Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Laurie frunció el ceño al ver que la curiosidad y los deseos, en los ojos de Anne, se transformaban en absoluto horror.

Maldijo entre dientes. Tenía que recordar que ella no tenía tanta experiencia, como las mujeres con las que solía jugar.

La atrajo hacia sí, emitiendo sonidos tranquilizadores, mientras pensaba con rapidez.

Era como una pajarita atrapada en un enredo de ideas, que amenazaban con privarle de toda alegría, y era su responsabilidad sacarla de la jaula, poco a poco, hasta que respondiera con entusiasmo y abrazara plenamente las alegrías de la vida.

Entonces, ella remontaría el vuelo con alas de placer, y juntos alcanzarían alturas que ni siquiera él había conocido antes.

Con delicadeza, él le tomó las manos y acunó esos puños apretados.

Con el pulgar, dibujó suaves círculos sobre esos tensos nudillos.

Ella se puso rígida y se apartó, intentando liberarse, pero él la sujetó con firmeza.

Le llevó las manos a la boca y, lentamente, con ternura, besó cada nudillo.

Se tomó su tiempo, prestando a cada articulación la atención que necesitaba.

Oía débilmente la música, en el fondo, y las risas de sus invitados que bailaban, pero en ese momento nada era más importante que ayudar a Anne a superar su reticencia y su miedo.

Cuando empezó con la otra mano, parte de la tensión comenzó a disiparse de ese cuerpo.

Finalmente, al terminar, le sostuvo el rostro, besándole la mejilla y luego la frente.

La oyó suspirar suavemente y se sintió complacido, cuando ella se derritió contra él con su rostro rozando la suave seda de la camisa.

Manteniendo esas manos entre las suyas, él, lenta, suave y cuidadosamente, comenzó a soltar esos dedos apretados.

Cuando los dedos estuvieron sueltos, le envolvió una mano con la suya.

—Mi linda pajarita, alguien le ha hecho mucho daño.

—Era una afirmación, no una pregunta, pero Anne murmuró en señal de asentimiento.

Lord Laurence continuó—, le prometo que no le haré daño, jamás la trataré con crueldad.

No la lastimaré excepto cuando el dolor le prometa placer.

¿Notó cómo reaccionó Amelia cuando Sebastián le dio una palmada en el trasero?

Anne se sonrojó, ante el lenguaje vulgar y al recordar cómo el duque había azotado a Amelia. Era difícil hablar de esas cosas, pero recordó cómo Lord Sebastián había abrazado a su esposa, después del castigo, y cómo Amelia se había reído con alegría, cuando su esposo la soltó. Asintió.

El conde arqueó una ceja. —Usar palabras concretas hace que sus ideas sean mucho más claras y evita malentendidos.

Anne se mordió el labio y el conde recorrió con el dedo el camino de sus dientes. Su cuerpo tembló al contacto. Tragó saliva y logró decir: —Sí. No se enfadó. Parecía disfrutarlo.

—Así es. Ella disfrutaba de la intimidad con su esposo y su pasión se despertaba. La conexión entre dos personas que se crea, a través de las nalgadas, aumenta la intensidad del placer. Y mi objetivo, mi deseo, es brindarle placer, llenar su vida de todo tipo de cosas deliciosas.

Anne alzó la vista, el gris de sus ojos se tornó del color de las nubes cargadas de la promesa de lluvia.

Se llenaron de una profunda confianza, que hizo que el miembro del conde se endureciera como una barra de hierro.

Aunque también ablandó su corazón con una ternura inesperada, y un deseo de proteger y cuidar a Anne.

Él se inclinó hacia adelante y rozó sus labios con los de ella, saboreando esa dulzura y deleitándose con esa entrega.

Fue solo un roce ligero, casi imperceptible, pero la suavidad de esos labios, el delicioso aroma a manzanas y miel, y la tersura de esa piel, bajo sus dedos, le brindaron una profundidad de placer que jamás había experimentado, ni siquiera en todos sus años de búsqueda del placer.

Anne suspiró y sus labios se entreabrieron.

Él respondió a esa invitación tácita, cubriendo esa boca con la suya y besándola profunda, completa y posesivamente.

Le succionó los labios e introdujo su lengua en la calidez de esa boca dispuesta.

Se tomó su tiempo para explorarla y conocerla.

Luego se concentró en esos labios, ahora hinchados y oscurecidos por los deseos.

Le mordisqueó el labio inferior y ella chilló, pero cerró su propia boca alrededor de los labios de él, y deslizó su lengua a lo largo de esta, saboreando ese gusto.

Sus manos rodearon ese cuello y lo apretó con fuerza contra su boca.

Su avidez compensaba su falta de experiencia y Laurie, que a menudo evitaba besar a las mujeres con las que se acostaba, se encontró excitado y en peligro de perder el control.

Su miembro palpitaba y le dolía, como si nunca antes hubiera conocido los placeres de una mujer.

El beso continuó, durante muchos minutos, hasta que Anne jadeaba en busca de aire, e incluso el conde necesitó respirar.

Laurie se apartó un poco y miró a Anne, sin soltarla y estrechándola contra su cuerpo.

Encajaba tan bien en sus brazos que parecía hecha a su medida.

Esos ojos grises brillaban de pasión, un ligero rubor rosado le cubría el rostro y ese cabello, normalmente impecable, estaba revuelto.

Se preguntó cómo había podido considerarla alguna vez sencilla.

Había en ella una delicadeza, una fragilidad, que despertaba sus deseos más profundos, y su anhelo, largamente reprimido, de proteger, defender y cuidar a una mujer que le pertenecía solo a él.

Sobresaltado por la intensidad de sus emociones, él retrocedió un paso.

Un destello de incertidumbre en los ojos de Anne, que no lograba disipar del todo su ansiedad y deseos, le conmovió profundamente.

Le acarició el rostro con las manos. Su voz era sincera, ansiosa, teñida de una inesperada vulnerabilidad: —¿Me permitirá mostrarle lo bien que su cuerpo responde a mi tacto?

¿Cuánto placer puede sentir cuando la estimulo?

Anne contuvo la respiración por un instante y luego la soltó con fuerza. —¿Por qué? ¿Por qué yo?

Laurie se rió con un susurro bajo de alivio y deseos. —Usted me gusta. Hay algo en usted que me conmueve profundamente, como nadie más lo ha hecho. Usted me fascina.

Anne apretó los puños de nuevo. —No me gusta que me hagan daño, que me castiguen, que se burlen de mí.

El conde acarició ese rostro con el dedo.

—Hay una gran diferencia entre alguien que le inflige dolor por un cruel deseo de lastimarla, y alguien que utiliza las sensaciones de su cuerpo para ayudarla a experimentar pasión y placer.

Me gustaría mostrarle la diferencia. ¿Cree que mi intención no es ser cruel, sino amable?

***

Anne observó el rostro del conde. Esa expresión no mostraba la indignación moralista que caracterizaba al señor Hargrave.

Lord Laurence, en efecto, siempre había sido amable con ella.

Sus sirvientes y arrendatarios hablaban bien de él, destacando a menudo su sincera preocupación por su bienestar.

Trataba a todos sus invitados con dignidad y respeto, y siempre era cariñoso y considerado con su madre.

Sin pensarlo dos veces, recordó algo que la madre de Eva había dicho una vez: «Un hombre que trata bien a su madre será un buen marido».

Había huido de la casa rígida e implacable de su padre y de la crueldad del señor Hargrave porque quería descubrir las bellezas de la vida. Y el conde le ofrecía la oportunidad de experimentar el placer y conocer la felicidad con la que había soñado.

Había estado observando sus manos, mientras pensaba, y ahora levantó la vista.

El conde había esperado pacientemente a que ella ordenara sus ideas, y cuando sus ojos se encontraron con los de él, la ternura que vio en ellos le dio el toque final a su decisión.

—Sí, sí, creo que usted es muy diferente del señor Hargrave.

—Tartamudeó al pronunciar las siguientes palabras—, me-e gu-uusta-aaría sa-aaber lo que es expe-ee-erimen-tar-tar… placer.

El conde sonrió como un colegial al que le han concedido medio día libre inesperado. —No se arrepentirá. —Miró a su alrededor en el largo pasillo y sus ojos brillaron al divisar un pequeño sofá en una alcoba—. Venga, ahí estará perfecto.

Anne miró a su alrededor con nerviosismo, pero el conde la rodeó con los brazos por la cintura y la cargó sobre su hombro, de modo que su cabeza quedó apoyada en su espalda y sus nalgas quedaron expuestas a la vista de todos.

Anne lanzó un chillido indignado, pero el conde simplemente le dio una palmada en el trasero, y ella se aferró a él, temiendo que la soltara.

Anne alzó la cabeza a medias y logró echar un vistazo al largo pasillo.

Todos los lacayos que habían estado entrando y saliendo, llevando platos de bombones, aperitivos y copas de champán al salón, habían desaparecido.

Se preguntó si el conde los habría mandado marchar para darle un poco de privacidad.

Aun así, se sentía expuesta y vulnerable.

Cualquiera podía salir del salón, en cualquier momento, y ver lo que el conde iba a hacerle.

Una extraña oleada de deseos la invadió al pensar que otros la vieran con Lord Laurence, pero la apartó rápidamente, alarmada por la extraña forma en que su cuerpo respondía al tacto del conde y a sus propios pensamientos desenfrenados.

Sentía un cosquilleo en las nalgas, anticipando las caricias de esas manos, mientras que sus senos estaban tensos con los pezones palpitando de placer.