Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

Lady Watford se alejó, dejando a Anne sola para reflexionar sobre lo sucedido.

Observó la escena, desconcertada pero también intrigada.

Aquellas damas eran muy diferentes de las chicas serias y recatadas con las que había ido al colegio, muchachas que, como ella, provenían de familias de vicarios y a las que se les había enseñado a reprimir cualquier inclinación al placer.

Anne anhelaba disfrutar del mismo tipo de placer, pero la cabeza le daba vueltas.

Le resultaba difícil conciliar su experiencia previa y su educación con el extraño comportamiento de aquellas personas.

Con un último apretón de manos, salió sigilosamente del salón.

Necesitaba escapar, encontrar un lugar tranquilo, donde pudiera intentar comprenderlo todo, pero en lugar de subir directamente las escaleras, se detuvo junto a una mesa de palo de rosa para escuchar la animada melodía de baile campestre, que se filtraba por la puerta del salón.

Se balanceó ligeramente al ritmo de la música y, de repente, se vio reflejada en un espejo de la pared opuesta.

Se quedó mirando su reflejo, unos instantes, admirando cómo el azul de su vestido realzaba el color de sus ojos y su piel, y cómo sus suaves pliegues acentuaban las curvas de su cuerpo.

Llevaba el pelo recogido en suaves rizos y algunos mechones caían sobre su rostro.

Nunca se había considerado más que sencilla, pero su ropa nueva la hacía sentir casi guapa, y casi podía creer que Lord Sherbonne la encontraba lo suficientemente atractiva, como para coquetear con ella.

Quizás incluso para admirarla y sentir afecto por ella.

Dejando que la música la envolviera, cerró los ojos, imaginándose vestida para un baile en el gran salón y a Lord Laurence acercándose con esa dulce sonrisa que solo le dedicaba.

Él la invitaría a bailar, y pondría esa mano en la suya, permitiendo que la calidez de esa presencia la guiara.

La música los acercaría, y ese brazo izquierdo la rodearía por la cintura, mientras el derecho descansaría protectoramente sobre su hombro.

Colocó su mano, justo donde imaginaba que estaría la de él, y casi podía sentir el peso de ese tacto y ver cómo esos ojos se suavizaban con ternura.

Comenzó a intentar mover los pies al ritmo lejano de la música.

El sonido de pasos en el pasillo la hizo girar. Se sintió desconcertada al ver al conde, pero aun así pudo apreciar lo elegante y apuesto que se veía con el abrigo verde oscuro, que se ajustaba a esos hombros, resaltando la fuerza de esos músculos.

Ella se sonrojó y volvió a mirarse en el espejo, sintiéndose muy tonta por haber pensado alguna vez que era lo suficientemente guapa como para atraerlo.

Sus ojos se posaron en esa corbata de lino blanco, elegantemente doblada en cascada y sujeta por un pequeño alfiler de esmeralda, pero sabía que él la observaba con la habitual sonrisa ligeramente cínica, recorriéndola con la mirada de pies a cabeza.

Siguió la dirección de esa mirada y él arqueó una ceja al verla reflejada en el espejo.

Cuando él habló, empleó su habitual tono pausado y lánguido, pero la riqueza de esa voz, la mirada penetrante de sus ojos, hicieron que Anne contuviera la respiración.

—Señorita Calverley, veo que se está admirando. Permítame decirle que luce estupenda esta noche. Ese tono de azul le sienta mucho mejor que el gris apagado que solía usar.

Anne sintió que sus mejillas se sonrojaban y su lengua, impulsiva, respondió antes que recordara a quién se dirigía: —El gris es un color decente y respetable —espetó.

El conde simplemente arqueó una ceja y la recorrió con la mirada, perezosa pero penetrante.

Anne no sabía de dónde habían salido esas palabras.

Odiaba todos los vestidos grises y monótonos, que su madre la obligaba a usar, y estaba encantada de tener algo bonito ahora, pero sus pensamientos estaban revueltos y la actitud defensiva era su única protección contra el encanto seductor del conde.

Sin importar lo que Lady Sylvia hubiera dicho, él jamás amaría a alguien como ella.

Observó cómo esos ojos perezosos recorrían su rostro y un escalofrío la recorrió.

Dio un paso vacilante hacia la escalera y, de repente, se encontró con el conde bloqueándola.

Se había colocado justo delante de ella, tan cerca que podía ver el intrincado bordado del chaleco verde oscuro, oler la fragancia de maderas verdes y especias, que siempre lo envolvía, y sentir el calor de ese cuerpo.

—¿A dónde va con tanta prisa? ¿Ya se ha hartado de las diversiones de hoy, y ahora quiere compensar su mal comportamiento encerrándose en su habitación? ¿Se ha aburrido tan pronto de mi compañía?

La furia se reflejó en los ojos de Anne, y sintió que la sangre le subía a la cara. Levantó la barbilla y apretó los puños. —Por favor, milord, no se burle de mí. No sería tan indigna como para apresurarme, pero voy a subir. —Ignoró su última pregunta—. Lady Lydia no me necesita más esta noche.

De nuevo, intentó dirigirse hacia las escaleras, pero él la detuvo, acariciándole la mejilla con el dedo en un gesto tan íntimo y tan tierno, que tuvo el mismo efecto que los besos de esa misma tarde.

Se quedó quieta, permitiéndole que él recorriera el contorno de su rostro.

Él le acarició las mejillas con ternura y le habló en voz baja.

El conde la observó en silencio durante unos instantes.

Su habitual languidez había desaparecido, y sus ojos castaños brillaban con sinceridad, deseos y algo que Anne no lograba identificar del todo, pero que la hizo sonrojarse.

Se estremeció ante la intensa mezcla de melancolía y autoridad que se entretejía en esas palabras.

—Está empeñada en creer que mi único propósito al pasar tiempo con usted es burlarme de usted. No soy tan insensible como para disfrutar menospreciando a los demás, especialmente a aquellos que me caen bien.