Una conexión imprevista CAPÍTULO 4 JACKSON
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CAPÍTULO 4 JACKSON

Un día, cuando Penelope tenía seis años, decidió guardar silencio hasta que le comprara el Polly Pocket y el peluche de caniche que tanto deseaba. Por desgracia para ella, siempre he disfrutado del silencio. Acabó cediendo antes que yo y tuvo que conformarse con un barril de Legos de segunda mano.

He estado canalizando esa misma energía desde que salí del estudio de YBAL News hace dos días. No acepté colaborar con Delilah y Delilah no aceptó colaborar conmigo. Maggie ha intentado que me comprometa, pero soy totalmente incapaz de hablar sobre el tema.

—Hola, amigo mío. —Aiden Valentine, el presentador del programa telefónico nocturno de romance y mi supuesto mejor amigo, entra en mi despacho como si tal cosa—. Te he traído galletas.

Suelto un gruñido para que sepa que soy consciente de su presencia, sin levantar la vista del modelo meteorológico de mi pantalla.

He estado ejecutando proyecciones duales todos los días con el modelo europeo y el modelo del Sistema de Pronóstico Global.

Las diferencias no son enormes, pero existen.

Y una cosa es evidente: Delilah tenía razón sobre el modelo europeo.

Es más preciso para este tipo de predicción de tormentas.

La subestimé porque creía saber más que ella, pero…

Delilah estaba en lo cierto.

Minimizo la pantalla del pronóstico.

—¿Te ha enviado Maggie aquí?

—Sí.

—¿Porque quiere una respuesta sobre la colaboración?

—Correcto.

—Genial. —Sigo haciendo clic, intentando fingir que estoy haciendo algo productivo—. Todavía no tengo una respuesta que darle. Ya puedes irte.

—No te pongas así. —Aiden me ofrece su galleta de paz y la agita—. Toma una por lo menos. Te he traído tus favoritas.

Las miro con curiosidad y luego vuelvo a la pantalla de mi ordenador.

—Falta una —digo con voz inexpresiva.

—¿Qué? —Mira la caja—. ¿Cómo lo sabes?

—Porque las galletas Berger no vienen con el envoltorio de plástico roto y porque tienes chocolate en la barbilla. —Aiden levanta la mano de inmediato para limpiarse una mancha que no existe. Me río entre dientes—. Culpable e idiota.

Aiden pone los ojos en blanco y me lanza la caja de galletas, que se desploma en la única silla pequeña que tengo encajada contra la pared. Cuando Maggie me comentó que podía tener un despacho en la emisora, se le olvidó decirme que antes era el armario de los productos de limpieza.

—¿Qué te pasa?

—¿Además de sentirme obligado a aceptar una misión desastrosa que me manda a la remota región del oeste de Maryland, a tres horas de Baltimore, para informar sobre una histórica tormenta de nieve que probablemente me deje atrapado con una mujer que cree que el pudín de chocolate es un plato que se puede derramar sin problemas, quieres decir?

—Tú y el pudín —masculla Aiden.

—Era mi camisa favorita —me defiendo—. Me derramó pudín por toda mi camisa favorita. Y en el accidente del café del martes perdí mi segunda camisa favorita. Ahora tengo una colección de camisas arruinadas por Delilah Stewart. ¿Cuántas camisas más deben sacrificarse antes de que sea suficiente?

—Vale, vale. —Aiden intenta disimular una sonrisa, pero no lo consigue del todo—. Lo entiendo. ¿Hay algo más que te retenga?

—Tengo mucho trabajo ahora mismo —respondo, volviendo a subir las proyecciones a la pantalla y mirándolas fijamente como si pudiera cambiarlas con mi fuerza de voluntad.

Se han confirmado en los dos días que han pasado desde nuestra reunión en YBAL News, y las dos coinciden en una cosa: se avecina una tormenta muy fuerte.

Una de las nevadas más intensas que haya caído jamás en Maryland.

Y Maggie quiere que me suba a un coche, conduzca doscientos kilómetros hacia el oeste y me coloque justo en el epicentro… con Delilah.

El resto de la reunión en YBAL fue una experiencia extracorpórea.

Las voces de todos se desvanecieron en un zumbido monótono, un «pum, pum, pum» mientras yo observaba la alfombra, con las manos tan apretadas contra los reposabrazos que me quedaron marcas en las palmas de las manos durante el resto del día.

«Colaboración».

«Cubrir la tormenta en directo».

«Lo vais a hacer juntos».

«Juntos».

«Juntos».

Al final de la reunión, me levanté y me fui sin mediar palabra. Salí directamente por la puerta principal del estudio de televisión hacia mi coche, donde me quedé inmóvil hasta que llegó la hora de mi turno en la radio.

Aiden se acerca con sigilo y tiende una mano hacia la caja de galletas. La aparto de su alcance.

—¿Qué te ha dicho Maggie? —le pregunto.

—Me ha exigido que te sacara una respuesta por cualquier medio necesario. —Asiente hacia la caja—. Las galletas eran el primer paso.

—¿Y el siguiente?

—Todavía no lo he pensado. —Estira las largas piernas—. ¿Por qué no le has dado una respuesta?

—Porque no quiero darle una respuesta —murmuro, jugueteando con el borde de la caja de galletas.

—A ver, no te queda otra. No puedes fingir que no existe y ya. —Aiden ladea la cabeza, observándome—. Qué curioso, es como si hubiéramos intercambiado los papeles. Normalmente, soy yo el gruñón y complicado.

—Te prefería cuando eras gruñón y complicado. Ahora eres optimista e irritante.

—Ese es el poder del amor, amigo mío. —Aiden sonríe y ladea la cabeza—. Y de las sesiones de terapia quincenales.

Resoplo. Hace un año, Aiden le habría dado un puñetazo a esta versión de sí mismo.

Estaba ocupado fingiendo que todas sus emociones eran impulsos molestos que podía enterrar bajo una actitud espantosa y la negación.

Pero entonces una chica llamó a la emisora pidiendo consejos sobre relaciones sentimentales para su madre, y la llamada se hizo viral.

Aiden se vio envuelto en la tarea de ayudar a la madre soltera favorita de Baltimore a encontrar pareja.

Cuando Lucie debutó en 101.6 LITE FM, Aiden quedó prendado de ella.

Fue un placer verlo intentar mantenerse a flote, pero, ahora que Lucie y él llevan un tiempo juntos, su actitud ha perdido encanto.

Ahora está en sintonía con sus sentimientos.

Cómo lo odio.

—Hablemos del tema, venga. —Le lanzo una mirada fulminante y él se ríe al tiempo que se deja caer en mi silla libre como si no tuviera intención de irse en breve—. Poco a poco. ¿Cuál es tu mayor obstáculo?

—Delilah —salto de inmediato.

—Ah, sí. —Aiden sonríe—. La meteoróloga a la que te encanta odiar.

—No me encanta odiarla. —Ni siquiera la odio, pero nadie me cree cuando lo digo.

Quizá sea porque me convierto en un imbécil gruñón y quejumbroso cada vez que se menciona su nombre.

Quizá sea porque discutimos sobre modelos meteorológicos durante la mitad de nuestra reunión del martes.

Quizá sea porque la idea de trabajar con ella me sumió en un estado catatónico y me quedé sentado en silencio en mi coche durante casi tres horas—. Es que me parece irritante.

—¿Porque no le gustan las hojas de cálculo? ¿Porque hace las cosas de forma diferente a ti? A mí me parece simpática.

—Simpática —repito.

—Sí. —Aiden asiente—. Se le da bien hablar del tiempo cuando le dejan. En realidad, os parecéis más de lo que creéis. —Le pego un mordisco enorme a la galleta—. Los dos sois unos frikis.

—¿Has visto sus directos?

—¿Por qué lo dices como si te estuviera poniendo los cuernos?

—Porque deberías acudir a mí para los partes meteorológicos.

No a Delilah. —Agarro un trozo de papel medio arrugado que estaba metido debajo de mi portalápices y se lo doy a Aiden—.

Mira esto. Esta mañana me lo he encontrado pegado con cinta adhesiva en la ventanilla de mi coche.

Quiere que le pague el disfraz de tortuga.

Pensaba que era una multa de aparcamiento. Pero entonces he visto que estaba pegado a la ventanilla con un chicle masticado y he sabido al instante de quién era.

—¿El qué? —Aiden frunce el ceño, confundido.

—Su disfraz de tortuga. Quiere que le pague la limpieza en seco, aunque fue ella quien lo manchó cuando se chocó conmigo.

—¿Ahora también te deja notas en el coche? —Aiden parece encantado y extiende la mano para leerla—. Me alegro.

—No. —Le arrebato la nota y la meto en el cajón superior de mi mesa—. No te alegres.

—Jackson —suspira—. Tienes que relajarte.

—Estoy relajado.

—Estás encorvado sobre tu mesa, atiborrándote a galletas como un trol. Cuando he entrado, hablabas entre dientes sobre sistemas de baja presión. No estás relajado.

Me quito las gafas y las lanzo sobre la mesa para luego frotarme los ojos con las palmas hasta que veo puntos negros. Oigo el crujido del cuero cuando Aiden se mueve en su silla. Y el lento deslizamiento de la caja de galletas sobre la madera al aprovechar mi momento de debilidad.

—¿Quieres que te mime o que sea sincero?

—En la vida me has mimado lo más mínimo —gruño.

Aiden se ríe entre dientes.

—No tienes que hacerlo si no quieres. Maggie no te va a obligar. Es una buena oportunidad para la emisora, pero ya habrá otras. Nuestras cifras son buenas. No estamos en la misma situación que el año pasado.

El año pasado estuvimos a punto de cerrar definitivamente. Estamos mejor que antes, pero no mucho. Soy yo quien maneja las cifras. Sé lo fina que es la línea que separa que sigamos transmitiendo y que todos debamos buscar otro trabajo.

Siento el peso de esa verdad como una opresión en el pecho. Me cuesta priorizar mi comodidad cuando otras personas dependen de mí. Si este acuerdo beneficia a la emisora, no sé cómo decir que no. Ese es precisamente el dilema que he estado asimilando durante las últimas cuarenta y ocho horas.

—Pero si la única razón que tienes para rechazar la propuesta es Delilah… En fin, ¿de verdad vas a dejar que alguien que te exaspera dicte tu comportamiento?

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me rechinan los dientes.

—No.

—¿Seguro? Porque lo parece. —Saca otra galleta de la caja con una absurda expresión de suficiencia—. Parece que te da miedo una mujer de metro y medio que se disfraza de anfibio.