Una conexión imprevista CAPÍTULO 5 DELILAH
15%

CAPÍTULO 5 DELILAH

Yo pongo la hora, pero Jackson decide el lugar. Me felicitaría por lo bien que ya trabajamos juntos si no fuera porque nos hemos pasado quince minutos discutiendo para llegar a una conclusión muy sencilla.

La cafetería donde Jackson ha insistido en que nos reuniéramos está ubicada en una estrecha calle lateral de Fells Point, entre una tienda de antigüedades y una de zapatillas.

El nombre de « Skullduggery » está escrito con grandes letras curvas en el letrero de madera que cuelga sobre la puerta, que cruje al mecerse con el viento de finales de febrero.

Las pocas veces que he logrado venir aquí han sido durante las horas de mayor afluencia, así que es un placer entrar sin que me golpeen en la cara con un bolso.

Hoy, los únicos clientes son un tipo que teclea furiosamente con el portátil, un médico agobiado con su bata arrugada, una mujer que le echa una foto a su cruasán y…

Jackson, sentado en la barra alta del fondo, con un periódico doblado a la altura del codo y un pie apoyado en el taburete.

La otra pierna se estira bajo el asiento de al lado, con el abrigo doblado cuidadosamente encima.

Jackson Clark. Siempre muy pulcro. Siempre muy organizado. Me pregunto si duerme con los pantalones chinos planchados.

La campanilla sobre la puerta tintinea al cerrarse, y él se gira a medias, la luz rozando su mandíbula afeitada.

Unas gafas gruesas de montura oscura se le resbalan por la nariz, y se las vuelve a subir con el pulgar.

Son unas gafas prácticas, como las que solía ponerse Gregory Peck.

Cuando se le cayeron en el pasillo, vi una hendidura en el lateral, supongo que por haber pasado los dedos por el metal.

Lo hace ahora mientras lo observo. Mueve el dedo índice por el borde antes de ajustárselas con el ceño fruncido.

Me da un vuelco el estómago; ya que ese gesto fácil y ensayado me resulta indecente.

Acto seguido, se echa el pelo rubio oscuro hacia atrás, con el antebrazo flexionado bajo la sudadera remangada, y tengo que apartar la mirada hacia la pizarra con el menú que hay justo detrás de su cabeza.

Objetivamente hablando, es un hombre muy atractivo. Creo que apreciaría más su belleza si no tuviera la personalidad de un trozo de cartón mojado.

Seguro que sueña con ordenar las cosas alfabéticamente. Apuesto a que su fantasía más oscura incluye un protector de bolsillo. Me juego algo a que nunca le ha provocado un orgasmo a una mujer.

Sigo riéndome para mis adentros mientras él despeja el taburete de al lado y deja el abrigo sobre el mostrador. Me deslizo en el asiento e intento quitarme la parka.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta, observándome mientras forcejeo con una de las mangas de la prenda.

—Nada. —Me muerdo el labio inferior e intento contenerme, pero siempre he sido pésima disimulando lo que siento—. ¿Tienes algún protector de bolsillo?

—¿Algún qué? —Jackson parpadea.

—Da igual. —Dejo la chaqueta entre las patas del taburete y luego me inclino para agarrar la carta. Me faltan cinco centímetros, y gruño mientras intento acortar la distancia—. ¿Me la puedes pasar?

Está absorto mirando mi abrigo en el suelo como si mi gesto lo hubiera ofendido a él y también a su abuela.

—¿No quieres colgar la chaqueta?

—Está bien donde está.

—Está en el suelo.

—La encontré hace dos años en la oficina de objetos perdidos del canal.

No me preocupa. —Jackson sigue observando el montón que forma mi chaqueta mientras me apoyo en el escalón más bajo del taburete y me inclino sobre él, con el hombro clavado en el centro de su pecho, sorprendentemente duro.

Huele a sirope de arce y a aire fresco. A lápices del número dos perfectamente afilados.

Saco la carta del barquito pirata de latón que la sostiene.

—¿Qué preparan bien aquí?

Me arrebata la carta y la vuelve a colocar en el barco.

—Ya te he pedido algo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Cómo sabes lo que me gusta?

Una leve sonrisa se dibuja en sus ojos, y se me forma un nudo en el estómago. Apuesto a que es devastador cuando sonríe.

—He pedido lo que tuviera más virutas —dice con cara seria.

Vale, muy bien.

Me cruzo de brazos.

—No me gustan las virutas.

—Ya, claro. —Pone los ojos en blanco.

—¿Qué has pedido? —le pregunto, dándole un codazo en el brazo—. ¿Salvado de avena? ¿Pastel de frutas? ¿Gachas mezcladas con agua?

—He pedido un cruffin . —Tuerce los labios.

—Qué decisión más sorprendente y caprichosa, Jackson.

—A veces soy sorprendente.

—Sí, claro —me río, intentando acomodarme en el taburete para no caerme de bruces. Con la suerte que tengo, es probable que me desplome y que me lo lleve a él conmigo. Le romperé el otro lado de las gafas para que queden iguales.

—Intentaba ser amable, Delilah. No insultarte.

—Llevas casi dos años dejándome notas adhesivas desagradables en la ventanilla del coche, Jackson. Perdona que esté un poco a la defensiva.

—No eran desagradables. —Parece confundido.

—Un poco sí. —Me encojo de hombros.

—Nunca he pretendido ser desagradable, Delilah —me asegura.

—Pues cualquiera lo diría.

Un rubor delicioso le sube a ambos lados del cuello, justo encima del límite de la sudadera.

—Bueno, no tendría que dejarte notas si aparcaras dentro de las líneas.

—Aparco dentro de las líneas.

—Torcida. Aparcas torcida, y no puedo aparcar en el espacio de al lado porque tu parachoques lo invade.

—Conduzco un Volkswagen Beetle. Es físicamente imposible que el parachoques invada nada. —Inclino la cabeza hacia un lado—. Siempre hay un montón de sitios. ¿Por qué tienes que aparcar justo a mi lado?

—Esto no es… —Jackson se pellizca la nariz y me mira con expresión de resignación—. ¿Podemos empezar de nuevo, por favor? ¿Y hablar de algo que no sea del aparcamiento?

—Vale —respondo con un bufido. No sé qué tiene Jackson que me irrita tanto y me provoca ganas de saltar. No es propio de mí discutir por algo tan trivial como un sitio para aparcar. Decido tenderle una ofrenda de paz—. Gracias por pedirme las virutas.

—De nada. —Se frota la frente con dos dedos—. Siento lo de las notas. Tienes razón. Eran mezquinas. Creo que estaba en un mal momento.

—¿Un mal momento de dos años? —Lo miro fijamente.

Su sonrisa es apagada.

—Me portaré mejor. —Parece prepararse mentalmente—. Y para que veas que va en serio… Tenías razón sobre el modelo europeo.

—¿Qué?

—Tenías razón sobre el modelo europeo —repite con voz más firme y los ojos clavados en mí—. Es una representación más precisa de los datos.

Me brota una carcajada.

—Vaya. —Le acaricio la mejilla con el dorso de la mano, igual que hacía mi abuelo cuando tenía nueve años y trataba de escabullirme del colegio—. ¿Te estás resfriando? ¿Te ha dolido admitirlo?

Levanta la mano y me sujeta la muñeca para apartársela de la cara.

—Me arrepiento de haberlo dicho.

—No, no te arrepientes —me río.

—Sí. —Me aprieta la muñeca—. Creo que me gusta más cuando discutimos.

—Bueno, el día es joven. Seguro que encontraremos algo más en lo que discrepar.

Golpeo el mostrador con los dedos y observo a nuestro alrededor.

Un acogedor comedor ocupa la planta baja de la cafetería.

Hay reservados contra la pared y una larga barra al fondo.

Las vigas de madera maciza se extienden por el techo, y una chimenea vacía preside una pared.

No hay fuego; la rejilla está llena de libros apilados y tazas vacías, con las asas de cerámica garabateadas con los nombres de los clientes habituales.

Dos sofás de dos plazas desiguales se juntan frente a la chimenea, al lado de mesas de centro recicladas.

Una estrecha escalera a la izquierda conduce a un altillo, repleto de libros usados.

Unas cuantas banderillas piratas asoman por encima de las estanterías, etiquetadas por géneros: «Fantasía», «Misterio», «Romántica».

Veo una sección de «Autoayuda» sorprendentemente completa y dos estanterías enteras dedicadas a las tradiciones de Baltimore.

—No sabía que había una planta arriba.

Jackson asiente.

—Normalmente está demasiado llena como para subir. Si vienes entre semana sobre las once, puedes encontrar un buen sitio. La dueña, Patty, suele sacar cosas del horno para reponer las vitrinas, y todavía no ha llegado la hora punta del almuerzo.

Me preguntaba por qué había elegido una hora tan específica. Es increíble cómo aborda cada aspecto de su vida con tanto detalle.

—Así que siempre eres así de divertido.

Se pone rígido.

—Supongo que sí —repone, a la defensiva de nuevo.

Suspiro profundamente. No he venido a pelearme con Jackson.

He venido a averiguar cómo demonios vamos a trabajar juntos para cubrir la tormenta de nieve.

Después de la espantosa reunión del otro día, Keith me ha dejado claro que la aprobación de Jackson al plan ahora es mi responsabilidad.

Si no consigo que acepte, tengo la sensación de que habrá más tortugas en mi futuro.

—Muy bien, dos cafés con leche y canela. Uno con leche de avena casi hirviendo, azúcar moreno en lugar de blanco y el crumble de canela aparte. —Nuestra camarera mira a Jackson con dureza mientras coloca las bebidas sobre el mostrador delante de nosotros—. El otro es como Dios manda.

—Gracias, Patty.

La mujer se pone las manos en las caderas.

—Tienes suerte de caerme bien, Jackson. No preparo pedidos especiales.

—Te he visto preparar tres pedidos especiales esta misma mañana —dice él, arqueando una ceja.

—Bueno, pues no me gusta preparar pedidos especiales.

—Entendido. —Deja caer la cuchara en su taza y remueve el líquido—. Se agradece, como siempre, Patty.

Patty dirige los ojos hacia mí. Abre la boca con alegría. Es una mirada que conozco bien, y la cálida sensación que me produce, al ser reconocida por mi comunidad, estalla como una burbuja de champán en medio de mi pecho.

—¡Delilah Stewart!

—¡Esa soy yo! —le digo radiante—. ¡Hola!