedo. Lo acaricio con el pulgar, inconscientemente. Es muy suave y huele a cerezas. Me coloco delante de ella para que tenga algo de intimidad —si la necesita—, y mis hombros la protegen de la gente que sigue moviéndose por la sala.
—Estoy bien —repite, más suave esta vez, con los ojos pasando de un lado a otro entre los míos—. Gracias, Jackson. Estoy bien.
—De acuerdo. —Suelto su cabello y dejo caer las manos sobre mi regazo, debajo de la mesa. Aprieto los puños.
Alguien se aclara la garganta al otro lado de la mesa. Aiden me mira fijamente, con los ojos entrecerrados, pensativo.
—¿Estáis preparados? —me pregunta.
Me giro hacia Delilah.
—¿Lo estás?
Ella asiente. En esta cabina apenas cabe una persona, y mucho menos tres. Estamos tan cerca que puedo contar cada peca en el puente de su nariz.
Solo necesito tres minutos de directo para darme cuenta de que podría ser mi propio infierno personal.
Delilah se mueve cada diez segundos y, con lo apretados que estamos, no puedo escapar.
Nuestros cuerpos están pegados, rodilla con muslo.
Quizá mi ansiedad se manifiesta con una hipersensibilidad, porque cada vez que se le ocurre moverse te juro que me quita cinco años de vida.
Delilah intenta recolocarse, pero solo consigue presionarse más contra mí. En un arrebato de desesperación, paso la mano debajo de la mesa y le sujeto el muslo. Se lo aprieto con los dedos en una súplica silenciosa para que deje de moverse. Ella ahoga un jadeo, y retiro bruscamente la mano.
No más contacto físico.
—Bienvenidos a Fibra sensible , Baltimore. Soy vuestro presentador, Aiden Valentine, y esta noche tenemos a dos invitados en el programa. Los conocéis de sobra, pero estáis a punto de conocerlos mejor. Saludad, Jackson y Delilah.
Delilah se remueve en su asiento, emocionada. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que temo que se me rompa.
—Hola, Baltimore. —Una leve sonrisa se dibuja en sus labios, y sus ojos se encuentran con los míos—. Hola, Jackson.
Me inclino hacia delante tan rápido que me golpeo la cara contra el micrófono. Un chasquido estático resuena en nuestros auriculares.
—Hola —digo con una mueca de dolor.
Una sola palabra y ya estoy sudando, con hormigueos en la garganta y en las palmas de las manos. Miro fijamente mis notas e intento recomponerme, pero la tentación de soltar datos aleatorios sobre el tiempo es muy muy fuerte.
Por lo menos no me he desmayado todavía, algo es algo.
En cierto modo, desearía desmayarme. Porque ser hiperconsciente de hasta qué punto estoy cayendo en picado no es precisamente agradable.
—Tengo entendido que se avecina una tormenta —prosigue Aiden. Las palabras se van uniendo lentamente, flotando como sopa en mi cabeza.
«Tormenta. Se avecina».
Voy tres segundos por detrás del directo y observo a Aiden y Delilah interactuar a través de un grueso cristal.
—Sí —contesta Delilah—. Es lo que se rumorea. Se avecina una tormenta invernal que llegará la semana que viene. Un poco más tarde de lo habitual, y eso le confiere el potencial de batir algunos récords de nevadas.
Los dos dirigen la atención hacia mí. Hago un sonido sibilante directamente al micrófono.
Delilah frunce el ceño con preocupación.
—Llevamos un par de días comentándolo como una posibilidad, pero parece que ahora se han dado todas las condiciones importantes. Si bien el sistema meteorológico se extenderá a lo largo de la costa, Maryland se sitúa justo en la peor parte.
Debajo de la mesa, Delilah me agarra la mano. La aprieta con fuerza, y la niebla se disipa un poco.
—Parece grave —dice Aiden, jugando con el envoltorio de un bombón de menta con chocolate—. ¿Hay algo que la gente deba hacer para prepararse?
—No quiero alarmar a nadie, pero deberían empezar a abastecerse de alimentos no perecederos.
No me refiero a acapararlos para el fin del mundo, sino a una o dos latas de sopa.
Visitad a vuestros vecinos, sobre todo a los mayores.
Aseguraos de que tengan un plan para mantenerse calientes y a salvo si se va la luz.
Y aseguraos de que vuestra casa esté equipada con linternas, pilas y calefactores portátiles.
—Sonríe—. También deberíais sacar los trineos.
El barrio de Fed Hill será increíble con la nieve.
Se le da muy bien. Está cómoda, segura de sí misma.
Se sienta sobre las piernas en la silla de ruedas medio torcida que alguien encontró encajada en un armario al final del pasillo y se acerca a la mesa.
Como si quisiera meterse directamente en el micrófono.
Como si no pudiera contener el entusiasmo.
No sé qué ha pasado en el pasillo, pero ahora ha vuelto a ser ella misma, con toda su alegría.
—¿Ah, sí? —Aiden se echa a reír—. ¿Tenéis planes para ir en trineo por ahí?
Agarra un bolígrafo y me lo lanza a la cabeza. Aparto la mirada de Delilah.
«Habla», articula con los labios en mi dirección.
—Yo no tengo trineo —digo tontamente. Mi voz suena como si me hubiera fumado seis paquetes de cigarrillos antes de entrar en la cabina. Como si hubiera pegado la boca a un tubo de escape.
—Puedes usar el mío. —Delilah me da un codazo en el hombro.
Mi respuesta es inmediata:
—No, gracias.
Gira lentamente su silla y se sitúa cara a cara conmigo.
—¿Qué pasa? ¿Mi trineo no es lo bastante bueno para ti?
—Más de veinte mil personas acuden a urgencias cada año por incidentes relacionados con un trineo. —Subo un dedo hacia el costado de las gafas y me las recoloco—. Y a los pies de Federal Hill hay una carretera.
—Obviamente, yo iría en trineo por el otro lado. Lejos de la carretera. No estoy recomendándole a nadie que se tire en trineo hacia la carretera, Jackson.
—Ya lo sé.
—¿De dónde has sacado esos datos? ¿Los apuntas en una libretita? —Mira el papel que tengo delante—. ¿Por eso tienes esas notas?
—No. Son notas meteorológicas. —Un calor me sube por la nuca—. ¿Y tú qué? ¿Tienes un trineo en casa? ¿Estás preparada para surcar Federal Hill?
—Claro que sí. ¿Por qué no?
Conduce un Volkswagen Beetle rosa pálido y su chaqueta hace que parezca un dónut morado brillante, así que supongo que tener un trineo no es algo imposible para Delilah Stewart.
—Porque vivimos en Maryland, donde la nevada anual promedio es de unos cincuenta y pocos centímetros —replico—. El año pasado ni siquiera nevó.
—Sí, y me quedé supertriste. Mi trineo con forma de dónut se quedó en el rincón del comedor desde noviembre hasta marzo.
—¿Trineo con forma de dónut?
—Sí. Mi trineo tiene forma de dónut. Está cubierto de virutas de fresa.
Pero me dijo que no le gustan las virutas.
—Así que es un flotador.
—Un trineo de nieve flotador, sí.
—Los flotadores no son trineos, Delilah.
Una sonrisa devastadora comienza en algún lugar alrededor de sus ojos y se desliza hasta jugar en sus labios.
—Te estás enredando con los tecnicismos, Jackson.
Ya ni siquiera sé de qué estamos hablando.
Solo sé que siento un fuego en el estómago cuanto más la miro, un fuego que crece y se desborda como una marea.
Frustración, tal vez. Confusión, probablemente.
Desconcierto, podría ser. Seguro que es una extraña y desconcertante combinación de las tres cosas.
Nuestras rodillas chocan bajo la mesa cuando me giro del todo hacia ella, y esa sensación pesada y caliente se apodera de mi garganta. Cuando Aiden me ha dicho que hablara, no estoy seguro de que se refiriera a esto.
—¿Vas a llevarte el dónut al viaje?
—No lo había pensado, pero ahora a lo mejor sí. A lo mejor haga todos mis reportajes desde dentro del dónut.
—Os deseo lo mejor, chicos. —Aiden me lanza otro bolígrafo a la cabeza, pero este pasa rozando mi sien—.
Jackson y Delilah cubrirán la tormenta desde el condado de Garrett.
Podréis ver transmisiones en directo sobre las condiciones y cualquier información relevante y actualizada, incluido el aspecto que tenga la nieve para los trineos con forma de dónut.
—Aiden esboza una sonrisa—. Nuestro chico nos abandona para irse a lo más alto de todo, Baltimore.
—Yo no lo describiría así. Es solo que… —Me toco las gafas con los nudillos—. Nos vamos de viaje. Por… por la nieve. Os vamos a contar todo lo que necesitáis saber sobre… —Mi voz se va apagando. Delilah me mira fijamente.
—La nieve —termina la frase por mí cuando mi boca sigue moviéndose en silencio—. Os vamos a contar todo lo que necesitáis saber sobre la nieve. Así es. Pero de momento, Baltimore, devolvemos la conexión.
Me dedica un gesto sutil de pulgar hacia arriba, y me entran ganas de lanzarme a través de la pared de cristal de la cabina insonorizada.
—Excelente. Dicho esto, vamos a pasar a nuestra primera canción.
Estad todos muy atentos. —En los auriculares empieza a sonar «Winter Wonderland», de Harry Connick Jr., mientras Aiden escribe algo con el teclado.
Se los quita de golpe y los tira encima de una caja de galletas vacía que olvidó tirar—. Ha estado bien, chicos.
Apoyo la frente en el centro de la mesa y me quedo ahí.
—¿Qué parte? ¿La parte en la que no recordaba la palabra «nieve»?
—Ha sido mejor si lo comparamos con la posibilidad de que la pronunciaras chillando.
Inclino la cabeza hacia un lado contra mis notas y entrecierro los ojos para mirar a Delilah. Me da la impresión de que acabo de jugar siete asaltos y los he perdido todos.
—¿De verdad tienes un flotador con forma de dónut en casa?
—Claro que sí. No miento sobre los trineos con forma de dónut. —Me dedica una tímida sonrisa—. ¿Debería llevarlo a nuestro viaje?
—No. —Lo pienso—. Bueno, a lo mejor sí. Puedo usarlo para deslizarme en trineo directamente al lago Deep Creek cuando el directo empiece a ir fatal.
—Aunque pagaría lo que fuera por verlo, creo que lo harás bien. Por lo visto, lo único que necesito es encontrar algo para molestarte durante todos los directos hasta que te olvides de tus divagaciones meteorológicas. Ha funcionado, ¿no?
—Supongo que sí —murmuro. Estaba tan distraído por Delilah que he olvidado ponerme nervioso. Frunzo el ceño, y el papel bajo mi mejilla se arruga—. En realidad, no sé por qué Maggie quiere que lo haga yo.
—Porque nadie conoce los sistemas meteorológicos mejor que tú, con la excepción de la mujer que está sentada a tu derecha —dice una voz desde el umbral. Maggie está encajada en la puerta entreabierta de la cabina, tecleando en su teléfono con expresión cansada—. Y porque necesito la victoria.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Se guarda el teléfono en el bolsillo.
—Orion —responde—. Siguen interesados en nuestra emisora. —Hace una pausa y se lleva dos dedos a la frente—. Han vuelto a subir la oferta.
El gigante de la televisión por satélite lleva dos años intentando hacerse con nuestra emisora, y su agresividad no ha hecho más que aumentar tras el éxito arrollador de Fibra sensible del pasado febrero.
Por alguna razón, quieren la emisora y no están dispuestos a aceptar un «no» por respuesta.
Maggie ha estado haciendo lo imposible por contener los avances, decidida a que nuestra pequeña emisora siga siendo local.
Pero Orion ha estado lanzando ofertas desesperadas con contratos de adquisición de seis cifras.
Nuestro equipo directivo ha empezado a prestar atención.
—Si Orion se adueña de nosotros, nuestra emisora se convertirá en una programación segmentada.
Nos exprimirán para quitarnos hasta la última gota de contenido local y nos reducirán a otra emisora de éxitos del Top 40.
Pero si consigo convencer a los directivos de que el contenido local todavía funciona bien…
—Entonces, quizá por fin les digan a los de Orion que se vayan a la mierda —resume Aiden.
—Exacto. —Maggie me mira fijamente—. Y no hay nada más local que una tormenta de nieve tremendamente fuerte que se dirige hacia nosotros.
Si podemos demostrar que somos capaces de mantenernos a flote por nuestra cuenta, sin las falsas promesas de Orion, deberíamos poder callarlos de una vez por todas.
Pero tenemos que respaldarlo con cifras contundentes de audiencia.
Aprieto los auriculares con fuerza hasta que el plástico cruje. De reojo, veo a Delilah moverse.
—Veo que no hay ninguna presión.
El rostro de Maggie se suaviza.
—Eres brillante, Jackson. No te pondría en esta situación si no tuviera plena confianza en ti. Intenta disfrutarlo, ¿vale? Intenta divertirte.
Ahí está ese verbo otra vez. «Divertirse».
Me resuena en la cabeza hasta que tenso los hombros.
Nunca he sido muy aficionado a divertirme.
Siempre me he guiado por lo práctico, lo predecible, lo probable y lo lógico.
El mejor camino siempre ha sido el que puedo ver con claridad extendido ante mí en pasos perfectamente manejables.
Pero eso no me ha hecho demasiado bien. Creo que en algún momento me acomodé tanto en mis rutinas, hábitos y planes que ahora estoy atrapado en ellos. Se enroscan a mi alrededor como si fueran enredaderas y me inmovilizan. Me impiden avanzar.
La maldita puerta del jardín está sellada.
No quiero ser así.
—Podemos hacerlo —asegura Delilah. Me dedica otra sonrisa cautelosa—. Podemos conseguirlo. ¿Verdad, Jackson?
—Sí —convengo, con la esperanza de sonar sincero—. Por supuesto que sí.