Capítulo Siete #3
Lord Laurence se inclinó hacia adelante y explicó: —Una jovencita quedó embarazada y fue expulsada de la comunidad, de forma bastante pública, si no me equivoco.
—Apuró el vino de su copa y, con otra mirada incomprensible a Anne, continuó—, el vicario no siente mucha compasión por los pecadores, no se caracteriza por su compasión ni sensibilidad.
Anne se estremeció al recordar los horrores de la insensibilidad de su padre y la crueldad del señor Hargrave.
—¿El señor Mosby? ¿El sacerdote que va a trabajar en Mary's Haven? ¡Seguro que no podemos permitir que un hombre así ayude a esas chicas! —exclamó Charlotte.
—¿Señor Mosby? —Lord Laurence pareció confundido por un momento, y luego su mirada se aclaró cuando los demás rieron suavemente y Amelia murmuró—. Las consecuencias del embarazo... Usted confunde los hechos en su mente.
El duque explicó brevemente: —No es él. La chica era de Kenbridge.
—¡Alice! —exclamó Anne. Se sonrojó intensamente al ver que todas las miradas en la mesa se posaban en ella. No se había dado cuenta que había hablado en voz alta.
—Sí, Alice —asintió el conde—. ¿Es amiga suya? ¿La conoce?
Anne se puso roja como un tomate. Un silencio sepulcral se apoderó de la mesa y todas las miradas se posaron en ella.
Tamborileaba con los pies con inquietud, pero intentaba mantener una expresión serena y digna.
Aquellas personas elegantes y de moda la habían tratado con amabilidad, pero su cordialidad se desvanecería tras una capa de altivez, si supieran que entre sus conocidos se encontraba la hija de un herrero.
Y peor aún, una mujer que había caído en desgracia.
Sus pensamientos resonaron con la advertencia de su padre: cualquier mujer que se relacionara con Alice, que le mostrara la más mínima simpatía, correría la misma ignominia.
Pero no podía ser desleal a una muchacha, que había sido una de sus compañeras de juegos de la infancia. Se atrevió a mirar al conde y se sorprendió por la compasión y la comprensión que suavizaban el oscuro color marrón de esos ojos.
Se aclaró la garganta. —Sí, sí, la conozco, aunque no la he visto mucho desde que regresé de Huddersfield...
Pe-ero yo-o es-es-ta-ta-ba allí cuan-ando laa-aa des-deshe-re-re-daron —tartamudeó—.
¡Fue ho-o-rrible! —Se sintió reconfortada por los murmullos de comprensión que escuchaba de los demás alrededor de la mesa.
Levantó la vista y la tensión, en sus hombros, se disipó al ver la amable comprensión reflejada en esos rostros, especialmente en los de Charlotte, que había apoyado los codos, en la mesa de una manera muy poco femenina.
—¿Qué le sucederá? —preguntó Amelia.
—No lo sé. Me alegra que el señor Mosby le haya mostrado amabilidad. No es mala persona.
De nuevo, un murmullo de comprensión y simpatía recorrió la mesa.
Lord Laurence no apartó la mirada del rostro de Anne, mientras respondía a Amelia: —El señor Mosby hizo los arreglos necesarios para que se quedara con mi guardabosques y su esposa. Pensamos que era mejor para ella permanecer en el campo, en lugar de ir a Londres, y ella estuvo de acuerdo.
Anne se quedó boquiabierta y abrió la boca en forma de «O». —¿El señor Memmett? ¿Pero fue amable con ella?
Lord Sherbonne soltó una risita. —Normalmente, es muy amable, excepto cuando cree que alguien está intentando robarme.
Anne enderezó los hombros y miró fijamente al conde, pero él sonrió y sus miradas se cruzaron intensamente, mientras recordaban la humillante captura de Anne.
Ella fue la primera en apartar la vista.
Examinó con atención el faisán en su plato y cortó un trocito.
Aún sentía la mirada del conde sobre ella.
—No habría permitido que Alice se quedara con nadie que la tratara mal —les aseguró.
Anne volvió a mirarlo sin darse cuenta de lo fascinados que estaban los amigos del conde con aquella conversación.
—Le agradezco mucho su preocupación y su atención hacia los necesitados —La intensidad de sus palabras denotaba su gratitud por la protección que él le había brindado, tanto a ella como a Alice.
El conde guiñó un ojo y asintió. —No podía hacer menos. Siempre he tenido predilección por ayudar a las damas en apuros.
—Un auténtico San Jorge —murmuró Theo.
—Así es como van las cosas —añadió Adam Loxley de forma enigmática.
Anne no escuchó esos comentarios ni notó las sonrisas cómplices que intercambiaron Amelia, Charlotte y Clarissa.
La inesperada gentileza del conde la hizo soltarse.
—Creo que Alice está enamorada del hombre y quería casarse con él, solo que…
—Anne se dio cuenta de repente de que no sabía cómo describir esa situación.
No estaba acostumbrada a expresar sus ideas sobre ningún tema, y menos aún sobre uno que solía ser tabú.
—Si ese es el caso y si él también la ama, entonces su matrimonio debe concertarse, antes que el señor Mosby parta hacia Londres —declaró Lord Laurence.
Tras dedicar otra sonrisa al conde, Anne volvió a guardar silencio, dejando que la conversación fluyera, a su alrededor, mientras intentaba calmar los latidos acelerados de su corazón.