Una conexión imprevista CAPÍTULO 4 JACKSON #3
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CAPÍTULO 4 JACKSON #3

Mi madre no me llama para saber cómo estoy. Prefiere aparecer de golpe y llamar por teléfono de forma esporádica cuando necesita algo para su flamante y reluciente aventura, generalmente con dinero de por medio.

—Haces que parezca un monstruo.

No, no es un monstruo. Simplemente es una mujer ausente y egocéntrica.

—Camille. —Miro el reloj de la esquina inferior derecha de la pantalla de mi ordenador. Me quedan unos veinte minutos antes de salir en directo—. ¿Por qué me has llamado?

Suspira, molesta porque no la estoy complaciendo.

—Quería interesarme por tus hermanas.

—¿Por qué? —pregunto, con el pelo erizado al instante.

—Porque son hijas mías —replica sin más—. Y hace demasiado tiempo que no las veo.

«No son tuyas», quiero decir de inmediato. «Son mías. He cambiado pañales, preparado cenas y hecho setenta y tres mil lavadoras. He estado en todas las reuniones de padres de inicio de curso y he arreglado todas las coletas. He pasado noches en vela y madrugado mucho. Tú me las diste. Son mías».

—Están bien —le espeto.

—¿Nada más? —Se ríe—. ¿No me vas a decir nada más?

—No.

Hace una pausa, esperando a que le dé más información. Me niego.

—Bueno, ¿en qué andan metidas? Ya tienen doce años, ¿no? Casi van al instituto.

Siento un nudo en el estómago. Ni siquiera sabe cuántos años tienen.

De repente, vuelvo a tener siete años, sentado a la mesa de la cocina, con el estómago vacío y dolorido, y ropa dos tallas más pequeña, viendo a mi madre hornear un pastel y preguntándome si se acordará de sacarlo del horno antes de que se queme.

Diez años, sentado en la acera delante de mi escuela, viendo cómo el sol se pone sobre el aparcamiento, tiñendo el asfalto de dorado, mientras espero, espero y espero.

«¿Dónde está tu madre, Jackson?».

«Seguro que está trabajando hasta tarde. Llegará pronto».

Siempre preguntándomelo. Siempre esperando.

—Tienen quince años —mascullo—. Están en primero de bachillerato.

«Se saltaron primero de secundaria porque las dos leían a un nivel avanzado y se aburrían en clase.

Son inteligentes, amables y tremendamente graciosas.

Las dos entraron en el equipo de voleibol, aunque creo que Adeline está más interesada en esconderse en la biblioteca.

Pero no quería que Penelope estuviera sola en las pruebas, así que fueron juntas. Todavía lo hacen todo juntas».

«Lo sabrías si de verdad te importaran», estoy a punto de soltarle. «Lo sabrías si te quedaras».

Pero no se lo digo porque no merece saberlo.

—Quince —repite mi madre.

—Sí.

—Eso es… —Su voz se apaga—. Es increíble. Seguro que son simpáticas. ¿Lo son?

Me quedo callado.

—No me digas que son unas aburridas como tú. —Se ríe, y su risa se desliza bajo mis costillas. Se transforma en algo áspero y desagradable que hiere y pincha—. Te juro, Jackson, que eras el niño más serio del mundo. Apuntabas tu horario en tu cuaderno y lo pegabas en la nevera. ¿Te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. —Miro el archivador de la esquina de mi despacho, la costumbre que nunca logré dejar atrás. Los días de la semana están marcados con rotulador borrable de colores, de forma ordenada.

Siento un rubor de vergüenza.

—Tienes que asegurarte de que tus hermanas se diviertan, Jackson. Las adolescentes necesitan divertirse.

—De acuerdo.

—Hablo en serio, Jack. No seas estirado. Hay que disfrutar de la vida de vez en cuando. No querrás que tus hermanas terminen como tú, ¿verdad? —Una carcajada brota de ella, erizándome la piel—. Solo trabajar y no divertirse nunca convierte a Jack en un chico aburrido.

«Soy así por tu culpa», me dan ganas de espetarle. Quiero retorcer mis palabras como cuchillos hasta que duelan. «Tú me hiciste así. Completamente dependiente de sistemas, rutinas y hábitos para poder respirar».

—Gracias por el consejo —me limito a replicar—. Lo tendré en cuenta. Voy a colgar.

Y cuelgo. Cuelgo a mi madre y sitúo el móvil con cuidado a la izquierda del teclado, respirando por la nariz y exhalando por la boca. Una vez. Otra vez.

El teléfono me vibra con una llamada entrante y contesto.

—¿Qué pasa ahora?

El silencio llena la línea.

—¿Siempre respondes así?

Me pellizco el puente de la nariz. Vaya día de mierda.

—Normalmente no. —Me clavo un nudillo en el ojo y me ajusto las gafas—. Perdona. Creía que eras otra persona.

—¿Una amante despechada? ¿Un prestamista? ¿Quién le provoca semejante enfado a Jackson Clark?

Me dejo caer en la silla.

—¿De dónde has sacado este número?

—De tu prestamista —responde Delilah con ligereza y despreocupación.

—¿La prestamista se llama Maggie?

Se ríe entre dientes.

—Se llama Aiden Valentine, y me dejó tu número pegado en la ventanilla del coche.

—Cómo no —suspiro. «Será imbécil».

—Creí que lo de dejar notas solo lo hacías tú.

—Por lo visto, no. —Recojo la factura de la tintorería que he encontrado esta mañana pegada en la ventanilla y una sonrisa forzada se dibuja en mis labios. Una parte de la opresión de mi pecho desaparece.

Por lo menos, Delilah es una excelente distracción.

—¿Qué puedo hacer por ti, Delilah?

—Pues es que… tenemos que hablar.