Una conexión imprevista CAPÍTULO 2 DELILAH #2
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CAPÍTULO 2 DELILAH #2

—¡No voy a ir a la reunión vestida de tortuga, Mark!

Él rodea la parte delantera de la furgoneta.

—Te aseguro que no parecen pantalones de tortuga.

—¡Tienen aletas!

—¿Eso es lo que son? —Mete la llave en el contacto. La furgoneta arranca con un ruido sordo—. Vaya.

Me cruzo de brazos.

—Puedes dejarme en el estudio si quieres, pero no pienso entrar vestida de tortuga.

Treinta minutos después, estoy en el vestíbulo de YBAL News, vestida de tortuga.

—¡Vaya! —exclama Gianna, tambaleándose hasta detenerse en medio del vestíbulo.

Da un paso atrás con una taza de café en cada mano.

Sé que las dos son para ella. Cuando está en modo investigación, se alimenta a base de cafeína y de esos paquetitos de gominolas de frutas del Costco.

Solo se levanta de la mesa cuando se le acaban.

Debo de haberla sorprendido justo en el momento en el que iba a por más provisiones.

Ladea la cabeza y me mira entornando los ojos, con el lápiz clavado en medio de su enorme moño. Tiene el pelo castaño rojizo brillante y los ojos color piedra preciosa. Incluso después de lo que seguramente sea el tercer día seguido sin ducharse, está deslumbrante.

—¿Delilah?

—Sí, soy yo.

—Creía que estaba alucinando —murmura parpadeando sin parar—. ¿Por qué vas vestida como una tortuga?

—No estás alucinando. —Es una pesadilla causada por Keith en la que estoy despierta—. Por favor, dime que en la sala de descanso tienes algo para que me pueda cambiar.

—Pues… —Se mira las piernas y luego observa las mías. Mientras que Gianna es bajita y delgada, yo tengo unas caderas de talla 42 y piernas curvilíneas. Vuelve a mirarme con una mueca—. Creo que tengo una camiseta de repuesto. De la maratón que patrocinó el canal hace un par de años, diría.

—¿Corriste esa maratón?

—No, pero me gustan las camisetas gratis. —Se lleva una de las tazas a la boca y da un sorbo ruidoso—. ¿Qué ha pasado? No ibas vestida así cuando te he visto esta mañana.

—No me has visto esta mañana.

—Sí que te he visto, ¿no? —Frunce el ceño—. Hemos hablado del nuevo restaurante que quieres probar. ¿El de las patatas fritas?

—Eso fue ayer.

—¿De veras? —Gianna parpadea, sorprendida.

Me acerco y le huelo el pelo. Huele a fondo de cafetera.

—¿Cuándo fue la última vez que te duchaste?

—Mmm… —Hace una pausa mientras calcula mentalmente.

—Ahí tengo la respuesta a mi pregunta. —Suspiro—. Gianna, tienes que cuidarte.

Se encoge de hombros y levanta sus dos tazas con el mismo gesto débil.

—Estoy en medio de un asunto de malversación y quiero avanzar antes de tomarme un descanso.

Como investigadora principal del departamento de noticias, Gianna suele estar metida en algo.

El año pasado, cuando hubo un escándalo con la alcaldía, no salió de su cubículo durante seis días seguidos.

Prácticamente tuve que obligarla a comer sopa de pollo con fideos y convencerla a la fuerza de que se cambiara de ropa.

Trabajar con Gianna se parece a lo que debe de ser tener un niño pequeño. Un niño pequeño adicto a la cafeína y sumamente malhablado.

—De acuerdo. —La observo con atención—. Pero toma algo que no sea café. Tengo…

—Barritas de proteínas en el cajón inferior de tu mesa. Ya lo sé. —Con las manos ocupadas, apoya cariñosamente la frente en mi hombro—. Gracias por asegurarte de que coma algo.

Detrás de nosotras, alguien se aclara la garganta. Giro un poco la cabeza y veo a Mark mirándome expectante, con las oscuras cejas fruncidas en una línea gruesa. Extiende la muñeca y toca la esfera de su reloj.

Gianna se ríe por la nariz.

—¿Por qué el cámara se comporta como tu guardaespaldas?

—Tengo reunión con Keith. —Suspiro.

Gianna aparta la mirada de Mark, y su rostro se ensombrece.

—Que le den.

—Gi…

—No, en serio. Que le den. ¿Llevas el disfraz de tortuga por su culpa? ¿Tengo que rayarle el coche otra vez?

Agito las manos con vehemencia y la hago callar. Por suerte, Mark ha trasladado su rutina de intimidación al otro lado del vestíbulo y espera de pie junto a la puerta que da al fondo del estudio.

Acerco la cabeza a Gianna.

—¿Otra vez? —musito.

Una mirada sumamente maliciosa distorsiona sus delicadas facciones.

—Sí —susurra, con la boca oculta tras el borde de su taza—. Otra vez.

—¡Gianna!

—Te contaré todos los detalles escabrosos en cuanto termine este caso de malversación. También me cagué en su… —Le tapo la boca con la mano.

—No podemos hablar de esto en el vestíbulo, Gianna.

—Te enviaré una nota —me dice tras asentir con solemnidad.

—Por favor, no me envíes ninguna nota. Vuelve a tu mesa. Voy a fingir que esta conversación no ha ocurrido.

Gianna empieza a caminar hacia la puerta donde está Mark, antes de darse la vuelta y regresar sigilosamente.

—Tienes que hablar con Recursos Humanos —añade en voz baja con la mirada seria esta vez.

—Ya lo hice, ¿recuerdas?

No me sirvió de nada. Reuní el valor suficiente para presentar una queja formal, pero el jefe de Recursos Humanos me aseguró que el comportamiento de Keith era la típica fanfarronería de la redacción, aunque no sé qué diantre significa eso.

Me dijeron, más o menos, que me aguantara o que buscara otro trabajo.

Y que había una larga lista de candidatos entusiasmados detrás de mí si quería encontrar un canal que se ajustara mejor a mis necesidades.

Supongo que eso es lo peor. No quiero otro canal.

Quiero este. Trabajar aquí siempre ha sido mi sueño.

Desde pequeña, viendo a mi abuelo poner las noticias locales todos los días a las siete de la mañana y a las cuatro de la tarde, quería ser la que viera el mundo al despertar.

La que vieran los niños al volver de clase.

Siempre he querido ser la meteoróloga de YBAL, el canal de noticias de Baltimore. El informativo favorito de mi abuelo.

Por eso me he aguantado. Y lo he hecho lo mejor que he podido. Pero estoy empezando a ceder ante la presión de la maliciosa atención de Keith.

A lo mejor sí que debería empezar a buscar otro trabajo.

—Hablaremos después. —Le doy un apretón en el brazo—. Vuelve con lo de la malversación.

—¿Y qué pasa con Ava Monroe?

—¿Qué pasa con ella?

—¿Has pensado en comentarle lo que está pasando?

—No voy a hablar con la presidenta de Emory Communications, Gianna —me río.

—¿Por qué no?

—Porque tiene cosas más importantes de las que ocuparse que las riñas de la redacción.

No quiero delatar a nadie. Estoy bien. —Me niego a pasar por encima de Keith con este tema.

¿Qué le diría a la jefa suprema? ¿Que Keith se está portando mal conmigo?

No. Las posibles consecuencias negativas superan con creces la posible mejora.

No necesito que las cosas con Keith empeoren.

—Vale, pero ya lo retomaremos. No lo voy a olvidar —me advierte.

—Ya lo sé, ya. —Su mente es un archivador perfectamente organizado, armado con explosivos.

Me lanza una última mirada intensa antes de cruzar el vestíbulo.

La atención de Mark se mantiene fija en ella como una lapa, y mueve una mano para mantener la puerta abierta.

Ella pasa a su lado y alza la cabeza hacia él.

Durante un segundo, casi parece que va a sonreír, pero al poco muestra todos los dientes y sisea con fuerza.

Mark da un respingo y retrocede contra el marco de la puerta mientras ella pasa con una carcajada.

Me río al seguirla y apresurarme a cruzar la puerta.

—¿Cómo puede ser tan aterradora una persona tan bajita? —me pregunta Mark, con la mirada perdida y las mejillas sonrojadas.

—Quizá nunca lo sepamos. —Le doy una palmada en el hombro—. Oye, no tienes que llevarme al despacho de Keith. Puedo ir solita.

Arquea una ceja.

—A mí tampoco me gusta hacer de niñero, ¿sabes? No me parece nada divertido.

—Lo entiendo. —Asiento—. Los dos tenemos cosas mejores que hacer con nuestro tiempo.

—Sí. Exacto. —Me observa pensativo. Estoy tan cerca que casi puedo saborearlo—. ¿Vas a ir a su despacho? ¿Directamente? No quiero que luego me lo eche en cara.

—¿Ha amenazado a tu cámara favorita o algo? —Hago una pequeña cruz sobre el corazón—. Iré directamente a su despacho.

—Vale. Hasta luego, entonces.

—Hasta…

Ya se ha ido, perdido en el laberinto de la redacción. Veo cómo su cabello oscuro desaparece tras la mesa de deportes.

—Luego —termino con un suspiro.

Me muerdo el labio inferior y calculo la distancia entre el despacho de Keith y el armario de provisiones.

Allí hay algunas camisetas de la recaudación de fondos.

Prefiero mil veces llevar una de esas que un disfraz mal ventilado.

Doy dos pasos en esa dirección cuando una mano llena de brillantes anillos dorados se posa alrededor de mi codo.

—Delilah. —Simone Leeds, una de las presentadoras, me dedica una sonrisa forzada. Con el pelo brillante y una personalidad radiante, Simone siempre parece recién salida de la pasarela y aterrizada en la sala de redacción. Se echa el cabello hacia atrás—. Keith te está buscando.

«Dios, qué pesadilla de hombre». ¿Acaso les ha dicho a todos en la sala de redacción que tengo que presentarme en su despacho como si fuera una estudiante descarriada?

Miro fijamente la puerta cerrada de su despacho.

—En una escala del uno al diez…

—¿Cuán insoportable está hoy? —Simone sonríe con sorna—. Un ocho y algo. —Me recorre el cuerpo de arriba abajo con los ojos—. Este look es nuevo para ti.

—No me digas. —De pie junto a la alta y guapa Simone, me siento aún más idiota.

—No te queda mal —se apresura a añadir.

Inclino la cabeza hacia atrás y gimo mirando al techo.

—Es un conjunto interesante. —Me arrastra hacia delante, más cerca de la puerta de Keith—. Venga. Sabes que, si lo haces esperar, será peor para ti.

Ese es el problema. Siempre es peor para mí. Parece que Keith guarda toda su animosidad y sus problemas de personalidad específicamente para mí. Soy yo quien paga las consecuencias, y ni siquiera sé qué delito he cometido.

—Sabes que todos te apoyamos —me susurra Simone—. No dejes que te manipule.