Capítulo nueve
El fin de semana había terminado por fin y empezaba una semana nueva, pero nada en ella resultaba fresco ni parecía un borrón y cuenta nueva.
Abby estaba sentada en el muelle, en el aire fresco de la madrugada; no había conseguido dormir.
Nadie más estaba despierto todavía. Solo estaban Abby, el lago inmóvil y la belleza de Alaska extendiéndose a su alrededor.
Aunque era temprano, el sol seguía colgado sobre el horizonte, como había estado toda la noche. Moose Lake Lodge quedaba lo bastante al norte como para que, a finales de mayo, nunca llegara a oscurecer de verdad. Repasó los acontecimientos del día anterior: Buck, Lorna y, por último, Walt.
Sarah le había contado, cuando se pasó a verla antes de irse a su cabaña, que Lorna no recordaba absolutamente nada.
Al despertar y enterarse del estado en que la habían encontrado, Lorna dijo que recordaba haber abierto una botella de vino tinto para dejarla respirar, haberse duchado y servirse una copa. A partir de ahí, todo era un misterio.
Como no había encontrado ningún frasco de pastillas en la cabaña de Lorna y era incapaz de imaginársela destripando un pescado, y mucho menos dejando uno sobre la almohada, Abby dudaba del pulcro final que les habían servido para el caso.
También recordaba lo enferma que estaba Lorna el jueves por la noche, cuando llegó. Sarah había confirmado que de verdad había pasado un virus estomacal y que incluso había tenido fiebre alta. Abby no entendía cómo se las habría arreglado Lorna para envenenar a Buck a la mañana siguiente.
Se abrazó las rodillas y contempló el lago en calma. El agua reflejaba el cielo pálido casi a la perfección, alterada solo de vez en cuando por los círculos que dejaba algún pez al subir hacia la superficie.
En algún punto del otro lado del lago, un somormujo lanzó su reclamo, un grito melancólico que atravesó la quietud, mientras una pareja de patos rozaba el agua en vuelo bajo antes de derivar hacia los juncos.
La barca de Buck seguía amarrada al muelle, donde la habían dejado tras su muerte, balanceándose suavemente contra el amarre, y más adelante, en el mismo muelle, el hidroavión de Jack flotaba sobre el agua, listo para despegar en cualquier momento.
Más allá, las llanuras de barro se extendían a lo largo de la orilla opuesta del lago.
Abby soltó el aire despacio, tratando de calmar los pensamientos que se le agolpaban en la cabeza.
Mientras seguía mirando hacia el fangal, se acordó de un pequeño grupo de biólogos que había pasado una semana en el refugio dos veranos antes.
Habían estado inventariando humedales y cursos de agua por toda la región y, una tarde, los acompañó hasta las llanuras mientras catalogaban plantas, aves y las distintas especies que encontraban en el barro.
Una de las científicas estaba especializada en moluscos marinos y se echó a reír cuando Abby le preguntó qué la había traído hasta un lago de agua dulce. Reconoció que allí no tenía gran cosa que estudiar, pero durante la larga caminata respondió de buena gana a las interminables preguntas de Abby.
Le explicó que ciertos moluscos podían acumular una toxina paralizante de origen natural llamada saxitoxina, que Alaska registraba algunos de los niveles más altos del mundo y que, a lo largo de los años, se habían producido varios casos mortales entre quienes recogían marisco salvaje durante floraciones de algas nocivas.
Abby recordaba la conversación lo suficiente como para mirar con recelo la sopa de almejas del Chef durante el resto de su estancia.
Abby repasó aquella conversación con más detenimiento y recordó que, el viernes por la mañana, Walt había estado revisando el envío de almejas que había llegado para el torneo y apartando con cuidado las malas antes de entregar el resto al Chef.
También había sido Walt quien ayudó a repartir los paquetes de comida para la orilla que Abby había preparado y, como le había contado a Jack, fue Walt quien rellenó los termos de los pescadores antes de que salieran al lago.
Abby apoyó las manos en las tablas desgastadas del muelle y se irguió. Se preguntó si Walt habría conseguido drogar a Lorna de algún modo para teclear después la confesión y montar la escena de forma que pareciera un suicidio.
También se preguntó si habría sido él quien la observaba por la ventana de la cabaña de Buck mientras fotografiaba el libro de cuentas.
Entonces le vino otro recuerdo. Había sido Walt quien había orientado sus sospechas hacia Cody, al insinuar que Buck había amenazado con desenmascararlo en internet por el escándalo de las trampas.
Incluso había llegado a preguntar si aquello habría empujado a Cody a hacer algo. En su momento pareció una observación razonable. Ahora no podía evitar preguntarse si solo había querido desviar la atención de todos hacia otra parte.
Si Danny Greer era de verdad hijo de Walt, de pronto todo encajaba.
Walt tenía un motivo. Había tenido acceso a Buck el viernes por la mañana y apenas nadie lo supervisaba: no era más que un voluntario que echaba una mano.
A Abby le cuadraba mucho más que la oportunísima confesión de Lorna.
El problema era que no tenía más que una teoría, y las teorías no bastaban para acusar a un hombre de asesinato.
Abby miró el reloj: era hora de empezar a preparar el té y el café de la mañana para los huéspedes. Mientras se ponía de pie, el pensamiento se le fue otra vez al teléfono desaparecido.
Aminoró el paso hasta detenerse a mitad del muelle, cuando otra pieza encajó en su sitio.
Lorna estaba inconsciente cuando desapareció el libro de cuentas.
También estaba inconsciente cuando se esfumó el teléfono de Abby.
Era imposible que Lorna hubiera registrado la cabaña de Buck, encontrado el libro bajo el colchón y luego hubiera ido a la cabaña de Abby a robar el teléfono con las fotografías.
Abby frunció el ceño. Quien se había llevado el libro de cuentas se había llevado también el único registro de su contenido. No le habían robado el teléfono por robar: querían destruir las pruebas que ella había descubierto. Y eso significaba una sola cosa.
Alguien sabía exactamente lo que había encontrado, y ese alguien no era Lorna.