Una captura mortal en Moose Lake Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Al salir del despacho, donde dejó a Marge, Abby atravesó la puerta principal del albergue y se detuvo en lo alto de los escalones a aspirar una bocanada de aire fresco.

Marge tenía razón. Había que atender a los huéspedes y darles algo con lo que llenar el tiempo.

Puede que estuvieran confinados, pero se suponía que seguían de vacaciones.

Mientras caminaba, Abby fue repasando ideas y esbozó unas cuantas actividades sencillas que podría poner en marcha al día siguiente.

Nada demasiado complicado, solo lo justo para mantener entretenida a la gente mientras se resolvía todo lo demás.

Y, si lo planificaba bien, aún le quedaría tiempo para averiguar qué le había pasado en realidad a Buck.

Cuando llegó al puesto de pesaje, ya tenía el esbozo de un plan. La pequeña caseta de madera se levantaba a unos pasos de la orilla, con la puerta ancha abierta al lago. Dentro, el aire olía levemente a pescado y a agua del lago, con un fondo de madera vieja.

Una mesa larga recorría uno de los lados, marcada por los arañazos de años de uso, con una balanza instalada cerca del extremo y un libro de registro bien colocado a su lado. Junto a la pared se apilaban cubos y aparejos de repuesto; todo parecía tener su sitio.

Al abrir la puerta, encontró a Walt sentado dentro, recostado en la silla, con un crucigrama extendido sobre la mesa y un lápiz en la mano.

Llevaba la gorra calada, el pelo plateado se le rizaba un poco en las puntas y la cara surcada de arrugas mantenía esa misma expresión serena y reflexiva que Abby ya asociaba con él.

Tenía el mismo aspecto de siempre, como si nada pudiera alterarlo.

—Hola, Walt. ¿Te importa si te acompaño un rato? —preguntó Abby.

—En absoluto —respondió, y apartó el crucigrama para dedicarle una sonrisa cálida—. ¿Qué te ronda la cabeza?

—Buckley Rhodes —dijo Abby mientras se sentaba frente a él—. Nada de esto parece real.

Walt asintió levemente.

—No lo parece. Ha sido un día poco corriente, cuando menos. Algo así… ver cómo se pierde una vida, te hace pensar.

—Bueno, yo no dejo de pensar en Cody Vance —dijo Abby—. Me he enterado de la pelea de anoche. Y, por lo que he oído, ya había mucha tensión entre él y Buck. Y si Buck no murió por causas naturales… —Vaciló un instante—. Entonces Cody me parece alguien en quien conviene fijarse.

—Por lo que vi anoche y esta mañana, diría que es una idea razonable —respondió Walt.

Abby se inclinó un poco hacia delante.

—¿Qué quieres decir?

Walt se recostó en la silla y rememoró los hechos.

—Cody estuvo aquí muy temprano esta mañana —dijo—. Antes que los demás, preparando el equipo. Buck llegó poco después y yo salí enseguida. No quería que se repitiera lo de la noche anterior.

Abby aguzó la atención.

—¿Y?

—Buck vio algo en la barca de Cody —continuó Walt—. Cuando llegué hasta ellos, tenía agarrado el cabo con el que Cody había amarrado la barca y señalaba el interior del casco. Allí dentro había un recipiente.

—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó Abby.

—No estaba vacío —dijo Walt—. Llevaba peces vivos dentro, y bastante grandes. De los que seguramente le habrían hecho ganar el torneo si los pasaba por capturas suyas.

Abby soltó el aire.

—Estaba haciendo trampas… y Buck lo pilló.

—Se los confisqué —dijo Walt—. Pensaba hablar del asunto contigo y con Marge.

Lo primero que se me ocurrió fue descalificarlo, pero…

—Se detuvo—. Me preocupaban las repercusiones.

Alguien con los seguidores que tiene él podría hacerle mucho daño al albergue si el asunto se convertía en un espectáculo público.

—¿Por eso no dijiste nada antes? —preguntó Abby.

Walt asintió.

—Me pareció mejor daros a las dos la oportunidad de decidir cómo manejarlo. Pero también pensaba mencionárselo a Jack cuando volviera. Ahora sí me parece relevante.

—Estoy de acuerdo —dijo Abby, y miró hacia el agua—. Supongo que, de todos modos, volverá pronto.

Walt apoyó los brazos en la mesa.

—La cuestión, Abby, es que Buck dejó muy claro que iba a desenmascararlo en internet.

Abby volvió a mirarlo.

—Y, si eso es cierto —prosiguió Walt—, habría que preguntarse si no lo empujó a hacer algo.

Abby no contestó de inmediato. Le dio vueltas al asunto y lo encajó con todo lo demás que había oído.

—Desde luego, podría ser un detonante —dijo al fin—. Me contó que lleva construyendo esa audiencia desde los catorce años. Son años de trabajo. Si la gente se enterara de que había hecho trampas… —Negó con la cabeza—. Lo arruinaría.

Los rumores del atardecer quedaron interrumpidos por el ruido del motor de una avioneta. Abby se levantó de la silla y salió fuera; rastreó el cielo con la mirada hasta localizar la avioneta de Jack, que se acercaba a baja altura sobre el agua.

—Ahí tienes a tu caballero de brillante armadura —dijo Walt con un pequeño guiño.

Abby se rio y un leve rubor le subió a las mejillas.

—De momento es nuestro investigador. Pero será mejor que vaya a recibirlo. Gracias por la charla, Walt. ¿Te importa si le cuento a Jack lo que me has dicho?

—En absoluto —respondió Walt—. Estaré aquí si tiene alguna pregunta.

Abby le dedicó una sonrisa rápida antes de salir del puesto de pesaje y bajar hacia el muelle.

Cuando llegó, Jack ya había apagado el motor y bajado, y estaba sacando la bolsa de la avioneta. Comprobó el cabo que la sujetaba al muelle y le dio un tirón firme antes de darse por satisfecho.

Entonces se volvió hacia ella y le dio un abrazo breve.

—¿Sigues bien?

Abby alzó la vista y se encontró con sus ojos color avellana.

—Tengo una teoría. —Advirtió un leve ceño fruncido en su expresión—. Y creo que merece la pena escucharla.

Emprendieron el camino de vuelta al albergue a paso lento, con las tablas del muelle crujiendo bajo sus pies.

Mientras caminaban, Abby se lo contó todo: lo que Mary había oído sin querer y lo que había visto, lo que Cody le había dicho y, por último, lo que Walt había presenciado aquella mañana.

Le habló también de la amenaza escrita en el libro de visitas y del reglamento roto, los dos bien guardados en el armario de su despacho.

—En cierto modo tiene sentido, ¿no? —preguntó cuando terminó.

Se habían detenido justo antes de llegar a la entrada del albergue.

Jack bajó la voz y echó un vistazo hacia las ventanas, tras las que se movían los huéspedes.

—Merece la pena investigarlo —dijo—, pero estoy bastante seguro de haberte pedido que me dejaras esto a mí.

—Lo sé —respondió Abby sin apartar la mirada—, pero ¿y si tengo razón?

—Entonces tendrás razón —contestó Jack—. Pero este es mi trabajo. Y ahora mismo estamos en una situación complicada. Yo soy el investigador y, técnicamente, tú formas parte de la escena. Eso te pone en la lista, nos guste o no.

A Abby se le entreabrieron los labios de sorpresa antes de que pudiera evitarlo. Ni se le había pasado por la cabeza que pudieran considerarla sospechosa.

—Si la gente cree que estás llevando el caso conmigo —continuó él—, la cosa empieza a tener mala pinta. No te estoy quitando de en medio, de verdad que agradezco lo que has averiguado. Solo… necesito hacer esto como es debido. Y estoy intentando protegerte, y protegernos.

Vaciló un momento y añadió:

—Esta mañana, antes de hacer nada más, le he hablado de nosotros a mi sargento. El sargento Pruitt me ha dejado el caso, porque este puesto es mío y no hay nadie libre. Pero está revisando todos los informes que envío. Y eso significa que no puedes estar presente en ningún interrogatorio formal.

—Lo entiendo —dijo Abby en voz más baja.

Jack se ablandó un poco.

—Vamos. Hablemos con Marge.

Media hora más tarde, Jack se sentó con Cody en el despacho del albergue y cerró la puerta.

Abby había ido a buscar al armario el libro de visitas y el reglamento roto, y se los había entregado nada más empezar.

Ahora esperaba en el pasillo con Marge, que se había negado a pasar de allí.

Walt estaba apoyado en la pared junto a ellas, listo para dar su versión si Jack lo necesitaba.

No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera y Jack llamara a Walt para que entrara. Unos minutos después, la voz de Cody se alzó lo suficiente para atravesar la madera.

—¡Madre mía! Sí, vale, ¡sí! Pensaba hacer trampas.

Marge le lanzó a Abby una mirada elocuente. Abby fingió no darse cuenta y se quedó exactamente donde estaba.

—Después de lo que Buck dijo de mí en esa entrevista, sentí que tenía que demostrar lo que valía —siguió Cody—. Y yo no tengo tanto dinero como él. Ganar esto me habría puesto delante de los patrocinadores. ¡Pero eso no significa que lo haya matado!

La respuesta de Jack sonó demasiado baja para entenderla. Cuando Cody volvió a hablar, parecía avergonzado.

—Sí, yo escribí eso en el libro de visitas. Y rompí el reglamento. Fue una niñería, lo sé. Seguía cabreado después de la pelea.

Abby soltó el aire despacio. Al menos aquello explicaba lo del libro de visitas.

Veinte minutos después, la puerta se abrió de nuevo. Walt salió primero y le hizo un pequeño gesto con la cabeza a Abby antes de volver hacia la estación de pesaje. Cody lo siguió con el portátil bajo un brazo y un pequeño maletín rígido en la mano. Se detuvo al verla.

—Tu agente tiene una copia de todo —dijo—. Pero, ya que me tenías por asesino, mejor que lo veas tú misma.

Dejó el portátil sobre la mesa del pasillo, lo giró hacia ella y dio unos golpecitos en el maletín.

—Punto de acceso por satélite. Emití en directo desde el momento en que salí del muelle hasta que volví. Este es el archivo en bruto, sin editar. Siete horas, de principio a fin.

Abby miró más allá de él, hacia Jack, que había aparecido en la puerta del despacho.

—Es una coartada sólida —dijo Jack en tono neutro—. Aun así voy a comprobar las marcas de tiempo con la tarjeta de memoria de la cámara y con los registros del proveedor de satélite. Una grabación larga no es una prueba por sí sola.

Cody se encogió de hombros.

—Comprueba lo que quieras. Está todo ahí.

Abby se quedó de piedra. Había estado tan convencida de ir por el buen camino que, con todo lo que Cody acababa de mostrarle, su teoría se le deshizo delante de los ojos.

Después le vino una punzada de bochorno y de vergüenza.

Había deseado tanto resolverlo que casi se había convencido a sí misma, y le había estado echando la culpa a alguien que bien podía ser inocente.

Jack se inclinó sobre la pantalla, detuvo el vídeo y lo rebobinó unos segundos. Abby se acercó, atraída a su pesar.

En las imágenes, Cody sostenía la cámara y recorría con ella el paisaje a su alrededor; a lo lejos, la barca de Buck avanzaba a ritmo constante por el agua, alejándose de él. Muy por detrás, apenas perceptible al principio, la seguía otra barca.

Abby se inclinó hacia la pantalla.

Entonces la cámara volvió a girar hacia la proa de la barca de Cody y se perdió la imagen de Buck y de la embarcación que lo seguía.