Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Terminada la cena, las damas dejaron a los caballeros disfrutando del brandy y los puros.

Amelia, Charlotte y Clarissa paseaban del brazo por el pasillo, charlando tanto que Anne se preguntaba cómo lograban seguir el hilo de todo lo que se decía.

Flotaba en una nube de dicha, debido a una potente mezcla de las atenciones de Lord Laurence y al vino que había bebido.

Al entrar en el salón, tropezó y tuvo que agarrarse a la puerta para no caerse.

Respiró fuertemente, pero la oleada de oxígeno solo la mareó más.

Lentamente, intentó caminar con paso firme hacia el centro del salón, donde se reunían los demás, pero se encontró tambaleándose.

Sus rodillas ya no parecían capaces de mantenerla en pie.

Lady Lydia le dirigió una mirada irónica, mientras Anne se dejaba caer en una silla con una desfachatez tan impropia de una dama, que habría escandalizado a sus maestras.

Anne extendió la mano para tomar una taza de té, que Clarissa le ofrecía, pero Lady Lydia, con un gesto imperioso, la rechazó, ordenando al lacayo que trajera una taza de café fuerte.

Anne se sonrojó, pero agradeció enormemente que el rico aroma y el intenso sabor la despejaran un poco.

Esbozó una sonrisa al tomar un bombón del plato de la mesita auxiliar y lo mordisqueó, mientras escuchaba a las damas hacer los preparativos para el resto de la velada.

La joven duquesa aplaudió y volteó hacia Lady Lydia.

—¿Quién tocará para nosotras? Espero que quien sea conozca los bailes más recientes —continuó—, ¿usted toca, señorita Calverley…

Anne? No le importa que la llame por su nombre, ¿cierto?

Me parece ridículo llamar a todos los demás por su nombre, mientras soy formal con usted.

—Anne asintió brevemente y Lady Amelia siguió—, aunque estoy segura que no conviene que se esconda detrás del pianoforte.

Laurie no lo permitirá. Querrá bailar con usted todo lo posible.

—Anne intentó responder, pero Amelia continuó hablando—, no conviene pedirle a Charlotte que toque.

No querrá bailar mucho porque el embarazo le provoca dolores en los pies y la espalda, pero ella toca tan mal que confundirá a todos en la pista de baile.

Mientras Anne se esforzaba por desentrañar las incoherentes frases de Lady Amelia, Charlotte se acarició la barriga y sonrió.

—No he tocado el pianoforte, desde que me casé.

No tengo talento y no voy a tocar para usted.

Bailaré todo lo que pueda, aunque el bebé me lo impida.

Theo se asegurará que no me duela demasiado la espalda.

Anne enderezó los hombros y dejó la taza de café sobre la mesa, junto a su silla.

Inclinó la barbilla y trató de sonar digna.

—Le pido disculpas, Lady Amelia, pero no podré tocar.

—Tragó saliva, aliviando la sequedad de su garganta—.

Nunca aprendí a tocar el pianoforte. Mi padre cree que cualquier tipo de música es instrumento del diablo.

Ni siquiera me permitía cantar durante los servicios religiosos.

Los demás la miraron fijamente por un instante.

Incluso Charlotte, que no tenía talento musical, se quedó atónita ante la idea que alguien pudiera verse privada de un placer tan sencillo.

Clarissa se inclinó y tomó la mano de Anne.

—Entonces, la música es otro placer que la ayudaremos a disfrutar.

—Anne comenzó a negar con la cabeza—. No quiero decir que tenga que pasar horas y horas, aprendiendo a tocar un instrumento, pero la he oído cantar para sí misma, cuando cree que nadie está lo suficientemente cerca para oírla.

Tengo algunas baladas encantadoras que me encantaría compartir con usted.

A Anne le conmovieron esas palabras. Había esperado que los invitados del conde la trataran con desdén, pero estas damas fueron tan acogedoras, aceptándola como a una igual y dándole la bienvenida como a una amiga.

Se sintió aún más complacida cuando Lady Amelia chasqueó la lengua y dijo: —Si vamos a llamarla Anne, entonces, debe dejar de tratarnos como a unas ladies.

—Las demás se rieron, aunque asintieron.

Lady Lydia colocó otro cojín detrás de la espalda de Charlotte.

—Nadie espera que se siente al pianoforte, cuando estará mucho más cómoda en esta silla, querida.

La vigilaré para asegurarme que no se esfuerce demasiado.

—Justo en ese momento, la puerta se abrió y los caballeros entraron con paso tranquilo.

Las damas comenzaron a levantarse para unirse a sus maridos, justo cuando Lady Lydia declaró—.

Además, me he asegurado que tengamos música esta noche.

Hay una costurera que ha venido a la mansión, a hacerme un trabajo, y es una pianista muy competente.

¡Ah! Ahí está, así que ya pueden encontrar a sus parejas para el primer baile.

Lady Lydia cruzó el salón para hablar de la música con la costurera, y las demás damas se dispersaron para animar a sus parejas de baile a formar un grupo.

Anne las observó un instante y, como siempre, su mirada se posó en el conde.

Sintió un pequeño vuelco en el corazón, pero enseguida se detuvo.

Lady Sylvia le sonreía. Tenía la mano sobre su brazo y se había puesto de puntillas para susurrarle al oído.

Anne no pudo evitar que los celos la invadieran.

Lady Sylvia había insistido en que no tenía ningún interés en el conde, pero estaba coqueteando descaradamente con él, quien también sonreía y le puso la mano en el hombro.

Sin duda, el conde disfrutaría de la última noche de Lady Sylvia, en Yorkshire, y ni siquiera pensaría en Anne.

Se levantó del sofá y sacudió su vestido, recordándose a sí misma que no tenía derecho a sentir celos.

La punzada de resentimiento, que le atravesó el corazón, la hizo llorar.

Parpadeó rápidamente. Se había expuesto voluntariamente al dolor que sentiría, cuando el conde se cansara de ella, pero no había pensado que sería tan pronto.

Metió la mano en el bolsillo del vestido y tanteó la carta del señor Hargrave, que había guardado allí, antes de la cena.

Era un amargo recordatorio que ella no tenía futuro con Lord Laurence.

Aunque ya ella había trazado su propio camino y tenía que seguirlo.

Lentamente, ella se dirigió hacia la puerta, dejando atrás el animado parloteo y las risas de los invitados, que formaban dos filas, en el centro del salón, mientras la costurera tocaba unos acordes, en el pianoforte.

Ella expiaría su osadía, leyendo la dura crítica que el señor Hargrave había hecho de su persona.

Llegó hasta la puerta, cuando un alboroto al otro lado del salón la detuvo en seco.

Se quedó boquiabierta al ver a Lady Amelia inclinada sobre el respaldo de una silla.

Tenía las nalgas levantadas y la cabeza entre los brazos.

El duque estaba detrás de su esposa y le dio una palmada con fuerza en las nalgas.

Ella chilló, aunque se mantuvo firme, mientras Lord Sebastián le propinaba dos nalgadas más.

Anne lanzó un grito de horror, pero nadie más pareció sorprendido ni molesto.

La duquesa se levantó, se frotó las nalgas y abrazó a su esposo, besándolo apasionadamente.

Anne estaba desconcertada. El castigo la perturbó.

Apretó los puños, recordando el cruel mordisco del látigo del señor Hargrave, la noche que se escapó de casa.

Sin embargo, esta situación era muy diferente.

El duque amaba tan claramente a su esposa, y Anne se removió incómodamente, más por la excitación que la recorría que por la perturbación que le había causado el castigo.

Lady Watford había entrado en el salón, justo cuando se desarrollaba la escena y ahora estaba de pie junto a Anne.

—Sé que es extraño, pero a Amelia le gusta, cuando el duque la azota.

Mire cómo se divierten ahora. —Le dio una palmadita en la mano a Anne—.

A mucha gente la estimula el dolor, la hace más sensible al placer.

El duque jamás le haría daño a Amelia. La ama apasionadamente.

Solo hace aquello que a ella le agrada. —Anne no había hablado mucho con la dama, que tenía una edad más cercana a la de la condesa viuda, que a la suya, aunque tenía un rostro amable y parecía la clase de madre que Anne siempre había imaginado en los cuentos, regordeta y reconfortante.

Anne se mordió el labio. Sus ojos se posaron en el conde, que seguía de pie junto a Lady Sylvia, pero ahora la mirada de él estaba fija en ella.

Incluso a través de la distancia, Anne podía sentir la preocupación de este hombre.

Sintió que la sangre le subía a la cara.

Sin apartar la mirada, le preguntó a Lady Watford: —¿Ese es el tipo de placer que también disfruta el conde?

Lady Watford asintió. —Todos los que estamos aquí pertenecemos a una sociedad que cree que el placer es el mayor bien, y todos sabemos que abrirse al dolor intensifica el placer —asintió levemente—.

Laurie sabe cómo usar el dolor bien dirigido para estimular los deseos, y si usted se entrega a él, la guiará para experimentar un placer inimaginable.

—Se detuvo para sonreírle a su esposo, que estaba a pocos pies de distancia, antes de añadir—, es el amor mutuo lo que transforma la pasión en algo verdaderamente espléndido.

Anne apartó la mirada del conde y la fijó en la duquesa.

Los ojos de Lady Amelia rebosaban de risa, como de costumbre, a pesar que o quizás gracias a las nalgadas, que le había dado su marido.

Sonrió a sus amigas, quienes le devolvieron la sonrisa con rostros que reflejaban simpatía y comprensión.

Todas sabían cómo asegurarse que sus esposos les prestaran la atención que querían, cuando la necesitaban.

Amelia aplaudió. —Bueno, mañana no iremos a York, pero aún podemos bailar esta noche. ¡Vamos! ¡Empecemos!