Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

Anne se ajustó bien su nuevo manto de suave lana azul al salir de la casa de la señora Turner.

Se rió cuando una ráfaga de viento particularmente fuerte la azotó, agradecida por el fino tejido que la protegía del frío.

Dio un pequeño saltito y giró hacia el camino, que la llevaba a casa, a través del bosque de Dalen.

Sonrió. Jamás se habría imaginado que llamaría hogar a la magnífica casa del conde.

Caminaba a paso ligero con el corazón rebosante de felicidad.

Justo al llegar al final de la calle del pueblo, oyó que la llamaban por su nombre.

Al dar la vuelta, vio a Eva saludándola con la mano.

Anne sonrió ampliamente y corrió hacia donde el granjero Haigh descargaba cajas de nabos y cebollas frente a la frutería.

Eva casi dejó caer la cesta de huevos que llevaba, cuando Anne la abrazó con fuerza.

—¡Qué gusto verte! —exclamaron las amigas, al unísono. Acto seguido, ambas estallaron en risitas.

—Me preocupé mucho, cuando desapareciste sin decir nada, pero Betty, cuya hermana trabaja como ayudante de cocina, en la residencia, me dijo que ahora vives allí. Espero que seas feliz, y veo que lo eres. Tus ojos brillan más que nunca.

Anne sonrió. —Lady Lydia me ha contratado como su dama de compañía, nunca he sido tan feliz.

Eva dejó escapar un suspiro exagerado. —¡Qué suerte tienes! ¡Imagínate poder contemplar al conde todo el día!

Anne se rió, pero su rostro se puso rojo brillante.

—Solo veo a Lord Sherbonne en la cena, y entonces se pasa la mayor parte del tiempo hablando con su madre.

—Ella se removió inquieta, recordando cómo el conde había insistido en que se quedara en el comedor para cenar la noche anterior, y lo amable y comprensivo que había sido, cuando le contó su amistad con Alice.

Negó con la cabeza rápidamente. No podía dejar volar su imaginación.

Le sonrió a Eva, pero esta vez la sonrisa no le llegó a los ojos—.

Soy una sirvienta de alto rango, y mis deberes son hacerle la vida más fácil a Lady Lydia.

De hecho, por eso estoy hoy en el pueblo.

Acabo de entregarle una cesta de comida de las cocinas de la mansión a la señora Turner.

Eva ladeó la cabeza para observar a su amiga. —Lady Lydia siempre me ha dado miedo, y creo que me daría un poco de miedo trabajar para ella.

Anne se apresuró para tranquilizar a su amiga.

—Estoy sumamente agradecida con la condesa.

Es mucho más amable de lo que parece, y mis deberes son realmente muy agradables y ligeros.

—Se palpó el bolsillo. El tintineo de las monedas le recordó que le pagaban por vivir con comodidad y lujo, rodeada de gente amable. Y con el conde.

—Me alegra que todo te haya salido bien.

Estaba muy preocupada cuando desapareciste sin decir nada.

Tu padre estaba furioso, pensé que le iba a dar un ataque de nervios.

Y el señor Hargrave ha estado furioso, desde que te fuiste.

Su habitual alegría se vio empañada por la preocupación. No le gusta que lo frustren.

Anne no había visto al señor Hargrave, desde su desesperada huida en busca de la libertad, pero una semana después de escapar de la vicaría, el vicario Calverley llegó a Dalen Court, en un torrente de justa indignación.

Anne se estremeció más al recordar aquel encuentro que por el viento helado, que soplaba con fuerza en el camino.

Ella bajó las escaleras con el chal que Lady Lydia le había mandado buscar. Se quedó paralizada al oír la voz de su padre resonando en el vestíbulo de Dalen Court.

—He venido a buscar a mi hija degenerada y depravada.

Su pequeña muestra de mal genio e indecencia ya ha llegado a su límite.

Es hora que afronte las consecuencias de sus actos y cumpla su promesa de casarse con el señor Hargrave.

Su tendencia a la frivolidad ha llegado demasiado lejos, y ya no se tolerará.

Una mano gélida se aferró al corazón de Anne, quien se pegó a la pared, esperando estar fuera de la vista.

Sin embargo, Atkinson, el mayordomo, no se dejó intimidar por el intento de su padre de imponerse.

De hecho, se mostró aún más severo de lo habitual cuando dijo: —Lady Sherbonne ha contratado a la señorita Calverley, y por lo tanto, ella está bajo la protección del conde, al igual que todos los que trabajan aquí.

El vicario tragó saliva rápidamente, varias veces, su nuez de Adán subía y bajaba con fuerza. —Insisto en ver al conde. Mi hija ha provocado un escándalo sin precedentes contra su prometido y su familia, ¡debe pagar por su insolencia!

—Su Señoría es un hombre muy ocupado y no suele recibir visitas inesperadas —respondió Atkinson con serenidad—. Si desea dejar su tarjeta, le informaré a su secretario, y él concertará una reunión cuando le sea conveniente a Su Señoría.

Justo en ese momento, el conde apareció en el umbral de su estudio.

Se había quitado la chaqueta y la corbata, y por un instante, Anne olvidó el drama que se desarrollaba ante ella.

Sus ojos estaban fijos en los músculos firmes y desnudos, que se asomaban por donde se abría la camisa de Lord Laurence.

Esa figura alta y robusta llenaba el umbral, y a pesar de esa apariencia informal, esa presencia pareció intimidar a su padre.

Al principio, el conde no dijo nada, limitándose a observar con atención el abrigo negro mate del vicario y sus botas embarradas por la lluvia. Se estremeció ligeramente al ver las gotas de agua cayendo sobre el reluciente suelo de madera de su casa.

Finalmente, Lord Sherbonne habló: —Todo este ruido es muy desagradable. Atkinson, ¿qué es tan importante como para que mi trabajo tenga que ser interrumpido de esta manera tan indecorosa?

Anne se irguió, y el miedo que la había paralizado se desvaneció, ante la autoridad del conde, que incluso doblegaba a su padre.

El vicario Calverley se erizó y comenzó a balbucear. —Ahora, mire, Su Señoría... —Él casi escupió la última palabra, pero guardó silencio, cuando la boca de Atkinson se tensó en una línea de furia indignada y un gruñido sordo resonó en su garganta.

El conde se apoyó en el marco de la puerta de su estudio.

Una expresión de paciencia forzada cruzó su rostro.

—Soy un hombre ocupado y no puedo perder el tiempo en trivialidades.

Diga lo que tiene que decir, vicario Calverley, y luego déjeme retomar los asuntos importantes que su llegada ha interrumpido.

El vicario enderezó los hombros y sus ojos se llenaron de odio y resentimiento.

Su voz se quebró al intentar sonar cortés: —Tengo motivos para creer que mi hija depravada e ingrata buscó refugio en esta casa.

Si bien jamás le permitiré volver a pisar mi respetable y decente hogar, debe regresar a Kenbridge conmigo.

—Su voz se volvió más firme, similar al tono resonante que usaba al subir al púlpito para predicar a los desafortunados aldeanos—.

He repudiado públicamente a Anne, denunciándola como degenerada y despreciable, pero el señor Hargrave está profundamente agraviado por su comportamiento, y está decidido a que regrese y se case con él, como le había prometido.

Incluso ahora nos está esperando en la iglesia.

Anne reprimió un grito de horror, pero el leve sonido que emitió atrajo la atención de los hombres en el vestíbulo.

El rostro de su padre era tan sombrío como el cielo antes de una tormenta.

Alzó la voz y avanzó, como si fuera a subir las escaleras.

—¡Desgraciada! ¡Baja! Tu perversidad no quedará impune.

El señor Hargrave sabe cómo tratar con mujeres rebeldes.

Anne lanzó un grito y se agarró a la barandilla para no caerse. Le temblaban las rodillas, pero dio un paso vacilante hacia adelante. Tenía los ojos empañados por las lágrimas.

El conde apareció entre ella y su padre tan rápidamente que no se percató de su presencia hasta que él habló: —Me parece, vicario Calverley, que como usted ha repudiado a Anne, ya no es su hija y, por lo tanto, ella no está obligada a acompañarlo.

El vicario se irritó y balbuceó, pero su elocuencia habitual había desaparecido. El conde asintió con la cabeza a Anne, señalando el chal que aún sostenía en una mano. —Creo, señorita Calverley, que mi madre necesita el objeto que le encargó recoger.

Anne bajó la mirada hacia la arrugada seda color lavanda que tenía en las manos y soltó otro pequeño gemido.

Dio media vuelta en la escalera y subió corriendo para reemplazarla con una que no se hubiera aplastado por la tensión en sus manos.

Cuando regresó abajo, diez minutos después, el vestíbulo estaba vacío.

La alegre voz del granjero Haigh devolvió a Anne a la realidad: —Bueno, Anne, me alegra verla, pero ya he descargado las verduras, es hora que Eva y yo volvamos a casa. Debería pasar a visitarnos pronto. Eva la echa de menos.

Anne se sonrojó. No quería descuidar a su amiga, pero no estaba segura de las tareas pendientes de su servicio.

Enderezó los hombros. —Claro que sí, en cuanto Lady Lydia me dé una tarde libre.

—Su voz se tornó melancólica al saludar a Eva—.

Aunque estoy muy contenta en mi nuevo hogar, echo mucho de menos nuestras charlas.

El granjero Haigh apresuró a su hija, a subir al carro, y luego se dirigió a Anne. —¿Le gustaría que la lleváramos?

Anne sintió la tentación, pero negó con la cabeza. —Gracias, pero eso implicaría desviarse. La mansión está en dirección opuesta a su granja. —Miró hacia las densas nubes grises que cubrían el cielo. Si caminaba rápido, llegaría al refugio de Dalen Court, antes que estallara la tormenta.