Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

Anne estaba de pie frente al largo aparador del comedor, mirando la variedad de platos, pero sin ver qué había disponible.

Sus pensamientos daban vueltas en su cabeza como hojas arrastradas por el viento.

Todavía no estaba segura si oyó al conde mencionar «boda».

Seguramente, no. Debía de ser su estado de confusión lo que la había hecho imaginar esa palabra.

No obstante… después de complacerla en la biblioteca, Lord Laurence la llevó en brazos hasta su habitación, acunándola contra el pecho y murmurándole palabras cariñosas, durante todo el camino.

La acostó en su cama con tanta delicadeza, acomodándole las almohadas y arropándola con las mantas.

Justo antes de quedarse dormida, sintió ese cuerpo largo y duro deslizándose bajo las sábanas, junto a ella.

Se durmió, sintiendo una mano sobre su vagina y la otra sobre su pecho.

Pero cuando despertó, esa mañana, no había rastro que él hubiera estado allí, excepto que ella estaba completamente desnuda, su camisón había desaparecido, y podía oler esa fragancia especiada, en la almohada, junto a ella.

—¿Usted está bien, Anne? —La voz suave de Clarissa interrumpió los pensamientos de Anne.

Anne dio la vuelta, aferrando el plato vacío, que había recogido hacía muchos minutos. —Sí, gracias, Lady Clarissa. Estoy bien. —Ella logró recordar sus buenos modales.

Clarissa la miró con la cabeza ligeramente ladeada y la mirada pensativa. Sonrió. —Usted se ve bien, pero lleva muchos minutos parada, en la misma posición, y ni siquiera oyó cuando Charlotte y yo la saludamos.

El rostro de Anne se sonrojó intensamente. —Por favor, perdóneme. No quise ser grosera. Estaba pensando en algo.

Charlotte, que estaba tomando una taza de chocolate caliente, mientras Theo elegía sus alimentos favoritos para el desayuno, se rió. —Espero que la hayan distraído pensamientos agradables.

Anne rápidamente colocó una rodaja de tomate asado, en su plato, y se sentó, justo cuando Lady Amelia entró en el comedor casi dando saltitos.

—¡Buenos días a todas! —exclamó la duquesa—.

¿Se han dado cuenta que la tormenta ha amainado y podemos planear todo tipo de actividades al aire libre para hoy?

Pronto los invitados charlaron sobre trineos, muñecos de nieve y paseos nevados, y Anne pudo dedicar unos instantes a ordenar sus pensamientos.

Tenía la mirada fija en el paisaje nevado, que se veía por la ventana, pero el frío no la ayudaba a calmarse.

No había tocado la comida de su plato ni había probado siquiera un sorbo de su té, que se enfriaba rápidamente.

La sensación de una mano acariciándole el hombro la sacó de su ensimismamiento, pero también la embarcó en un torbellino de pensamientos. Reconoció la firmeza de los dedos del conde y la suave caricia de ese pulgar en su cuello. Suspiró.

—Buenos días, pajarita. ¿Durmió bien? —Su voz era baja y humeante, como el humo de un fuego quemando hojas de otoño.

El rubor subió al rostro de Anne. Miró a los demás invitados, esperando que pensaran que esas palabras no eran más que un saludo cortés, y no un recordatorio de los placeres perversos que había compartido con él la noche anterior.

El conde apretó su agarre en el hombro de ella, obligándola a alzar la vista.

Esa expresión era una mezcla de férrea determinación, deseos ardientes y tierna compasión.

Anne respiró fuertemente. —Sí, gracias —susurró.

Lord Laurence se rió, se inclinó para besarle la frente y, tras echarle un vistazo rápido al plato, fue a buscar su desayuno.

Cuando él se sentó a su lado, ella notó que ese plato estaba repleto de lonchas de tocino crujiente, salchichas de cerdo chisporroteantes y champiñones cremosos, además de un montón de huevos revueltos.

De repente, ella se dio cuenta que, en efecto, tenía mucha hambre y que su propio trozo de tomate no la calmaría, pero no podía llamar la atención volviendo al aparador.

Cortó un trozo de tomate y lo mordisqueó lentamente.

***

Lord Laurence tomó un buen bocado de sus propios huevos, pero no apartó la vista de Anne, mientras ella mordisqueaba lentamente su desayuno.

En solo tres bocados, ella terminó la pequeña porción de su plato.

Él negó con la cabeza y le cubrió la mano con la suya.

—Pajarita, eso no es suficiente para reponer toda la energía que gastó anoche.

—Él cortó un trozo de salchicha de su plato y le acercó el tenedor a la boca.

Ella se quedó mirando el bocado de comida, con sus ojos grises muy abiertos, llenos de incertidumbre y temor.

—Venga, jovencita, usted tiene que comer. Esto está muy rico —le dijo con voz persuasiva.

—Puedo comer sola —empezó a decir, pero en cuanto abrió la boca, él le metió la salchicha y tuvo que morder para no tener que soportar la humillación, que se le cayera la comida a la mesa.

Masticó despacio, observándolo, mientras él ponía unos champiñones en su tenedor y luego se los daba de la misma manera.

Cada bocado le recordaba cómo la había agasajado con bombones la noche anterior, y todo lo que había pasado después.

La charla animada de Amelia sobre patinaje distrajo al conde de su tarea de alimentar a Anne por un momento. —Esta mañana comprobé la temperatura del lago y creo que tardará un día, más o menos, en congelarse, antes que sea seguro patinar.

Amelia comenzó a hacer pucheros y a protestar, pero se calmó al oír el gruñido grave de la garganta del duque.

Laurie sonrió. Mientras Anne comía el trozo de tocino, que él le acababa de dar, le respondió a Amelia: —Pero, los jardineros han estado quitando la nieve de los caminos, así que podremos pasar un rato en el jardín.

Clarissa y Charlotte se unieron a los vítores de Amelia, pero inmediatamente, tanto Theo como Tony comenzaron a explicarles a sus esposas, ambas embarazadas, por qué sería mejor que se quedaran en casa y vieran la diversión desde las ventanas.

La vida doméstica solía aburrir al conde, aunque con Anne a su lado y el recuerdo de esa dulce entrega, la noche anterior, una profunda sensación de satisfacción lo invadió.

La idea del matrimonio y el amor ya no lo inquietaba, y en el fondo de su mente, ya estaba ideando los preparativos necesarios para una boda rápida.

No iba a darle la oportunidad de escaparse de nuevo, antes de tenerla bajo su custodia.

***

Anne se recostó con el hambre saciada y miró al conde.

El cariño y el amor brotaron en su corazón, y se sintió como si pudiera flotar.

Lord Laurence quizás no lo hubiera dicho explícitamente, pero ella empezaba a creer que la amaba, que realmente lo decía en serio, cuando habló de la boda.

Le sonrió al mayordomo, en señal de agradecimiento, mientras le servía una taza de té y se sentó a saborearla, animándose a participar en la conversación que fluía alrededor de la mesa.

Ella se quedó rígida por un instante, cuando el conde le pasó el brazo por el hombro y comenzó a acariciarle el brazo con los dedos de forma distraída, pero cuando Charlotte le guiñó un ojo y Clarissa le sonrió cálidamente, se relajó y dejó que sus sentidos disfrutaran de la atención de este hombre.

Los invitados estaban terminando su segunda taza de té, cuando uno de los lacayos trajo las cartas de la mañana, en una bandeja de plata.

El conde, como de costumbre, tenía una gran cantidad de misivas que atender, y las revisó rápidamente, apartando las que su secretario podría revisar más tarde.

Dio la vuelta a una carta, examinando el sello con el ceño fruncido.

—¡Oh! —exclamó—. ¿Por qué el obispo quiere venir a verme, sobre todo ahora, a pocos días de Navidad?

El duque levantó la vista de la carta que el conde había abierto.

—Supongo que quiere hablar sobre el sustituto del vicario Mosby.

—Alzó una ceja y miró el brazo de Lord Laurence, que aún rodeaba el hombro de Anne—.

Además, si quieres conseguir una licencia especial, su visita te ahorrará un viaje a York.

El conde soltó una risita, pero la misma se interrumpió al darse cuenta que Anne se había tensado, y miraba fijamente la carta, que había recibido como si fuera una araña, a punto de morderla.

Ella tenía el rostro pálido y la mandíbula apretada.

Él le rodeó el cuello con la mano y la apretó, dejando que sus dedos rozaran esa suave piel. —¿Qué ocurre, pajarita?

A él le preocupaba ver la angustia en esos ojos, aunque en el fondo le reconfortaba que se acercara a él, buscando su protección ante lo que la había perturbado.

—Si lee su carta, tal vez descubra que las noticias no son tan malas como cree.

—Ella le dio la vuelta a la misiva y él vislumbró una letra dura y angulosa, como si el autor hubiera forzado demasiado las letras gruesas y negras.

Frunció el ceño y se concentró en ofrecerle a Anne el consuelo que podía, mediante las caricias de su mano en el cuello y la garganta.

***

Anne se quedó mirando las palabras en la página. Esta nota era, como todas las anteriores, escueta y vengativa.

«No toleraré más su perversidad. Mi paciencia se agota. Arrepiéntase de su rebeldía y orgullo desmedido, y regrese antes que me vea obligado a buscarla, y enseñarle el error de sus caminos de una manera que garantice su obediencia. G. Hargrave».

Anne se estremeció. Su padre la abandonó y la repudió, pero el señor Hargrave estaba decidido a recomponer su orgullo herido. Apretó los puños, como si aún sintiera la crueldad del látigo del señor Hargrave, y se preguntó qué castigo le infligiría, si alguna vez ella caía en esas manos.

De repente, ella se dio cuenta que el conde le había estado hablando. Giró para mirarlo, intentando comprender esas palabras entre la confusión de sus pensamientos.

—A un hombre como el señor Hargrave le gusta amenazar, pero usted no tiene por qué temerle. Una vez que se case conmigo, él no podrá hacerle daño. —Se levantó de la mesa y ayudó a Anne, a ponerse de pie.

Anne arrugó la carta con furia, como si pudiera hacerle lo mismo al señor Hargrave. —Ojalá pudiera darle un puñetazo. Quizás así dejaría de molestarme.

Lord Sherbonne le quitó el papel arrugado de las manos y lo arrojó al fuego. —No estoy seguro que sea necesario o efectivo, pero si la hace sentir mejor, le enseñaré cómo hacerlo.

Las demás damas se agolparon alrededor de Anne, ofreciéndole condolencias por su desgracia y felicitándola por su compromiso.

El conde cedió el paso, permitiendo que la abrazaran y la incluyeran en su grupo.

Anne parecía desconcertada, pero sonrió tímidamente mientras, una tras otra, le deseaban lo mejor.

—Siempre supe que haría falta una mujer extraordinaria para convencer a Laurie que cambiara su perspectiva sobre el amor y el matrimonio —declaró Amelia—.

Me alegra mucho que vayamos a ser amigas.

Colecciono amigas, pero no siempre es fácil encontrar gente agradable, como usted —le aseguró a Anne—.

Usted es muy agradable y realmente excepcional.

Charlotte se acarició el vientre hinchado. —Creo que se casarán en Navidad. Será precioso.

Anne se rió. La tensión que le oprimía el estómago se disipó, y respondió con entusiasmo al sentir la alegría de sus nuevas amigas.

Amelia la agarró de la mano y empezó a tirar de ella hacia la puerta. —Hay tantas cosas que organizar. Necesitará un vestido y un montón de cosas más, aunque no tengamos mucho tiempo. Creo que deberíamos consultar con Lady Lydia. Ella sabrá qué hay que hacer.