Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

El conde se sentó en el sofá y deslizó a Anne por su cuerpo hasta que ella quedó de pie frente a él, jadeando con fuerza, como si fuera ella quien se hubiera esforzado al máximo.

Él le abrió las piernas y las colocó entre sus muslos musculosos.

Sus manos la recorrieron, moldeando ese esbelto cuerpo y apretando con firmeza los senos y las nalgas, apretando y pellizcando hasta que la respiración de ella se aceleró y todo a su alrededor comenzó a desvanecerse en la distancia.

El mundo de ella se había reducido a Lord Laurence y su tacto.

Anne se sentía inestable. Colocó las manos sobre los antebrazos del conde, alarmada por esa osadía y, a la vez, maravillada por la firmeza de esos músculos, que delataban esa destreza atlética.

Un escalofrío la recorrió, preguntándose cuán fuerte sería y cuánto dolor podría él infligirle.

De repente, dudó de haber tomado la decisión correcta.

Intentó retroceder, pero el firme agarre de esas manos le impidió escapar.

Sus ojos buscaron los de él, y se sintió reconfortada por el cariño, la preocupación y el afecto que brillaba en esas profundas pupilas marrones. Respiró fuertemente y esperó.

Cuando el conde vio que ella había dejado de moverse inquieta, habló: —Voy a darle una nalgada, no como castigo ni disciplina, sino porque quiero que sepa lo erótica que puede ser esa experiencia.

Ella tragó saliva, pero no dijo nada. No había nada que decir.

—Normalmente —le explicó el conde—. Me gusta que las mujeres, a las que azoto, estén desnudas, pero como esta es su primera vez, y no creo que usted esté todavía preparada para exponerse en público, la dejaré con la ropa puesta.

Cada palabra que pronunciaba el conde aceleraba su circulación sanguínea y hacía que su respiración se volviera entrecortada e irregular.

Intentaba no pensar en el ligero énfasis que él puso en la palabra «todavía».

No podía imaginar que alguna vez se expondría en público, pero, ella se estremeció, y había algo emocionante y excitante en la idea de estar desnuda frente a los invitados del conde, de imaginarlos agolpándose a su alrededor, ansiosos por verla recibir nalgadas y observarla rindiéndose a los deseos del conde.

Las manos de Lord Laurence le recorrieron el cuerpo con total libertad, como si tuviera el derecho de tocarla, donde él quisiera, como si le perteneciera.

Le acarició las caderas y la apretó, luego le frotó las nalgas, hundiendo los dedos en la suave piel, a través de la muselina del vestido.

Una oleada de calor la recorrió, y sintió cómo sus partes íntimas se calentaban y se humedecían, hinchándose en respuesta a esas caricias.

De repente, él se inclinó, le apoyó la cabeza en el vientre y aspiró profundamente. —La idea de estar desnuda la excita. Puedo oler su excitación. Pronto la saborearé.

Anne soltó un pequeño grito e intentó apartar su cabeza, pero él la sujetó con más fuerza.

—No hay por qué alarmarse, pajarita. Va a cantar para mí, y ambos encontraremos la canción encantadora y deliciosa.

Dicho esto, él la levantó del suelo y la puso sobre sus rodillas con la misma facilidad que si fuera un trozo de tela.

Ella gritó, pero el conde ignoró esa débil protesta, mientras ella luchaba por recuperar el equilibrio.

Su cabeza y sus brazos colgaban sobre una pierna izquierda, y sus piernas estaban al otro lado.

No podía tocar el suelo, a menos que estirara las piernas.

Se aferró a esas pantorrillas, sin importarle arrugar la fina seda de los pantalones.

Él la manejó, como si fuera una muñeca abandonada por un niño en la guardería.

Ella se retorció, intentando encontrar una posición más cómoda, pero esos muslos eran duros y la presionaban contra el estómago.

Intentó levantar el cuerpo para que sus senos no rozaran esas piernas, pero el conde la presionó hacia abajo, tirando y empujando su cuerpo dispuesto hasta que se aseguró que estuviera justo donde él quería.

Su rostro estaba rojo brillante, inflamado de vergüenza y algo más.

Había algo satisfactorio, incluso reconfortante, en rendirse a lo que el conde quisiera que hiciera.

Inclinó ligeramente las caderas para que la redondez de sus nalgas fuera más prominente, horrorizada por su propia audacia, pero ansiosa por ese contacto.

Lord Laurence respondió a esas silenciosas súplicas, acariciando las firmes nalgas.

Ella se quedó en ese regazo, disfrutando de los movimientos rítmicos y constantes de esas manos.

De repente, sintió la dura protuberancia de ese miembro presionando contra su estómago, mientras palpitaba.

Soltó un pequeño gemido y se retorció, intentando apartar su peso de ese pene.

Él se rió entre dientes y le extendió la mano sobre la parte baja de su espalda, empujándola de nuevo a su sitio.

Lenta y constantemente, él exploró esa figura, recorriendo con sus manos la espalda, las nalgas y la parte superior de los muslos.

Deslizó un dedo por la nuca y a lo largo de la piel desnuda cerca de los hombros.

Un escalofrío la recorrió, pero él fue implacable en sus caricias, variándolas desde fuertes y firmes hasta suaves y cosquilleantes.

Finalmente, abrumada por la miríada de sensaciones que la invadían, se relajó.

Con un suave gemido, ella apoyó la cabeza contra ese muslo y aflojó el agarre de la pantorrilla.

Se entregó por completo a él, confiando en que no la dejaría caer ni la dejaría lastimarse.

Cuando ella se calmó, él comenzó a hablar.

Su voz tenía la suavidad profunda del mejor whisky: —Estoy deseando explorar cada parte de usted, ver todos los tesoros que esconde con tanto cuidado, bajo su ropa recatada, pero por ahora, tendré que imaginar cómo es usted.

—Le acarició las nalgas y presionó el dedo en el pliegue entre los glúteos, usando el lino de la enagua para intensificar las sensaciones.

Le frotó entre las piernas, deslizando los dedos lentamente hacia arriba y hacia abajo, obligándola a abrirlas, facilitándole así el acceso a los lugares que quería explorar.

Poco a poco, Anne olvidó sus preocupaciones y sus inquietudes.

También dejó de escuchar los pasos en el pasillo y si se abría la puerta del salón.

Su mundo se llenó únicamente con la sensación del cuerpo firme del conde, bajo ella, la sangre que le corría por la cabeza y esas manos masajeando sus nalgas.

Dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción.

El conde soltó una risita. —Ahora le voy a dar una nalgada. No se mueva, aunque puede hacer los ruidos que quiera.

Esa mano se apartó de sus nalgas y la bajó justo por el centro de estas. Fue más fuerte de lo que esperaba, y ella gritó, tensando todos los músculos de su cuerpo. Las lágrimas le escocían en los ojos.

—Chica valiente —la elogió el conde. Le frotó las nalgas adoloridas, y el dolor comenzó a brillar como las brasas de una hoguera en una noche de invierno.

El calor la invadió y se extendió por todo su cuerpo, concentrándose en su interior. Unas punzadas de placer recorrieron su piel. —Qué rico... Más, por favor —murmuró, antes de darse cuenta que las palabras se le habían escapado de la boca.

—Con mucho gusto, pajarita. —El conde comenzó una serie de golpes lentos y constantes, asegurándose que cada pulgada de esas nalgas recibiera su parte de atención.

Arriba, abajo, izquierda, derecha, el bombardeo de esas nalgas continuó, cada golpe aumentó el calor, en ese cuerpo, hasta que ella se sintió lánguida y en paz.

Flotaba en una nube de placer. No sabía cuánto tiempo había pasado recostada sobre las rodillas del conde ni si alguien había pasado junto a ellos.

No le importaba. Lo único que importaba eran las sensaciones embriagadoras que la envolvían, la fragancia especiada del conde, la dureza de ese cuerpo y el calor de esa mano.

Anne parpadeó. Estaba sentada, en el regazo del conde, con la cabeza apoyada en ese pecho, mientras él la sostenía con fuerza entre sus brazos.

Ella sintió un cosquilleo en las nalgas y la humedad entre sus piernas le corría por los muslos.

Levantó la vista, mordiéndose el labio. Lord Laurence la observaba atentamente.

Sonrió e inclinándose hacia adelante, la besó suavemente en los labios.

—¿Le ha gustado, pajarita?

Ella asintió, retorciéndose un poco, mientras sus nalgas presionaban contra esos duros músculos.

—Me alegro. Usted fue creada para el placer, el suyo y el mío. Y ahora, si puede mantenerse en pie, la voy a enseñar a ser mi pareja de baile perfecta.