Una conexión imprevista CAPÍTULO 3 JACKSON
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CAPÍTULO 3 JACKSON

Estoy tumbado en el centro del pasillo, encima de Delilah Stewart, y mi orgullo está en algún punto del suelo junto a mi café.

—Hola, Delilah. —Suspiro e intento averiguar si me he roto o magullado seriamente algo. Mis gafas no están por ninguna parte. Todo es una sucesión de manchas de color.

—Hola, Jackson.

Suena derrotada.

—Es un placer, como siempre.

Debajo de mí, Delilah suelta una risita.

—Más o menos —responde con voz suave y dulce. Percibo una risa contenida detrás de sus dientes.

Bueno, me alegro de que esta situación le haga gracia a uno de los dos.

Delilah se retuerce y no sé cómo, pero consigue golpearme en la ingle y en el plexo solar al mismo tiempo.

—Por favor —gimo, directamente en su oído. Huele a mi café tostado ligero y a algo más dulce. A mermelada de fresa, tal vez—. Por favor, deja de moverte —le ruego.

Se queda quieta al instante, y apoyo la frente en su hombro. No puedo respirar, y no puedo levantarme si no puedo respirar.

—¿Qué estás haciendo? —me susurra.

—Intentando no morir —jadeo.

Ella resopla y se retuerce de nuevo. Una mano me da unas palmaditas en las costillas.

—Ea, ea —dice con tono incómodo—. Ya está.

Suelto una risita, y un mechón de su pelo me revolotea alrededor de la cara.

Delilah Stewart, la personificación del desastre, ataca de nuevo.

En cierto modo, nos hemos quedado atrapados en un bucle.

Cada vez que la veo, algo inevitablemente sale mal.

Somos polos opuestos que se repelen en cuanto entran en el campo de fuerza del otro.

Me da otra palmadita y luego baja las manos.

—Te agradecería —dice con voz amortiguada— que te apartaras de mí ahora mismo.

Me incorporo sobre las rodillas con bastante esfuerzo, y un fuerte gruñido se me escapa de la garganta al apoyarle las manos en los hombros. Sin mis gafas, solo puedo ver su vaga silueta. Y manchas de color sobre un suelo blanco pálido.

Marrón castaño. Rojo rubí. Verde esmeralda intenso. Debe de seguir llevando puesto su disfraz de tortuga.

—¿Por qué me miras así? —susurra.

—¿Así, cómo?

—Entrecerrando los ojos. —Una mano revolotea frente a mi cara.

—No veo sin las gafas —digo entre dientes, y suelto un gruñido cuando su rodilla me golpea la parte interior del muslo. Casi me caigo de nuevo—. Ya sabes, esa cosa que siempre llevo en la cara.

—Ah. —Sube un brazo sobre la cabeza, y me roza el costado con el codo.

Mi camisa está mojada y pegada a mi pecho, pero solo puedo concentrarme en los lugares en los que nos tocamos.

Mis rodillas, presionadas entre las suyas.

La parte interior de mi muñeca izquierda, rozando su cabello.

Es la vez que más cerca he estado de una mujer en seis meses, y, naturalmente, se trata de Delilah Stewart.

En medio de la redacción de la cadena de televisión local.

En la partida de Twister más incómoda de la historia.

«Noticia de última hora: Un hombre hace el ridículo con una mujer disfrazada de tortuga».

Con Delilah soy mi peor versión, y es totalmente culpa suya.

—Toma —dice mientras me coloca con cuidado las gafas sobre la nariz.

Las sujeta con el pulgar entre mis ojos y luego me dedica una sonrisa radiante.

Ahora puedo ver cada detalle de su rostro bajo el mío.

La colección de pecas a ambos lados de su nariz.

El pequeño espacio entre sus dos dientes delanteros.

Su largo cabello, que cae al suelo—. Listo —añade—. Como si no hubiera pasado nada.

—Son mis gafas favoritas. —Parpadeo.

—Y te quedan genial.

Retira la mano, y las gafas se ladean. Una mitad de su rostro está borrosa; la otra, enfocada. Vuelve a colocar la mano en su sitio y las sujeta con firmeza.

—Puedo arreglarlas —musita.

—No lo hagas, por favor. —No me interesa lo que esté tramando mi mente, llena de pesadillas. Reemplazo su mano con la mía y sujeto las gafas contra mi rostro.

Me muevo hacia un lado y me incorporo para extender una mano y ayudarla.

Ella la ignora y se limita a arrastrarse lentamente tras de mí, apoyándose en la pared.

Tiene una enorme mancha de café en medio del pecho cubierto por una tortuga, y un lado de su cabello está mojado en las puntas.

Yo también tengo una mancha, que se extiende lentamente por mi barriga.

Nos quedamos donde estamos, en un rincón de la bulliciosa sala de redacción, mirándonos fijamente. Nadie nos presta atención, y no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿con qué frecuencia derriba Delilah a la gente al suelo?

—En fin —dice—. ¿Qué haces aquí?

Cuando la miro desde detrás de mis gafas rotas, sus mejillas se sonrojan.

—Normalmente te veo en el aparcamiento —añade—. No en la redacción.

—Tengo una reunión.

Deja de intentar escurrirse el café del pelo.

—¿Aquí?

—No, en el pasillo, no; en este estudio. Sí.

—¿Con quién? —Frunce el ceño.

—No estoy muy seguro. —Meto la mano en el bolsillo mojado y saco la nota medio arrugada que han dejado en mi mesa de la emisora. Delilah me la quita de la mano—. Toda tuya —murmuro.

—«Oficinas de YBAL» —lee—. «Pregunta por Keith». —Cierra los ojos con resignación mientras estampa la nota contra mi pecho mojado—. Creo que sé dónde se celebra tu reunión.

—¿Dónde?

Señala sin decir palabra la puerta entreabierta, que está a menos de sesenta centímetros. Me la quedo mirando.

—Genial —replico lentamente—. Gracias.

Me dirijo hacia allí, y Delilah me sigue. Me detengo de pronto en el umbral, y se choca contra mi espalda.

—¿Puedo ayudarte en algo? —Sigo sujetando mis gafas con la mano—. ¿Quieres otro golpetazo antes de que nos separemos?

—Por muy divertido que suene —la resignación se refleja en sus labios—, yo también tengo una reunión.

—¿En esta sala? —Señalo la puerta.

—Sí.

—¿Conmigo?

—Eso parece.

Una punzada de inquietud me recorre la espalda y me provoca escozor entre los hombros.

No me va a gustar nada lo que pase en ese despacho. Lo sé.

—Si tienes una reunión, ¿por qué ibas en dirección contraria?

—Porque quería evitarme la humillación de estar en una reunión de negocios disfrazada de tortuga. —Se señala el pecho manchado de café—. Obviamente, ya no me preocupa.

Nos quedamos en la puerta jugando a ver quién es más reacio a moverse.

—¿Vas a entrar?

—No estoy seguro —respondo—. De hecho, estoy pensando en salir por la ventana.

—Creo que ya es demasiado tarde. —Se ríe entre dientes—. Nuestro destino está sellado.

«Destino». La palabra resuena en mi cabeza y se posa en algún lugar del centro de mi pecho. Una canica en una lata de refresco vacía. Un diapasón que vibra con una frecuencia que no consigo oír.

Es una tontería para gente tonta. Yo controlo lo que pasa, no una fuerza mística.

—¿Quién lo dice? —le pregunto.

—Yo. —Maggie aparece en la puerta. Dirige brevemente los ojos hacia mí, que sigo sujetándome las gafas—. Llegas tarde.

—Creía que nuestra reunión era en la emisora. —En nuestras oficinas—. Ya estoy aquí.

—Sí, y has hecho una entrada espectacular. —Su rostro permanece impasible, pero la alegría brilla en sus ojos felinos. Los desplaza hacia Delilah, y se suavizan ligeramente—. ¿Necesitas un minuto antes de empezar?

Delilah se encoge de hombros.

—La cosa no va a empeorar mucho más, ¿no?

De hecho, sí que puede empeorar.

Los cuatro permanecemos en silencio en el espacioso despacho de Keith.

Keith, que ni siquiera ha emitido un gruñido de saludo cuando finalmente nos hemos sentado alrededor de la mesa de reuniones.

Keith, que parece más absorto en su café helado extragrande que en lo que sea que hayamos venido a comentar.

Keith, que está decidido a convertir la reunión en una lucha de poder entre él y Maggie, y para ello se muestra frustrantemente desinteresado y guarda silencio.

Intento llamar la atención de Maggie con una mirada que transmita una mezcla entre «¿Qué está pasando?» y «¿Por qué estoy aquí?», pero está ocupada intentando desintegrar el cráneo de Keith con los ojos.

Esta reunión podría haber sido un correo electrónico, sin duda.

Si lo fuera, tal vez mis gafas habrían sobrevivido a la mañana.

Delilah está sentada en un rincón del despacho en una silla plegable demasiado pequeña que parece que se va a romper en cualquier momento. O Keith no ha podido mover su silla para hacerle sitio o se ha negado a hacerlo.

Teniendo en cuenta cómo va esta reunión, creo que sé cuál de las dos opciones es.

Se pellizca la camiseta de tortuga y se la quita del pecho con una mueca.

Me aclaro la garganta, y tres pares de ojos se clavan en los míos.

—A ver, eh… —Asiento con la cabeza hacia Delilah, intentando forzar una expresión educada. Si nadie quiere empezar esta reunión, lo mínimo que puedo hacer es entablar una conversación trivial. O intentarlo—. Me gusta tu traje.

—¿Cómo? —Me mira sin comprender.

—El disfraz de… de tortuga. Te queda bien.

Maggie enseguida me da un pisotón en el pie —con fuerza— debajo de la mesa. Respiro hondo entre dientes.

—Sé amable —susurra.

Amable habría sido Maggie si no me hubiera tendido una emboscada con una reunión sorpresa con Delilah Stewart, nada más y nada menos.

—Ah, pues… —Delilah se mira a sí misma, como si hubiera olvidado que está disfrazada de reptil—. ¿Gracias?

—¿Te gustan las tortugas? —le pregunto.

—No me desagradan. —Se le forma una arruga en la frente.

—Tengo entendido que las tortugas marinas hembras usan el campo magnético de la Tierra para regresar a la misma playa donde nacieron para poner los huevos.

Delilah me mira como si fuera yo el que está a punto de poner huevos. Se rasca la sien y se remueve en la incómoda silla de metal.

—Eso es… ¿genial?

Mi entusiasmo por la conversación, por limitado que fuese, se desvanece poco a poco.

Claro que Delilah no sabe nada de tortugas.

Es probable que se haya puesto el disfraz y haya salido corriendo a su reportaje sobre tortugas sin dar importancia a la documentación ni a la preparación. Como hace con el tiempo.

De repente, siento la necesidad de citar aún más datos sobre tortugas. Es imprescindible que yo sepa más de tortugas que ella.