25
Abriendo compases
M e miro en el pequeño espejo de la visera del coche por décima vez para comprobar que mi pintalabios sigue intacto.
—¿Quieres parar de una vez? Me estás poniendo nerviosa —me reprocha Siobhan desde el asiento trasero.
He pedido a mis hermanas que me lleven a Kinsale para poder hablar con Axel y explicarle la situación de una manera…
un tanto excéntrica. Vamos, muy en la línea de mis brillantes ideas.
No solo ellas están en el ajo; Oliver y Liz también han tenido que hacerse pasar por una empresa de eventos para contratar el barco de Axel.
Un servicio que pagaré con gusto ahora que he aceptado la oferta de trabajo en su agencia.
Además, llevo varios días hablando por teléfono con Chiara.
Al principio, se mostró reacia a involucrarse en una mentira más de la que yo era partícipe por segunda —o tercera— vez.
Sí, ya sé que no estoy haciendo muchos méritos con ella y que mi carta de presentación ante su familia no podía ser más chapucera.
Pero vi un atisbo de esperanza en sus ojos cuando admitió que jamás había visto a su primo tan pillado por alguien como lo estaba de mí.
Me advirtió de que más me valía que esta fuera la definitiva y que, como los vuelva a engañar, me atenga a las consecuencias.
Me encanta esta chica; creo que seremos grandes amigas.
Se nota que quiere y protege a Axel como si fuese su hermano mayor, y a mí me reconforta saber que cuenta con una familia que lo apoya de manera incondicional, a pesar de su delicada situación familiar.
Mi abuela es otra de las cómplices. Me ha visto llorar a moco tendido estas últimas semanas.
Ha sido mi apoyo emocional en esas noches en las que echaba demasiado de menos a Axel, y en las que solo quería decapitar a Riley y a Jenna cada vez que me venía a la mente el numerito que me montaron en San Esteban.
—Vale, chicas, repasemos el plan —sugiero, tamborileando los dedos contra mis piernas—.
Cuando lleguemos al puerto, Axel debería estar ya en el barco ultimando todo para zarpar.
Yo cogeré mi vieja guitarra y rezaré a todas las diosas celtas para que mis dedos recuerden cómo tocar algo decente en cuanto ponga un pie en la pasarela.
—Perdona, pero ¿me estás diciendo que vas a subir al mismo barco que te dio auténtico pánico hace unos meses? —protesta Shiv, gesticulando de manera exagerada con las manos—. ¿La chica que de pequeña rodeaba hasta los charcos de agua?
—Sí, y me siguen dando respeto —admito, dispuesta a abrirme en canal para contarles mis más íntimos temores—. Pero con Axel es diferente; él me da seguridad. Y, además, tengo que confesaros algo…
—No me digas que tú también estás embarazada —me reprocha mi hermana pequeña frunciendo el morro—. Bastante tengo con mentalizarme de ser tía de una criaturita como para pensar en dos.
Sarah empieza a toser con ímpetu y aminora la marcha al llegar al último cruce antes de entrar en el pueblo. Le ofrezco una botella de agua, pero hace un gesto con la mano para indicarme que está bien.
No sé por qué me cuesta tanto abrirme con mis hermanas.
Supongo que siempre he sido la encargada de mantener la buena sintonía en la familia y, en el fondo, temo que, si yo me derrumbo, ellas no tengan a nadie que las sostenga.
Pero recuerdo la conversación que tuve con Axel, así que, al final, me atrevo a contarles mis sesiones con la psicóloga y cómo mi miedo al agua está relacionado con el accidente.
Incluso les hablo de aquella pequeña visita a la pista de hielo el año pasado, justo después de que Sarah descubriera el secreto de su padre biológico, en el mismo lugar donde nuestro abuelo nos dio la noticia de la tragedia de nuestros padres.
Se quedan perplejas mirándome y enseguida empiezan a disculparse por todas las bromas que han hecho a costa de mi pánico al agua. Sarah evidencia que está a punto de romper a llorar y Siobhan se muerde el interior de la mejilla, presa del remordimiento.
No las culpo. Siempre fui un poco dramática y jamás imaginaron que ese temor escondiera algo mucho más profundo. Aun así, desahogarme me produce un enorme alivio y, durante unos instantes, las tres guardamos silencio, cada una perdida en su propio monólogo interior.
—Sarah, ¿qué pasa? —apunta mi hermana, colándose entre los asientos delanteros—. Estás muy callada hoy. ¿No tendrás algo que contarnos tú también?
—Aquí donde ves a la enana, tiene mucha intuición; rara vez se equivoca —añado, girándome hacia ella—. Se nota que la sabiduría ancestral de la abuela corre por tus venas.
Shiv muestra un gesto de orgullo, pero nos volvemos hacia nuestra hermana mayor en cuanto empieza a explicar:
—Chicas…, he hablado con Recursos Humanos y no me van a renovar el contrato —confiesa cabizbaja—. No es que no estén satisfechos con mi trabajo, sino que están recortando personal. Solo me han ofrecido volver a mi antiguo puesto como contable en Nueva York.
Chasqueo la lengua y suelto un resoplido. Siobhan y yo cruzamos una mirada de comprensión mezclada con impotencia, y ella añade:
—Lo siento, sis . Justo en el peor momento, ahora que te has enterado del embarazo.
—Bueno, piensa que no ibas a volver, de igual manera —admito, intentando aferrarme al lado positivo—. Después de todas estas noticias, no creo que nada pueda empeorar hoy.
—Estoy embarazada de gemelos —suelta a bocajarro y abrimos los ojos de golpe.
El coche de detrás no deja de tocar el claxon, porque la luz del semáforo ha cambiado a verde hace unos segundos, y mi hermana se ha quedado pegada con las manos al volante.
—¡Ay, Dios! Aparca enfrente de ese pub . Ahí trabaja la prima de Axel —ordeno al contemplar el gigantesco mural que decora el lateral del establecimiento.
—Creo que no es un buen momento para decir que quiero reabrir la pastelería de los abuelos —murmulla Shiv entre dientes, por si aún teníamos ganas de más noticias frescas.
Veo cómo Chiara sale del bar y se dirige directa hacia nosotras.
—A mí me va a dar un infarto hoy —les acuso, llevándome la mano al pecho—. Tenemos una conversación pendiente, jovencitas.
—Hola, chicas —nos saluda Chiara con una preciosa sonrisa dibujada en el rostro.
Nos da un abrazo, primero a Sarah y luego a mí, para acabar con Siobhan, que rechaza el gesto y le tiende la mano.
¿Pero qué mosca le ha picado a esta hoy? Chiara estará pensando que somos una familia de piradas.
—Vale, Aisling, Axel lleva ya un rato esperando en el barco —dice la joven de larga cabellera morena y rizada. Por su aspecto, parece más una chica de rasgos mediterráneos, pero unas marcadas pecas delatan sus raíces irlandesas. —Por favor, solo te pido que no la cagues esta vez.
—Mira… sé que no hemos empezado con el mejor pie —reconozco, cogiéndola de las manos—, pero cuanto más pienso en Axel, más claro tengo que es el hombre de mi vida.
Es con quien quiero acabar cada día y empezar todos los que vengan después.
Quiero que… Quiero que sea mi refugio en las tormentas y mi compañero para compartir cada victoria que venga. Y yo quiero hacer lo mismo por él.
Siobhan frunce el ceño con una mezcla de estupor mientras que Sarah y Chiara me observan emocionadas, escuchando cada palabra. Yo ya he cogido carrerilla y solo puedo seguir confesando:
—Necesito que me escuche, que sepa que es la mejor lotería que me ha tocado en mucho tiempo.
Quiero decirle que me montaría en mil barcos, que haría frente a todos mis temores con tal de tenerlo a mi lado para cogerme de la mano.
Porque estoy convencida, con toda la certeza que me nace del alma, de que no existe otra persona en el mundo que encaje de manera tan perfecta conmigo como él.
Es la primera vez que exteriorizo todos estos sentimientos, así que no me extraña que las tres se hayan quedado petrificadas. Tras haber ensayado toda la semana, las palabras han terminado saliendo solas, motivadas por mi temor a perderlo después de lo ocurrido.
—Estoy segura de que eso él ya lo sabe. —Chiara curva sus labios hasta su máxima expresión y me alienta a girarme para quedarme frente a él.
—Aisling… —me llama Axel, que parece haberlo escuchado todo.
—Hola… —susurro, intentando que el corazón no se me escape por la boca.
Veo por el rabillo del ojo cómo las chicas se apartan para dejarnos un pequeño espacio de privacidad. Sarah llora a moco tendido, Siobhan rebusca un pañuelo en el bolso y Chiara la abraza para calmarla.
Pero yo solo puedo centrarme en él.
Me pierdo en sus ojos, en ese miedo que intenta disimular, en el cansancio acumulado de estos días sin vernos y, a pesar de todo, en el brillo de esperanza que se le escapa cuando me tiene tan cerca.
No me había preparado mentalmente para tenerlo aquí, tan de repente, tan real.
Pensaba que todavía contaba con unos minutos más para recomponerme antes de verlo en el barco.
Por eso, cuando por fin lo tengo frente a mí, todas las palabras que he preparado durante días se me quedan atrapadas en la garganta, pugnando por salir de una vez.
—Antes de nada… —vacilo con voz temblorosa—, quiero saber si tu padre está bien.
Axel traga saliva y se humedece los labios antes de contestar:
—Ha tenido días mejores, pero está estable.
—Me alegro —digo, esbozando una media sonrisa cargada de consuelo—. No he querido molestarte porque sé que estabais en el hospital, pero Chiara me ha mantenido al tanto de su situación.
—Lo sé. Necesitaba unos días a solas con mi familia. —Se lleva la mano a la cabeza y se frota la nuca—. Perdona por no devolverte las llamadas.
—No, Axel. La que tengo que disculparme soy yo, por no haber sabido reaccionar como debería en el concierto.
Me quedé… Me quedé congelada cuando soltaron aquellas estupideces delante de la gente —admito con el corazón a punto de desbocarse por la boca—.
No estoy embarazada, ni me voy a casar con RJ ni mucho menos voy a comprarme una casa en la antigua destilería.
¿Pero a quién demonios se le ocurrió semejante barbaridad?