Una conexión imprevista CAPÍTULO 1 JACKSON
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Una conexión imprevista

Una conexión imprevista

Por B.K. Borison

© inepub.com

CAPÍTULO 1 JACKSON

—¿Crees en el destino?

—Creo que deberías ponerte los zapatos de una vez —respondo sin apartar los ojos del horno.

—Primero responde a la pregunta.

—No me apetece, pero gracias.

Anoche dormí fatal. En las gafas tengo una sustancia de origen desconocido después de haber preparado varios táperes con comida.

Tras un desgraciado accidente con el tarro de la manteca de cacahuete, he tenido que cambiarme la camisa del martes por la del jueves, y lo único que impide que me desmorone es la esperanza y la gloria del cruffin de emergencia que está ahora mismo en el horno. Me niego a chamuscarlo.

—Es una pregunta seria, Jackson —resopla Adeline.

—Una pregunta seria a las siete y media de la mañana de un jueves no es una pregunta seria, Addie.

Está sentada a mi lado con rostro decidido y los ojos muy abiertos mientras se mete cereales Lucky Charms en la boca. Uno con forma de herradura sale volando hacia el fregadero.

—¿Crees en el destino? —me pregunta de nuevo.

—¿Que si creo que hay fuerzas cósmicas que guían las decisiones que tomamos y que nos conducen por un camino predestinado hacia un final ya establecido? —Giro la manecilla del horno con fuerza hacia la derecha—. De ninguna manera.

—¿En serio? —Me mira con los ojos desorbitados—.

¿Después de todo lo que hemos vivido? —Me propina un golpe con la cadera al ir a dejar la caja de cereales que ha comido metiendo la mano sin más, con una máscara de rabia adolescente en la cara—.

¿No crees que el destino nos juntara a Penelope, a ti y a mí?

—No. —Me río por la nariz—. Creo que nos juntaron los servicios sociales. Nos juntó la vista sobre la custodia. Y la incapacidad de nuestra madre para ser una figura responsable. —Asiento hacia el pasillo principal—. Los zapatos, por favor. Llegaremos tarde.

—Primero quiero comer mis cereales extras. —Adeline cambia los Lucky Charms por los Froot Loops y los vierte en una taza de café a la exasperante velocidad de uno a uno. Sigo junto al horno e intento no caer en la desesperación.

—¿Lo estás haciendo a propósito?

—¿El qué? —Me lanza la mirada que solo es capaz de lanzar una joven de quince años.

—Lo de los cereales.

Otros tres cereales golpean el costado de la taza. Plop. Plop. Plop. Adeline me observa con una sonrisilla de suficiencia.

—¿Qué pasa con los cereales?

—Nada. —No tengo tiempo para esto. Abro la puerta del horno y saco la bandejita que contiene mi cordura—. ¿Dónde está tu hermana?

—¿Por qué es hermana mía cuando llega tarde pero hermana tuya cuando pide la pizza esa tan rara que te gusta?

Con cuidado, envuelvo el cruffin con una toallita de papel y me lo acerco al pecho. Como si fuera un recién nacido.

—¿Has dormido esta noche? —Adeline frunce el ceño.

—Sí. —Cuatro horas más o menos, pero en algún punto me quedé inconsciente, sí.

—A mí no me mientas. Te estás comiendo tu cruffin de emergencia y eres más arisco de lo habitual.

—Yo nunca soy arisco. —Le quito la caja de cereales de las manos y la devuelvo al armario mientras ignoro los pucheros que hace—. Y no soy tan predecible.

—Jackson, eres la persona más predecible que conozco.

Se sube la mochila al hombro, con el cabello rubio oscuro balanceándosele en la coleta con la que se lo ha recogido. A pesar de todas las carencias de mi madre —sentido común, la idea de tener una rutina, la capacidad de acordarse de dar de comer a sus hijos—, no falló al transmitir los genes.

Cabello rubio miel un tanto ondulado. Ojos azul pálido. La forma en la que nuestro labio inferior se curva hacia un lado al sonreír. Adeline, Penelope y yo bien podríamos ser copias idénticas, aunque tengamos padres diferentes.

—¿Por qué hay que irse tan temprano? —se queja Adeline.

—Porque tengo una reunión en la emisora.

—¿Sobre qué? —Adeline entrecierra los ojos.

—Ni idea. —Mi trabajo en la emisora no suele requerir reuniones individuales con la jefa. Ocupo treinta y seis segundos en el aire cada hora. Doy el pronóstico del tiempo y del tráfico, y luego desaparezco. Así es como me gusta.

El resto de mi jornada laboral lo dedico a gestionar las finanzas de nuestra emisora local. Las hojas de cálculo me tranquilizan. Quizá Maggie, la directora de la emisora 101.6 LITE FM, quiera hablar de mi nueva estrategia de código de colores.

—¿Maggie te va a dar tu propio programa?

No me gusta el tono de entusiasmo que percibo en su voz. Ni el pánico que me invade de inmediato.

—No, no creo que quiera.

—¿Por qué no?

—Porque no tendría nada de lo que hablar.

—O a lo mejor tendrías demasiado de lo que hablar —asegura Adeline, acercándose para hacerse con un trocito de mi cruffin .

Intento apartarle la mano, pero consigue arrancar un pedazo y se lo mete en la boca con una sonrisa de triunfo—.

La última vez que sustituiste a Aiden, te pasaste veintitrés minutos hablando de nevadas y relámpagos.

Para ser una persona que trabaja en la radio por voluntad propia, no llevo muy bien lo de improvisar.

Siempre que me piden que sustituya a alguno de los otros presentadores, tiendo a perder el control.

No es tanto miedo escénico como… una desconexión total de la realidad.

Sin mi guion, mi mente se queda en blanco.

Pierdo el control de la lengua. Estoy casi seguro de que me desmayo.

Tampoco recuerdo nada, excepto una persistente sensación de humillación.

—No deberías estar escuchándome en la radio. —Suspiro—. Deberías estar durmiendo.

—A la señora Singh no le importa.

Nuestra vecina de ochenta y seis años se queda con mis hermanas las noches que trabajo hasta tarde. Se sienta en el salón, se afana con su interminable punto de cruz y hace comentarios pasivo-agresivos sobre la falta de alimentos dulces de la despensa.

—Ah, bueno. Me alegro de que a la señora Singh no le importe.

—A Penelope y a mí nos gusta poner la radio a veces cuando nos estamos quedando dormidas. ¿Recuerdas cuando éramos pequeñas y nos leías el pronóstico del tiempo en lugar de cuentos para dormir?

—Sí, lo recuerdo. —Recuerdo sus cabecitas juntas en una almohada compartida, mirándome con sus grandes ojos azules, fijos en mí.

«Mayormente nublado, con una mínima de unos quince grados.

Lunes. Posibilidad de lluvias. Parcialmente soleado, con una máxima cercana a los veinte grados».

No tenía ni idea de qué estaba haciendo con ellas, pero sabía que quería darles algo mejor de lo que tenían.

Algo mejor de lo que tuve yo—. Siempre puedes enviarme un mensaje cuando esté en la emisora.

O, si ya no quieres que esté fuera por la noche, puedo reorganizar mi horario.

No necesito dar el pronóstico del tiempo.

—Ni en sueños. —Adeline niega con la cabeza—.

Te encanta dar el pronóstico del tiempo, y aquí estamos bien.

La señora Singh nos está preparando bufandas a juego.

No podemos arruinarle la ilusión. —Se acerca sigilosamente y me roba otro bocado de mi cruffin .

Se lo permito—. Además, me gusta la idea de que duermas a toda la ciudad de Baltimore.

Me quedo pensando.

—No sé si tomármelo como un cumplido o no.

—Es un cumplido. —Recoge su taza de café con cereales de la encimera—. Te avisaré si deja de gustarnos tu situación laboral.

—¿Me lo prometes?

—¿Cuándo hemos tenido algún problema para avisarte si algo no nos gusta? —Me da un golpecito en medio de las gafas—. Te lo prometo, Jackie.

—Vale.

Cuando obtuve oficialmente la custodia de mis hermanas, les dije que tal vez no siempre haría lo correcto con ellas, pero les prometí que lo intentaría. Únicamente tenían que hablar conmigo. Yo solo tenía veinte años y ellas ocho, pero aprendimos a ser una familia.

Y por eso espero que no me despidan hoy. La reunión con Maggie apareció anoche en mi calendario sin ningún contexto. Una mera invitación en blanco, un bloque de tiempo sombreado en azul y el siniestro asunto: « Planificación ».

Mi atención va de un lado a otro entre el reloj, las escaleras y la puerta principal.

—¡Penelope! —grito. Adeline se sobresalta—. ¡Tenemos que irnos!

—¡Ya voy! —me responde chillando.

—¡Eso me lo has dicho hace diez minutos!

—Sí, ya, pero ¡es que estoy en ello!

—¿Por qué será que no te creo?

—¡Porque te cuesta confiar en la gente! —dice bajando las escaleras de dos en dos—. ¡Deberías tratarlo con tu terapeuta! —añade.

—¡Ya lo he hecho! ¡Largo y tendido! —Otro número avanza en el reloj de neón del microondas—. Como no estés aquí abajo dentro de treinta segundos…

—Ya va, ya va —masculla sin aliento, mientras sus pies golpean las escaleras.

Aparece una cabellera rubia, cortada justo por encima de los hombros.

Cuando tenía diez años, decidió que quería ser diferente de su gemela, afirmación que provocó un autocorte de pelo en su habitación que las hizo llorar a las dos durante dos semanas.

Recoge la mochila del suelo a tientas, con la nariz pegada al teléfono.

—Penelope. Ya conoces las reglas. Nada de teléfonos antes de ir a clase.

—Hay una razón. —Levanta la mano.

Agarro mi bandolera y me la cuelgo del hombro.

—Como tenga que escuchar otro pódcast sobre si estás de parte de Conrad o de Jeremiah, me va a dar algo.

Me dedica una rápida mirada de disgusto.

—Eso es porque no soportas equivocarte.

—La única razón por la que apoyas a Jeremiah es por la química que tienen en pantalla —digo, envalentonado.

Escuchar un pódcast en el coche sobre El verano en que me enamoré  de camino a Ocean City fue la peor decisión que he tomado en mi vida.

No nos dirigimos la palabra en todo el día—.

Si prestaras atención a los dichosos libros, estarías de parte de Conrad.

Penelope me hace callar rápidamente mientras Adeline se inclina para ver la pantalla. Abre los ojos de par en par.

—¡Ay, mierda! —exclama Adeline—. No me acordaba de que era hoy.

Intento mirar por encima de sus hombros, pero el teléfono está inclinado hacia abajo, y dos cabezas de pelo rubio me bloquean la vista.

—¿De qué habláis? ¿Qué pasa?

—La tortuga —contestan al unísono.