Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Siete #2
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Capítulo Siete #2

Con la mano aún aferrada al hombro de Anne, la condujo hacia un asiento vacío entre Lord Donnington y Lord Watford.

Le acercó la silla y, con un suave empujón, la sentó.

Luego él le entregó la servilleta de lino blanco y regresó a su lugar, en la cabecera de la mesa, ignorando las miradas de desaprobación y las sonrisas burlonas de sus amigos.

Anne sintió que la sangre le subía a la cara.

Se concentró en colocar la servilleta sobre su regazo e intentó ignorar la lluvia de miradas curiosas, que le dirigían los invitados cercanos.

Sintió alivio cuando un lacayo, vestido con el uniforme azul claro y crema de la familia Sherbonne, sirvió una porción de consomé de pollo claro y aromático en su plato de sopa.

Ella sumergió la cuchara en el fragante caldo, pero se detuvo al oír la lánguida risa del conde que resonó en la mesa.

Alzó la vista, atraída como siempre por esa imponente presencia, igual de atractiva, cuando estaba rodeado de otros caballeros apuestos.

Se mordió el labio, intentando reprimir un atisbo de celos, cuando el conde se inclinó hacia Lady Sylvia y le acarició la mejilla.

Ella se reprendió mentalmente. El hecho que él hubiera sido amable con ella y se hubiera fijado en su persona antes, no le daba derecho a entregarse a sus fantasías ingenuas.

Anne era muy consciente que ella no era más que una sirvienta de alto rango, y que jamás sería aceptada en el selecto mundo de la alta sociedad.

El conde jamás la miraría como miraba a Lady Sylvia.

Lady Lydia, sentada dos asientos más allá de Anne, también había estado observando a su hijo.

Ahora, con un leve resoplido, declaró: —Si creyera que Laurie realmente ama a Sylvia, fomentaría esa relación.

Sería una nuera encantadora y, supongo, podría ser una buena madre.

—Se encogió de hombros, mientras los invitados, lo suficientemente cerca como para oír sus comentarios, se reían—.

Pero deseo para Laurie algo más que una agradable amistad.

Necesita la pasión del amor verdadero para inspirarlo, para enriquecer su vida, para animarlo a alcanzar su máximo potencial.

—Le dirigió una mirada enigmática a Anne—.

Laurie necesita a alguien que llene su vida de verdadera alegría, no de diversión pasajera.

Lady Sylvia volteó hacia la condesa viuda con sus brillantes ojos azules centelleando de risa.

—Usted tiene razón, Lady Lydia. Le tengo mucho cariño a Laurie, pero no lo amo como una mujer debería amar a su marido.

Conozco la riqueza, la dicha del amor verdadero, y nadie podría reemplazar a mi amado Harry.

—Se detuvo. Sus brillantes ojos se suavizaron con los recuerdos.

Entonces, consciente que todos la miraban con compasión, enderezó los hombros y sonrió—.

He encontrado maneras de ser feliz. Disfruto mucho de la compañía de hombres, como Laurie y Adam, pero no creo que vuelva a casarme jamás.

El conde alzó su copa de clarete hacia su madre.

Con una sonrisa pausada, dijo con voz melosa: —Madre, Sylvia y yo nos llevamos muy bien.

Ninguno de los dos busca el amor, solo el placer.

Una esposa es una carga innecesaria, un inconveniente inevitable, y cuando ya no pueda evitar la inevitabilidad del matrimonio para asegurar el futuro de la dinastía Sherbonne, no permitiré que mi esposa me impida disfrutar de los placeres que ahora tengo.

—Para ilustrar sus palabras, inclinó el rostro de Lady Sylvia hacia el suyo y la besó en los labios.

Anne reprimió un jadeo que contenía una mezcla de incredulidad, angustia y celos.

No se esperaba que el conde se tomara el amor y el matrimonio con tanta ligereza.

Sus opiniones, a su manera, sugerían que era tan insensible y calculador, como el señor Hargrave, en lo que se refería al matrimonio.

No entendía por qué las palabras del conde habían provocado una carcajada entre los demás invitados, especialmente entre aquellos que, evidentemente, estaban felizmente casados y muy enamorados.

Lady Charlotte acarició su vientre abultado por el embarazo. —Según mi experiencia, el verdadero placer se encuentra en el amor.

El marqués de Raeburn sonrió y llevó la mano de su esposa a sus labios.

Lentamente, con delicadeza, besó cada dedo.

Al terminar, volteó hacia el conde con risas.

—Laurie, tu aversión al amor y al matrimonio es cosa del pasado.

Algún día descubrirás lo divertido que es encontrar maneras diferentes de complacer a la mujer que amas, y tu voz sonará muy distinta.

—Mientras hablaba, sus ojos se posaron brevemente en Anne, pero apartó la mirada tan rápido que ella no supo si la miraba a ella.

Lady Lydia añadió con aspereza: —Y yo tendré mis propios nietos.

—Hablando de niños. —El duque de Broadwell cambió hábilmente de tema—. Tuve una conversación muy agradable con el señor Mosby esta tarde. Tiene muchas buenas ideas que beneficiarán enormemente a las mujeres de Mary's Haven.

Lord Laurence se enderezó, su habitual languidez se disipó ante su entusiasmo.

—Siempre he encontrado al señor Mosby muy agradable y complaciente.

Me alegra que le caiga bien. —Dio un sorbo de vino—.

Por desgracia, se marcha justo después de Navidad, y el único aspirante a su puesto es alguien que no me agrada.

El nuevo candidato no siente ninguna simpatía por quienes no comparten su visión tan estrecha de la vida.

Los ojos del conde se posaron en Anne por un instante, y ella se sonrojó. Cuando él apartó la mirada, apretó los dientes. No era culpa suya que el señor Hargrave fuera un hombre tan desagradable.

Lady Amelia se inclinó hacia adelante. —¿Qué quiere decir?

Lady Lydia comentó con ironía: —Querida hija, ¿cree que los sinvergüenzas y los fanáticos solo se encuentran en la ciudad? Le aseguro que abundan en esta zona.

Amelia se rió. —No soy tan ingenua como para creer que solo gente agradable vive en el campo, Lady Lydia, pero Laurie habló como si se refiriera a una situación específica, y me interesa saber de cualquier mujer que pueda necesitar nuestra ayuda.

Anne estaba tan absorta, en la conversación, que terminó su sopa y comenzó a comer en silencio una porción de perdiz asada con peras, apenas consciente de lo deliciosa que estaba la comida, mientras absorbía la conversación que fluía a su alrededor.

El conde removía el vino tinto intenso, en su copa, y Anne no podía apartarle la vista del rostro.

Nunca antes lo había visto tan animado y entusiasmado.

La forma en que esas emociones cambiaban tan rápidamente, de juguetón a irritado, de lánguido a entusiasta, la hacía sentir, como si estuviera dando vueltas y vueltas, como solía hacerlo cuando era niña.

Un minuto antes, ella estaba alarmada y molesta por esa actitud despreocupada hacia el matrimonio, y al siguiente admiraba y respetaba esa compasión por los necesitados.