Una conexión imprevista CAPÍTULO 6 JACKSON
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CAPÍTULO 6 JACKSON

—No me puedo creer que vayas a salir por la tele.

—Adeline se acerca a mi cama dando botes, con una de mis camisas elegantes alrededor del cuello, a modo de capa.

Se lanza por los aires con el tercer brinco y extiende las piernas antes de aterrizar de espaldas.

Mi camisa aletea sobre su cara mientras a mí me da un silencioso ataque al corazón—.

Es estupendo —añade con la voz amortiguada.

«Estupendo». Me cuesta creer que he llegado a un punto en el que la opinión de una adolescente sobre mi vida profesional hace que me dé la impresión de haberme tragado un globo de helio, pero es así.

Doblo otra sudadera y la meto en la maleta abierta.

—¿De verdad lo crees?

—Es genial. —Penelope se deja caer junto a Adeline en la cama—. Vas a salir en las noticias, Jackie. ¿No es lo que siempre has querido?

—No. Estoy seguro de que he tenido pesadillas que empiezan así. —Quería trabajar en el Servicio Meteorológico Nacional, no salir en la tele.

Penelope y Adeline me miran con la misma expresión de indiferencia.

—Venga ya. ¿Ni siquiera una parte diminuta de ti está emocionada? —me pregunta Adeline.

Jugueteo con un par de calcetines doblados.

—Quizá una muy chiquitita —admito.

Aunque no me entusiasma la parte del directo, me emociona la idea de cubrir una tormenta en tiempo real. El Jackson de quince años que solía quedarse dormido con la cara metida en su libro de ciencias está rebosante de alegría.

—Lo sabía. —Penelope me señala la cara—. Mírate. Estás sonriendo.

—No estoy sonriendo.

—Y tanto que sí. —Se acomoda para apoyar la cabeza en el regazo de su hermana—. Dios, es que imagínalo. Podrías haber estado haciendo cosas geniales como esta durante años si no te hubieran atado a nosotras.

—Deja de comportarte como si no hubiera luchado activamente por vuestra custodia. —Le doy un golpecito en la frente y luego lo repito con Adeline—. Os quería conmigo.

Quería tanto que estuviesen conmigo que me pasé meses trabajando en cualquier empleo que encontraba para engrosar mi cuenta bancaria.

Preparé una presentación para mi madre con cronogramas, conjuntos de datos y gráficos, intentando convencerla de que era lo mejor para todos.

Fui a la tienda de ropa de cama Bed Bath la camisa que llevaba atada al cuello cae al suelo.

Sale del cuarto arrastrando los pies. Al cabo de un segundo, una puerta se cierra suavemente en el pasillo.

—No debería haber dicho nada —suspiro.

—No, es bueno saber cuándo mamá anda husmeando. ¿Te acuerdas cuando apareció en Pascua aquel año con los monopatines?

—Sí, me acuerdo. —Dijo que quería llevar a las niñas al parque de patinaje y enseñarles a patinar.

Mis hermanas tenían once años y prácticamente ningún interés en patinar.

Camille se fue dos horas después, a pesar de haberles prometido que prepararía una nueva receta de raviolis para la cena.

Se fue a comprar ricota y no la volvimos a ver en casi un año.

En otra ocasión, se quedó en la ciudad dos semanas, pero desapareció la noche del recital de baile de mis hermanas dejando una nota escrita a toda prisa en la encimera de la cocina.

«Ha surgido una oportunidad», decía. «Ya asistiré al próximo».

No asistió al siguiente. Ni al siguiente. Ni a… ninguno de los recitales antes de que mis hermanas decidieran que ya no querían seguir bailando.

—Es duro para Addie —continúa Penelope— que mamá finja que le interesa conocernos y termine desapareciendo durante otros once meses. —Se incorpora en la cama y se sienta sobre las largas piernas—. Van a organizar un almuerzo en el instituto. Creo que Addie está más sensible de lo normal.

Tenemos un calendario pegado en el centro de la nevera de abajo. Intento recordar lo que he anotado últimamente.

—¿Un almuerzo?

—Una especie de brunch para los alumnos de secundaria. Nuestra escuela es muy inclusiva, pero la mayoría de los alumnos llevarán a sus madres. Addie lo está pasando mal.

—No me ha comentado nada.

—Claro que no. —Penelope me mira con una expresión divertida—. No has ocultado que no eres el fan número uno de mamá. Adeline no desea decepcionarte queriendo que esté allí.

—Mierda. —La culpa me invade.

—O sea, es totalmente comprensible dada su conducta. Pero creo que, de los tres, Addie es la optimista. Quiere que las cosas sean diferentes.

Tomo nota mental para hablar con ella mañana por la mañana mientras desayunamos. Y para ser mejor también en esto.

—¿Y tú? ¿Lo estás pasando mal?

—No. —Me dedica una sonrisilla triste—. Como he dicho, Addie es la optimista.

Las dos deberían ser optimistas, pero Camille tiene la mala costumbre de elegir las cosas buenas y retorcerlas hasta hacerlas pedazos. Observo a Penelope, en busca de una mentira. Mi hermana sigue con rostro impasible, dejándome mirarla.

—De acuerdo. —Satisfecho por que no me esté escondiendo ninguna emoción importante, cierro la maleta—. Deberías haber dicho algo.

—Te lo estoy diciendo ahora, ¿no?

Bajo mi equipaje de la cama y lo dejo a un lado.

—Quizá debería quedarme en casa —propongo—. No me parece el momento adecuado para abandonaros.

—¡Nooo! —se queja Penelope, dejándose caer dramáticamente sobre mi cama—.

Jackson. Te quiero, pero, por favor, vete de viaje.

Hemos hecho muchos planes: maratones de películas, cenas poco saludables y le trenzaremos el pelo a Aiden.

Vamos a preparar palomitas, jugar a Stardew Valley y hablar de chicos.

Va a ser genial. No pensaremos en mamá en absoluto.

Me parece una excusa conveniente surgida en el momento justo, pero la acepto.

—¿Pensáis ir a clase en algún momento?

—Si la tormenta es tan fuerte como dices, no habrá clase.

—Agita la mano por encima de la cabeza—.

La ciudad de Baltimore tiene dos quitanieves como mucho.

—Se levanta de la cama, agarra mi maleta y la lanza al pasillo.

Esta se desliza por el suelo antes de caer por las escaleras, con un golpe sordo tras otro—.

Vete de viaje, Jackie —insiste Penelope—.

Sé amable con Delilah Stewart. Aprovecha para ponerte en forma.

Habla con alguien que entienda lo que dices.

—¿Estás segura?