Capítulo Diecinueve
Cuando el señor Hargrave se marchó, la señora Lumb arrastró a Anne escaleras arriba por la destartalada escalera de madera y la metió a la fuerza, en una habitación grande y vacía.
El pesado ruido de la llave, girando en la cerradura, sonó como el golpe metálico de una puerta de prisión.
Anne tenía las manos atadas. Sentía frío y una profunda tristeza.
Lágrimas de furia y desesperación corrían por su rostro.
Anne sentía las piernas temblorosas y el estómago le rugía de hambre.
No había comido desde el desayuno, y su paseo hasta el pueblo y el secuestro por parte del señor Hargrave la habían dejado muy débil.
Anne no tenía ni idea qué hora era ni cuánto tiempo había pasado, desde que el señor Hargrave la había secuestrado.
Se acurrucó en un rincón, usando sus manos atadas, como pudo, para ajustarse mejor el grueso manto de lana.
Tiró de las cuerdas que la ataban, mordiendo los nudos, e intentando aflojarlos.
Solo consiguió apretarlos aún más y lastimarse las muñecas hasta que se le pusieron rojas, hinchadas y sangrantes.
Se calmó, conteniendo las lágrimas de rabia y desesperación.
Ni siquiera un destello de luz de luna lograba atravesar la oscuridad de la habitación.
La penumbra dificultaba la visión, pero cuando la señora Lumb la trajo allí, había notado un viejo colchón, en el suelo, y un orinal desconchado.
No creía que hubiera nada cerca que pudiera ayudarla a aflojar las cuerdas.
Un leve rasguño en la pared a sus espaldas la sobresaltó. —¿Puede oírme? —susurró una voz ronca, a través de un nudo en la madera. Anne se puso de rodillas y pegó la oreja a la pared—. Sí. ¿Usted es la hermana del señor Hargrave?
Un leve resoplido precedió a las siguientes palabras. —Por desgracia, sí. Soy Myra. ¿Quién es usted?
—Se suponía que me casaría con su hermano, pero escapé, y ahora él me ha atrapado y me ha traído aquí.
—Pobrecita. —Hubo una breve pausa—. ¿Quería casarse con él?
Anne resopló y comenzó a contarle su historia a Myra, quien la escuchó en silencio, emitiendo sonidos de comprensión, en los momentos oportunos, y cuando Anne terminó, Myra compartió la suya.
Finalmente, las dos mujeres guardaron silencio. Los pensamientos de Anne iban más de mil millas por hora. —¿Myra? —preguntó, después de un rato—. ¿Alguna vez ha intentado escapar?
—Sí, un par de veces, cuando me trajeron aquí.
Pero cada vez solo llegué a una milla de la casa, antes que el hijo de la señora Lumb, Jack, me encontrara y me trajera de vuelta.
—Aunque una pared separaba a las dos mujeres, Anne sintió que Myra se estremecía—.
Jack es incluso más desagradable que la señora Lumb.
Anne volvió a sentarse. —No creo que esté aquí ahora mismo. No vi a nadie más que a la señora Lumb. —Tras otro largo silencio, preguntó—. ¿Cómo trató de escapar?
—A veces la señora Lumb me obliga a trabajar en el granero, apilando heno, colinabos o acarreando leña o carbón.
Normalmente me vigila, pero yo la esquivé y salí corriendo.
—Se le escapó un leve sollozo—. Cada vez que me traían de vuelta, me azotaban y mis raciones de comida eran aún más pequeñas.
Hace mucho tiempo que ni siquiera intento escapar.
Anne se incorporó. —Ahora somos dos. Estoy segura que encontraremos una solución, juntas.
La única respuesta fue un bufido, y justo en ese momento, la señora Lumb abrió la puerta de Anne. Llevaba un plato, un vaso y una vela. Anne se levantó del suelo, pero sentía las piernas temblorosas, como un flan con poca gelatina, y tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.
—Aquí tiene su cena. Será mejor que coma despacio porque no comerá más hasta mañana por la noche, y solo lo hará, si usted cumple con las tareas, que le voy a encomendar, a mi entera satisfacción.
—Dejó el plato y el vaso en el suelo. Anne levantó las manos, en señal de pregunta, pero la señora Lumb negó con la cabeza—.
Tendrá que arreglarse con las manos atadas así.
El señor Hargrave dio instrucciones estrictas de no desatarla hasta que tenga que trabajar.
—Echó un vistazo fugaz a la habitación—. Y procure no ensuciar.
Anne volvió a dejarse caer al suelo, cuando la señora Lumb se marchó, llevándose consigo la escasa luz de la vela.
Estiró las manos hacia adelante hasta que tropezó con el plato.
Por un instante, Anne sintió esperanza, preguntándose si podría romperlo y usar los fragmentos para liberarse, pero el plato era de hojalata, al igual que la taza que estaba medio llena de agua.
Apretó los dientes y decidió que lo más sensato era comerse lo que había en el plato, y luego intentar dormir.
Con timidez, buscó hasta dar con el trozo de pan y el pedazo de queso duro, que le sirvieron de cena.
Comió despacio, intentando que la comida le durara, y cuando se acurrucó, en el colchón irregular, intentó no pensar en el delicioso pastel de venado, que estaba en el menú de la cena, en Dalen Court.
Cuando Anne se despertó, un tenue cuadrado de luz gris se vislumbraba a través de la pequeña ventana de su habitación.
Se puso de pie, estirando brazos y piernas, intentando aliviar los dolores, que le había provocado la noche en el colchón tan irregular.
Se acercó a la ventana y sintió un profundo desánimo.
Durante la noche, el viento había traído nuevas tormentas y la nieve caía sin cesar, cegándola por completo.
Era difícil distinguir el granero, al otro lado del patio.
Aunque lograra escapar, no podría caminar en medio de semejante ventisca.
Unos leves ruidos, en la habitación contigua, la alejaron de la ventana. Saludó a Myra con la mayor alegría posible, pero tras un breve intercambio de palabras, ambas mujeres guardaron silencio. No parecía haber mucho que decir.
El sol apenas empezaba a asomar por el horizonte, cuando la señora Lumb abrió de golpe la puerta de Anne.
El ama de llaves la agarró del brazo y la arrastró escaleras abajo.
—Espero que usted sepa limpiar bien. —Pateó un cubo de agua que estaba en medio del suelo de la cocina—.
Tome, es hora que empiece a aprender los deberes propios de una esposa.
—Arrojó un cepillo, junto al cubo, y luego agarró un cuchillo de pan.
Cortó las cuerdas que ataban las muñecas de Anne—.
Con esto bastará, por ahora. No intente ninguna travesura.
Mi hijo estará aquí esta tarde. Ayer fue a Leeds a ver a unos amigos, pero volverá, en cuanto pase la tormenta.
Anne sacudió las manos, estremeciéndose al sentir la sangre corriendo por sus brazos.
La señora Lumb se sentó en una silla, que crujió ominosamente, mientras cruzaba los brazos y se acomodaba.
Anne ladeó la cabeza, evaluando la situación.
No podría llegar a la puerta salvo empujando a la mujer.
El viento sacudió una ventana y Anne suspiró. Escapar parecía cada vez más imposible.
Con un suspiro, se dejó caer al suelo y mojó el cepillo en el agua.
Mientras fregaba lentamente, pensó en lo que Laurie le había enseñado sobre boxeo.
¿Podría golpear a una mujer, incluso a una tan cruel y desagradable como la señora Lumb?
Una cosa era defenderse de un ataque inminente, pero golpear a alguien sin provocación era otra.
Y si lograba dominar a la señora Lumb, ¿tendría tiempo suficiente para escapar?
Anne frotó una mancha particularmente difícil. No avanzaría mucho en la nieve, y además estaba decidida a no dejar atrás a Myra. Frunció el ceño y continuó con su tarea. Un torbellino de pensamientos le invadió la mente.
Alzó la vista cuando la silla de la señora Lumb crujió con más fuerza.
La mujer se había puesto de pie y miraba fijamente a Anne.
—Es hora de una taza de té. —A Anne se le animó el corazón.
El té sería muy bienvenido, pero la señora Lumb rápidamente frustró sus esperanzas—.
Para mí. Usted solo tomará agua, y solo cuando haya terminado su trabajo.
La señora Lumb cruzó la cocina con paso torpe, pateando a Anne al pasar. Anne frunció el ceño y se frotó la pantorrilla, mientras la señora Lumb echaba un trozo de leña al fuego. La rabia le hervía en el alma. No iba a tolerar ese trato. Se puso de pie y agarró el cubo de agua jabonosa.
La señora Lumb le había dado la espalda a Anne, confiando en que la chica no intentaría escapar, mientras la tormenta arreciaba afuera.
Anne le arrojó el contenido del cubo. El agua jabonosa empapó a la corpulenta mujer, quien tosió y comenzó a gritarle insultos a Anne.
Ella giró más rápido de lo que Anne esperaba.
Con furia en los ojos, se acercó a Anne blandiendo el atizador.
Anne retrocedió encogiéndose, alzando las manos para defenderse del ataque que se avecinaba.
Entonces, vagamente en el fondo de su mente, recordó las instrucciones de Laurie: «Manténgase firme.
Equilibre su cuerpo, pero inclínese hacia adelante, lista para atacar.
Ponga toda su fuerza en el puñetazo. Y no olvide esquivar para evitar que la golpeen».
La señora Lumb alzó el atizador, y Anne se agachó, esquivando hacia la derecha.
El atizador pasó rozando su hombro izquierdo.
Se incorporó con las manos firmes. Al llegar al límite de la guardia de la señora Lumb, la palma de su mano le dio en la barbilla.
La señora Lumb se tambaleó. Anne la siguió con un fuerte puñetazo en el pecho.
La mujer cayó al suelo con un fuerte golpe.
El atizador resonó en el suelo. Rápidamente, Anne lo recogió y lo agitó frente a la cara de la señora Lumb.
La mujer retrocedió, respirando con dificultad.
Mientras intentaba ponerse de pie, Anne le dejó caer el atizador en la cabeza.
La señora Lumb se desplomó a los pies de Anne.