CAPÍTULO 4 JACKSON #2
—Las tortugas son reptiles, idiota. —Me froto la nuca con una mano—. Y me refiero a que no, que esa no es la única razón por la que no estoy de acuerdo con el plan de Maggie. —Trago saliva con dificultad; se me seca la boca solo de pensarlo—. No quiero salir en la televisión.
—¿Por qué?
—Ya sabes por qué.
—¿Porque te quedas sin palabras?
—No diría que quedarme sin palabras resuma la sensación de que se me escapa el alma del cuerpo cada vez que tengo que hablar de algo que no sea el pronóstico del tiempo. —Hago una pausa—. Maggie dijo que haríamos directos.
—Quizá la televisión te resulte más fácil que la radio. —Aiden se encoge de hombros.
Lo miro fijamente.
—Es probable que sea peor.
—¿Puede ser peor? —Ante mi mirada sombría, Aiden esboza otra sonrisa y levanta las manos—. Solo te estoy tomando el pelo. No lo sabrás hasta que no lo intentes, ¿no?
Murmuro una serie de palabrotas entre dientes.
—¿Qué más? Venga. Sé que te gustan las listas.
Me paso la mano por la cara. Es mi carga más pesada. Lo que me mantiene mirando al techo de mi habitación hasta altas horas de la noche. Hay muchas cosas que pueden salir mal, y estaría muy lejos.
—¿Quién cuidará de mis hermanas si no estoy?
—Ya te lo dije. Pueden quedarse conmigo, con Lucie y con Maya. Tenemos espacio. —Aiden se mudó con Lucie y su hija después de que ampliaran la casa adosada de Lucie de Fells Point con la de al lado—. Maya está entusiasmada con la idea de tener fiestas del pijama sin fin.
—Con esta tormenta, es probable que nos quedemos una semana. Tal vez dos. Es mucho pedir.
—No lo pediste. Me ofrecí yo. Y criaste a las dos para que fueran unas invitadas estupendas. La última vez que se quedaron con Maya, toda mi colección de discos terminó ordenada y limpia.
—¿Ordenada por colores?
—Por género y apellido del artista, como Dios manda. Las has criado superbién, Jackie. —Se inclina hacia delante con rostro serio. Se han acabado las bromas, y Aiden habla en serio—. Puedes fiarte de mí. No te voy a defraudar.
—Sé que no lo harás. Confío en ti. —Y es cierto. Sé que mis hermanas estarán en buenas manos si se quedan con Lucie y Aiden—. Es que… no me he separado de ellas desde que obtuve la custodia completa. Me gusta nuestra rutina.
—Ya lo sé. —No hay juicio en la voz de Aiden, tan solo una silenciosa comprensión.
Sabe cuánto necesito tener las cosas ordenadas y predecibles—.
Pero creo que te vendría bien salir de la rutina de vez en cuando.
Prueba algo nuevo. Diviértete un poco. —Se levanta de la silla y se sacude las migas del regazo—.
Mírame a mí. Probé algo nuevo y encontré a Lucie.
—Tu «algo nuevo» fueron las emociones.
—Sí, bueno. —Se encoge de hombros—. Al final todo salió bien. —Golpea el marco de la puerta con los nudillos—. Maggie no va a dejar que te lo pienses mucho más —me advierte—. Te daré algo de tiempo, pero tendrás que darle una respuesta cuanto antes. ¿Nos vemos dentro de una hora?
—Sí —acepto—. Nos vemos en la cabina.
Aiden se va e intento analizarlo lógicamente, pero mi cerebro sigue el camino de siempre.
Pienso en mis hermanas y en lo emocionadas que estaban ante la perspectiva de algo diferente.
Pienso en ceder, en decir que sí y en el largo viaje que tendré que hacer hacia la aridez del oeste de Maryland.
Visualizo estar de pie en medio de un campo, una calle o una acera, sosteniendo un micrófono y mirando fijamente la luz roja parpadeante de una cámara.
Pienso en Delilah Stewart justo a mi lado, observándome mientras me equivoco.
Pienso en la satisfacción maliciosa que iluminaría sus ojos.
Pienso en salir de mi rutina y en cómo todo podría desmoronarse.
Pienso en fracasar y hacer el ridículo. Pienso en la aplastante decepción, no solo para mí, sino también para mis hermanas.
En la emisora. Pienso en decepcionar a todos, en dejar que todos lo vean.
En las grietas en los cimientos que se extienden hacia arriba.
En las cosas que hacen que me sienta mal.
El teléfono me vibra encima de la mesa, y busco mis gafas. Intenté arreglarlas anoche con una de las pinzas de Penelope para hacer pulseras, pero creo que solo las dejé peor.
Quizá mañana pegue una factura de reparación de gafas en la ventanilla del coche de Delilah.
El móvil deja de vibrar y luego vuelve a hacerlo en el acto. Observo la pantalla.
—Mierda —susurro.
Es otra de mis rutinas, aunque no me gusta demasiado lo predecible que es. Dudo unos instantes y luego deslizo el pulgar por la pantalla.
—Camille. —Me aclaro la garganta—. Hola.
Se oye el ir y venir de coches. Suena una bocina, alguien grita, y pasan otros quince segundos de jadeos y ruido ambiental antes de que recuerde que ha marcado el número.
O, dicho de otro modo, una conversación típica con mi madre.
—Jackson —dice con apenas aliento—. Ojalá me llamaras «mamá».
—Ya —respondo sin mostrarme de acuerdo, una habilidad que he perfeccionado tras años de exigencias desmesuradas.
Miro fijamente el modelo meteorológico abierto en la pantalla del ordenador y observo el enorme sistema de baja presión que se está formando al pie de las Rocosas.
El mapa muestra la proyección frontal, y la presión aumenta sin parar.
Una enorme mancha roja que cambia y se transforma.
Me identifico con ella—. ¿Qué necesitas?
—Querrás decir: «¿Cómo estás?», ¿no?
No necesito preguntárselo. Sé perfectamente cómo está. En un lugar nuevo y emocionante, con un trabajo nuevo y emocionante, y amigos nuevos y emocionantes; todo es color de rosa.
Aun así, cedo.
—¿Cómo va últimamente el negocio de los aceites esenciales?
—Eso fue hace un tiempo, Jack. Ya te lo he contado, ¿no? Ahora trabajo en la gestión musical.
El ruido de fondo se corta de repente, y se oye el portazo de un coche.
Gestión musical. Suministros para cafeterías.
Antigüedades. Siempre hay algo. Una vez, durante una de estas pequeñas charlas, estaba sentada en un camión lleno de ganado explorando la posibilidad de hacer yoga restaurativo con cabras.
—Qué bien —respondo, incapaz de irradiar entusiasmo. No es lo que necesito hoy. Es otro peso más en mi ya de por sí insoportable carga. Me estoy derrumbando bajo la presión—. ¿Qué puedo hacer por ti?
Se ríe, y siento un escalofrío.
—A lo mejor solo quería saludarte.
Nunca quiere saludarme y ya.
—Hola. ¿Qué más?
—Jackson —suspira—. Veo que piensas lo peor de mí.
—Es una predicción basada en tu comportamiento anterior.