25 #2
«Jenna Murphy, no he acabado contigo».
Un pensamiento de venganza se cruza en el momento más inapropiado, pero agradezco que Sarah nos interrumpa cuando admite levantando la mano desde la distancia:
—¡Culpable! Soy yo la que está embarazada… de gemelos y… también desempleada.
Mi hermana mayor comienza a gimotear. Siobhan pone los ojos en blanco, saca otro pañuelo para pasárselo mientras resopla y toma la palabra.
—A ver, aquí la lianta soy yo. Me dejé llevar por unas pruebas de embarazo, convencida de que eran de Aisling…
Pero me equivoqué y metí la pata hasta el fondo.
¡Hala, ya está! Reconciliaos de una vez.
Estáis hechos el uno para el otro, tortolitos.
La vida es preciosa, el amor os tiene atontados y quiero dejar de escuchar a Aisling llorar por todas las esquinas mientras intento conciliar el sueño por las noches —suelta de carrerilla.
Todos estallan en una carcajada. Excepto yo, que reprimo un gruñido.
—Chicas, vámonos al pub . He preparado chocolate caliente para entrar en calor. Así dejamos a la parejita que se aclare —añade Chiara con una sonrisa angelical.
Pese a las protestas de Siobhan, las tres se alejan para dejarnos charlar a solas.
—He tenido mucho tiempo para pensar estos días en el hospital —explica Axel y siento un nudo en el estómago que me hace presagiar lo peor—.
Al principio, nada de esa historia me cuadraba y luego pensé que quizá tenían razón.
Llevabais un tiempo prometidos y vivíais juntos.
Tal vez creí que queríais daros otra oportunidad…
—Nunca, Axel —respondo, conteniendo la congoja que me atraviesa por dentro—. Mi relación con Riley acabó minutos antes de que tú y yo nos conociéramos por primera vez.
—No quiero llegar a tu vida para ocupar el lugar de nadie. Quiero estar a tu lado porque me elijas libremente, sin dudas y sin mirar atrás.
—Axel… —murmuro con la voz entrecortada—. Todo eso ya lo he hecho. Todo este viaje me ha servido para elegirme a mí misma. Pero también para elegir a la persona con la que quiero compartir mi vida y construir un futuro. Y esa persona eres tú. ¿Qué necesitas para creerme?
Desvía la mirada y se muerde el interior de la mejilla. Hace una pausa prolongada antes de admitir:
—Pensé que te perdía.
—Sí. Me perdiste. Te perdí. Nos hemos perdido unas cuantas veces durante estos meses, pero luego nos hemos vuelto a reencontrar. Quiero creer que fue el destino el que nos dio otra oportunidad. Que conocernos en aquella colina no fue casualidad.
Permanece unos segundos en silencio, hasta que al final confiesa:
—Yo también lo creo.
—¿Ah, sí? —exclamo, perpleja.
—Sí —asiente con una sonrisa suave—. Estos días le daba vueltas y…
cuanto más lo pienso, más claro tengo que el azar quiso que conociera a la mujer de mi vida justo en ese instante.
Que nos perdiéramos y que, después, volviéramos a coincidir, no una, sino dos veces más.
Creo que ya va siendo hora de hacerles caso a las malditas señales de las que siempre habla Chiara.
Nos reímos y por mi mente desfilan retazos de todo lo que hemos vivido estos últimos meses. Siento que el corazón se me desborda en el pecho, pero esta vez es de felicidad.
—Te quiero, Axel.
Me mira fijamente, como si quisiera grabarse a fuego cada palabra que estoy diciendo. En sus ojos veo ahora esperanza, felicidad y algo de cautela. Quizá no termina de creérselo o, tal vez, quiera saborear el momento.
Recorta la distancia que hay entre nosotros y coloca su frente sobre la mía. Nuestros alientos se entremezclan y siento una sensación de calma y hogar, como si por fin todo encajara en su sitio.
—Te quiero, Chica de Galway. No te voy a soltar nunca más —susurra en una declaración que me atraviesa el alma.
Sus labios encuentran los míos.
—Jamás. Ya no pienso perderme de nuevo —prometo, acurrucándome contra su cuello—. Pero vamos a entrar en el pub , hace un frío que pela y estas tres cotillas llevan un buen rato mirándonos desde la ventana para ver si pueden enterarse de algo.
Suelta una carcajada y me acerca aún más para envolverme en un abrazo lento, pausado, como si fuera el primero de todos los que aún nos quedan por darnos.
—Por cierto, esa camisa de cuadros que llevas bajo el abrigo me suena —me recuerda, divertido.
—¿Ah, sí? —respondo con una mueca burlona mientras camino hacia el bar—. Se la robé a un macizorro con tatuajes que me encontré en un festival.
Se detiene de repente, me rodea la cintura y se lanza a devorar mis labios en un gesto que me hace temblar todo el cuerpo.
Permanecemos unos segundos saboreando nuestros besos mientras la gélida brisa juega a nuestro alrededor, arrastrando el aroma salino del puerto. Sobre nosotros, los últimos rayos de sol batallan por abrirse paso entre las espesas nubes.
Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que mis heridas van cicatrizando poco a poco. Ya no tengo prisa. No necesito planes grandilocuentes ni desmesurados actos de amor sobre un escenario. Porque estos detalles, estos pequeños instantes de felicidad, son todo lo que buscaba.