Una conexión imprevista CAPÍTULO 7 DELILAH
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CAPÍTULO 7 DELILAH

Jackson no exageraba.

Tan pronto como entramos en el edificio, es como si el alma le hubiera abandonado el cuerpo. Se queda mirando fijamente un punto misterioso delante de él y responde con monosílabos a las preguntas que no dejo de lanzarle con la intención de distraerlo.

Lo último por fin provoca una reacción. Jackson se gira a medias hacia mí.

—¿Me preguntas si he ido al club de estriptis?

—No. Te pregunto si has ido al Chaps. A ese Chaps en concreto. El del aparcamiento del club de estriptis.

—Ah —responde, llevándose la mano a la nuca para apretarla mientras nos guía por los pasillos de la emisora de radio—. No.

—Deberías ir algún día.

De eso han pasado siete minutos, y ha sido lo último que nos hemos dicho antes de que una mujer guapa con trenzas de color degradado nos entregara a cada uno unos auriculares y nos hiciera pasar a una cabina con ventanas.

Ahora Aiden está sentado en la mesa larga del centro de la habitación, intentando apresuradamente recoger varias cajas de galletas, envoltorios de bombones de menta y chocolate, y tazas de café medio vacías.

Lucie da vueltas en la silla de Aiden, lanzando avioncitos de papel en medio del desorden, con los pies recogidos y una de las sudaderas de Aiden sobre los hombros.

Él la detiene a mitad de la vuelta con la mano apoyada en el reposabrazos y se inclina para darle un beso firme en los labios sonrientes.

Siento un nudo en el estómago.

Aquí, en la emisora de radio, son felices.

Todas las personas a las que he visto. Se saludan por su nombre, se interesan por los planes del fin de semana de los demás y hablan de los cumpleaños de los hijos.

En el canal de noticias, voy constantemente con pies de plomo para intentar no hacer enfadar a Keith ni ser una molestia.

Pero aquí todos giran en torno al resto en un baile de productividad coreografiado a la perfección. Es un hervidero de actividad. Se preparan para el programa, riendo, gritando y lanzando cajas y cables de un lado a otro.

Jackson se abre paso entre el bullicio, directo hacia la cabina, donde se sienta en un puf del rincón, con las rodillas prácticamente pegadas al pecho. Agarra una almohada en forma de corazón y la sostiene entre los brazos.

No estoy del todo segura de que esté respirando.

—Delilah. Hola. Gracias de nuevo por aceptar la colaboración.

Maggie aparece a mi lado, con el móvil en la mano y un auricular blanco en una oreja. Está tan elegante y profesional como cuando fue al estudio de televisión, mientras que yo llevo una parka morada brillante que encontré en la sección de objetos perdidos.

Un hombre bajito con tirantes está a su lado, con la barbilla pegada al pecho, mientras desliza el dedo por una lista en su portapapeles.

Lleva un micro que parece una réplica de un concierto de Britney Spears y una caja de bombones de menta y chocolate envuelta en celofán.

Se sobresalta al levantar la vista y luego sonríe tanto que se le mueve el auricular.

Me cae bien al instante.

—Te presento a Hughie —dice Maggie al tiempo que acepta el portapapeles y anota algo en el margen—. Nos echa una mano en la emisora.

—Me encargo de lo que hay que encargarse —dice asintiendo.

—Puedes empezar por llevarte su chaqueta, Hughie. Gracias.

El hombrecillo extraño se lleva mi abrigo y desaparece sin pronunciar ni una palabra más. Maggie exhala un suspiro de resignación.

—Me pidió hacer prácticas universitarias, y desde entonces no he podido deshacerme de él. —Se inclina y recoge la caja de bombones de menta—. Aunque supongo que cumple bien su función. —Inclina la barbilla hacia la cabina—. ¿Cómo está Jackson?

—Está… bien. —Me rasco el cuello—. No está muy bien.

Maggie tuerce los labios.

—¿Siempre se pone tan mal? —le pregunto.

A través del cristal, Aiden le lanza una pequeña pelota de espuma a Jackson que le da en medio de la frente. No reacciona. Aiden y Lucie intercambian una mirada de preocupación.

—Normalmente no se pone tan mal, no. Cuando tiene que hacer algo fuera de la previsión del tiempo, divaga un poco, pero no suele bloquearse —contesta Maggie—. No le he dado mucho tiempo para adaptarse, y es culpa mía. Sé que Jackson es un animal de costumbres.

—Cree que Keith aceptó la colaboración para avergonzarnos a los dos. —Aprieto los labios—. Y que está utilizando su ansiedad… como arma, diría.

—Keith no es tan diabólico —replica Maggie con un bufido—. Para ser diabólico, hay que tener por lo menos dos neuronas. —Me lanza una mirada—. Perdona.

—Por favor —me río—. No le soy leal a Keith. Puedes hablar sin tapujos.

—Ay, gracias a Dios. Creía que iba a tener que emprender una misión paralela para convencerte de que es un inútil.

—Maggie se remueve, apoya un hombro contra la pared de cristal de la cabina y cruza las piernas a la altura de los tobillos.

Sus ojos color avellana son penetrantes—.

Por eso propuse la colaboración. Eres mejor de lo que él te hace hacer.

—¿Qué? ¿Eres una especie de… hada madrina del directo?

Una sonrisa aguda se dibuja en las comisuras de sus labios.

—Estaría muy ridícula con tul. Mi principal objetivo es, y siempre será, la emisora.

—Se aparta un mechón de pelo oscuro de la cara—.

Esta es una oportunidad para darle una gran visibilidad, y Jackson es un profesional brillante.

—Nos giramos a la vez y lo miramos a través del cristal.

Se aprieta los auriculares contra el pecho como si fueran un osito de peluche de apoyo emocional.

Maggie frunce el ceño—. Cuando no está teniendo una crisis existencial.

—¿Crees que se recuperará a tiempo?

El móvil de Maggie suena, y ella mira de quién se trata.

—Sé que es capaz —dice, distraída. Silencia el teléfono y me mira con ojos fríos y penetrantes—. ¿Y tú? ¿Eres capaz de mantener la compostura?

—Sí. Lo haré.

—Bien.

El móvil le vuelve a sonar. Maggie pone los ojos en blanco y pulsa el botón verde de contestar.

—¿Cómo has conseguido este número? —espeta.

Estoy lo bastante cerca como para oír el murmullo de una voz masculina.

—Deja de molestarme. —Maggie resopla—. Tengo trabajo que hacer.

Pulsa la pantalla para poner fin la llamada. Entra otra inmediatamente. Desliza el dedo hacia arriba y la bloquea sin dudarlo, pero entra otra. Y luego otra.

Maggie aprieta el puño contra el borde del teléfono, con los nudillos blancos.

—Tengo que ir a solucionar esto —me dice.

—Por mí no te cortes.

—Salís dentro de siete minutos —me informa.

El móvil le sigue sonando. Un zumbido furioso que, en cierto modo, va aumentando de velocidad e intensidad—.

Los baños están al final del pasillo. Hay una máquina expendedora con algo de comer.

Aiden guarda el buen café, pero puedes sobornarlo con estos.

—Me entrega la caja de bombones que me ha dado Hughie y se pone el auricular—. Os estaré escuchando. Buena suerte.

Se marcha sin mediar más palabra, se lleva el teléfono a la oreja y sisea una serie de amenazas que seguro que son ingeniosas y espectaculares. Maggie parece una de esas personas que usan las palabras como armas, y no me cabe duda de que son letales.

Justo cuando me giro hacia la cabina, mi teléfono empieza a sonar, y una foto de mi abuelo aparece en la pantalla.

Recuerdo el día que hice la foto. Fue en un partido de béisbol, el primer día cálido de verdad de la primavera. El cielo era tan azul que me dolían los ojos al mirarlo, y aparece la amplia sonrisa de mi abuelo, con los asientos de Camden Yards extendiéndose tras él como un océano verde.

Fue un buen día. Últimamente no hemos tenido muchos días buenos.

Respondo a su llamada con un rápido movimiento del pulgar.

—Abuelo, hola. —Me giro hacia la pared. Me pego a ella y me hago lo más pequeña posible—. ¿Todo bien?

Hay una pausa y luego un sonido áspero y agitado, y mi corazón lo sabe antes que mi cabeza.

—Son las cuatro y media —replica, y su voz suena extraña. Corta, cansada y confusa.

Miro el reloj que está justo encima de la puerta de la cabina.

—Faltan unos pocos minutos, sí.

—Se suponía que debías haber llegado a casa del instituto hace una hora. Sabes que no me gusta que te vayas a casa de tus amigas sin avisar.

Me muerdo el labio inferior y respiro hondo por la nariz. No importa cuántas veces pase, cada vez es un puñetazo en el estómago.

—Lo sé —susurro, frotándome el puente de la nariz e intentando ahuyentar esa sensación de ardor y dolor.

Los médicos dicen que no debería discutir con él cuando está así.

Que solo lo agitará más y lo dejará más confundido—.

Lo siento. Tengo un nuevo trabajo que hacer que me entusiasma.

Se me ha pasado el tiempo volando. —Listo.

Un poco de verdad que no interrumpirá lo que sea que esté haciendo él.

Para mí, lo más difícil de estos episodios siempre han sido las mentiras que tengo que decirle.

Es horrible porque mi abuelo siempre me ha pedido la verdad.

Y porque él siempre me la ha dado a cambio.

Miro el reloj de nuevo. Tres minutos para que salgamos.

—Estaré en casa pronto, ¿de acuerdo? Podemos comer galletas de limón, beber té y ver Hospital General . Como siempre.

Comodidad. Rutinas. Todas esas cosas que hacen que su alzhéimer sea más llevadero. Se queja un poco más, pero ya no tiene el ligero matiz de frustración de cuando he contestado al teléfono.

—Supongo que no pasa nada —acepta finalmente.

—Vale. Genial. —Fuerzo una sonrisa que no siento—. Nos vemos pronto.

—Nos vemos, sí. Te quiero, cariño.

—Yo también te quiero —consigo decir con la voz un poco aguda. Apoyo la frente contra la pared fría y espero a oírlo colgar el teléfono, luego cierro los ojos y respiro hondo.

«No pasa nada», me digo. «El abuelo está bien».

«Has dicho lo correcto».

«No lo has empeorado».

Me doy otro minuto y luego entierro los sentimientos. Ya me ocuparé más tarde de ellos, con galletas de limón y té, tal como le he prometido.

Cuando me giro hacia la mesa, sin embargo, noto cómo flaquea mi determinación.

Jackson ya no está mirando a la pared. Me está mirando fijamente a mí.