Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Ocho #2
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Capítulo Ocho #2

Anne se quedó unos minutos observando cómo el carro avanzaba pesadamente por la calle, antes de girar en dirección contraria.

Su camino pasaba junto a la iglesia y luego atravesaba el bosque de Dalen.

Un escalofrío la recorrió y apretó los puños al acercarse a la imponente sombra del frío edificio de piedra gris, que había sido el centro de su mundo, durante tantos años.

Miró a su alrededor y luego aceleró el paso.

Era poco probable que viera a su padre y al señor Hargrave, a esas horas de la tarde.

Como la mayoría de los aldeanos y arrendatarios, estarían en casa tomando el té.

Pero aun así, el eco de las palabras de Eva le produjo una punzada de inquietud.

Una ráfaga de viento arremolinó la esquina de la iglesia y Anne se ajustó más el manto.

No pudo reprimir un escalofrío, mientras caminaba a paso ligero por el camino, esperando en cualquier momento oír la voz de su padre o sentir los delgados dedos del señor Hargrave, agarrándola del brazo y arrastrándola a la iglesia, donde se vería obligada a casarse con él.

Las solemnes campanas anunciaron la hora desde el robusto y cuadrado campanario de la iglesia normanda, y ella aceleró el paso.

Respiró profundamente. Ya casi corría y trató de frenar, pensando en la taza de té caliente que la señora Winthrop le tendría preparada en la habitación del ama de llaves.

Se sopló las manos frías, incluso a través de sus gruesos guantes de lana.

Ya casi había pasado la iglesia y estaba a punto de desviarse del camino, que atravesaba el bosque de Dalen, cuando la figura de un hombre emergió de las sombras, bajo la torre del reloj.

Le dedicó una sonrisa, pensando que era el sacristán que volvía a casa después de tocar las campanas.

Pero un débil rayo de sol se abrió paso entre las nubes y su sonrisa se desvaneció.

La sombría figura del señor Hargrave se interpuso en su camino.

Ella tropezó.

Esa voz era un siseo bajo, pero aún audible en el silencio de la calle: —Ahora la tengo.

¡Esta vez no se escapará! Pronto aprenderá que nadie se burla de mí.

—La agarró del brazo y ella se resistió, pero esos dedos se apretaron, clavándose dolorosamente en su piel—.

Usted, a todos los efectos, es mi esposa, y no la dejaré impune por la humillación que me causó.

¡Una mocosa como usted no va a vencerme!

—La arrastró hacia la iglesia y ella apretó los dientes contra el dolor de sus afilados dedos.

Con el corazón encogido, supo que escapar era imposible. Su breve momento de libertad había terminado, pero no cedería, ante esa intimidación, sin mostrar resistencia. Levantó la barbilla y miró fijamente al hombre con el que se suponía que se iba a casar.

Él se rió, pero no había humor en su risa. —Cuanto más se resista, más le demostraré que su resistencia es inútil. Parece que tengo la mala suerte de tener que lidiar con mujeres recalcitrantes, pero tengo maneras rápidas de sofocar su rebeldía.

Anne se estremeció al recordar lo que había oído sobre el trato, que él le daba a su hermana, y los dolorosos azotes que ella misma había recibido, los cuales habían sido el detonante de su huida.

Pero el señor Hargrave la empujaba y la jalaba, y ella debía concentrarse para no resbalar.

Tendría tiempo de sobra para pensar en su situación y en la de la hermana del señor Hargrave, en su sombrío futuro.

Con un leve suspiro, se resignó a su destino, preguntándose si Lady Lydia la echaría de menos y si el conde siquiera notaría su desaparición.

Un trueno retumbó sobre sus cabezas, pero Anne apenas se percató de la lluvia, que comenzó a caer a cántaros.

Sentía el corazón hecho un nudo y el estómago le pesaba como una bola.

Observó con la mirada perdida la espalda del señor Hargrave, mientras subía tras él, tambaleándose, los escalones de piedra de la iglesia.

El señor Hargrave aflojó ligeramente el agarre del brazo de Anne, mientras forcejeaba para abrir las pesadas puertas de roble de la iglesia.

Por un instante, Anne se quedó inmóvil, sin darse cuenta al principio que podría liberarse, aunque el sonido lejano de los cascos de un caballo la impulsó a actuar.

Con un giro brusco, se soltó y bajó corriendo las escaleras sin importarle la lluvia ni el frío.

Salió corriendo a la calle, pero la lluvia había convertido el camino en barro.

Resbaló justo cuando un gran semental negro se encabritó frente a ella.

Anne nunca había sido propensa a los ataques de nervios, pero cuando las grandes pezuñas se alzaron sobre ella, vio puntos negros que nadaban ante sus ojos y una oleada de náuseas la invadió.

A lo lejos, oyó al señor Hargrave gritando, y otra voz que la llamaba.

Todo se volvió negro y, por primera vez en su vida, Anne se desmayó.

***

Lord Sherbonne se sobresaltó al ver a Anne Calverley corriendo para bajar por los escalones de la iglesia, justo en el camino de su caballo.

Con destreza e instinto, tiró de las riendas y detuvo a su gran semental negro por los pelos.

Se horrorizó al verla desplomarse bajo las grandes pezuñas de su poderoso caballo.

En cuestión de segundos, el conde bajó de la silla y se dirigió hacia ella, que yacía inmóvil. Pero el señor Hargrave se le adelantó.

El cura gritó, mientras empujaba el cuerpo inmóvil de Anne. —¡Estúpida! Levántese. Viene conmigo ahora mismo. Esta tontería ya ha llegado demasiado lejos.

Lord Sherbonne se sobresaltó ante el arrebato de furia posesiva que lo invadió. Sin pensarlo dos veces, apartó al señor Hargrave y alzó la cabeza de Anne, acunándola entre sus brazos.

—Le pido disculpas, milord —siseó el señor Hargrave—. Pero este es un asunto entre mi esposa y yo.

El conde arqueó una ceja con aire interrogativo y simplemente miró al cura.

—A todos los efectos, ella es mi esposa —balbuceó el señor Hargrave. Intentó agarrar a Anne, pero el conde rápidamente la apartó, dejándola libre, y se interpuso entre ella y su antiguo prometido, protegiéndola.

El señor Hargrave apretó los puños y atacó al conde. Laurie se agachó y, al enderezarse, lanzó un gancho de derecha, que impactó de lleno en la barbilla del cura. Continuó con un rápido puñetazo de izquierda, y el señor Hargrave retrocedió tambaleándose, y cayó al suelo con un fuerte golpe.

El conde se remangó el abrigo y se inclinó para tomar a Anne en brazos.

La sentó en el pomo de la silla de montar y montó ágilmente.

Solo cuando hubo tomado las riendas y arropado a Anne, bajo el calor de su abrigo, se dignó a mirar al señor Hargrave, que se había puesto de pie con dificultad y se frotaba la mandíbula.

—La señorita Calverley está bajo mi protección, y si desea visitarla, deberá pedirme permiso.

Si ella desea verlo, puede visitarla en la mansión, bajo la supervisión de Lady Lydia.

No esperó a que el señor Hargrave respondiera, sino que se alejó trotando calle abajo, alzando una mirada ansiosa hacia las nubes de tormenta que se avecinaban.

***

Lord Sherbonne frunció el ceño al ver el cuerpo inerte de Anne Calverley sobre su silla de montar.

Una mancha de barro, en la mejilla, la hacía parecer aún más pálida de lo normal.

Si no fuera por el leve vaivén de los senos, al respirar, habría dudado que ella aún estuviera viva.

Le ajustó el abrigo, protegiéndola de la lluvia torrencial.

Un ligero aroma a miel y manzana emanaba de esa suave piel.

El conde sintió que su miembro se ponía incómodamente rígido al sentir el frágil cuerpo de ella contra sus duros músculos.

Con un gesto irónico de encogimiento de hombros, Laurie se concentró en mantener a su caballo a paso firme sobre los campos embarrados, mientras reflexionaba sobre el enigma de Anne Calverley.

Habría ayudado a cualquier mujer que se encontrara en semejante aprieto, pero, de alguna manera, con Anne, sus emociones se habían avivado hasta límites insospechados.

La intensidad de sus sentimientos aquella tarde lo sorprendió.

Jamás había sentido tanta ira e indignación, como cuando el señor Hargrave había pinchado a Anne, e intentado arrastrarla por el suelo.

Observó ese rostro, mientras ella yacía en sus brazos.

No era bonita, en el sentido convencional de la palabra.

Ese rostro era demasiado pálido, las mejillas se veían demasiado delgadas y el cabello lucía demasiado liso, pero, de alguna manera, en conjunto, ella resultaba muy atractiva, incluso encantadora.

Durante las semanas que ella había vivido en Dalen Court, él se había encontrado atraído, más a menudo de lo debido, a ir al salón de su madre solo para escuchar la voz melodiosa de Anne, cuando le leía poesía, en voz alta.

Había aprendido a observar la intensidad del color que brillaba en esos ojos, cuando debatía sobre un tema serio, y le cautivaba la dulzura dócil con la que realizaba las tareas que su madre le asignaba.

Sobre todo, disfrutaba oyéndola, cuando se reía, al deleitarse con las travesuras de uno de los gatitos o contemplar una tormenta eléctrica que se extendía por el cielo.

Era una extraña mezcla de carácter vivaz, deseos de complacer, inteligencia y emociones intensas, que cambiaban tan rápidamente, que a veces era imposible seguirle el ritmo.

Esa presencia, en su vida, era como una suave lluvia de verano, que ablandaba la costra que él había dejado crecer sobre su corazón.

Cuanto más cerca estaba de ella, más comenzaban a brotar las semillas latentes de su amor.

No obstante, obstinadamente, él se aferraba a la creencia que el amor era una fábula y que este capricho pasajero no duraría.