Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Diez #2
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Capítulo Diez #2

La boca de Loxley se curvó en una mueca de desaprobación. —¿Así es como ves a las mujeres, como cortesanas en lugar de compañeras?

Laurie frunció el ceño mirando a su amigo. —No te he visto buscando esposa —intentó desviar la pregunta del barón.

Loxley negó con la cabeza. —Nunca he menospreciado la idea del amor o del matrimonio como tú.

Anhelo encontrar una mujer a la que amar, a la que cuidar y mimar.

Me atrevo a decir que estaré tan enamorado, cuando conozca a la mujer adecuada, como Theo y Tony lo están de sus esposas.

—Un toque de nostalgia tiñó sus palabras, pero rápidamente reprimió sus propios anhelos y se centró en el dilema de su amigo—.

Siempre has fingido que el amor es un mito, una fábula, a pesar de la evidencia que tienes ante tus ojos.

Laurence contempló el brillante y transparente cristal de su copa de jerez.

—El amor es peligroso. Te tienta con sus chispeantes promesas de alegría, pero te vuelve vulnerable, tan frágil como esta copa.

Con un simple movimiento de mi muñeca, este cristal se haría añicos.

Prefiero mantenerme lúcido, racional e ileso.

—Miró a Lord Sebastián, que estaba lo suficientemente cerca como para oír la conversación.

Laurie se encogió de hombros—. No tengo intención de ponerme en la situación que hizo que Sebastián se derrumbara, cuando murió Selena.

Mi madre tampoco se ha recuperado de la pérdida de mi padre.

Podría haberse vuelto a casar, pero prefiere la soledad a sufrir de nuevo la agonía del amor.

—Miró fijamente la alfombra—. Jamás volveré a darle a nadie ese poder sobre mi vida.

Loxley negó con la cabeza, pero sus ojos se llenaron de compasión y comprensión.

Recordó lo devastado que había estado Laurie al recibir la noticia del repentino e inesperado fallecimiento de su padre.

Estaban en su primer trimestre en Eton, dos jóvenes lejos de casa, por primera vez, y Laurie había quedado destrozado, inconsolable ante la noticia.

Cuando el joven afligido regresó a la escuela, después de unas semanas, su rostro había empezado a mostrar la máscara de indiferencia, que lo había caracterizado desde entonces.

Pero fue el apasionado y escandaloso romance de Laurie con Margareta Wares lo que endureció su corazón y reafirmó su creencia que el amor debía ser despreciado.

Loxley observó cómo la máscara se ajustaba al rostro de su amigo, consciente que sus pensamientos se habían desviado hacia aquella época turbulenta. Le ofreció otra copa de jerez de la bandeja que estaba junto a ellos.

Lord Laurence bebió profundamente, intentando ahogar el recuerdo de la única vez que se había dejado seducir por la trampa del amor.

Sentía el dolor con la misma intensidad que aquel día, hacía casi ocho años.

Las imágenes danzaban en su mente como una historia de terror en una proyección de una antorcha mágica.

Roma estaba sofocante por el calor del verano, e incluso con las grandes puertas abiertas a la terraza y las suaves cortinas ondeando con la brisa, Lord Laurence no lograba refrescarse.

Yacía extendido sobre la opulenta cama, cubierta de seda, con las sábanas arrugadas y apartadas tras una noche de apasionado amor.

Una lenta sonrisa se dibujó en los labios de su sensual boca.

La puerta de la habitación se abrió, y Margareta se detuvo dramáticamente, justo donde la luz del sol de la tarde la iluminaba con mayor esplendor.

La sonrisa del conde se amplió, mientras sus ojos recorrían esas voluptuosas curvas y esa espesa melena oscura que le caía suelta hasta la cintura.

Le tendió la mano, invitándola a acercarse.

—Vuelve a la cama, cariño. Se me ocurren algunas maneras muy interesantes de pasar el tiempo hasta que tengamos que vestirnos para el baile de Lady Rosanna.

Margareta cruzó la habitación, contoneando las caderas con una sensual inclinación a la que él nunca había podido resistirse.

Solo cuando se sentó en la cama, junto a él, notó que ella no sonreía.

Esos ojos castaños oscuros, casi negros, brillaban con pasión, pero Laurie se removió incómodo.

Ella no lo miraba. Los deseos que resplandecían, en esos ojos, no habían sido provocados por él desde hacía semanas.

Seguía siendo una compañera de cama muy placentera, pero fuera de ella se había vuelto irritable y distante, tratándolo con un desdén apenas disimulado.

No estaba seguro qué había hecho para que ese ardor se enfriara ni cómo reavivarlo.

Ni siquiera si quería hacerlo. Solo el orgullo lo mantenía en Roma, el orgullo y la consciencia del escándalo que su aventura con una mujer casada había dejado en Londres.

La agarró del brazo, la atrajo hacia sí y comenzó a acariciar esos magníficos senos. Un hombre podía perderse en esas voluptuosas curvas. Ella se apartó con un chasquido de lengua, visiblemente molesta. Un escalofrío le recorrió el corazón.

—Ahora no, cariño —dijo Margareta con voz distraída.

—¿Qué te pasa, Margareta? —Respiró fuertemente, preparándose para la discusión diaria que tenían sobre la forma en que ella coqueteaba con Lorenzo Rossi.

Los ojos de ella recorrieron los regordetes querubines que adornaban el mural de la pared del fondo de la habitación. Se encogió de hombros. —¿Ya finalizó el pago de esta casa con la señora Mendici?

Laurie frunció el ceño. —Por supuesto. Ya sabes que eso está listo. He alquilado la casa por los próximos dos años, pero si quieres volver a Londres, también puedo arreglarlo.

Laurie estaba muy dispuesto a hacer cualquier cosa que complaciera a su amada y le devolviera la sonrisa.

Margareta hizo un gesto de desdén con la mano.

—Recibí otra de esas cartas molestas de Jasper.

Sigue negándose a concederme el divorcio, y mis finanzas están ligadas a las suyas.

No puedo acceder a nada de mi dote, así que necesito asegurarme que mis intereses estén protegidos.

No puedo regresar a Inglaterra para consultar con un abogado, mientras mi marido se enfurece por mis indiscreciones.

Laurie se estremeció al recordar los problemas de los que ellos habían huido.

Alcanzó la botella de brandy, que estaba en la mesita de noche, y se bebió casi la mitad, intentando ahogar el recuerdo del escándalo, que había conmocionado a la alta sociedad.

Su romance con Lady Margareta, figura destacada de la sociedad londinense y esposa del ministro de finanzas, había sacudido el Beau Monde.

Incluso sus amigos, partidarios de la búsqueda del placer, se habían escandalizado por su flagrante y apasionado romance con una figura tan pública.

Pero a Lord Laurence, conde de Sherbonne, educado para apreciar la belleza y el placer, no le importaban los chismes ni las mezquinas envidias.

Estaba locamente, furiosamente, apasionadamente enamorado de la exuberante Lady Margareta.

Desde la primera vez que la vio, en uno de los bailes del duque de Broadwell, supo que tenía que tenerla.

A los veinte años, sabía que había encontrado al amor de su vida.

No importaba que ella fuera casi diez años mayor que él y que ya estuviera casada.

Ella sonrió, movió sus caderas curvilíneas, y él quedó prendado.