Capítulo Diez
Anne se puso de puntillas y giró de un lado a otro, intentando verse lo mejor posible en el pequeño espejo, que colgaba en la pared de su habitación.
Nunca se había considerado guapa, aunque su nuevo vestido de noche de muselina color rosado hacía que sus ojos brillaran y su piel resplandeciera.
Una diadema a juego mantenía su cabello en su sitio.
Admiraba el efecto general, aunque sabía que en cuanto estuviera junto a la exquisita Clarissa, nadie la consideraría más que pulcra y pasablemente atractiva.
No obstante, Lord Laurence, por alguna razón que Anne no comprendía, había decidido que era lo suficientemente guapa como para coquetear con ella.
Observó su boca y trazó tentativamente su forma con el dedo.
Seguramente era solo su imaginación que aún podía sentir el cosquilleo de la boca del conde sobre la suya, que aún podía saborear ese aroma en la lengua y que su cuerpo aún ardía con el calor de ese tacto.
El eco de esas palabras resonaba una y otra vez en su mente.
«¡Ella es mía!», había dicho, y el recuerdo fue como el calor de una hoguera, después de haber estado a la intemperie, bajo el viento helado y la lluvia.
Negando con la cabeza, ella se apartó del espejo.
Se obligó a recordar cómo Lady Sylvia con el cabello reluciente, a la luz del fuego, y los ojos centelleando como zafiros azules, había estado besando al conde, cuando Anne entró en la sala de billar.
Lord Laurence era inconstante, un hombre que disfrutaba coqueteando con todo tipo de mujeres, y por alguna razón, había decidido que ella, Anne Calverley, era su última coqueta.
Pronto su atención se desviaría hacia otra dama.
Y no podía permitir que su posición como dama de compañía de Lady Lydia se viera comprometida por sus propios sueños tontos.
Tenía que ser sensata. La reputación del conde como libertino estaba bien establecida, y era mordaz con respecto al amor y el matrimonio.
Él dejó muy claro que solo se casaría con una lady con una gran dote y una posición social elevada.
Mientras Anne enderezaba su cepillo sobre el tocador, sus ojos se posaron en la carta que la esperaba, cuando subió a vestirse para la cena.
Las duras líneas negras de la letra del señor Hargrave la reprendían por albergar la fantasía que el conde pudiera sentir afecto por ella, que pudiera verla como algo más que una simple conquista.
No abrió la carta. No había necesidad. Era la séptima misiva que el señor Hargrave le enviaba, desde el día en que intentó arrastrarla a la iglesia y obligarla a casarse con él.
Como todas las anteriores, le advertía que su comportamiento indisciplinado no quedaría impune, la reprendía por descuidar sus deberes con su antiguo prometido, la reprochaba su falta de carácter, y le exigía que ocupara el lugar que le correspondía, como su esposa.
Mientras Anne descendía al salón, intentaba ordenar los pensamientos caóticos, que la atormentaban como hojas al viento.
Sin embargo, toda su buena intención de ser sensata se desvaneció al entrar en el salón, cuando Lord Laurence interrumpió su conversación con el duque de Broadwell.
Su sonrisa era tierna y afectuosa. —Mi pajarita, usted se ve estupenda esta noche. Ese vestido es precioso.
Ante las palabras del conde, el cuerpo de Anne se relajó. Su sangre se calentó al correr por sus venas, enviando destellos de fuego, a su estómago, y humedeciéndola por dentro. Sus ojos brillantes revelaron el placer que la invadía.
Anne se libró de más vergüenza y momentos incómodos, cuando Lady Lydia entró en el salón. Tras saludar brevemente a los demás con un gesto, se dirigió directamente a Anne: —Aquí está. ¿Ha tenido una tarde agradable?
Anne tuvo nuevos motivos para sonrojarse, ante aquel recuerdo de la partida de billar. Se mordió el labio, mientras hacía una rápida reverencia. —Buenas noches, Lady Lydia. Lamento haber descuidado mis deberes con usted. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarla ahora?
Lady Lydia tomó una copa de jerez de un lacayo que pasaba. —¡Bah, muchacha! Todavía no estoy indefensa ni decrépita. No necesito que me mimen desde la mañana hasta la noche.
Las demás damas se agolparon alrededor de Lady Lydia, comentando con entusiasmo el baile planeado para después de la cena.
Anne parpadeó rápidamente, sin saber cómo responder al desdén de la condesa viuda.
La sonrisa en su rostro se desvaneció. Clarissa, siempre atenta y observadora, lo notó.
Entre el murmullo de las voces de las demás, preguntó suavemente: —¿Qué ocurre, Anne? ¿Usted está bien?
Anne intentó reírse levemente, pero la risa se le atascó en la garganta.
—Estoy bien, gracias. Es solo que he descuidado mis responsabilidades con Lady Lydia y no sé cómo compensarla.
—Ella intentó sonar alegre—. Han sido todos tan amables y atentos que corro el riesgo de olvidar que no soy una invitada, sino solo una sirvienta.
Clarissa observó a su nueva amiga pensativamente. —¿Sabe que Lady Lydia siempre decía que nunca tendría compañera, que era perfectamente capaz de hacer todo lo que necesitaba por sí misma?
Anne parecía abatida. Observó cómo Lady Lydia cruzaba el salón con paso firme y comenzaba a hablar con Lord Laurence.
No se había percatado que las demás damas guardaban silencio, escuchando descaradamente lo que Clarissa le decía.
Amelia la rodeó con el brazo y la abrazó con fuerza.
—No hay necesidad de alarmarse tanto. Lo que Clarissa dice, aunque podría haberlo explicado mejor —le dirigió una mirada fulminante a su amiga, pero su sonrisa suavizó la reprimenda—.
Es que Lady Lydia quería cuidar de usted, y la mejor manera de mantenerla bajo su protección era ofreciéndole el puesto de su dama de compañía.
Anne no estaba convencida. —Eso no tiene sentido —protestó—. ¿Por qué me contrataría Lady Sherbonne si no necesitara mis servicios?
Las demás damas se rieron entre dientes, y las miradas significativas se cruzaron entre ellas.
Amelia llevó a Anne hacia un sofá bajo, que estaba junto a la pared del pasillo.
Las demás se agruparon a su alrededor. Amelia le tomó la mano.
—Querida Anne, Lady Lydia es una mujer singular con opiniones e ideas muy firmes.
Le ha tomado cariño, cree que usted merece que la mimen y disfrute de la vida.
También tiene ideas muy claras sobre lo que será mejor para Laurie.
Anne sintió que la sangre le subía a la cara. Se mordió el labio. —No, no. Ella debe saber de la afición de Lord Sherbonne por coquetear con cualquier mujer. Le agradezco que no me despida por mostrar la falta de moral que demostré esta tarde.
De nuevo, las demás se rieron entre dientes. —Es mucho más probable que Lady Lydia la anime a que la despida —le aseguró Charlotte. Tomó la mano de Anne y le explicó con seriedad—. Como todas nosotras, Lady Lydia cree que el placer es el mayor bien.
Anne frunció el ceño. —He oído esa frase varias veces, desde que llegué a Dalen Court, pero no estoy segura de entender lo que significa.
Amelia respondió: —Hay mucha gente que cree que el placer lleva a la perversidad.
Anne asintió. Se había criado en una casa donde incluso el placer más inocuo era mal visto. Su inclinación natural a encontrar deleite en todo lo que la rodeaba, a reír, bailar y disfrutar de la belleza de la vida, le había valido con frecuencia el castigo de su padre.
Amelia continuó: —Pero, nosotras creemos que la vida es para disfrutarla y que si sabemos cómo encontrar placer, haremos la vida más placentera para nosotras y para todos los demás.
Clarissa asintió con seriedad. —He notado que cuando la gente desprecia el placer, sus buenas acciones suelen ir acompañadas de un aire de superioridad moral y desdén hacia aquellos a quienes ayudan.
La ayuda prestada con esa actitud, a menudo, deja a quienes la necesitan con resentimiento y amargura.
Es mucho mejor brindar alegría a los demás, ayudándolos a encontrar placer en sus vidas.
Anne, consciente de su propia educación, aceptó con entusiasmo, y cuando Atkinson anunció que la cena estaba servida, siguió con impaciencia a sus nuevas amigas al comedor, una vez disipadas algunas de sus dudas.
***
Lord Laurence se movió, intentando calmar el latido de la sangre en su ingle, que había mantenido su pene rígido y duro, desde que le había enseñado a Anne a jugar al billar esa tarde.
La observaba ahora, sentada junto a Amelia en el sofá.
Apenas se percató que Sylvia estaba de pie a su lado, intentando llamar su atención.
Le dirigió una rápida mirada a su vieja amiga, pero enseguida volvió a fijar la vista en la joven, que había trastocado sus bien arraigadas opiniones sobre el amor y el matrimonio.
Casi no se dio cuenta, cuando Sylvia se encogió de hombros, y, con una sonrisa, se unió a Lady Lydia, que observaba a las demás damas con una sonrisa enigmática en el rostro.
—Oye. Ese jerez se te va a derramar por toda la camisa, e incluso a Latimer le costará quitar semejante mancha —le dijo Adam Loxley, apartando con cuidado la copa de jerez inclinada de la mano de Laurie.
Lord Sherbonne soltó una breve risa. —Había olvidado que lo tenía en la mano.
Loxley arqueó una ceja. Sus ojos siguieron la dirección de la mirada del conde. —Anne Calverley es una joven fascinante.
Laurie soltó una leve risita, pero incluso para él mismo carecía de la convicción con la que solía abordar este tipo de conversaciones.
—Es una distracción agradable, muy distinta a las mujeres con las que suelo pasar el tiempo.
—Con esfuerzo, apartó la mirada de Anne y apuró el contenido de su copa de jerez—.
Prefiero a las mujeres que no me exigen nada más que placeres pasajeros.
Mujeres como Anne quieren más de los hombres que una noche de placer y una joya cara como agradecimiento.