Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Cinco #2
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Capítulo Cinco #2

Anne giró y vio a Lady Sherbonne, la madre viuda del conde, cruzando el lugar.

Era alta y su imponente presencia conservaba gran parte de la belleza, que la había convertido en la reina de su época de debutante, décadas atrás.

Ahora, esas faldas de seda color malva intenso ondeaban al cruzar la biblioteca.

Anne no pudo evitar admirar el pañuelo de encaje que la viuda llevaba sobre los hombros, pero su mirada se posó en el rostro de Lady Sherbonne.

La condesa viuda podía parecer brusca, aunque sus ojos reflejaban ternura y compasión.

La viuda no esperó a que su hijo respondiera, sino que se detuvo junto a Anne y exclamó: —¡Pobre muchacha!

¡Empapada y temblando como un conejo atrapado!

—Empezó a mimar a Anne, emitiendo suaves sonidos reconfortantes, y por primera vez desde que el guardabosques la había capturado, la esperanza comenzó a florecer en el corazón de Anne.

***

Lord Laurence se recostó en su silla y miró a su madre pensativo.

Su irritación por la interrupción de su velada, a causa de aquel absurdo asunto de Anne Calverley, se vio atenuada por la diversión que le producía la situación.

En realidad, debería haberla mandado de vuelta a casa de su padre y haber terminado con ella, pero algo en ella lo atraía y despertó su interés.

No se comportaba como las damas atrevidas, que deseaban disfrutar de un pequeño placer prohibido con él, ni como las jovencitas tímidas, que intentaban coquetear con él porque veían tierras, títulos y riquezas en su futuro.

Él había perfeccionado un trato brusco y desdeñoso, que solía hacer que tales damas se refugiaran bajo las faldas de sus madres, intimidadas por la contundencia de su carácter.

Pero eso no había acallado a Anne, y él disfrutaba de esta situación, un tanto inusual, de una joven que lo desafiaba y, al mismo tiempo, imploraba su clemencia.

Había algo encantador en la forma en que esos ojos se iluminaban, cuando ella exponía su caso, en la manera en que esa barbilla se inclinaba con determinación y esa boca se torcía con vulnerabilidad, mientras ella le imploraba su ayuda.

Él quería que ella siguiera hablando, ver cómo esos suaves ojos grises brillaban, mientras lo desafiaba, persuadirla que entregara esa fuerza de voluntad a su guía.

Ni por un segundo, él creyó que ella hubiera estado cazando furtivamente.

Era mucho más probable que hubiera intentado rescatar al conejo atrapado, pero no había pronunciado ni una palabra en su defensa, mucho más preocupada por escapar de la trampa matrimonial, que se cernía sobre ella que por exculparse de cualquier intento de caza furtiva.

Le recordaba a una pajarita, desesperada por ser libre, batiendo sus alas, incluso estando atrapada en una jaula.

No la culpaba por querer escapar de las garras del señor Hargrave.

Admiraba esa valentía, esa determinación y ese desafío.

Negó con la cabeza, mientras su madre se desvivía por la chica.

Era absurdo que aquella muchacha, con ese rostro delgado y esos grandes ojos grises, hubiera logrado irritarlo, aunque esa sincera súplica para que no la obligaran a casarse con Godfrey Hargrave despertaba sus instintos más nobles.

Quería rescatarla y dudaba, mientras consideraba la mejor manera de hacerlo.

Estaba pensando en qué tipo de empleo podría encontrarle en Dalen Court, cuando llegó su madre.

Lord Laurence interrumpió los arrullos y cacareos de su madre, carraspeando con demasiada fuerza. —Madre, ¿qué problema es tan urgente que he tenido que interrumpir esta entrevista que estoy teniendo? —Su voz denotaba escepticismo, pero también un atisbo del cariño que sentía por su madre.

Lady Sherbonne había dejado el manto de Anne, en una silla, y comenzaba a desatarle el sombrero.

No miró a Sherbonne al responderle: —Mi prima Mary no podrá venir, después de todo.

¿Puedes creer que, después de tantos años, ya ha encontrado con quién casarse?

Ahora me quedé sin la dama de compañía que iba a contratar.

Las cejas del conde se arquearon tanto que casi desaparecieron bajo su cabello. Ella no tenía ninguna prima Mary, y su madre siempre había menospreciado la idea de tener una compañera. Decía que solo las necesitaban las ancianas enfermas al borde de la muerte.

—Madre, lamento oír hablar de tus problemas con la prima Mary, pero lo comentaremos durante la cena.

Ahora mismo estoy ocupado con asuntos más serios.

—Enfatizó demasiado las palabras «prima Mary», pero su madre lo ignoró.

Le puso un chal de lana sobre los hombros a Anne y refunfuñó sobre el pelo mojado y los resfriados.

El conde observó cómo Anne Calverley disfrutaba de la atención de la madre suya.

Esa anterior actitud defensiva había desaparecido junto con el abrigo mojado y el gorro húmedo, y ahora, ella le dedicaba a su madre una sonrisa tímida y agradecida.

Un destello de fastidio lo sobresaltó. Deseaba que Anne lo mirara con esos suaves ojos grises y le sonriera con la misma gratitud, que le mostraba a su madre.

Su irritación lo volvió brusco. —Estaba a punto de pedirle a Atkinson que llamara al magistrado para que se llevara a esta sinvergüenza.

Ya me ha hecho perder suficiente tiempo, y es hora que regrese a casa de su padre.

—Maldijo entre dientes, mientras los hombros de Anne se desplomaban y sus ojos se llenaban de miedo.

Lady Sherbonne rodeó con un brazo los hombros de Anne y le dio unas palmaditas en el brazo.

—¡Tonterías, Laurence! No hay necesidad de asustar más a esta pobre muchacha de lo que ya está...

Ha hecho un esfuerzo extraordinario por escapar, y semejante valentía no debería terminar en un regreso ignominioso, al lugar del que ha huido. ¡Esto no es justicia!

Sherbonne se recostó y se resignó al inevitable desenlace de las maquinaciones de su madre.

No tenía ni idea por qué Lady Lydia se había empeñado en defender a Anne Calverley, y en ese momento, la verdad es que esto no le importaba, salvo que, al dejar que su madre se saliera con la suya, parecía que Anne Calverley se quedaría en su casa, y él podría conocerla mejor con tranquilidad.

Lady Lydia hablaba en voz baja con Anne, mimándola como una gata madre con su gatito recién nacido.

Él se incorporó, con una protesta asomando en sus labios, cuando Lady Sherbonne le dijo: —Enseguida la llevaremos arriba para que se dé un baño caliente, y una vez que esté bien arropada en la cama, le traeremos una buena cena.

—¡Madre! —la reprendió, pero la viuda lo ignoró y sacó a Anne del lugar, a toda prisa, dejando al conde negando con la cabeza, mientras miraba las manzanas que Potkins había apilado sobre su escritorio.

Se apartó del escritorio y se dejó caer de bruces en el sofá frente a la chimenea, mordisqueando una de las manzanas robadas.

La antología de poemas de Byron, que tanto ansiaba leer, yacía en una mesita auxiliar, junto a un vaso de brandy que Atkinson le había servido.

Bebió la mitad del contenido del vaso y luego hojeó el libro distraídamente, pero las palabras no captaron su atención.

Imágenes de Anne Calverley irrumpieron en sus pensamientos.

Por lo general, prefería a las mujeres con más color y más vitalidad, pero ese rostro pálido y esos suaves ojos grises, ese fino cabello castaño claro y esas delicadas facciones lo fascinaron.

La sangre le subió a la entrepierna, cuando ella le suplicó, y no disminuyó.

De hecho, cuanto más pensaba en ella, su miembro se ponía más duro.

Con un gemido, arrojó el libro sobre la alfombra, frente al sofá, y se desabrochó los pantalones.

Su pene quedó al descubierto, largo, duro, rojo y deseoso de atención.

Una gota de líquido brillaba en la punta.

Agarró su miembro con firmeza con su mano grande y usó el pulgar para frotar la gota sobre la abertura y a lo largo del tronco.

Rodeó la punta y retrajo el prepucio. Con movimientos hábiles y experimentados, comenzó a masturbarse.

Cerró los ojos, imaginando los grandes ojos de Anne Calverley abiertos de deseos.

En su mente, la desnudó y la imaginó arrodillada a sus pies.

Esos senos serían pequeños montículos firmes y turgentes, como melocotones listos para ser recogidos y devorados.

Esa piel suave y pálida se sonrojaría delicadamente, mientras él agarraba el cabello liso y suave, y lo usaba como guía al introducir su pene entre esos bonitos y suaves labios.

Apretó la mano alrededor de su miembro erecto, mientras pensaba en lo que sentiría en la cálida cavidad de esa boca, cuando ella lo succionara, lamiera y lo provocara con la lengua.

En su imaginación, sus ojos vagaron por ese esbelto cuerpo, deteniéndose en la oscura sombra entre esos muslos. Los sedosos rizos que cubren la vulva estarían húmedos por los fluidos, revelando esa profunda excitación.

Esos gemidos se hicieron más profundos, y su mano se movía arriba y abajo de su pene con mayor rapidez, retorciéndolo y apretándolo con cada movimiento.

Su pene se calentó y sus testículos se tensaron.

Su semen salió disparado de sus testículos, llenando su pene y salpicando su mano y su ropa arrugada, en largos chorros cremosos. Él gruñó de satisfacción.