CAPÍTULO 6 JACKSON #3
Intento respirar hondo para controlar el pánico inevitable, pero es como luchar contra la gravedad.
Las voces a mi alrededor se vuelven poco a poco monótonas y distorsionadas.
Se me llenan los oídos de algodón. Se me hace un nudo en la garganta.
Soy consciente de que estoy entrando en pánico por algo trivial, pero no puedo controlar mi reacción.
Hay muchas cosas que pueden salir mal. No sé cómo aferrarme al presente.
El grupo se mueve. Aiden y Lucie entrelazan los dedos y entran en la emisora. Delilah los sigue. La agarro del bíceps con la palma de la mano antes de que se aleje demasiado, más por impulso que por una decisión consciente. La giro suavemente de vuelta hacia mí.
Me mira con sus grandes ojos marrones, con un rastro de su diversión aún presente en las comisuras de los labios. Se desvanece cuando suaviza la expresión por la preocupación.
—¿Qué pasa? —pregunta. Entrecierra los ojos—. ¿Es por el envoltorio del sándwich?
—No me importa el envoltorio del sándwich. —Niego con la cabeza.
Arquea una ceja delicadamente.
—Vale. Me importa un poco el envoltorio del sándwich. —Hago una pausa—. Pero necesito hablar contigo de algo. Antes de entrar.
—¿Por qué suenas tan siniestro?
Trago saliva. Es como si tuviera una pala entera atascada en la garganta.
—Debería habértelo dicho cuando estábamos en Skullduggery, pero no sabía cómo.
—¿Te estás muriendo? —me pregunta pestañeando.
—No.
—Parece que te estés muriendo.
—No me estoy muriendo. —En cierto modo, creo que podría estar muriendo.
—¿Has matado a alguien? —Se le iluminan los ojos.
Tengo la boca tan seca que no logro encontrar las palabras adecuadas.
—¡Dios santo! —exclama, y su sonrisa desaparece. Se inclina hacia mí—. ¿Has matado a alguien?
—No, no es nada de eso. —Miro hacia la puerta de la emisora, hacia el asfalto agrietado bajo nuestros pies, hacia el cielo. Desearía que una de estas cosas me tragara—. Tengo un problema.
—Vale.
—Tengo un problema, concretamente, con hablar.
—Ahora mismo estás hablando. —Delilah arruga la nariz, confundida.
—No, me refiero a hablar en directo por la radio.
—No entiendo qué está pasando. —Me mira fijamente—. Eres meteorólogo de radio, Jackson. Hablar por la radio es tu trabajo.
—Ya lo sé. —Respiro hondo por la nariz y luego exhalo una nube blanca. Soy como un dragón emocionalmente desamparado—. Tengo problemas al hablar de cosas que no sean el tiempo.
—Ah. ¿Te refieres a esa manía tuya tan simpática de divagar?
—A mí no me parece simpática. —Frunzo el ceño.
—Lo hiciste la última vez que tuviste que hablar en Fibra sensible . Te pasaste veinte minutos hablando de nevadas eléctricas.
Pues sí, así fue, y luego salí de la cabina con las piernas temblorosas, sudando como si acabara de correr dos maratones seguidas.
—Te apasionan los fenómenos meteorológicos, Jackson. No hay nada de lo que avergonzarse.
Intenta pasar junto a mí hacia la puerta, pero la agarro del brazo de nuevo y la detengo. Inclina la cabeza para mirarme.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Creo que deberíamos sopesar la posibilidad de que la gran trampa de Keith fuera pedirte que colaborases conmigo.
Quizá Keith me emparejó con Delilah porque sabe que soy un desastre. Quizá cuenta conmigo para arruinar el directo y arrastrar a Delilah conmigo.
Ella hace una pausa, dándole vueltas a la idea. Flexiono los dedos y muevo las muñecas, intentando que desaparezca la sensación de hormigueo e incomodidad que me vibra justo debajo de la piel.
—No, no lo creo —dice al final—. Keith no es tan observador. Ni tan listo. Si te digo la verdad, dudo de que alguna vez se haya fijado en tus divagaciones meteorológicas. Ni que haya escuchado vuestra emisora.
—¿Divagaciones meteorológicas?
Delilah ladea la cabeza. Unas ondas color chocolate se deslizan sobre su hombro.
—¿Qué nombre quieres ponerle?
—¿Cómo se llama cuando alguien conduce su coche directamente hacia un barranco?
Delilah se echa a reír, y parte de mi sensación de algodón desaparece.
—¿ Thelma y Louise ? ¿Vas a hacer como Louise y vas a lanzarnos por un cañón, Jackson?
—Fue idea de Thelma tirarse por ese precipicio.
—Recuérdame que no te deje conducir durante nuestro viaje por carretera. —Delilah resopla, enrosca los dedos alrededor de mi muñeca y tira de mí—. Vamos. Entremos.
—No sé si quiero. —Me resisto.
Como si la hubiera invocado con mi reticencia, aparece Maggie, que golpea la puerta de la emisora. Asoma la cabeza y grita a través del aparcamiento:
—¡Jackson! ¡Delilah! ¡Salís dentro de veinte minutos!
Delilah la saluda con la mano para confirmarle que lo hemos oído y vuelve a tirar de mi muñeca. Sigo fingiendo que mis pies están firmemente plantados en el cemento.
—No pasa nada —dice. Se vuelve para mirarme, con el pelo ondeando sobre el rostro y los ojos marrones brillándole con un resplandor dorado.
Me pregunto cómo debe de ser estar así de tranquilo.
Así de cómodo—. No tienes nada de lo que preocuparte —añade.
Su mano sigue en mi muñeca—. Estaré contigo en todo momento.