Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Catorce #3
67%

Capítulo Catorce #3

Anne gritó e intentó agarrar la tela para cubrirse de nuevo, pero él le apartó las manos, sujetándole ambas muñecas con una mano y colocándolas sobre el vientre desnudo.

—He imaginado, durante mucho tiempo, las bellezas que esconde, y no va a impedir que la admire ahora que puedo verla bien.

—Sus ojos se detuvieron con admiración en los senos.

No eran muy grandes, aunque eran firmes y redondos con pezones del delicioso color de las frambuesas maduras.

Se le hizo agua la boca al pensar en probarlos.

Pero primero, necesitaba deshacerse por completo del camisón de Anne.

Le levantó el brazo izquierdo y rápidamente cortó la manga, y luego repitió la acción con el derecho.

Levantándola ligeramente, tiró del camisón arruinado, alejándolo de ese cuerpo.

Ella se llevó las manos a la fuerza para cubrirse los senos y la vagina, pero él la sujetó de nuevo con una mano fuerte.

De manera rápida y eficiente, con la facilidad que da la experiencia, le ató una muñeca con el cinturón de seda de la bata, y luego la otra, comprobando que no estuvieran demasiado apretadas, antes de atar los extremos con un nudo.

Después, levantó esas manos por encima de la cabeza y tensó la cuerda de seda.

Ató los extremos del suave cinturón a la pesada pata de madera del sofá.

Él asintió con aprobación. Ella estaba casi lista para que él la explorara.

La observó, mientras ella se retorcía en el sofá y pataleaba, probando su pérdida de libertad.

Dejándola reflexionar sobre su situación, él arrancó dos largas tiras del camisón y luego le sujetó las piernas al sofá, abriéndolas de par en par.

A pesar de esas protestas, la vagina estaba resbaladiza por la excitación.

Él chasqueó la lengua. —Señorita Calverley, diga lo que diga, su cuerpo no miente.

Me gusta lo excitada que está con mis caricias y cuánto anticipa los placeres que le esperan.

—Para enfatizar su punto, él deslizó el dedo por la humedad entre esas piernas, y se rió entre dientes, cuando ella se retorció.

Anne intentó negar con la cabeza, pero el conde le sujetó la barbilla con los dedos y la besó con tanta intensidad que toda protesta y toda réplica se desvaneció.

Ella no podía pensar en nada más que en el roce de esos labios contra los de ella, en cómo esa lengua exploraba su boca y en la pesadez de ese cuerpo, al presionarla contra ella.

No sabía si habían pasado minutos u horas, cuando el conde se apartó.

Ella yacía flácida en el sofá, entregándose a las sensaciones de placer que la inundaban.

Lord Laurence comenzó a explorarle el cuerpo con las manos, tocándola con firmeza, como si intentara memorizar cada pulgada de ella, quien intentó zafarse, pero las ataduras la mantenían inmóvil.

No podía ver nada debido a la venda en los ojos, y tampoco podía anticipar dónde la tocaría a continuación.

Esas caricias lentas y constantes eran paradójicamente relajantes y excitantes.

Sus pensamientos se aquietaron y su cuerpo se relajó, fundiéndose con los cojines del sofá, como si estuviera hecha de cera de vela.

Había renunciado a intentar sentirse avergonzada por su desnudez o por las evidentes reacciones de su cuerpo a ese tacto.

El placer la abrumaba y se deleitaba con las sensaciones.

Cada pulgada de su cuerpo se sentía viva y sensible.

Sus senos estaban pesados e hinchados, y los fluidos goteaban de su interior sobre el cuero del sofá.

Lord Laurence estaba sentado a su lado, y ella podía sentir la fuerte presión de ese muslo contra su cadera.

Se dio cuenta que él había interrumpido el examen general de su cuerpo y sujetó un seno con cada mano.

Apretó y le masajeó la carne firme y luego comenzó a trazar círculos concéntricos sobre la piel sensible de la parte inferior.

Ella arqueó la espalda, suplicándole en silencio, que se acercara a sus pezones, que estaban duros, adoloridos y anhelaban ese contacto.

De repente, ella sintió esa lengua recorriéndole primero un seno y luego el otro.

Gimió. Él lamió y lamió, una y otra vez, hasta que la piel de esos senos se sintió tan tensa que pensó que iba a estallar de placer.

El calor de esa boca la envolvió de repente.

El conde le succionó el seno izquierdo, lamiéndola con firmes y seguras caricias de su lengua.

Sonidos ininteligibles escapaban de su boca y el placer de ella aumentaba.

Mientras él succionaba, una de sus manos jugaba con su otro seno, y la otra bajaba por la ligera curva de ese vientre, dirigiéndose hacia la vagina.

Sus dedos rozaron el monte de Venus y luego se deslizaron entre las piernas, frotando los pliegues que estaban húmedos e hinchados por esa excitación.

Él le soltó el seno, y ella lanzó un pequeño gemido por la pérdida.

Él se movió ligeramente, y entonces ella sintió esa boca cubriendo su vulva.

La estaba besando entre sus piernas. Intentó protestar, pero el sonido se transformó en un gemido de placer, mientras las sensaciones la abrumaban.

Ella jaló sus brazos y sintió un destello de miedo al recordar que estaba atada.

Entonces, no pudo pensar en nada más que en el recorrido de la fuerte lengua del conde por su centro.

Se movía arriba y abajo con movimientos largos y lentos, adentrándose en su orificio, y luego subiendo hasta el clítoris donde parecía concentrarse todo su placer.

Él se detuvo allí, rodeando el pequeño clítoris con la lengua y lamiéndolo por completo.

Luego lo cubrió con la boca y succionó con fuerza, sin dejar de mover la lengua.

El cuerpo de ella se sentía tenso, a punto de elevarse hasta las estrellas.

Su respiración era agitada y rápida. La sangre corría a toda velocidad por sus venas.

Lord Laurence le mordió el clítoris, y el placer la consumió. Se arqueó y gritó, su cuerpo estaba palpitando de éxtasis.

***

Anne abrió los ojos soñolientos. Una profunda sensación de bienestar la inundó.

Estaba acurrucada en el regazo del conde, entre sus brazos.

Su cabeza descansaba sobre los músculos desnudos de ese pecho.

Se acercó un instante, aspirando ese aroma almizclado, y luego alzó la vista para mirarlo.

Sonrió ante la aprobación y la satisfacción que se reflejaban en esos ojos.

Él tiró de la corbata de seda que aún estaba sujeta a las muñecas. —¿Usted está bien, pajarita? ¡Qué bien vuela cuando me deja controlar las correas!

Anne se rió. —Estoy muy bien. —Al moverse, sintió la dureza de ese miembro bajo sus muslos. Se quedó paralizada. Las preguntas llenaron sus ojos—. ¿P-pero usted no sintió placer?

Laurie soltó una risita. —Gracias por ser tan considerada, mi amor, pero no tiene que preocuparse por mí. —Su rostro se suavizó con ternura—. Mi placer reside en verla volando. Mis necesidades físicas pueden esperar.

Anne asintió, y entonces todos sus pensamientos se desvanecieron, cuando él la besó.

Mucho tiempo después, el conde se apartó de esos labios. Ella apoyó su cabeza adormilada sobre ese pecho.

—Es hora que se vaya a la cama —dijo con voz apenas audible—. Y mañana empezaremos a hablar de los preparativos de nuestra boda.

Estas palabras atravesaron el letargo de Anne, pero antes que pudiera responder, Lord Laurence se levantó del sofá con ella en brazos. Se detuvo para recoger el chal, que había tirado, y el camisón destrozado, y luego se dirigió a la puerta.

Anne balbuceó: —Bájeme. Puedo caminar.

—Pero para mí es mucho más divertido llevarla en brazos. Me gusta tenerla en mis brazos, que es donde usted pertenece.