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Cerrando etapas
E l aeropuerto de Heathrow me da la bienvenida al país que ha sido mi hogar durante más de cinco años.
He cogido el primer vuelo de la mañana para estar en la discográfica en cuanto abrieran sus puertas.
Llevo un buen rato dándole vueltas a lo que ha pasado durante la última semana y ya he meditado cuáles serán los siguientes pasos para seguir adelante con mi vida.
Quizá me arrepienta de mi decisión. Quizá acierte. ¿Quién sabe? La única certeza es que, después de lo que he pasado durante estos tres meses, necesito cerrar etapas y abrir otras nuevas que me llenen de felicidad y me den la estabilidad que tanto necesito.
En el plano sentimental, he decidido tomarme una pausa momentánea. Durante los días siguientes al concierto, traté de ponerme en contacto con Axel varias veces, pero su continuo silencio me llevó a pensar que tal vez necesite unos días de desconexión con su familia.
Temo que algo grave le haya ocurrido a su padre, después de la forma en que se marcharon corriendo.
Me gustaría haber estado allí, cogiéndolo de la mano, como él ha hecho conmigo todo este tiempo.
Sin embargo, prefiero concederle una parcela de espacio hasta que aclare bien sus ideas.
Lo último que deseo es añadir una preocupación más a todo lo que ya tiene encima.
Con Riley… sin comentarios. No hay palabras suficientes para expresar cómo se ha convertido en el último ser sobre la faz de la Tierra al que quiero ver en este momento.
Después del concierto, me suplicó de rodillas que volviera con él para formar una familia.
Cuando le aclaré lo del falso embarazo, emitió un largo suspiro y me preguntó si quería echar un polvo rápido de reconciliación o, en su defecto, de despedida.
En ese momento solo quería verlo desaparecer de mi vista, pero las cosas siempre pueden ir a peor.
Como guinda del pastel, los descubrí montándoselo en el coche de Jenna cuando volvía a casa de mi abuela.
Este chico no tiene remedio y nunca lo tendrá.
Así que se trata de un capítulo de mi vida que he dado por finiquitado con mucha satisfacción.
—Buenos días, señorita O’Hara. ¡Cuánto tiempo sin verla! —me saluda el guarda de seguridad a la entrada del edificio.
—Buenos días, Johnson. Feliz Año Nuevo.
El personal de limpieza se afana en erradicar cualquier rastro navideño de las paredes y estanterías, como si arrancaran una tirita de un tirón.
Las guirnaldas, los villancicos y las figuritas rojas y verdes desaparecen sin piedad.
El nuevo año se instala a toda velocidad, y el negocio de generar millones para la discográfica vuelve a ocupar el centro del escenario, por encima de cualquier nostalgia con sabor a espumillón.
Mis compañeros me saludan con amabilidad desde sus mesas.
Ya no queda rastro del vídeo que se viralizó hace apenas unos meses.
No porque alguien lo haya borrado de la red, sino porque los cotilleos, al igual que los calendarios, se renuevan solos.
Nuevos chismes sustituyen a los viejos, igual que enero termina borrando cualquier anécdota que el pasado pretenda seguir arrastrando.
—Aisling, ¿qué haces aquí? —exclama Timmy, bajando de golpe sus piernas de mi mesa. Por la pinta, parece haberla convertido ya en su territorio personal.
—Por mí no te cortes, sigue con lo que estés haciendo. Eso sí, ten cuidado, porque el Gran Hermano te vigila desde las cámaras y, cuando menos te lo esperas, te mandan a hacer trabajo de campo —le confieso y frunce el ceño sin comprender bien lo que estoy diciendo.
—Eh…, ¿vale? ¿Es otro de tus consejos? —responde nervioso—. Déjame anotarlo en mi libreta.
Pongo los ojos en blanco y sigo mi camino hasta el despacho del director general. Llamo con los nudillos, cuento hasta tres y abro la puerta sin esperar respuesta. La secretaria protesta a mis espaldas, pero se queda muda en cuanto ve que no pienso recular.
—¡Ah, señorita O’Hara! Feliz Año Nuevo. Siéntese, por favor —ordena mientras vuelve a su mesa con una cuchilla en la mano. Parece que una de sus tareas como mandamás consiste en empezar el día afeitándose en el despacho. Ver para creer.
—Feliz Año Nuevo a usted también. Venía a comentarle un par de cosillas.
—Sí, tenemos mucho de lo que hablar. —Muestra un gesto de autoridad, a la par que de condescendencia, mientras se ajusta la corbata al cuello—. Espero que su trabajo de campo le haya resultado productivo y no vuelva a protagonizar el espectáculo que nos dio en Cornualles.
—No lo haré, eso está claro —suelto con suma convicción, acompañado de una sonrisa amarga.
—He estado leyendo los reportes que nos ha ido enviando. Ha hecho un buen trabajo y estoy muy impresionado por el festival que ha organizado usted sola en su pueblo, ¿Paddington?
—Middleton —lo corrijo con un gesto serio—. No lo he hecho yo sola, he tenido la colaboración de vecinos del pueblo y de otros artistas locales.
—No se quite mérito. Aquí sabemos que es una buena trabajadora. Sabe que el señor Windsor insiste en que no quiere que siga trabajando con nosotros, pero yo defiendo a mi equipo y me parto el pecho por cada uno de mis subordinados.
¿Dónde he oído eso antes? Creo que Oliver mencionó que a él le habían dado exactamente el mismo discurso vacío de contenido. No se atreven ni a cambiar una palabra después de tantos años. Lo sueltan de carrerilla, sin avergonzarse, ni atragantarse con sus propias palabras.
—Ya, lo comprendo y se lo agradezco, aunque no he venido a esto. Quería decirle que…
—Me gustaría poder sacar potencial económico a este evento, señorita O’Hara.
Lo del concierto benéfico está muy bien, pero todos tenemos que pagar facturas a final de mes y mi banco no acepta la caridad para pagar las letras de la hipoteca.
—Suelta una carcajada en la que él es el único que se ríe—.
¿Qué me dice? Podría suponer un ascenso en su carrera.
—Mire, yo lo único que venía a decirle es que…
Da un manotazo sobre la mesa y del susto doy un pequeño respingo.
—Ah y, por cierto, se me olvidaba. Vaya puntazo que haya fichado a Axel. Lucy llevaba todo el verano tras él y por fin usted ha conseguido que deje a ese par de idiotas que trabajaron aquí hace unos años. Encima, se lo ha camelado para que parezca que están juntos. ¡Excelente trabajo!
—¡Basta ya! —Me levanto y le planto un sobre en la mesa, perdiendo la poca paciencia que me queda—. He aguantado tus fanfarronerías durante mucho tiempo, pero que hables así de mi relación con Axel es algo que no voy a tolerar.
Su gesto se transforma de una carcajada exagerada —en la que puedo verle hasta los empastes de la boca— a un rictus serio.
—¿Pero qué…?
—Esta es mi carta de renuncia. Desde este momento ya no trabajo con vosotros más —le suelto con firmeza—. Os podéis quedar con Starlin y con todo el dinero que mueve esa niñata caprichosa. Ya le puedes decir a su querido tío que no me importa una mierda su dinero. ¡No me despide él, me voy yo!
Inhalo con fuerza, llenando cada rincón de mis pulmones, y amago con lanzarle la retahíla de cosas que llevo semanas memorizando, pero la secretaria de dirección entra con timidez, tras tocar con los nudillos en la puerta, para preguntar si todo va bien.
—No hemos acabado, Wendolyne.
La mujer se excusa y vuelve a cerrar la puerta mientras el director se queda pegado a la silla con cara de «¿dónde está el botón de pánico cuando se le necesita?».
—En lo que respecta a Axel, jamás en la vida un profesional como él trabajaría en una mierda de discográfica como la vuestra.
Él tiene más principios que todos los jefes que manejáis el cotarro juntos.
Y el concierto de Middleton seguirá siendo gratuito.
Porque tú y tus amigos no entendáis la palabra «benéfico», no significa que lo podáis vender al mejor postor.
—Comprendo… —musita con un hilo de voz.
—Ah, y una última cosa —añado, furiosa—.
El vídeo que apareció en YouTube fue filtrado por una persona que trabaja en esta planta.
Ya puedes contactar con el gabinete jurídico para que manden retirarlo o contrataré a los mejores abogados para interponer una demanda por vulneración del derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. ¿Te ha quedado claro?
—Claro como el agua —concluye.
Salgo del despacho dando un portazo y todos mis compañeros —bueno, ahora ya excompañeros— me miran atónitos por el espectáculo que acaban de escuchar ahí adentro.
Según recorro el pasillo hasta dar con el ascensor, todos agachan sus cabezas y fingen seguir trabajando.
Todos, excepto Timmy, que me mira con la cabeza bien alta y empieza a aplaudir despacio, como en esas películas americanas en las que el resto se une a la ovación.
Esta vez, en cambio, el joven becario se queda solo y ahoga el aplauso para susurrarme al oído:
—Buena suerte, jefa. Ha sido un placer trabajar contigo.
Esbozo una sonrisa sincera y le palmeo el hombro en un gesto de complicidad. Me dirijo al ascensor para bajar las siete plantas, salir a la calle y respirar aire fresco. Todo el aire fresco que me permite una ciudad contaminada como Londres.
Pido un taxi y le doy al chófer la dirección del ático de Kensington.
He quedado dentro de una hora con la empresa de mudanzas para enviar todas las cajas que me quedan a casa de mi abuela en Middleton.
Voy tachando tareas pendientes de la lista y ya solo me quedan dos.
La primera: tomarme un capuchino y un muffin de chocolate en mi cafetería favorita del Soho.
La segunda: coger el vuelo de esta tarde a Dublín para reunirme con Liz y Oliver.
Porque aún quedan varios asuntos que tratar.