CAPÍTULO 3 JACKSON #2
—¿Sabías que las tortugas…?
—Keith —salta Maggie, interrumpiéndome con furia—. A lo mejor deberíamos comenzar.
—Podrías haberme dejado terminar —murmuro entre dientes.
—No hay nadie en esta sala que quisiera que terminaras —susurra Maggie negando con la cabeza. Levanta la barbilla hacia Keith—. ¿Empezamos?
—Claro —dice con el entusiasmo de una nube de polvo. Se balancea en la silla, con una mano bajo la barbilla y la otra aferrada a su bebida helada. Se la lleva a la boca y da un sorbo ruidoso con la pajita naranja, mientras sus mejillas hinchadas se mueven.
Delilah exhala un breve suspiro de frustración desde el rincón.
Conozco a Keith. En Baltimore todo el mundo conoce a Keith.
Tuvo una exitosa carrera en la radio a principios de los noventa antes de asumir un puesto administrativo importante en el canal de televisión.
Antes lo llamaban el «Rostro de Baltimore», pero a mí siempre me ha parecido una cara bastante insoportable.
Y su personalidad también. Es arrogante, egocéntrico y usa demasiados productos para el cabello en muy poco pelo.
Hace dos años, lideró una campaña en solitario para cambiar el nombre de la calle que lleva al estudio por el suyo.
La ciudad se lo negó, y, cuando intentó conseguir apoyo popular, también fracasó.
Parece decidido a aferrarse a sus días de gloria, a pesar de que han transcurrido casi tres décadas.
No tengo ni idea de por qué le estamos dedicando nuestro tiempo a este tipo. No es propio de Maggie tolerar las payasadas de un imbécil.
—Keith —dice Maggie de nuevo, que comienza a perder parte de su infinita paciencia—. Si no te importa, tenemos que volver a nuestro programa.
—Ah, sí. —Su sonrisa es condescendiente, con dientes demasiado blancos que brillan bajo las luces fluorescentes—. Vuestro programita de radio. No quisiéramos que llegarais tarde.
La sonrisa de Maggie es tan aguda como su respuesta.
—Nuestro programita de radio tiene casi el triple de audiencia que tu canalcito de noticias. Esa es la razón, como bien recordarás, por la que estamos teniendo esta conversación.
A Keith le centellean los ojos. Deja el café a un lado.
—Tienes toda la razón —masculla—. Jackson y Delilah, estáis aquí como parte de una nueva propuesta de colaboración entre 101.6 LITE FM e YBAL News.
—¿Qué? —pregunto.
—¿Por qué? —salta Delilah al mismo tiempo.
Keith gira la cabeza al fin para mirar a Delilah, con una mueca en el labio.
—Para informar del tiempo.
—¿En plan… juntos? —Me mira y señala con una aleta en mi dirección. Ha estado quitándoselas y poniéndoselas de las manos desde que nos hemos sentado en la reunión—. O sea, ¿los dos?
—Sí, ese es el plan. —Maggie junta las manos delante de sí, encima de la mesa. Está en modo negociación, mientras yo intento seguirle el ritmo en el asiento de al lado. Mi mente está atascada en la palabra «colaboración», que significa «dos personas trabajando juntas hacia un objetivo común».
El único punto en común que tenemos Delilah y yo es crear caos. El único objetivo común por el que hemos trabajado juntos es la destrucción mutua.
—Jackson —dice Maggie—. ¿Qué dice el Almanaque del Granjero sobre el mes de febrero?
—Pues… —Parpadeo apartando la mirada de Delilah y me ajusto las gafas—. Dice que este invierno tendremos temperaturas más frías de lo normal, y así ha sido.
—¿Y las tormentas? —pregunta Maggie, sin apartar la vista de Keith—. ¿Qué dice sobre las tormentas?
—Que deberíamos esperar nevadas históricas. —Frunzo el ceño—. Aunque las tormentas que ha habido este invierno en Maryland han sido similares a las de otros años.
—¿Te sabes… el Almanaque del Granjero de memoria? —se extraña Delilah.
Su tono deja claro que memorizar el almanaque no es algo de lo que enorgullecerse. Me cruzo de brazos.
—Es información útil.
—¿Para todos los… cultivos que tienes en casa?
—Los granjeros no son los únicos que usan el almanaque —me defiendo—. Hay muchas formas de darle utilidad.
—Claro, claro.
—Recibo una copia todos los años. Es… —Resoplo—. No tengo por qué darte explicaciones.
—¿También recibes una copia de las Páginas Amarillas? —Curva los labios para esbozar una sonrisa—. ¿Tienes un Rolodex?
Sí, tengo un Rolodex, uno de esos ficheros giratorios, en la esquina de mi mesa de la emisora de radio, donde guardo todos mis contactos. Me gusta anotar las cosas en papel. Me facilita encontrarlas. Pero no se lo voy a confesar a Delilah ni muerto.
Por lo visto, no es necesario. Me mira fijamente durante tres segundos y suelta una carcajada estridente.
—¡Madre mía! Sí que tienes un Rolodex.
—Esto no va a funcionar. —Me giro y miro a Maggie.
Cualquier colaboración que haga con Delilah terminará con los dos yendo a la yugular del otro. No puedo trabajar con alguien tan diferente a mí. Es probable que ella utilice un mapa y un conjunto de cristales para predecir el tiempo. O una bola mágica de adivinación.
Maggie me da una palmadita suave en el antebrazo.
—Todo irá bien. Presta atención, y luego hablaremos de los demás detalles, ¿de acuerdo?
—¿Qué detalles? —pregunto de pronto—. ¿Qué sugieres exactamente?
—¿Está clasificado por orden alfabético? —pregunta Delilah desde su lado de la sala.
La miro de reojo. Está temblando en su silla plegable de metal.
—¿El qué está clasificado por orden alfabético?
—Tu fichero giratorio. ¿Lo tienes clasificado por orden alfabético?
—¿Cómo quieres que guarde las fichas si no? —No soy un maldito monstruo.
—De verdad que ahora mismo no sé si estás de broma —susurra con los labios apretados.
Dirijo mi atención a mi jefa, que mira fijamente la mesa como si no deseara nada más que perderse en la veta de la madera.
—¿Qué sugerís exactamente? —repito.
—Hemos recopilado algunas proyecciones meteorológicas y las hemos revisado con los del Servicio Meteorológico Nacional —comenta Keith, logrando sonar a la vez arrogante y estúpido—.
Obviamente, sabremos más en los próximos días, pero se acerca una tormenta de nieve que podría provocar nevadas históricas.
He visto indicadores similares en los modelos que he estado siguiendo, pero es demasiado pronto para saber si se trata de un sistema de baja presión pasajero o del inicio de una tormenta masiva que se precipita sobre las montañas.
La diversión de Delilah se desvanece.
—¿Enviaste las proyecciones? ¿Las que te di la semana pasada?
—Por lo que parece, el oeste de Maryland está a punto de sufrir una fuerte nevada —prosigue Keith, sin siquiera dirigirle la palabra a Delilah ni responder a su pregunta.
Es como si ella fuera un cuadro en la pared, dada la poca atención que le ha prestado en esta reunión—.
Es demasiado pronto para emitir advertencias, claro, pero todos los ingredientes están presentes.
Es una tormenta que solo se da una vez en la vida.
—Cuando te presenté las proyecciones, me dijiste que eran basura —protesta Delilah. Las patas de su silla chirrían al intentar mantener la conversación en privado—. Dijiste que no servían de nada.
—Porque no servían. —Keith chasquea los dedos—. Megan, del Servicio Meteorológico Nacional, nos ha dado datos útiles.
—Pero usaste mi informe. Yo lo organicé todo. Recopilé los datos y elaboré las proyecciones. Y… —Hace una pausa y traga saliva con dificultad—. Era mi obra, Keith.
—Fue obra del canal. He sido yo quien lo ha coordinado todo con el Servicio Meteorológico Nacional.
—Pero era mi análisis. El sistema de baja presión sobre las Montañas Rocosas y la precipitación que venía del golfo. Yo…
—Usaste recursos del canal para elaborarlo —añade Keith, con la voz cada vez más cortante—.
¿Estabas esperando una estrella fugaz, Delilah?
Felicidades. Has cumplido con tu trabajo.
—Pone los ojos en blanco y se gira dándole la espalda, ignorada en el rincón de la estancia.
Algo se me revuelve en el estómago mientras intento asimilar que Delilah, al parecer, no usa adivinanzas para predecir el tiempo.
—¿Qué modelo usaste? —le pregunto.
—El modelo europeo. —Delilah levanta la mirada a regañadientes.
—Ah —digo, satisfecho por no haberme perdido nada—. Vale.
Aprieta los labios, y un rubor le recorre las mejillas.
—¿Hay algún problema con el modelo europeo, Jackson?
—El modelo del Sistema de Pronóstico Global es mejor.
—En invierno no.
—Cuando la previsión es de más de cinco días, lo mejor es…
—La cuestión sigue siendo la misma —nos interrumpe Keith, con un tono que deja claro que preferiría ahogarse en el puerto antes que escucharnos hablar de modelos meteorológicos un segundo más—.
Se acerca una tormenta y, si queremos maximizar la audiencia de la emisora y del canal, necesitamos coordinar nuestros esfuerzos ahora.
—¿Coordinar? ¿Por qué? —pregunto. Me giro a medias hacia Maggie—. ¿Crees que afectará a las actualizaciones meteorológicas de la emisora?
—Será lo único que se comentará en toda la región, Jackson —dice Maggie.
—Va a ser más importante que la actualización meteorológica. Esperamos dedicarle un segmento completo durante toda la tormenta.
—Ah, perfecto. —Intento captar la mirada de Delilah—. Podemos emitir al mismo tiempo o lo que sea que queráis hacer. No hay problema.
Me mira parpadeando, con las comisuras de los labios hacia abajo.
—¿Aunque yo utilice un modelo inferior? —pregunta con sarcasmo.
Sonrío. Me gusta verla nerviosa.
—Sí, aun así.
—En realidad, se nos había ocurrido otra cosa —replica Maggie con ambigüedades. La miro fijamente y espero. Al parecer, toda esta reunión se reduce a veinte preguntas. Ojalá todos dejaran de hablar con acertijos y explicaran qué demonios está pasando.
Maggie debe de percibir mi creciente frustración, ya que endereza los hombros. Me clava una mirada seria e implacable.
—Vosotros dos vais a cubrir la tormenta con directos conjuntos durante toda la nevada. Os enviaremos al condado de Garrett, Jackson. Vais a cubrir la tormenta en directo, justo donde se supone que va a golpear con más fuerza. —Señala a Delilah al otro lado de la mesa—. Y lo vais a hacer juntos.