Capítulo Cuatro
Anne contempló, desde su ventana, la penumbra del cielo de principios de diciembre.
La lluvia persistente de las últimas semanas le había impedido ver a Eva, desde el día en que le contó la historia de la hermana del señor Hargrave, pero Anne había dedicado mucho tiempo, mientras preparaba las sábanas de su ajuar, a reflexionar sobre lo que había oído.
Incluso se atrevió a comentárselo a su madre, quien la hizo callar con una severa reprimenda y una advertencia que las mujeres respetables no debían manchar su mente, hablando de las nefastas acciones de mujeres de mala reputación.
Esto bastó para convencer a Anne de la veracidad de la historia de Eva.
El tañido del timbre resonó por toda la casa, llamando a Anne para que saliera de su habitación. Bajó las escaleras con paso pesado. No tenía ningún deseo de pasar su última noche de libertad con el hombre que, al día siguiente, sería su marido.
El señor Hargrave se calentaba las manos junto al escaso fuego, que habían encendido en el salón.
Apenas bastaba para mitigar el frío del lugar, y Anne se estremeció, cuando él giró lentamente hacia ella.
No dijo nada, pero la examinó de pies a cabeza con una mirada de triunfo posesivo, que a ella le provocó náuseas.
Una rápida mirada, a su alrededor, confirmó que estaba sola con su futuro esposo.
Su padre estaba en su biblioteca, ultimando el sermón que pronunciaría en la boda, y su madre supervisaba la cena en la cocina.
Ella hizo una reverencia cortés. —Buenas noches, señor Hargrave. Espero que se encuentre bien.
El señor Hargrave la miró con desaprobación.
Anne se pasó las manos por el gris apagado de su vestido, sin entender qué en su modesto atuendo podría haber provocado que el señor Hargrave la mirara con tanta censura.
Él la observó, durante unos instantes de silencio, antes de comenzar un discurso que, sin duda, había preparado con esmero.
—Mañana, usted será mi esposa, y hay algunas cosas que le dejaré claras desde el principio.
Por mucho que admire y respete a su padre, creo que él ha consentido sus caprichos y antojos infantiles.
Una vez casada conmigo, su tendencia a la frivolidad no será tolerada.
No se dedicará a visitar a conocidas insensatas ni a considerar opiniones y argumentos contrarios a los míos.
Su único deber será asegurar que mi hogar funcione según mis expectativas.
No habrá mal humor ni desobediencia. Cualquier falta de conducta, cualquier atisbo de mal humor o desafío, cualquier señal de comportamiento desagradable acarreará mi disciplina inmediata y efectiva.
—Sus ojos brillaron con dureza—. Ha sido mi penoso deber lidiar con una mujer rebelde, en mi familia, y no toleraré ninguna tendencia a la rebeldía, en mi esposa.
—Se irguió en toda su estatura—. Cualquier incumplimiento de mis reglas tendrá consecuencias severas e inmediatas.
Anne se estremeció. No dijo nada, y el señor Hargrave le apretó la muñeca con sus dedos huesudos. Su voz era fría y su mirada era dura: —Usted me responderá cuando le hable.
Anne intentó zafarse de ese agarre, pero esos dedos la apretaron con una fuerza descomunal. —Sí, señor Hargrave —murmuró, pero ella no pudo evitar que el desprecio se reflejara en su voz ni en sus ojos.
Esos ojos ardían de furia. Enseguida, él le apretó el brazo con tanta fuerza, que ella sintió que empezaban a formársele moretones.
—Tal desobediencia, tal insolencia no será tolerada.
—Metió la mano en el bolsillo de su abrigo gris desaliñado, y Anne se sobresaltó al ver aparecer, en esa mano, una gruesa correa de cuero con dos extremos—. ¡Extienda las manos! —espetó.
Anne lo miró fijamente por un instante. Retrocedió un paso, pero se detuvo al chocar con el armario, donde su madre guardaba su mejor juego de té.
El señor Hargrave la observó hasta que ella levantó lentamente las manos con las palmas hacia arriba, frente a él.
La expresión fría permaneció inmutable, mientras él levantaba rápidamente la correa y la descargaba con fuerza sobre ambas palmas.
Anne gritó ante el agudo latigazo. La piel de sus palmas se puso blanca y luego de un rojo intenso.
Bajó las manos, apretándolas con fuerza para contener el dolor.
—¡Mantenga las manos en alto! Todavía no he terminado. Si las mueve de nuevo, la golpearé hasta que queden en carne viva —prometió.
Lentamente, Anne volvió a colocar las manos en su posición original.
Las lágrimas le escocían los ojos, pero no quería darle al señor Hargrave la satisfacción de verla llorar, así que parpadeó rápidamente y miró fijamente al frente.
Él volvió a golpearle las manos con la correa con fuerza, cinco veces más.
Cada vez ella gritaba, pero el orgullo la obligaba a mantener las manos firmes.
Finalmente, él dobló la correa y la guardó en su bolsillo. —Ahora, ya usted sabe que no hago amenazas vacías. La llevo conmigo siempre, y pronto aprenderá a respetar para no ser azotada.
Anne se frotaba las manos y le costaba concentrarse en esas palabras. Levantó la vista y vio que su padre había entrado en el salón, y observaba la escena con indiferencia. —La señora Calverley está lista para servir la cena. —Ese fue el único comentario que hizo.
Anne se sentó a la mesa del comedor, furiosa.
Le costaba sujetar el cuchillo y el tenedor.
Le presionaban contra las ronchas de las manos y la hacían torpe.
No se atrevió a protestar. Su madre ni siquiera la había mirado, cuando se sentó a la mesa, y su padre y el señor Hargrave discutían sobre teología, completamente indiferentes a ella. Ella podría pasar desapercibida.
Anne logró darle un bocado a la patata. Mientras masticaba, las palabras de Eva resonaban en su mente. Quizás podría huir, escapar y forjar su propio destino. Antes que terminara la comida, Anne había decidido que jamás se casaría con el señor Hargrave.
***
Durante la última hora de su viaje, había estado lloviendo sin cesar, y el conde de Sherbonne estaba empapado y algo resfriado.
Anhelaba una velada tranquila, junto al crepitante fuego de su biblioteca, sumergiéndose en la reciente antología del joven Lord Byron, Horas de ocio.
El título reflejaba sin duda el estado de ánimo del conde.
Mañana por la mañana tendría tiempo suficiente para ocuparse de los asuntos de la finca, que lo habían traído a Yorkshire, unos días antes que sus amigos.
Con pasos rápidos, Lord Laurence se acercó a una puerta lateral, más cercana a los establos, que las imponentes y formales puertas de entrada de la casa señorial. La abrió de golpe y se detuvo en seco.
Toda esperanza de una velada tranquila se desvaneció, al entrar en los normalmente apacibles pasillos de Dalen Court.
Atkinson, su mayordomo, habitualmente sereno y tranquilo, paseaba ruidosamente de un lado a otro, insistiendo en que todos guardaran silencio.
Dos lacayos, el guardabosques principal y el jardinero principal habían formado un círculo alrededor de una persona que el conde no podía ver.
El jardinero, el señor Potkins, siseó la palabra «ladrón», y Memmett, el guardabosques, disertaba a gritos sobre el probable destino de los criminales que se atrevieran a robarle al conde.
Su lenguaje, al reprender al cautivo, era pintoresco, más propio de un muelle que de la finca campestre de un caballero.
Los sirvientes tiraban de la persona desconocida, exhortando al ladrón a que se pusiera de pie y dejara de lloriquear.
El caos se agravó con la presencia de tres criadas, que se habían reunido en un rincón, susurrando y riéndose entre dientes.
Incluso la estimada ama de llaves, la señora Winthrop, agitaba las manos y exclamaba horrorizada.
Lord Sherbonne observó aquel caos, en silencio, durante unos instantes. Sus emociones se debatían entre la irritación por el comportamiento indecoroso de sus sirvientes, normalmente tan decorosos, y la diversión que les producían sus payasadas.
Tras unos instantes de silenciosa observación, el conde apareció en medio del pasillo.
Atkinson, el mayordomo, lo vio, y su rostro se contrajo en arrugas de consternación.
Dejó de despotricar tan bruscamente que las criadas alzaron la cabeza sobresaltadas para ver qué ocurría.
Ellas también guardaron silencio de repente.
Con un chillido colectivo, se escabulleron por el pasillo y desaparecieron tras la puerta de fieltro verde que daba a las cocinas.
La señora Winthrop bajó las manos e hizo una reverencia apresurada.
El silencio se extendió por el pasillo y, finalmente, el grupo principal del fiasco se percató de la presencia del conde.
Los dos sirvientes se apresuraron a tomar el abrigo y el sombrero de Lord Sherbonne.
Él se había quitado los guantes, mientras observaba la escena, y ahora se los entregó a Atkinson con una ceja arqueada.
El único sonido que resonaba en el silencio era el sollozo de la persona atrapada entre el jardinero y el guardabosques.
—Buenas tardes —dijo Lord Sherbonne con la misma impasibilidad con la que lo saludaban sus trabajadores con su habitual y tranquila eficiencia.
El mayordomo, a quien Sherbonne jamás había visto irritado o nervioso, balbuceó un saludo. Sherbonne alzó una ceja con sarcasmo y preguntó con serena dignidad: —¿A qué debo esta bienvenida tan inesperadamente animada?
Atkinson recuperó rápidamente su compostura habitual y respondió: —Milord le ruego que acepte mis más sinceras disculpas.
Esta no es la conducta que se espera de los miembros de su casa, y me aseguraré que no se repita jamás.
—Miró con inquietud la figura de una muchacha despeinada a la que Potkins y Memmett seguían sujetando con fuerza.