CAPÍTULO 1 JACKSON #2
—¿Qué tortuga?
Adeline se inclina y sube el volumen del teléfono de Penelope. Una voz femenina familiar inunda la cocina.
— Bienvenidos de nuevo, Baltimore. Lo estamos pasando en grande en el Acuario Nacional mientras esperamos la llegada de Dominó, una tortuga marina verde que está lista para causar sensación en Baltimore.
Reconocería esa voz en cualquier parte. En la oscuridad. A plena luz del día. En mi escaso sueño. En mis pesadillas. Clara, brillante e impregnada de un optimismo inquebrantable, es mi presagio personal de desgracia.
Intento quitarles el teléfono, decidido a lanzarlo por la ventana, pero Penelope se mueve hacia la izquierda sin siquiera levantar la mirada. Adeline la sigue, le quita el teléfono de la mano y me da la espalda, sin apartar los ojos de la transmisión en la pantalla.
Suspiro, resignado.
—¿Por qué estás viendo a Delilah Stewart?
—Por la tortuga —dice Penelope—. Y porque Delilah Stewart me cae bien.
—No te cae bien —rezongo, con la garganta anudada por la irritación. Una cosa es que todo Baltimore esté enamorado de la meteoróloga de YBAL News. Otra muy distinta, que mis hermanas caigan presas de su hechizo.
Adeline me mira fijamente.
—Sigues obsesionado, ¿eh?
—No estoy obsesionado. —Una obsesión implica algo pasajero. Mi postura sobre Delilah Stewart es firme y constante. Devoro el resto de mi cruffin y lo mastico con fuerza—. No tiene ningún respeto por el tiempo.
—¿Qué significa «tener respeto por el tiempo»?
—Usa demasiadas bromas —le explico—. Y frases hechas. Ningún meteorólogo que se precie utiliza frases hechas.
Delilah Stewart aborda el pronóstico del tiempo como una niña en una tienda de chucherías. Todo es maravilloso. Nada es un inconveniente. ¿Tormentas inesperadas? No hay problema. ¿Una humedad tan densa que parece que estás caminando entre gelatina? Qué maravilla.
Aparece en el informativo de las seis con su bonito cabello castaño y su sonrisa radiante, y a nadie le importa si tiene razón o no.
Me juego algo a que no recibe correos electrónicos de seis páginas de Cathy de Dundalk sobre cómo un pronóstico del tiempo erróneo provocó que su Buick se inundara porque no cerró el techo corredizo.
Aunque Cathy de Dundalk no debería haber dejado abierto el techo corredizo.
Tengo una aversión profesional perfectamente justificada hacia Delilah Stewart y sus métodos.
—Creo que todavía estás enfadado porque Delilah derramó un pudín sobre tu camisa favorita —comenta Penelope sin levantar la vista del teléfono—. Y porque te rayó la puerta del coche.
—Sí, hizo las dos cosas.
Además de su ridícula cobertura del tiempo, Delilah Stewart es un desastre total como persona.
El estudio de televisión está justo enfrente de la emisora de radio.
Compartimos un aparcamiento en lo que la ciudad llama con cariño Broadcast Hill, la Colina de las Comunicaciones.
Suelo ver a Delilah de tres a cinco veces por semana, y casi siempre termina con la destrucción de algo mío.
Una bufanda. Mi camisa verde favorita. La puerta del lado del copiloto de mi coche.
—¿Por eso la odias? —me pregunta Penelope.
—No la odio —refunfuño.
No la entiendo. Me irrita. Es estridente. Caótica. Nunca me he llevado bien con el desorden, y Delilah Stewart es un huracán envuelto en delirios, vestida con colores pastel que no combinan, con una mancha de lo que sea que haya comido justo en medio del pecho.
—Es un desastre —añado.
Penelope y Adeline intercambian una mirada.
—¿Qué?
—¿Sigues dejándole notas en la ventanilla del coche?
Dudo.
—Solo cuando aparca fuera de la línea. —Que son los martes y los miércoles y, curiosamente, cada dos viernes. Su caos parece seguir un patrón si te fijas lo suficiente—. Se lo digo con amabilidad —me defiendo.
—Le dejas notas pasivo-agresivas en la ventanilla del coche, Jackson. ¿Dónde ves tú la amabilidad?
—Podría dejarle notas agresivo-agresivas en la ventanilla del coche.
Adeline me mira con otra expresión de fastidio.
—Creo que estás celoso de que no se convierta en una enciclopedia andante del tiempo cada vez que está delante de una cámara.
Me paso una mano por la cara. Esta mañana ha empeorado muchísimo.
—Sí, es probable que tengas razón. —Le quito el teléfono a Adeline—. ¿Por qué lleva un disfraz de tortuga?
—¿No te has enterado? Hay una tortuga nueva en el acuario.
En la diminuta pantalla del teléfono, Delilah sonríe de oreja a oreja ante la cámara, ignorando a la gente que está detrás de ella, que se detiene, la mira fijamente y señala el enorme caparazón que lleva atado a la espalda.
Me recuerda al directo que hizo para el primer partido de los Orioles, cuando fue vestida como un tarro gigante de pepinillos.
¿De dónde saca esos atuendos? Son ridículos.
—Eso no explica por qué Delilah está informando sobre esa noticia. —Me acerco el teléfono a la cara—. Se supone que da el pronóstico del tiempo.
Penelope me lo arrebata de nuevo.
—Últimamente está ampliando su campo de trabajo. La semana pasada hizo un reportaje sobre cómo están intentando que el Inner Harbor sea apto para el baño en primavera.
Se me escapa una carcajada. La última vez que estuve cerca del puerto, había un carrito de la compra flotando junto al muelle de Bond Street.
—¿Va en serio? Pensaba que era una broma.
Las dos me ignoran.
—Y la semana anterior escribió un artículo genial sobre el arboreto. Es mucho más que la chica del tiempo, Jackson.
Sí, por lo visto le encantan las tortugas llamadas Dominó y los disfraces temáticos.
—En fin, vamos a llegar tardísimo como no nos subamos al coche ahora mismo. —Miro mi reloj y suspiro. Apenas voy a llegar a tiempo para dejarlas en el instituto. Casi seguro que llego tarde a la reunión de última hora de Maggie.
La reunión de última hora de Maggie que me pone de los nervios.
Noto una incómoda picazón en la nuca.
—Dadme el móvil, por favor.
Recibo dos pucheros idénticos, pero me lo entregan sin decir nada más. Se alejan por el pasillo y recogen sus cosas para el instituto, probablemente murmurando entre dientes lo insoportable e idiota que es su hermano mayor.
Intento apagar la pantalla, pero me distrae Delilah Stewart.
Señala a la cámara con una mano, con una sonrisa torcida tan amplia que le hace cerrar los ojos.
Está ridícula en el muelle, con el pelo ondulado cayéndole en ondas sueltas sobre los hombros y las mejillas sonrosadas por el frío.
El caparazón se le resbala del hombro izquierdo, y un grupo de adolescentes corre por turnos y cruza la imagen a unos tres metros detrás de ella.
Pero Delilah sonríe pese a todo. Quizá incluso a su pesar.
— Dominó podría haber terminado en cualquier parte y, sin embargo, está aquí, con nosotros.
Listo para llegar a uno de los mejores centros de rehabilitación de vida marina del país.
Porque estaba donde no debía estar. Parece que el destino ha intervenido para traer a esta nueva celebridad marina —pongo los ojos en blanco— a su hogar definitivo.
Parpadeo frente a la pantalla. Destino. Un concepto ridículo para gente ridícula. Para adolescentes y presentadoras del tiempo extravagantes, empeñadas en convertir la ciencia en un circo. Resoplo y finalmente bloqueo el teléfono.
Qué mujer más extraña.