CAPÍTULO 2 DELILAH
«Sigue sonriendo», me digo mientras observo la lucecita roja de la cámara. «Ya casi estás. Unos cuantos segundos. Sigue sonriendo».
Mark, nuestro atribulado y barbudo cámara, levanta la mano y cuenta hacia atrás desde cinco. Cuando al final baja el pulgar, la lucecita se apaga y suelto el suspiro que estaba conteniendo antes de quitarme el casco de tortuga de la frente.
—¿Lo tienes?
Mark suelta un gruñido, que es su forma de decir: «Sí, bien hecho.
Ha sido tu mejor transmisión hasta ahora.
Estoy muy orgulloso de ti». Se comunica principalmente con sonidos monosilábicos, gestos con las manos y miradas un tanto apáticas.
Con Mark tengo que hacer un gran trabajo de interpretación, pero nos va bien.
Después de tres años de colaboración, casi he logrado romper su coraza.
Casi.
—Genial. —Intento quitarme el caparazón que llevo a la espalda. Es febrero en Baltimore, pero el disfraz de tortuga da calor y el caparazón pesa. Estoy sudando a mares debajo de la ropa. No tengo ni idea de dónde lo ha sacado Keith, mi jefe y supuesto aficionado a las tortugas.
¿De la Universidad de Maryland? ¿Se la robó al mismísimo Testudo, la mascota de los Orioles?
Me quito el casco y miro a Mark.
—¿Volvemos al plató o Keith quiere que entreviste a la tortuga?
Solo bromeo a medias. Mis encargos han ido aumentando en absurdidad.
Hace dos semanas, Keith me hizo asistir a las Carreras de Inodoros de Hampdenfest. Por lo general, no me molestaría informar sobre esta tradición tan querida en Baltimore, especialmente en mi propio barrio, pero me hizo sentarme en un inodoro de verdad durante toda la transmisión.
Ese día me costó sonreír.
Quiero que me tomen en serio. Pero es difícil que lo hagan cuando estás sentada en inodoros y llevas un caparazón de tortuga.
Mark no levanta la vista de su teléfono y desliza un dedo por la pantalla de un lado a otro. Estoy bastante segura de que podría atropellarlo un autobús urbano y no se daría ni cuenta. Para ser un cámara, su capacidad de atención es muy limitada.
—Mark —lo intento de nuevo—. ¿Hemos terminado?
—Sí. —Asiente, sin mirarme a los ojos—. Tienes que volver al estudio.
Intento sacar el otro brazo de la correa del caparazón de tortuga, pero está torcida. Doy vueltas y vueltas, como un perro que persigue su propia cola.
—Ya lo sé. El pronóstico del tiempo es dentro de unos treinta minutos.
—No para eso —dice—. Esta mañana el pronóstico lo va a dar Leon. Keith quiere que asistas a una reunión.
Dejo de intentar alcanzar la correa, con el corazón encogido.
—Pero si yo siempre doy el pronóstico de la mañana.
El tiempo es el tema del que quiero informar. Pero, curiosamente, he acabado en un infierno de rarezas. Inodoros, tortugas y un almacén vacío que Keith dijo que era una restauración histórica, pero que en realidad resultó un vertedero.
Mark por fin levanta la vista de su teléfono, con el rostro contraído en una expresión vagamente compasiva.
—Hoy no. Hoy tengo que dejarte en el despacho de Keith en cuanto volvamos. Sin falta.
—¿Qué? —Me enfado—. ¿Eres mi carabina? ¿Acaso tienen miedo de que huya o algo?
—No soy tu carabina, aunque… —Mark esboza una leve sonrisa—. No asististe a la reunión de personal en la que revisamos tu cobertura de Pimlico.
Resoplo y desvío la mirada hacia el agua brillante del puerto. Hoy hace sol y no hay ni una sola nube en el cielo.
—Sí, bueno, pero es que no me arrancaba el coche.
—Tampoco sentí la necesidad de ver trece veces las imágenes de mi resbalón y mi caída de bruces en el barro del hipódromo.
Rara vez revisamos grabaciones de directos anteriores, pero por alguna razón Keith exigió que todo el canal se reuniera para ver ese encargo en particular.
Seguro que tenía grabado el momento en el que resbalé y me caí en directo, recalibrado a cámara lenta y con alguna canción ridícula de fondo.
Me juego algo a que es el protector de pantalla de su ordenador.
Yo, en el hipódromo, con mi bombín amarillo brillante, cubierta de barro desde la barbilla hasta las espinillas.
No sé cuándo Keith empezó a disfrutar tanto al verme humillándome, pero ha sido una odisea infernal.
Estoy harta. Estoy harta de que elija la peor de las noticias y me la asigne a mí.
He informado desde el puerto, junto a un carrito de la compra medio sumergido.
He informado en directo desde Fort McHenry con un vestido colonial dos tallas más grande.
He informado con un mono de verdad en la cabeza.
Y, aunque nunca me ha importado hacer el tonto delante de la cámara, empieza a parecerme un poco cruel.
Se suponía que este era el trabajo de mis sueños, no mi peor pesadilla.
—¿En serio que hoy no voy a dar el pronóstico del tiempo? —le pregunto a Mark otra vez.
—Hoy no —replica, tras dirigir la mirada a su equipo de cámara y luego a mí con los ojos entrecerrados—. Lo siento.
Dios, debe de ser grave si Mark se disculpa. Una vez me golpeó en la cabeza con el brazo del micrófono y me dijo que era bueno para mi salud.
—No pasa nada —respondo mientras me quito las aletas de las manos y me las pongo debajo del brazo—. Oye, ¿Luna probó la receta que te di?
A Mark se le ilumina el rostro al oír el nombre de su hija.
—Sí, de verdad que fue brutal, gracias. Funcionó de maravilla para su experimento de ciencias. —Se rasca la mandíbula—. ¿Por qué tenías una receta de slime por ahí?
Porque era una niña nerd que se convirtió en una adulta nerd .
—¿Tú no tienes recetas de slime por ahí? —Mark parpadea—. Pues tú te lo pierdes. —Me subo la manga y miro mi reloj con un suspiro—. Deberíamos irnos, ¿no?
Mark entrecierra los ojos, suspicaz.
—Sí, deberíamos irnos.
—Volvemos al estudio.
—Volvemos al estudio. —Asiente, con una expresión que refleja confusión y alarma.
Seguro que estaba preparado para meterme en la furgoneta y salir corriendo mientras yo pataleaba y gritaba durante todo el camino, pero no tengo energía. Podría discutir con Keith sobre la tontería de los encargos, pero nunca he sido de las que protestan y se quejan.
Siempre he pensado que, si hacía bien mi trabajo con las tareas que me asignaban, podría ascender en la jerarquía. Sin embargo, la jerarquía ha acabado siendo un pozo sin fondo del que no hay escapatoria, dominado por un hombre con un fuerte complejo de superioridad.
—¿Dónde has aparcado la furgoneta? —le pregunto.
Mark se echa el alijo de cables al hombro.
—Junto a la fuente de los delfines.
Me mira como si estuviera a punto de huir. Como si fuera a correr por una callejuela de Baltimore disfrazada de tortuga.
—Genial. Nos vemos allí.
—Más te vale.
La amenaza es innecesaria. El camino hacia la furgoneta transcurre con toda la tranquilidad con la que puede transcurrir un paseo por el centro de la ciudad disfrazada de tortuga.
Los coches reducen la velocidad y tocan la bocina.
Un tipo en bicicleta me grita: «¡Aletas arriba!
» mientras pasa a toda velocidad. Alguien exclama: «¡DEVUELVO LA CONEXIÓNNNN!
» desde el muelle de al lado, con las manos ahuecadas alrededor de la boca.
Me río y saludo alegremente, y un poco del pavor que me inspiraba Keith se va desvaneciendo.
Me encanta esta parte. Me encanta conectar con mi comunidad.
Me encanta hacer sonreír a la gente. Me encanta saber que, en algún lugar al otro lado de la ciudad, mi abuelo está sentado en su rincón favorito, en su sofá preferido, viéndome en la televisión.
No importa lo absurda que sea la historia, siempre hay una parte de mí que espera alegrarle el día a alguien.
Crecí en Baltimore, viendo las noticias en una destartalada televisión de la salita de estar de mi abuelo. El informativo local en directo con las noticias de última hora ha sido el telón de fondo de todos los acontecimientos importantes de mi vida. Siempre he querido formar parte de esa magia.
Aunque nunca pensé que lo haría disfrazada de tortuga.
La furgoneta del informativo está justo donde la hemos dejado, escondida entre un camión de helados fuera de servicio y un contenedor de basura.
Por fin consigo quitarme el caparazón de la espalda y tirarlo dentro, y luego agarro la bolsa de lona que he dejado justo detrás del asiento del copiloto.
Abro la cremallera mientras entre dientes mascullo palabras dedicadas a las recetas de slime , a Keith y a tortugas llamadas Dominó al tiempo que deseo con todas mis fuerzas que el camión de los helados abra las puertas y me dé un cucurucho de fresa.
Rebusco en la bolsa. Dos botellas de agua vacías. Un escáner de radio policial. Un folleto de una granja de árboles de Navidad de la Costa Este y una postal de una tienda de antigüedades de Annapolis. Un espejo de bolsillo, mi pintalabios rojo rubí preferido y una brocha con el mango roto.
Ni una sola sudadera. Ni los pantalones azul marino que juraría haber metido anoche.
—No —susurro, rebuscando en la mochila como si un compartimento secreto pudiera abrirse y revelar una prenda que no sea un disfraz de tortuga—. No.
Mark tira su colección de cables junto a mi caparazón y luego la funda de la cámara.
—¿Preparada para irnos?
—No.
—¿Por qué no?
—No encuentro mi ropa.
Mueve rápidamente los ojos hacia abajo y hacia arriba.
—¿No llevas… ropa?
Dejo de intentar darle la vuelta a mi bolsa.
—Es un disfraz de tortuga, Mark.
—Pero tiene pantalones.
Me miro los pies. Los pies cubiertos con sendas aletas.
—Son pantalones de tortuga.
—Si te digo la verdad, no veo la diferencia.
—No puedo… —Resoplo y aprieto los labios—. ¿Sabes qué? Da igual. Necesito cambiarme de ropa. ¿Podemos pasar por mi casa de camino al estudio?
Mark me pellizca suavemente el bíceps entre el pulgar y el índice, y me guía hacia la parte delantera de la furgoneta del informativo. Me deja en la puerta del lado del copiloto y me da una palmadita en la cabeza. Mi lado da al contenedor de basura, cómo no.
—No tenemos tiempo. Tienes que asistir a la reunión.