Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

Anne tiró de la almohada y se subió las mantas hasta la barbilla, moviéndose primero a la izquierda y luego a la derecha.

No importaba la posición que probara, no lograba conciliar el sueño.

Las campanadas del reloj del establo, a lo lejos, resonaron en la oscuridad de la noche.

Eran las tres. Ella suspiró. Aunque estaba agotada por los placeres del día, llevaba más de una hora dando vueltas en la cama.

Sus pensamientos danzaban en su cabeza, como las burbujas, en una copa de champán.

Sonrió ante su propia metáfora. Había probado el champán por primera vez esa noche, y su deliciosa efervescencia reflejaba a la perfección su estado de ánimo eufórico.

Cerró los ojos y la imagen del rostro del conde la inundó.

Esos ojos, del profundo color ámbar del whisky que tanto disfrutaba, brillaban con satisfacción y deseos.

Las comisuras de esos labios se curvaron en una sonrisa, que reveló un hoyuelo inesperado, y suavizó los rasgos marcados de ese rostro.

La sangre le corría por las venas, calentándola a pesar del frío de la noche.

Sonrió en la oscuridad, mientras los recuerdos del placer de aquella velada se reproducían en su mente.

El conde la condujo de vuelta al salón con la mano en su espalda, guiándola e impidiendo que escapara.

Clarissa y Amelia le sonrieron, pero nadie más la miró ni la observó con curiosidad, como ella había temido.

Solo el intenso rubor de sus mejillas indicaba que el conde la acababa de castigar en el pasillo.

Lord Laurence la condujo rápidamente a unirse a la fila de bailarines.

Anne se mordió el labio al ver cómo los demás ejecutaban con tanta facilidad los complicados pasos de La despedida del vicario.

Lord Laurence le sonrió. —No se preocupe tanto, pajarita.

Yo la guiaré y la enseñaré. Solo sígame y no haga caso a lo que hagan los demás.

Él la rodeó con los brazos por la cintura y marcó lentamente los pasos.

Anne se entregó a ese tacto y lo siguió.

Pronto aprendió el ritmo y pudo moverse con más rapidez.

Él la hizo girar y ella soltó una carcajada, emocionada por estar tan cerca del conde, por sentir esas manos en su espalda, y por el simple placer de vivir.

Bailar era agotador, y después de tres bailes, el conde cedió y la condujo a un sofá bajo, junto a la chimenea.

Hizo una seña a un lacayo, quien rápidamente trajo dos copas de champán y una bandeja de bombones y dulces.

Ella dio un sorbo de champán y se rió nerviosamente al sentir las burbujas haciéndole cosquillas en la nariz.

Sus inhibiciones y preocupaciones se disiparon al elevarse las burbujas.

El conde escogió una ciruela confitada de la bandeja y se inclinó hacia ella, rodeándola con su imponente cuerpo y su intensa presencia.

Le acercó la ciruela confitada a la boca.

Ella la miró fijamente, confundida e insegura, lo que la hizo dudar.

Él rozó esa superficie azucarada con sus labios, y su lengua se deslizó para saborear la dulzura.

En cuanto ella abrió los labios, él le colocó el dulce sobre la lengua, y ella tuvo que morder, permitiendo que los deliciosos sabores llenaran su boca.

Era extraño ser alimentada de esa manera, pero también sorprendentemente placentero.

Anne nunca antes había sentido la intimidad y la calidez que las acciones del conde le brindaban.

Se sentía querida, excitada y deseada. Por un instante, creyó que el afecto del conde podía ser amor.

Sabía, sin lugar a dudas, que se estaba enamorando de él.

***

Un búho ululó afuera. Anne se estiró inquieta en la cama.

Nunca se había divertido tanto, pero ahora le dolían los pies, e incluso las piernas y los brazos.

Se movió en el colchón, y aún en la oscuridad, se sonrojó al sentir sus nalgas contra él.

Todavía podía sentir el agradable dolor de cuando el conde la había azotado.

Con un suspiro, apartó las pesadas mantas de la cama y agarró la vela, que reposaba en la mesita de noche.

Con las brasas aún encendidas, la encendió.

Quizás leer un rato la ayudaría a conciliar el sueño.

El primer volumen de la novela Cecilia de Fanny Burney estaba sobre la silla frente al fuego.

Lo tomó y chasqueó la lengua con impaciencia.

La había terminado de leer, ese mismo día, y entre sus obligaciones con Lady Lydia y los placeres que había disfrutado con Lord Laurence, se le había olvidado cambiarla por el siguiente volumen.

Un reloj lejano dio las tres y media. Tomó un gran chal de lana que estaba sobre la silla, junto a la chimenea, y se lo echó sobre los hombros.

Agarró el libro y abrió la puerta de su habitación con cuidado.

Permaneció en silencio, durante unos instantes, atenta a cualquier movimiento en la habitación de Lady Lydia, más adelante en el pasillo.

Al no oír nada más que el lejano ulular del búho, que había interrumpido sus sueños antes, corrió por el pasillo y bajó la gran escalera, iluminada únicamente por el tenue resplandor de la luna llena, que brillaba entre los jirones de nubes, el único vestigio de la tormenta de nieve que había azotado la zona, durante los últimos tres días.

Anne tropezó al cruzar el vestíbulo de Dalen Court, sombrío y oscuro.

La luz de la luna no llegaba hasta allí.

Reprendiéndose por no haber traído la vela de su habitación, apenas logró evitar chocar con la armadura que custodiaba la biblioteca y la sala de billar.

Abrió la puerta de la biblioteca y entró sigilosamente.

Dejando caer el libro que llevaba sobre una mesa, se dirigió al fuego, que aún ardía en la chimenea.

Ahora que ya no estaba acurrucada, bajo las mantas, el frío se le había colado a través del chal.

Estaba tan concentrada en calentar su cuerpo tembloroso, que no se detuvo a preguntarse por qué había una lámpara encendida, en una mesa baja cerca del sofá, ni por qué el fuego seguía tan bien cuidado.

Se arrodilló sobre la suave alfombra y extendió las manos hacia las llamas.

***

Lord Laurence pasó la página de su libro y se dio cuenta que no había leído ni una palabra, en la última media hora.

Sus pensamientos habían estado, al mismo tiempo, placentera y exasperantemente, ocupados con imágenes de Anne Calverley.

Ella representaba un dilema que debía resolver.

Puso el dedo sobre la página y contempló el parpadeo de las llamas, en la chimenea.

No sabía cómo había sucedido, pero Anne Calverley se había colado tras sus cuidadosamente construidas defensas y había tocado su corazón de una manera, que jamás había creído posible.

No se parecía en nada a las damas que solía frecuentar ni al tipo de esposa con la que siempre había dicho que se casaría, pero esa dulce presencia y ese carácter tranquilo se habían enroscado alrededor de su corazón, suavizando la dureza con la que había mantenido a raya el dolor del amor.

Esa vulnerabilidad despertó en él la necesidad de cuidarla.

Los hilos que ella tejió, alrededor de su corazón, le dieron fuerza y la capacidad de afrontar el dolor que había ocultado tan profundamente que, la mayor parte del tiempo, ni siquiera él era consciente de esto.

Sacudió la cabeza y se rió entre dientes.

Se estaba volviendo tan sentimental como Donnington.

Pronto, él estaría escribiendo odas a la belleza de Anne.

La puerta se abrió, sacándolo de sus ensoñaciones.

Estaba a punto de gritarle al intruso que se marchara, cuando reconoció la menuda figura de Anne Calverley, que se dirigía lenta, aunque decididamente hacia la chimenea, sin siquiera mirar el sofá donde él estaba sentado.

Desconcertado, se incorporó y la observó, preguntándose qué la habría traído hasta allí tan tarde, o mejor dicho, tan temprano por la mañana.

El suave y pálido cabello de Anne, suelto hasta la cintura, brillaba con un resplandor casi dorado a la luz del fuego, como un halo.

Bajo el gran chal azul, él vislumbró ese camisón blanco, transparente por las llamas.

La forma de esas piernas y las curvas de esas nalgas eran claramente visibles, y reprimió un gemido, mientras su ya erecto miembro se endurecía aún más.

Disfrutó contemplándola durante unos instantes de silencio.

Se veía tan a gusto allí, como si perteneciera a su vida.

Sus pensamientos descontrolados rápidamente evocaron un futuro en el que le había prometido amarla y cuidarla, como su esposa, hasta el fin de sus días, y ella era parte integral de cada aspecto de su vida.

Sobresaltado, repitió esta palabra para sí mismo: «Amor».

Nunca había esperado enamorarse, y ahora esta joven inocente había derribado sus defensas y conquistado su corazón.

Y él era un prisionero dispuesto de su encanto. Su victoria era su triunfo.

Sería una excelente compañera, una esposa perfecta.

Cuando dejaba de lado la timidez, expresaba sus ideas con inteligencia y vehemencia, y era divertido discutir con ella solo para ver cómo esos ojos brillaban de determinación, y ese rostro se enrojecía de indignación.

En los últimos días, ella se había mostrado dispuesta a aprender sobre el placer.

Bajo esa apariencia recatada, se escondía una mujer apasionada, una que anhelaba tanto la bondad del placer, como el placer de la bondad.

De repente, él se incorporó, dejó caer el libro al suelo y apartó sus fantasías.