Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

Anne estaba sentada tranquilamente en una silla cerca del fuego crepitante, bordando un pañuelo.

Soltó una risita, cuando Lady Lydia hizo un comentario particularmente sarcástico sobre los invitados que bajaban del carruaje, que acababa de detenerse frente a la entrada de Dalen Court.

Durante la última hora, más o menos, habían estado llegando visitantes, y Lady Lydia no se había movido de su sitio, junto a la ventana.

Con un chasquido impaciente de la lengua, Lady Lydia hizo una seña a Anne. —Venga aquí, muchacha. Es imposible que vea nada desde allá.

Anne dejó su labor de costura y cruzó lentamente la habitación para reunirse con la viuda.

—Milady —se atrevió a decir al llegar a la ventana—.

No estoy segura que sea apropiado que observe a los invitados del conde de esta manera.

—Bajó la mirada hacia los carruajes que llenaban el camino de entrada y los lacayos que descargaban baúles y cajas, mientras los mozos de cuadra llevaban los caballos a los establos.

Los invitados se saludaban con sonrisas y abrazos.

Anne sintió una punzada de envidia. Aunque disfrutaba mucho de la compañía de Lady Lydia, echaba de menos a sus amigas, y anhelaba la compañía distendida que había tenido con Eva.

No había visto a Eva, desde su fuga de la vicaría, aunque habían intercambiado notas y cartas, dos o tres veces por semana.

Lady Lydia exclamó encantada al ver a Lady Watford, y Anne retrocedió un paso de la ventana, consciente que su posición como sirvienta, incluso una tan elevada como la de acompañante de la condesa, la excluiría de la cálida compañía que compartían los invitados.

Con una obstinada inclinación de la barbilla, controló sus emociones rebeldes, recordándose a sí misma todo aquello por lo que debía estar agradecida.

La condesa viuda miró a Anne y palmeó el alféizar de la ventana con impaciencia.

Anne volvió a mostrarse reticente. —No me corresponde escudriñar a los invitados de esta manera.

Lady Lydia resopló. —¿De qué otra forma va a saber algo sobre ellos?

Es sorprendente lo que se descubre sobre la gente, cuando no se dan cuenta que los están viendo.

—La viuda señaló a una dama muy guapa y visiblemente embarazada que bajaba del primer carruaje—.

¡Ah! Charlotte está aquí. Me alegra que haya logrado convencer a Theo que no iba a dar a luz en el camino.

Un caballero alto y distinguido acompañó a la embarazada Lady Charlotte escaleras arriba, rodeándola con el brazo en un gesto protector.

Justo detrás de ellos, otra dama se apresuraba a entrar por las grandes puertas de madera, que estaban abiertas, buscando refugio en el gran salón de la suave nevada, que había estado cayendo desde la madrugada.

Lady Lydia frunció el ceño. —Esa es Amelia, pero no veo al pequeño Sebastián con ella. —Una sonrisa iluminó su rostro—. Ahí está el niño con su niñera. ¡Qué bien lo pasaremos jugando con él!

Anne observaba en silencio. Todos aquellos lores y ladies eran elegantes, refinados y seguros de su posición en el mundo.

Se alisó las manos sobre el lino azul oscuro de su nuevo vestido.

Era más bonito que cualquier otro que hubiera tenido, pero, comparado con los elegantes vestidos de los invitados que llegaban, parecía campestre, lo que la hacía sentir claramente inferior a esas personas tan refinadas.

Como si pudiera leerle la mente a Anne, la viuda comentó: —Espero que la señora Verril haya terminado los vestidos de noche que le encargué. Le quedarán muy bien para las cenas y los bailes que se han organizado.

Anne giró desde la ventana con el rostro más pálido de lo habitual y sus suaves ojos grises muy abiertos por el horror. —Seguro que no, Su Señoría —añadió casi como si se le hubiera ocurrido de nuevo.

Lady Lydia dejó de observar a los invitados para mirar a Anne, quien se removió incómoda, bajo aquella mirada mordaz y se encogió ante las palabras sarcásticas de su patrona.

—Puede que la señora Verril no sea una de las modistas más destacadas de Londres, pero ha hecho un buen trabajo. ¿No le gustan los vestidos?

Un rubor tiñó el pálido rostro de Anne. Bajó la mirada.

—¡Oh! Lady Lydia, lo siento. No quise sonar grosera ni desagradecida.

—Acarició el sencillo ribete de cinta de su vestido—.

Nunca antes había tenido ropa tan bonita, y la verdad es que me gusta mucho.

Es solo que no esperaba más vestidos —dudó un momento y miró por la ventana.

Su voz se apagó—. No pensé que cenaría con toda esa gente.

Lady Lydia arqueó una ceja. La dulzura de sus ojos contrastaba con la dureza de sus palabras. —Uno de sus deberes como mi acompañante es asistirme, cuando organizo eventos sociales.

Anne tragó saliva con dificultad. —Le pido disculpas, milady. No descuidaré mis deberes.

Lady Lydia resopló y acarició la mejilla de Anne. —Usted es una buena chica y ha sido una excelente compañera. Empiezo a preguntarme qué haría sin usted.

Anne se mordió el labio. Su corazón rebosaba de halagos, pero su mente estaba confusa. Murmuró su agradecimiento y Lady Lydia volvió a observar a los invitados. Tras unos instantes en los que trató de ordenar sus sentimientos, Anne hizo lo mismo.

A través de la nieve, que caía suavemente, pudo ver la figura alta e imponente del conde de Sherbonne saludando a sus amigos.

Su corazón dio un pequeño vuelco, como siempre que lo miraba.

Las semanas viviendo en Dalen Court no habían disminuido en absoluto su admiración por ese físico musculoso, ese cabello oscuro que llevaba un poco más largo de lo que estaba de moda, y esos ojos color bellota.

Ella suspiró. Su aprecio por el conde se había convertido en un enamoramiento.

Cuando se acostaba por la noche, se permitía disfrutar de un pequeño sueño, en el que Lord Laurence estaba igual de prendado de ella.

Se sonrojó al pensar en cómo en sus sueños, él la besaba apasionadamente, la miraba con atención y la acariciaba con ternura.

Ella solía responder a la excitación de ese cuerpo, tocándose entre las piernas hasta que su cuerpo temblaba de placer.

Pero la realidad era que el conde apenas parecía percatarse de su presencia la mayor parte del tiempo.

Apenas le había dirigido la palabra, desde que ella se presentó ante él, siendo acusada de caza furtiva, pero ella escuchaba con avidez las conversaciones del conde con su madre, durante la cena.

Esa voz era profunda y resonante, y le provocaba una oleada de calor.

Le había sorprendido descubrir que podía conversar con inteligencia sobre una amplia gama de temas, desde la guerra en la Península y las opiniones de William Wilberforce sobre la abolición de la esclavitud hasta poesía, música y arte.

Anne siempre había pensado que los libertinos no sabían nada más que de juegos de azar, bailes y flirteos.

Lord Laurence poseía una profunda compasión y empatía, y mostraba mucha más comprensión y simpatía con los aldeanos y granjeros que su padre.

Esa admiración por el atractivo físico se había extendido a la apreciación del noble carácter.

Anne se entregó a su admiración por el conde, a salvo tras la ventana del salón de Lady Lydia.

Sonrió levemente, pero su rostro se congeló, cuando una dama extraordinariamente bella descendió del último carruaje.

El conde la tomó en brazos y la besó con una intensidad que sugería un vínculo muy íntimo entre ellos.

La encantadora dama sonrió a Lord Laurence, acariciándole el rostro con los dedos.

Anne no pudo tragar el nudo, que se le había formado en la garganta.

Estaba tan absorta en la escena, que se desarrollaba en las escaleras de la casa, que no se percató de la extraña mirada que Lady Lydia le dirigió, cuando ella soltó un pequeño suspiro.

La voz de la viuda adquirió un tono aún más seco de lo habitual. —Lady Sylvia decidió venir después de todo. Eso debería complacer a Laurie.

***

Durante las semanas que Anne había vivido, en Dalen Court, se había acostumbrado a las mesas elegantemente puestas, la excelente gastronomía y la agradable compañía, pero cuando entró tras los invitados del conde, al gran comedor, se quedó sin aliento. Jamás había visto ni imaginado tal esplendor.

Docenas de velas de cera ardían con intensidad en las lámparas de araña y candelabros; magníficos arreglos de flores y frutas de invernadero adornaban delicados centros de mesa de plata; copas de cristal y pesados cubiertos de plata repujada brillaban a la luz de las velas.

El salón estaba impregnado de los tentadores aromas de carnes asadas, especias y ricas salsas.

Se mantuvo al margen, observando cómo los invitados, entre charlas y risas, tomaban asiento.

Normalmente, en las comidas, se sentaba junto a Lady Lydia, pero aquella formidable dama, a pesar de su insistencia previa, en que necesitaría a Anne durante la cena, no le prestaba atención.

La condesa viuda sonrió al duque de Broadwell, cuando él le tendió la silla y luego se rió de algo que dijo el marqués de Raeburn.

Anne negó con la cabeza, preguntándose si sería mejor escabullirse discretamente y refugiarse en su habitación. Nadie se daría cuenta si se marchaba. Tras una última mirada a Lord Laurence, comenzó a darse la vuelta.

Apenas había dado dos pasos hacia la puerta, cuando una mano la agarró del hombro, y la voz profunda e imponente del conde la detuvo en seco: —¿Adónde cree que va, señorita Calverley?

Se mordió el labio, pero respondió en voz baja: —No creo que Lady Lydia requiera mi presencia esta noche.

Lord Sherbonne la giró para que quedara de cara a la mesa. —Si va a ser la dama de compañía de mi madre, tendrá que familiarizarse con la gente que ella conoce.