Una compañera para el conde (Los Lores de Voluptas nº 4) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Anne contempló la lúgubre cena que tenía por delante.

No tenía ganas de probar aquel trozo grisáceo de cordero hervido, que se solidificaba en una salsa pálida.

Con tristeza, hurgó en un trozo de col marchita.

El sol invernal, que había iluminado la mañana, se había desvanecido tras las nubes grises, y la sombría tarde de noviembre no hacía más que amenizar la monotonía de la cena dominical, en la vicaría.

El vicario no permitía encender velas, antes del atardecer.

La voz lastimera y aguda de su madre la hizo levantar la cabeza de golpe. —Anne, estás demostrando una grave falta de modales y gratitud, al jugar con la comida y no comer bien. Esas manías que adquiriste en la escuela no tienen cabida aquí.

Anne colocó con cuidado un trozo de carne, en su tenedor, intentando tragarlo sin saborearlo.

Esto se complicó aún más cuando el señor Godfrey Hargrave, su prometido, añadió su reproche.

Su voz rezumaba una desaprobación moralista: —Me duele profundamente ver a mi prometida mostrar tal ingratitud egoísta, tal falta de aprecio por la buena comida que se le ofrece para su bienestar.

—Miró con disculpa al vicario Septimius Calverley, que comía metódicamente una generosa ración de puré de patatas grumoso sobre el que se había vertido un chorrito de salsa aguada—.

Es una lástima que Anne haya estado expuesta a toda clase de malas compañías, en la escuela a la que asistía.

Relacionarse con algunas de esas señoritas la ha enseñado a sentirse insatisfecha con la vida respetable y sencilla de su hogar.

—Tragó un sorbo de agua—. Me temo que tendrá que enmendar sus errores y aprender a ser más sensata, una vez que sea mi esposa.

El vicario Calverley, que había cenado en silencio, dejó el cuchillo y el tenedor, en el plato, con un golpe seco y miró a su hija con severidad.

Anne intentó mostrar una expresión de perfecta recatada compostura, pero por dentro ardía de furia y de una indignación contenida.

Mordisqueó un trozo de carne para evitar la lluvia de miradas de desaprobación.

El vicario Calverley se aclaró la garganta y comenzó a hablar con solemnidad, como si aún estuviera detrás del púlpito y todo Kenbridge necesitara oírlo reprender a su hija.

Anne, acostumbrada a ignorar la voz de su padre, se preguntó cómo sonaría, si alguna vez él se olvidara de dar un sermón.

Con un suspiro, ella se obligó a concentrarse en esas palabras, sabiendo que él esperaría que recitara algunas de sus frases más elocuentes más tarde, cuando repitiera la lección que él consideraba su deber impartirle.

—… Que te vean sonriendo, que te oigan reír, justo fuera de la iglesia donde acababa de advertirte sobre los peligros de la frivolidad, demuestra una ligereza que presagia un peligro para tu alma.

No me rebajaré a preguntar qué te pareció divertido.

Sin duda, fue alguna nimiedad, y debo disculparme con el señor Hargrave, en tu nombre.

Me avergüenzo profundamente de ti y me decepciona tu comportamiento.

Solo espero que sea la frivolidad propia de la juventud, y no un indicio de una grave falta en tu carácter moral.

Anne apretó los dientes. Estaba acostumbrada a tales reproches de su padre, pero un cansancio repentino se apoderó de ella.

En otro tiempo, había soñado con escapar de la monotonía y el tedio de la vida, en la vicaría, pero su padre había concertado su matrimonio con su protegido y coadjutor, el señor Godfrey Hargrave, y Anne no tenía nada que esperar salvo años de aburrimiento como esposa del pomposo y puritano coadjutor.

No le respondió a su padre, sino que se quedó mirando su plato, arrastrando el tenedor por el puñado de patatas, y luchando contra un repentino e indeseado impulso de llorar.

Tras unos instantes de silencio, su padre se dirigió al señor Hargrave: —Me he enterado que la residencia de Sheriton quedará vacante.

El vicario Mosby se traslada a Londres para ocupar el puesto de capellán, en otra institución.

—Sus ojos duros se posaron en Anne, mientras una mueca de disgusto desaparecía en su boca—.

Es un lugar para mujeres caídas que deberían afrontar las consecuencias de su propia perversidad.

Anne, tan sorprendida, exclamó: —¿El señor Mosby se va? ¡Ay, lo voy a extrañar! Siempre me hablaba con amabilidad cuando venía a cenar.

La mirada de su padre se endureció. —Su partida no será una gran pérdida. Es demasiado indulgente y tolerante con la depravación en los miembros de su congregación.

El señor Hargrave asintió. —Oí que lo vieron bailando en una boda.

Anne reprimió una risita. No podía imaginarse ni a su padre ni al señor Hargrave bailando.

Y entonces recapacitó. Nunca había aprendido a bailar y jamás lo haría.

Una vez casada con el señor Hargrave, no se le permitiría asistir a eventos sociales, donde la gente se divertía.

Tragó saliva y trató de concentrarse en lo que decía su padre.

—Recientemente me vi obligado a escribir al obispo sobre las ideas tan permisivas del señor Mosby.

La hija del herrero, una muchacha descarriada y rebelde, resultó estar embarazada, y la expulsé de la congregación de Kenbridge.

No permitiré que semejante perversidad oscurezca las puertas de mi iglesia.

El corazón de Anne se encogió al recordar aquel terrible día en que Alice fue humillada y rechazada delante de toda la congregación. Las siguientes palabras de su padre le brindaron un poco de alivio: —Mosby tuvo la osadía de aceptarla en la iglesia de Sheriton.

—Un acto de lo más lamentable por su parte. Nunca sirve de nada mimar, a quienes se han desviado del camino de la rectitud. Debería haber sido azotada y expulsada en desgracia. —Cada palabra del señor Hargrave era como una piedra arrojada a un perro callejero.

Una sonrisa sombría, que no lograba suavizar la dureza del rostro del predicador, precedió a sus siguientes palabras: —Dicen que no hay mal que por bien no venga.

Me complace informarle que, al quedar vacante el puesto de vicario de Sheriton, lo he sugerido como un candidato idóneo.

—Se enderezó aún más—. Tengo cierta influencia sobre el obispo.

Ni siquiera un atisbo de sonrisa cruzó el rostro engreído del señor Hargrave. —Se necesitará mano dura para erradicar la permisividad que Mosby ha permitido que impregne esa comunidad, pero creo que está dentro de mis posibilidades.

Anne, sorprendida, preguntó: —¿Acaso Lord Sherbonne no decide quién se quedará con los beneficios de las aldeas anexas a sus propiedades?

El vicario Calverley se irritó. —Las mujeres y las chicas no tienen por qué inmiscuirse en asuntos que son competencia de los hombres.

—Tragó saliva varias veces, y su nuez de Adán se movió al hacerlo—.

Pero, en este caso, te convendría tener algo de comprensión.

El conde tiene voz y voto, pero considero mi deber asegurarme que los mejores candidatos lleguen a su conocimiento.

No hay nadie más idóneo que el señor Hargrave.

Compartimos la misma visión de lo que es correcto y aceptable.

—El reverendo frunció el ceño, a su hija, que seguía jugueteando con la comida que quedaba en su plato—.

El obispo ha manifestado que prefiere que un hombre casado ocupe el puesto, así que, como prometida del señor Hargrave, te corresponde demostrar que eres una mujer de carácter sobrio.

Tu frivolidad esta mañana fue indecorosa y nos dejó en mal lugar, tanto a mí como al señor Hargrave.

Anne apretó los dedos de los pies, dentro de sus botas, intentando contener la frustración.

Las pesadas palabras de su padre avivaron la indignación que bullía en su interior.

Se atrevió a fulminar con la mirada al señor Hargrave, pero su prometido asentía a su padre, cuya autocomplacencia le repugnaba aún más.

Él no se percató de la mirada desafiante de Anne.

—La ligereza y la frivolidad no son cualidades deseables en una esposa —coincidió el señor Hargrave—.

Tal muestra de risitas tontas, como la que se produjo esta mañana, no debe quedar impune.

Espero que mi esposa sea sobria, seria y un ejemplo de conducta decorosa para la congregación.

Espero que la reflexión sobre las palabras del apóstol lleve a Anne a considerar debidamente su comportamiento.

—Lo citó—. Al renunciar a la profanación y a los deseos de la carne, debemos vivir con sobriedad, rectitud y piedad en este mundo.

Anne contempló su plato de comida intacta y se preguntó si Eva, su amiga de tantos años e hija de un granjero próspero, también habría sido reprendida por reírse fuera de la iglesia, esa mañana.

Los labios de Anne se curvaron, en una leve sonrisa involuntaria, al recordar cómo habían visto a Lord Sherbonne saludar a los feligreses bajo el brillante sol invernal.

Ambas habían admirado esos anchos hombros y muslos musculosos, impresionadas por el físico del conde y ese aire de autoridad segura.

Eva lo había comparado con un semental, provocando que ambas soltaran una carcajada, que no cesó hasta que el carruaje del conde se alejó.

El vicario pronunció su veredicto con voz solemne que resonó en la penumbra de la sala.

—Una pequeña privación de lo terrenal le recordará a Anne lo necesario que es ser agradecida y sobria, y le hará comprender la gravedad de su conducta.

—Hizo una pausa dramática, una técnica que Anne le había oído usar a menudo para enfatizar ciertos puntos de sus sermones—.

Se le quitará la cena y no se le dará alimento hasta mañana por la mañana.

Una expresión de alivio cruzó el rostro de Anne, pero su padre lo notó y rectificó. —Para enseñarte la importancia de no desperdiciar la buena comida, este mismo plato se te servirá en cada comida, y no recibirás ningún otro alimento hasta que no quede ni una miga.