Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Ocho #3
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Capítulo Ocho #3

Estaban a unas dos millas de la casa, cuando las pestañas de Anne revolotearon sobre sus pálidas mejillas y un leve murmullo escapó de sus labios.

Lentamente, ella abrió los párpados y lo miró con ojos grises y desconcertados.

Con un sobresalto de comprensión, intentó incorporarse, pero el movimiento del caballo y su firme agarre la mantuvieron pegada a su pecho.

A pesar de la situación, una lenta sonrisa curvó sus labios.

Balbuceó: —¿Qué-qué pasó? —Luego respiró fuertemente y sus ojos grises se nublaron con el recuerdo—. El señor Hargrave... —Su voz se apagó.

La sonrisa de Lord Laurence se desvaneció. —Sí, el señor Hargrave. Creo que iba a meterla en un armario de la iglesia, mientras iba a buscar a su padre para que oficiara la ceremonia nupcial.

Anne frunció el ceño, tratando de reconstruir los sucesos de la tarde. —Pero, ¿cómo lo hizo...? —Luego, con un leve rubor, añadió—, milord.

Un trueno resonó en lo alto y Anne se sobresaltó.

El conde, instintivamente, la atrajo hacia el refugio de su cuerpo.

Ella se acurrucó contra él, frotando su rostro contra la suave lana de ese abrigo y hundiendo las manos en el calor de esa bufanda.

Él sonrió. Había algo muy agradable en tener a una mujer, a esta mujer, acurrucada en sus brazos, y confiando plenamente en él para que la protegiera.

Cuando el estruendo del trueno se apagó, aceleró el paso de su caballo, antes de contarle los detalles a Anne.

—Iba de camino a casa, después de inspeccionar algunas de las cabañas dañadas por las tormentas, cuando usted se cruzó en mi camino.

Apenas logré evitar que Bucephalus la pisoteara.

—Se inclinó sobre ella y acarició el cuello del caballo, antes de continuar su relato—.

El señor Hargrave la alcanzó antes que yo.

La arrastraba hacia la iglesia cuando lo detuve, la subí a mi caballo y emprendí el camino a casa.

Anne se mordió el labio. —P-pero, ¿cómo lo detuvo? —Ella se estremeció, más por el recuerdo del fuerte agarre del señor Hargrave, en su brazo, que por la lluvia insistente—. Quiero decir, él es fuerte.

Lord Sherbonne arqueó una ceja. —¿Está sugiriendo que yo no lo soy?

Anne se sonrojó de un bonito color rosado, mientras buscaba las palabras. —N-no, lo siento, milord. No quise ofenderlo, pero yo... —titubeó.

—¿Qué dijo? —preguntó.

Ella se frotó el brazo donde el señor Hargrave la había agarrado. Su voz se quebró. —Sé lo fuerte que es.

El conde frunció el ceño al ver a Anne intentar, inconscientemente, aliviar el dolor en su brazo. Su voz adquirió un tono más severo: —El señor Hargrave ha comprobado hoy que mi reputación en el boxeo está más que justificada.

Anne jadeó. —¿Le pegó un puñetazo?

Lord Laurence soltó una risita. —Sí. ¿Tiene algún problema con eso?

—No, en absoluto —le aseguró ella. Su rostro se tensó con furia—. De hecho, muchas veces he tenido ganas de darle un puñetazo, yo misma.

Esta vez, Lord Laurence se rió tan fuerte que su risa ahogó el siguiente estruendo del trueno. —Sería un placer verlo, pero dudo que sea necesario. No creo que vuelva a molestarla. Él entiende que ahora usted está bajo mi protección.

El silencio se apoderó del lugar, mientras el conde se concentraba en maniobrar su caballo sobre el terreno ahora resbaladizo.

Anne se recostó contra ese pecho, arropada por el calor del abrigo del conde y disfrutando de esa presencia.

La lluvia apenas rozaba el borde de su vestido, y se sentía cálida y segura, más segura que nunca.

Por unos instantes, se permitió soñar con que el conde la rescataba por amor, que la llevaba a su castillo para convertirla en su esposa, como un héroe de los cuentos que tanto le gustaba leer.

Demasiado pronto, su sueño se vio interrumpido por un coro de voces, y se dio cuenta que ya no se movían.

Adormilada, se incorporó, parpadeando para quitarse las gotas de lluvia, que se habían acumulado en sus párpados.

La señora Winthrop estaba de pie, justo dentro de una puerta lateral de Dalen Court, exclamando sobre el tiempo y cómo Anne seguramente se resfriaría; Atkinson estaba dando órdenes, y un mozo de cuadra había sujetado las riendas del caballo.

Lord Sherbonne se deslizó del ejemplar, sujetando a Anne con firmeza.

La rodeó con las manos por la cintura, y la levantó de la silla con la misma facilidad, como si ella no pesara más que un manojo de plumas.

Y entonces ya estaba dentro, mientras el ama de llaves la acompañaba apresuradamente, escaleras arriba, para que se diera un baño caliente y se pusiera ropa limpia.

Un cuarto de hora después, mientras yacía en el agua tibia con aroma a rosas, cerró los ojos, recordando cada detalle de los finos rasgos del conde, cómo el color avellana de esos ojos había brillado casi verde, cuando se reía, y cómo se habían oscurecido hasta adquirir el color del whisky, cuando le explicó que ya no tenía que temer al señor Hargrave.

Aún podía sentir la fuerza de las manos del conde, cuando la levantó de la silla de montar, y el tenue aroma a bergamota y especias, aún se aferraba a su cabello.

Dudó antes de pasar la esponja enjabonada por su cuerpo.

Se resistía a borrar ese aroma tan maravilloso.