Capítulo Catorce #2
—Bueno, señorita Calverley, ¿acaso el fuego de su habitación no es suficiente para que tenga que bajar aquí a calentarse un poco?
—Sus palabras sonaron más cínicas de lo que pretendía, y se molestó cuando ella se puso de pie de un salto, giró y lo miró con los ojos muy abiertos y sorprendidos.
Enseguida, ella se aferró con más fuerza al chal.
Movió la boca como si quisiera decir algo, pero no le salió ningún sonido.
Él se levantó del sofá y, en unos pocos pasos rápidos, se plantó frente a ella.
—No quería asustarla, pajarita. ¿Usted está bien?
—Le acarició el brazo tembloroso—. Está helada a pesar del fuego.
¿Por qué no está a salvo en su cama, arropada con sus mantas?
—Intentó no detenerse en la repentina imagen que le vino a la mente: ella tumbada desnuda en su cama, lista para que él la complaciera en todo lo que pudiera imaginar.
Anne asintió y luego tragó saliva. —Sí, estoy bien, gracias, milord. —Miró la mesa donde había dejado su libro—. No quería molestarlo. No pensé que hubiera nadie. No podía dormir y solo quería leer.
—¿Usted también? —murmuró en voz baja.
Anne se mordió el labio. —Quizás debería irme.
—Tal vez debería quedarse. Usted tiene una habilidad muy molesta para distraerme incluso cuando no está en la misma habitación.
Ahora que está aquí, no voy a dejar que se vaya tan fácilmente.
—Mientras hablaba, sus ojos se fijaron en los de ella.
Sus manos le acariciaron los brazos, luego le rodearon la cintura y bajaron hasta las nalgas, que él sostuvo entre sus grandes palmas, mientras la acercaba al calor de su cuerpo—.
Veamos qué puedo hacer para que usted entre en calor.
Mi madre se enfadaría mucho, si usted se resfriara por andar por la casa en el frío de la noche.
Su agarre en las nalgas se intensificó, y se presionó firmemente contra ella para que sintiera la dura protuberancia de su pene.
Ella soltó un grito ahogado. El chal que la cubría se abrió al intentar apartarlo, pero los sólidos músculos de ese pecho eran demasiado duros y el poder implacable de esa presencia era demasiado intenso. Ella se rindió con un leve gemido.
El conde apartó el chal de esos hombros, dejándolo caer al suelo. Asintió con aprobación, mientras el contorno de esos senos se acentuaba, bajo su mirada, y los pezones, fruncidos, se endurecían, invitando a ser besados.
—¿Qué-qué va a hacer?
Él sonrió. —Lo que yo quiera, pajarita. —Se inclinó ligeramente y la alzó en brazos, pasando los brazos por detrás de sus rodillas.
La llevó al sofá donde había estado sentado antes, ignorando ese chillido de protesta—.
Usted me ha tentado durante demasiado tiempo, y no suelo resistirme a la tentación, sobre todo cuando se presenta de una forma tan atractiva.
Dejó caer a Anne sobre el sofá, e inmediatamente ella se incorporó, intentando zafarse.
La empujó hacia atrás para que quedara tumbada de cuerpo entero sobre el suave cuero, con la cabeza apoyada en el reposabrazos y las piernas ligeramente flexionadas.
—¡Oh! No, pajarita mía, no va a escaparse volando.
Es hora de su próxima lección de placer.
—La contempló, durante unos instantes, con una expresión que oscilaba entre los deseos puros y la ternura.
Ese cabello caía sobre los hombros, ese rostro estaba pálido y esa piel lucía sedosa, pero esos ojos estaban muy abiertos, con una mezcla de sorpresa, horror y expectación.
Fue esta última emoción la que convenció al conde que ella no era indiferente a sus insinuaciones y sugerencias.
Él sonrió con los ojos brillando de determinación. —Pero para asegurarme que no huya, creo que lo mejor será atarla.
***
Anne estaba recostada en el sofá, observando al conde con las manos aferradas a la suave tela de ese camisón.
Cada movimiento que hacía era grácil, elegante y, a la vez, sugería un control fuerte y un poder inmenso, muy parecidos a los del semental con el que Eva lo había comparado aquella mañana.
Anne se estremeció, cuando él se quitó la bata de seda suelta que llevaba sobre la camisa y los pantalones.
Los primeros botones de la camisa estaban desabrochados, y Anne contempló los duros músculos de ese pecho, ligeramente cubiertos por rizos de pelo oscuro y nítido.
Él se quitó los gemelos de la camisa y los dejó caer con un tintineo sobre la mesa, junto al sofá.
Lentamente, como si el tiempo no significara nada para él, se remangó, dejando al descubierto los músculos tensos de sus brazos.
Este no era un hombre que se pasara los días holgazaneando.
Era evidente que trabajaba mucho, se ejercitaba fuertemente y disfrutaba de la vida al máximo.
Y toda esa fuerza estaba ahora concentrada en ella.
Cuando Lord Laurence estuvo listo, permaneció de pie en silencio, junto al sofá, observando el cuerpo reclinado de Anne con una sonrisa burlona.
Su rostro era impasible, y de no ser por el destello de aprecio y deseo en sus ojos, Anne se habría asustado.
Se removió inquieta, mientras esos ojos la recorrían, deteniéndose en la curva de sus senos, en la forma de sus pantorrillas donde se había arrugado el camisón, y finalmente posándose en su rostro, examinándola con atención.
Finalmente, él asintió. Tomó la bata de ella y le quitó el largo cinturón azul de seda que la sujetaba.
Lentamente, pasó la suave tela entre sus dedos y luego la tensó.
—Pajarita, yo fui miembro de la sociedad de halconeros y aprendí que la mejor manera de entrenar halcones y gavilanes es con calzas y correas.
Las vendas para los ojos también son muy útiles.
Anne quedó hipnotizada por la voz grave y profunda de Lord Sherbonne y los movimientos hábiles y seguros de esas manos. Le tomó un instante comprender lo que había dicho. Comenzó a incorporarse, balbuceando: —N-no, milord, por favor. No soy una pájara que necesite estar atada a su percha.
El conde soltó una risita, y el sonido hizo temblar a Anne.
—Pajarita mía, incluso ahora usted quiere volar.
Si va a aprender a disfrutar del placer, al someterse a mí, necesita estar controlada.
Si no puede escapar, su mente no estará ocupada, buscando maneras de zafarse de mi control.
Se rendirá y se elevará a alturas de placer inimaginables.
Dejó caer el cinturón de seda sobre el sofá junto a ella y la empujó suavemente contra los cojines. —No se mueva.
Anne se mordió el labio, pero se quedó donde el conde la había colocado.
Apenas alcanzaba el cinturón de seda con los dedos, y se preguntó qué pensaba hacer con él.
Lo vio rodear la habitación hasta llegar a un gran escritorio de madera de cerezo, frente a unas cortinas de terciopelo verde oscuro.
Abrió un cajón, rebuscó entre su contenido y se puso de pie con aire de suficiencia.
Anne se esforzó por ver qué sostenía, pero no lo logró. Conteniendo la respiración, esperó.
***
Lord Laurence sonrió a Anne, que estaba en el sofá, disfrutando de ese nerviosismo, pero también consciente de esa ansiosa expectación.
—Pajarita, usted se ha entregado a mí de una manera maravillosa.
Fue creada para el placer, y disfrutó de las lecciones que le di, el billar, el baile. —Hizo una pausa—. Y las nalgadas.
Anne, apenas pudiendo respirar, miró al conde con unos grandes ojos grises que parecían llenarle el rostro. Cuando el rostro del conde se endureció ligeramente, logró articular rápidamente: —Sí, milord.
Ella se relajó, cuando ese ceño fruncido se transformó en una sonrisa de satisfacción.
Él le acarició el cabello, apartándole un mechón rebelde de la cara, y luego le deslizó el dedo por el rostro.
—¿Confiará en mí, mi amor, para mostrarle aún más placer?
¿Aunque eso signifique renunciar a todo lo que creía correcto?
Anne respiró profundamente. Se mordió el labio. El conde no la presionó para que respondiera. Era mejor que reflexionara sobre lo que le preguntaba. Cerró los ojos y, tras unos instantes, los abrió. —Confío en usted, milord.
Lord Laurence acarició suavemente ese cuerpo, deleitándose con la sensación de esas suaves curvas bajo la delicada tela del camisón.
Luego, le tomó el rostro entre las manos, se inclinó y la besó lentamente, saboreando esos labios, sintiendo esa piel, y el aroma a flores de manzano, que reflejaba a la perfección la dulce intensidad de ese carácter.
Una vez satisfechos sus deseos inmediatos, él se inclinó sobre ella y tomó la bufanda azul oscuro, que había sacado del cajón del escritorio.
Le levantó la cabeza. Con rapidez y seguridad le cubrió los ojos, atándole la bufanda, detrás de la cabeza.
Ella protestó, pero él la tranquilizó con suaves palabras y besos tiernos, recordándole su promesa de confiar en él y asegurándole que no la lastimaría ni le haría daño.
Él sonrió al verla relajándose, aunque ese cuerpo seguía rígido por la tensión y esas manos se aferraban al camisón.
—Si no puede ver, sus otros sentidos estarán más alerta, y no dejará que su mente tan ocupada intente anticipar lo que quiero hacer.
Relájese, pajarita. —De nuevo, sus manos acariciaron ese cuerpo.
Cuando ella se calmó un poco, él tomó una pequeña navaja que usaba para afilar sus plumas.
Con un rápido y certero movimiento de muñeca, hizo una incisión en la parte delantera del camisón y luego, con las manos, lo rasgó a lo largo, apartando la tela para dejar al descubierto ese cuerpo.