CAPÍTULO 5 DELILAH #2
—¿Qué haces aquí? —Apoya un codo en el mostrador y enseguida se inclina hacia mí como si fuéramos viejas amigas.
Es lo que más me gusta. Me encanta cuando la gente siente que me conoce.
Me entrego tanto a mi trabajo que es un placer que esas partes de mí estén a salvo en manos de quienes me ven.
Ser vista. Ser conocida. Ser bienvenida a sus mundos, aunque solo sea durante diez minutos cada mañana y cada tarde.
—Vi tu segmento del otro día. —Patty se apoya la barbilla en la mano—. El de…, ¿cómo era? ¡Ah! Era el de la basura del puerto. No me puedo creer que te metieras ahí y rebuscaras entre la porquería. Eres una mujer muy valiente.
Me encojo. La ciudad de Baltimore ha humanizado un interceptor de basura semiautónomo del puerto.
Keith pensó que sería divertido que intentara encontrar lo más interesante que el recolector de basura había sacado del puerto ese día.
Durante los primeros seis minutos de ese segmento, me preocupaba seriamente hallar una pitón mientras rebuscaba entre la porquería.
Por suerte, lo único que encontré entre los escombros fue uno de esos patinetes eléctricos que han estado causando estragos en la ciudad. Y una figura de cartón de Pedro Pascal.
Se la di a Gianna.
—Ese día aprendí mucho sobre la gente de Baltimore.
Patty suelta una carcajada. Lleva el pelo rubio recogido con un pañuelo y un pequeño y bonito piercing rosa pálido en la nariz.
—Seguro que sí. —Se aparta del mostrador—. ¿Qué haces aquí con mi locutor de radio favorito?
—Ah, pues… —Miro a Jackson, esperando que me ayude, pero está ensimismado mirando su café con leche como si contuviera las respuestas a los grandes misterios de la vida—. Puede que Jackson y yo colaboremos en un proyecto de trabajo.
—¿Ah, sí?
—Todavía estoy intentando convencerlo para que lo acepte —añado con tono alegre y optimista. Como si su continua falta de entusiasmo por trabajar conmigo no me importara y no fuese otro ladrillo inestable de mi tambaleante torre de inseguridades—. A lo mejor tu café lo relaja.
Jackson finalmente se digna a unirse a la conversación.
—Estoy relajado —se defiende.
Patty suelta otra carcajada. Le da una palmadita suave en la cabeza.
—Claro que sí, tesoro. —Suena la campanilla de la caja registradora, y Patty mira por encima del hombro—. La gente me reclama. Avisadme si necesitáis algo.
Patty se va, y un denso silencio se instala entre nosotros.
Jackson mira pensativo su café mientras yo remuevo el mío.
A pesar de todos nuestros incómodos encuentros a lo largo de los años, creo que nunca hemos pasado más de unos pocos minutos juntos.
Pese a nuestra cercanía, no nos conocemos en absoluto.
—A ver —empiezo. Mi cerebro quiere llenar el vacío. Aprender todo lo posible, lo más rápido que pueda—. ¿Qué opinas de…?
—¿Por qué dejaste de informar sobre el tiempo? —me interrumpe.
Cierro la boca de golpe.
—¿A qué te refieres?
Agarra la taza con una mano grande y me mira con una expresión de: «No me vengas con esas». Estoy acostumbrada a ver esa mirada desde lejos, en un aparcamiento. De cerca, es mucho más impactante.
—¿Por qué informas sobre el interceptador de basura en lugar del pronóstico del tiempo para los próximos cinco días?
—El interceptador de basura del puerto es una parte muy importante de la comunidad de Baltimore —me defiendo.
—Ya lo sé —dice Jackson con ligereza—. Tengo la pegatina de edición limitada para demostrarlo.
—¿Has visto que también han empezado a hacer camisetas? —Me incorporo en mi taburete—. Su cuerpecito de dibujos animados está estampado por todas partes.
—No cambies de tema, Delilah. —Se lleva la taza a la boca, mirándome fijamente por encima del borde—. ¿Por qué ya no hablas del tiempo?
Me encojo de hombros y decido hacerme la tonta. Es más fácil que explicarlo. La verdad solo me hace sentir como una idiota. O como una persona fácil de manipular. O como una idiota que, además, es una persona fácil de manipular. Frunzo ligeramente los labios en una sonrisa forzada.
—Keith me quería en diferentes proyectos.
Los ojos de Jackson están ocultos tras el brillo de sus gafas.
—Parece que a Keith no le caes muy bien —comenta.
—Vaya, no te andas con rodeos —me río. La vergüenza me pellizca la nuca, pero la ignoro y me distraigo con un sobrecito de azúcar.
Una cosa es que yo me dé cuenta, pero ¿Jackson?
¿El tipo que pensaba que yo era incapaz de interpretar un modelo meteorológico?
Exhalo un suspiro—. Quizá podríais formar un club.
Buscad una pegatina conmemorativa para la botella de agua que diga: «Odio a Delilah Stewart».
—Delilah. —La voz de Jackson se vuelve más aguda al pronunciar las consonantes de mi nombre, apretando los dientes con fuerza—. Yo no te odio.
—Un día me dejaste una nota que solo tenía una carita fruncida.
Se lleva la mano a la boca e intenta ocultar… ¿una sonrisa?
—No te odio —repite—. Es que… me confundes.
Se me escapa una ahogada risotada.
—Ah, mucho mejor.
—Pues sí —insiste, con los ojos azules llenos de seriedad.
—Claro, claro. —Pongo los ojos en blanco.
—Hablo en serio. No… no te das cuenta, ¿verdad?
—¿De qué?
Me observa y elige las palabras con cuidado. El corazón se me acelera bajo su atención, con la garganta seca de repente.
—Eres totalmente impredecible —dice al fin. Debajo del mostrador, su rodilla choca con la mía—. La mayor parte del tiempo, solo procuro entenderte.
—Y corregir cómo aparco —intento bromear.
Una leve sonrisa asoma en las comisuras de sus labios.
—Eso también.
Busco sus ojos con los míos por si hay un insulto velado. Sin embargo, lo único que veo es una especie de sincera inquietud y un profundo surco entre sus cejas.
—De acuerdo —admito poco a poco—. Te creo.
—¿Sí? —Curva los labios hacia arriba.
—Sí. —Asiento.
—Estupendo —dice. Encoge los hombros, aliviado. Apoya un codo en la barra y vuelve a meter la cuchara en el café.
Al final, no importa lo que Jackson piense de mí. Se me da muy bien ignorar las opiniones ajenas.
—Supongo que tengo la costumbre de hacerte la vida más difícil —confieso.
—Más colorida, sin duda. —Sonríe mirando su taza.
Suelto una risita. Es una buena forma de verlo. Creo que me quedaré con eso.
«Difícil no».
«Más colorida».
Siempre me ha gustado un poco de color.
—¿Vas a decirme la verdad de una vez? —Jackson me mira fijamente.
¿Por qué no? Jackson ya tiene ideas preconcebidas sobre mí. No puedo caerle peor. Dejo los sobres de azúcar.
—No he informado del tiempo porque Keith está intentando sabotear mi trabajo.
Su cuchara tintinea contra su taza, pero su rostro permanece impasible.
—¿Por qué lo crees?
Me gusta que haya preguntado: «¿Por qué?» y no: «¿Estás segura?». No me ha pedido que me defienda, y el nudo de presión que me constriñe el corazón se afloja, aunque sea un poco. Es agradable que te crean. Desde el primer momento.
—Hace un par de meses, vino una empresa de marketing .
Quería hacer un análisis de todos los presentadores.
Creo que esperaba…, no sé. Creo que esperaba avergonzarme.
Hubo una mesa redonda con telespectadores habituales en la que compartieron sus opiniones.
Pudimos ver las reacciones en directo. —Paso el dedo por la espuma de mi café con leche—.
A pesar de soportar algunas preguntas capciosas, todos hablaron muy bien de mí.
Obtuve la puntuación más alta del equipo de presentadores.
—¿Keith no debería estar contento con eso?
Eso pensé yo. Recuerdo estar sentada en la reunión cuando comentamos los resultados, sin entender por qué daba buenas noticias con esa cara de pocos amigos.
—No estoy del todo segura de qué problema tiene conmigo. Solo sé que lo he pagado desde entonces. Casi nunca me deja informar del tiempo, aunque sabe que es lo que más me gusta.