Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Cuatro #2
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Capítulo Cuatro #2

La mirada de Sherbonne se dirigió brevemente hacia el mismo lugar, y solo un leve arqueo de cejas delató su sorpresa al ver a Anne Calverley desplomada entre los dos hombres. Ignorándola por un momento, movió el dedo, instando a Atkinson a que proporcionara más información.

El mayordomo enderezó los hombros, con el arrepentimiento grabado en cada rasgo de su rostro y su cuerpo. —Esta muchacha, milord, ha sido traída aquí porque fue descubierta en el acto mismo de robarle a Su Señoría.

Sherbonne recorrió con mirada fría la figura desaliñada de Anne Calverley.

—En efecto —murmuró. Luego se dirigió a la escalera que conducía a sus aposentos—.

Me cambiaré y tomaré algo, y luego seguiré escuchando esto en mi biblioteca.

—Estaba a mitad de camino, cuando pensó en otra cosa.

Miró por encima del hombro a Atkinson—. Espero que mi madre no se haya molestado con este alboroto. ¿Le han avisado de mi llegada?

El mayordomo respiró fuertemente. —Su Señoría estuvo fuera esta tarde, milord, y aún no ha regresado.

—Al menos hay algo por lo que estar agradecido —bromeó el conde, mientras seguía subiendo las escaleras.

***

Anne se estremeció, mientras permanecía de pie entre el corpulento guardabosques y el espigado jardinero.

Se ajustó la capa, pero aún estaba empapada por la lluvia, y la humedad de la capa no le proporcionaba calor.

Una chimenea ardía con fuerza al otro extremo de la larga biblioteca, pero sus carceleros no se habían adentrado más allá de unos pocos pies, en la habitación, y el calor del fuego estaba demasiado lejos para brindarle consuelo alguno.

Anne no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que el guardabosques y el jardinero la habían llevado a la biblioteca, pero el tañido de un reloj lejano había resonado, en la silenciosa habitación, al menos dos veces.

Deseaba desplomarse en el suelo, agotada y miserable, pero su orgullo la mantenía en pie.

Ninguno de los dos le había dicho nada, desde que entró en la biblioteca, salvo una orden brusca, que se quedara quieta y esperara a milord, y una advertencia que no debía pensar que sus lágrimas la ayudarían a librarse de las consecuencias de su mala conducta.

Había logrado controlar sus mocos e intentaba ordenar sus pensamientos, preparada para enfrentarse al conde. Mientras esperaban la llegada de Lord Sherbonne, reflexionó sobre el desafortunado comienzo de su huida hacia la libertad.

La cena en la vicaría se prolongó durante lo que parecieron horas.

Anne se sentía cada vez más consternada ante la idea de casarse con el señor Hargrave.

No podía ni siquiera pensar en él por su nombre de pila, a pesar que pronto sería su esposa.

Cada movimiento de sus manos le provocaba punzadas de dolor, recordándole su crueldad.

Después de cenar, se excusó de tomar el té con sus padres y su futuro esposo, alegando dolor de cabeza.

Su madre, inusualmente indulgente, le preparó un vaso de agua con asta de ciervo, pero en cuanto Anne llegó a su habitación, la tiró por la ventana.

En lugar de prepararse para dormir, se sentó en la dura silla de madera, junto a la ventana, y se puso a pensar.

Sopló sobre las marcas rojas que los golpes del señor Hargrave le habían dejado en las manos, intentando aliviar la agonía.

Con la mente convulsionada y el corazón ardiendo de rabia y rebeldía, se quedó mirando fijamente, durante largos minutos, el vestido gris que colgaba de un gancho en la pared.

No era muy diferente del que llevaba puesto ni de ningún otro vestido que hubiera usado en los últimos dos años.

Su madre le había hecho este nuevo vestido para su boda, diciéndole que era una prenda buena y práctica, que le vendría muy bien para ir a la iglesia los domingos.

Anne contuvo las lágrimas, junto con el deseo juvenil de tener al menos algún detalle bonito que la hiciera sentir especial, el día de su boda.

No tenía nada bonito ni frívolo, nada que no fuera sencillo, práctico y útil.

Incluso su ropa interior, cuidadosamente doblada en una silla, junto al vestido, era modesta y no estaba adornada ni con una cinta ni con un trozo de encaje.

Su imaginación no era suficiente para transformar el vestido en algo parecido, a los que había visto usar a otras jóvenes el día de su boda.

El sombrío vestido gris era un presagio de cómo sería su vida como esposa del señor Hargrave.

Por delante solo le esperaba un trabajo tedioso, monótono e interminable, que variaría únicamente por la crueldad del señor Hargrave, cuando no lograría estar a la altura de sus exigentes estándares.

Un pequeño gorrión marrón saltó al alféizar de su ventana, picoteando las migas de pan, que ella solía dejar para los pájaros, y Anne lo observó un rato.

Cuando hubo comido casi todo lo que encontró, ladeó la cabeza y miró por la ventana, con sus pequeños y brillantes ojos burlándose de ella.

Luego batió las alas y se fue volando, haciendo alarde de su libertad y dejando a Anne aún más solitaria que antes.

Lo vio desaparecer sobre el desolado y desnudo bosque invernal, en dirección a Huddersfield, donde había estudiado durante tres felices años.

Los pensamientos sobre la escuela le recordaron, una vez más, la imprudente sugerencia de Eva que ella podría escapar.

Anne se puso de pie y sacudió su vestido con la decisión tomada.

Seguiría el consejo de su amiga. Huddersfield estaba a menos de diecinueve millas.

Si se marchaba ahora, estaría allí para la fecha prevista para su boda al día siguiente.

Una vez allí, le explicaría su situación a la señorita Smith, quien la había tratado con tanta amabilidad, cuando era alumna en el seminario para señoritas.

Seguramente, ella recibiría la ayuda necesaria para establecerse como maestra o institutriz, y podría cortar todo vínculo con su vida actual.

Nunca más tendría que volver a ver al señor Hargrave.

Con la energía de una resolución firme, cerró de golpe el broche de su maleta.

Era muy ligera, a pesar de contener todas las pertenencias que había empacado para llevar a casa del señor Hargrave, después de su boda.

La bajó con cuidado por la ventana, usando su capa gris como cuerda, y luego se deslizó con destreza por la enredadera de hiedra desnuda, que se aferraba a este lado de la casa.

Al llegar al suelo, recogió sus cosas y, manteniéndose en las sombras, salió del jardín sin mirar atrás a la casa de su infancia.

Su euforia por haber escapado duró poco.

Las densas nubes oscurecieron aún más la noche, y no había luna que le proporcionara ni un atisbo de luz.

No creía que su madre notaría su desaparición, antes del amanecer, pero aun así pensó que era más prudente permanecer en los campos y bosques, en lugar de avanzar por los caminos.

Aunque la mayoría de la gente estaría a salvo y calentita en sus casas, a esa hora de la noche, en una noche tan nublada, no quería arriesgarse a encontrarse con alguien que se preguntara por qué la hija del vicario estaba sola a esas horas, cargando una maleta.

Pronto se vio protegida por los árboles que marcaban el inicio de las extensas hectáreas del bosque de Dalen.

El camino directo a través del bosque solía tomar media hora aproximadamente, a paso tranquilo.

Ella y Eva habían usado a menudo el sendero público, cuando llevaban cestas a los feligreses, que vivían en granjas y pequeñas propiedades alrededor del pueblo.

Anne confiaba en que, incluso en la oscuridad de una tarde nublada, encontraría el camino fácilmente.

Su optimismo se vio un poco empañado cuando, tras caminar unos veinte minutos, las densas nubes se abrieron y un diluvio cayó del cielo. Los árboles desnudos no la protegieron de la lluvia. Era tan implacable que en pocos minutos quedó completamente empapada.

Aunque la humedad la desanimaba, siguió adelante con paso firme, decidida a que ningún contratiempo la disuadiera de su objetivo.

Caminó a trompicones, durante horas, mojada, con frío y cada vez más cansada.

Observó a su alrededor los árboles que se extendían en las millas, en todas direcciones.

Ya debería haber llegado al final del bosque, pero ya no distinguía el camino.

Aun así, continuó. Los árboles debían terminar pronto, y entonces podría encontrar el camino de nuevo.

La lluvia seguía cayendo sin cesar. Ni siquiera un destello de luz indicaba la presencia de una granja o cabaña cercana.

Por primera vez, su valor comenzó a flaquear.

Por un instante, se preguntó qué sucedería si regresaba a casa, pero el recuerdo del brillo de satisfacción sádica en los ojos del señor Hargrave, cuando le había azotado las manos la impulsó a seguir adelante.

Tropezó hacia adelante, cargando la pequeña maleta con la otra mano.

De repente, los árboles se abrieron formando un pequeño claro, y al otro lado del mismo, divisó un pequeño edificio.