CAPÍTULO 2 DELILAH #3
Pues no estaría nada mal que todos me apoyaran un poco más públicamente. Por lo general, tengo que soportar mis humillaciones sola. Todos le tienen demasiado miedo a Keith —o quizá demasiado miedo a convertirse en el nuevo objetivo— como para decir nada.
Simone me aprieta el hombro y me deja delante de la puerta de Keith.
Me quedo mirando la madera brillante, deseando que me trague la tierra.
Keith es el único en toda la oficina con el privilegio de tener una puerta.
Levanto la mano para llamar y pongo una mueca al ver la manga de mi disfraz de tortuga.
—Adelante —dice una voz desde el interior.
Abro la puerta un poco y asomo la cabeza.
—¿Querías verme?
Keith me mira con el ceño fruncido desde detrás de su escritorio, con el rostro contraído. Siempre parece que tiene un limón atascado en la boca, con las mejillas sonrosadas y hundidas, y el labio inferior ligeramente fruncido.
—Tenemos reunión —dice—. Y llegas tarde.
—No he visto nada en mi calendario —contesto—. Mark me lo ha comentado después del directo.
Sus pobladas cejas parecen dos orugas furiosas en su frente.
—¿Ah, sí? ¿Ahora tengo que apuntar cosas en tu calendario? ¿Consultarlo con tu secretario? —Resopla—. Ya nos has hecho perder suficiente tiempo. Empecemos.
—Tal vez sea mejor hacer primero las presentaciones —sugiere otra voz.
Una mujer de pelo oscuro y liso se levanta con gracia de la mesa de reuniones situada en medio del despacho de Keith.
Me dedica una sonrisa amable, aunque algo forzada—.
Es un placer conocerte, Delilah. Me llamo Maggie Lin. Dirijo la emisora de radio de enfrente.
Si Keith parece el resultado de un experimento científico fallido, esta mujer es uno que ha tenido un gran éxito. Todo en ella transmite una sensación de perfección.
Me tiende la mano.
La miro fijamente, con los dedos sin aletas aferrados al borde de la puerta. Creo que me están saliendo ronchas por el disfraz de tortuga.
—Ah —murmuro—. Hola.
Maggie baja la mano lentamente con una sonrisa vacilante.
—Delilah —me espeta Keith.
—Perdón, es que… —Levanto el pulgar por encima del hombro y me río nerviosamente—. Esperaba pasar por la sala de descansos antes de empezar. Creo que tengo una muda en mi taquilla.
—No tenemos tiempo para otra de tus catástrofes, Delilah. Ven aquí.
Siento que me arden las mejillas. Intento encontrar la fortaleza que Gianna siempre me anima a tener, pero es difícil cuando mis errores del pasado se exhiben continuamente como un trofeo.
Podríamos decir que soy muy propensa a los accidentes.
Soy torpe incluso en mi mejor día. Mi abuelo siempre bromeaba cuando era pequeña y decía que debía de haber hecho enfadar a un espíritu particularmente vengativo.
Tengo una suerte pésima. Peor que pésima.
Quizá pisé todas las cacas de la acera cuando era pequeña.
O pasé por debajo de mil escaleras. Porque, si algo puede salir mal, es casi seguro que saldrá mal.
El disfraz de tortuga. El lodazal de la carrera del Preakness. Durante una comida el año pasado, preparé pudín de chocolate para uno de los de la sección de sucesos, pero acabé resbalando en el aparcamiento y me derramé la mitad encima.
Así que no. No quiero entrar en este despacho con esta mujer perfecta y mi jefe impertinente para una reunión para la que no estoy preparada, vestida con un disfraz de tortuga.
No quiero. Una persona es capaz de soportar una cantidad limitada de humillaciones, y me gustaría que me tomaran en serio. Para variar.
Respiro hondo.
—Voy a la sala de descansos —digo, despacio y con claridad—. Vuelvo dentro de unos minutos, y podremos comenzar la reunión.
Me giro a toda prisa, con la esperanza de huir antes de que Keith pueda lanzarme más comentarios hirientes, decidida a no dejarme pisotear. Sin embargo, no contaba con la persona que se acerca rápidamente en dirección contraria, igual de decidida a llegar a su destino.
Sucede a cámara lenta. Solo llego a ver una camisa a cuadros azules e intento girar bruscamente a la izquierda, pero él también.
Nos estampamos el uno contra el otro y nos inclinamos hacia un lado.
Golpeo con la cadera una vitrina de premios de lo más pulida.
El trofeo de Keith, que quedó segundo en el torneo de sóftbol de la cadena de televisión, se me clava en la caja torácica, y chillo buscando algo para estabilizarme.
Pero lo único que tengo para estabilizarme es un brazo sorprendentemente fuerte, vestido con una camisa a cuadros azules.
Una taza de café se derrama, algo se rompe y, de repente, estoy de espaldas contra el frío suelo, jadeando, inmovilizada.
Un gemido sordo retumba en mi cuello y una bocanada de aire caliente me roza la cara. El hombre que está pegado a mí emite un suspiro bajo que suena muy parecido a mi nombre.
El café se extiende a nuestro alrededor poco a poco. Se filtra a través de mi traje y me calienta la piel. Intento respirar para evitar la sensación de calor y hormigueo.
El hombre que está encima de mí se incorpora apoyándose en los codos.
Lo veo diferente sin las gafas, pero reconocería esa mandíbula tensa en cualquier parte.
Es Jackson Clark. El estirado de la emisora de radio de enfrente.
Me ha aplastado contra el suelo delante del despacho de Keith.
El mismo tipo que lleva casi dos años dejándome notas extrañas en la ventanilla del coche ha decidido recurrir a la violencia.
Cuando ve de quién se trata, sus ojos azules se oscurecen.
—Cómo no —dice, con la boca inexpresiva y la mano enredada en mi pelo—. Eres tú.